Para el sábado noche (LVIII): Cielo amarillo, de William Wellman

24 marzo, 2017

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Tiene cierta gracia cómo en los inevitables espacios dedicados a los estrenos cinematográficos que existen en determinada prensa, radio o televisión, donde se habla mucho de películas pero muy poco de cine, se suele decir eso de que tal o cual producto está destinado a quién guste de ese tipo de cine. No sabía que hubiera diversos tipos de cine. De hecho, existen los géneros cinematográficos, pero en puridad, cine solo ha habido uno, el que está bien, regular o mal filmado: tres facetas o resultados de un mismo arte.

De hecho, conviene recordar que el cine es cómo se narra una historia, con los mecanismos que dicho medio proporciona, y no si tal historia es de nuestro mayor o menor agrado; que eso pertenece al muy respetable ámbito de los gustos y disgustos personales, es decir, al ámbito de las películas. El verdadero aficionado, como el buen realizador, productor, actor o director de fotografía, conoce muy bien, o hasta donde su tiempo le permite, el trabajo de todo un siglo de arte cinematográfico. La prueba es evidente desde el momento en que se demandan, con gran aceptación, cualquiera de los ejemplos de esos más de cien años de historia, en las salas dedicadas a los clásicos, pues el séptimo arte va más allá de los (in)oportunos estrenos contemporáneos en los locales de exhibición.

Ahora bien, los géneros nunca han sido algo inamovible, existen las hibridaciones, y con ellas, películas tan notables como la que hoy nos ocupa. Cielo amarillo (Yellow Sky, Fox, 1948) es un atractivo relato que bebe de las fuentes del western tanto como del llamado cine negro. En primer lugar, la historia se sitúa en un terreno tan legendario como universal, aunque este espacio se ubique temporal y geográficamente, cuando tras los títulos de crédito principales, un rótulo reza: El Western, en 1867. Es un apunte interesante, habida cuenta de que manejamos arquetipos de raigambre mitológica. El espacio queda definido, pero no se precisa el lugar exacto en la ficción por mucho que reconozcamos la orografía del sur de California. El Western es ya un terreno que pertenece a la mítica clásica.

En segundo lugar, la odisea de unos atracadores de bancos, encabezados por James Dawson, alias Stretch (Gregory Peck), hará que estos hayan de vérselas tanto con la naturaleza agreste del entorno como con la humana, bastante más imprevisible que la primera. Lo cual acontece en un marco que contiene elementos visuales del género policíaco y del de suspense -o terror-. Tras la travesía por un desierto de sal (El Valle de la Muerte californiano), el grupo de atracadores queda varado en un territorio poco común, el pueblo abandonado y misterioso de Cielo Amarillo (Yellow Sky).

Por lo tanto, un singular periplo que, además de en el paisaje, aparentemente desolado, abunda en el carácter de los principales personajes. Por encima de todos, sobresale Stretch, de temperamento firme aunque más conciliador que el resto de sus compañeros de viaje. Con aptitudes de liderazgo y disciplinado, pues ha estado en el ejército, es pragmático y posee un mayor autocontrol. Lo demuestra al asegurar que el desierto es un espacio, y que todo espacio se cruza. También por su forma de ordenar el consabido todo el mundo al suelo en el banco que atracan; incluso a la hora de dar de beber a un borrachín en un bar.


Igual de contenido, pero más enigmático, resulta Dude (Richard Widmark), un personaje tan interesante como el de Stretch. No en vano, desconocemos su verdadero nombre. Lo que sí llegamos a saber es lo que él mismo relata, que antaño fue el propietario de una lucrativa sala de juegos, hasta que resultó herido en una contienda. Es su ansiado renacer profesional, por medio de una fuerte suma de dinero, lo que le ocupa, no importándole ni la chica ni el liderazgo, salvo cuando estos van encaminados a lograr dicha suma.

Precisamente, esta chica será el otro personaje fuerte de la trama. En realidad, se llama Constance Mae, pero también responde a un apodo, el masculino Mike (Anne Baxter). Es una de las fantasmales residentes de Cielo Amarillo y está acompañada por su abuelo, buscador -y hallador- de oro, del que tampoco conocemos su auténtico nombre (James Barton). Consciente de que del desierto de sal no puede salir nada bueno, Mike sacará a relucir toda su templanza y fortaleza con respecto a los recién llegados.

También es el tercer personaje estrictamente independiente. Pero su determinación es opuesta a la de Dude, más calculador y menos sensibilizado, lo que deja en evidencia la tan errónea como extendida apreciación de que en el western los personajes femeninos son recurrentemente pasivos. No en vano, una cosa es el protagonismo de un personaje medido en minutos presenciales, y otra su relevancia, incluso cuando este se halla fuera de la pantalla. Más aún, el carácter recio de Mike no juega en contra de su feminidad (en otra tópica malinterpretación de lo que debe ser un rol enérgico), que sigue siendo tan resistente como femenina.

Son aspectos que sostiene la realización, desde la vibrante persecución a cargo de los soldados que tratan de recuperar el dinero robado. Estos se detienen al llegar al desierto de sal porque, a partir de ahí, no hay salida. Pero el espacio es cruzado por los asaltantes, y como si de un espejismo se tratara, se les aparece el poblacho.


El paso por este desierto es penoso pero fascinante. William Wellman (1896-1975) lo resuelve sin apenas recurrir al sonido. Es un lugar yermo y silente, carente de vida salvo por los jinetes que lo atraviesan y algunos lagartos. Pero este trayecto ya saca lo peor y lo mejor de cada uno, definiendo a los personajes del grupo. En cuanto al poblado, este no se diferencia de otros muchos, en el sentido de que ha nacido al calor o la sombra del progreso; o como en este caso, al reclamo de la plata. Como los personajes de carne y hueso de la película, vio alterado su destino cuando dicho progreso pasó de largo o se acabó la plata.

En cualquier caso, que parte de la acción transcurra a plena luz del abrasador día no implica que la ciudad resulte menos espectral. Ahora bien, Wellman planifica un tiroteo nocturno en casa de Mike y el abuelo, junto a un ajuste de cuentas final en el saloon deshabitado, también en la penumbra. A éste último me referiré más adelante. Como en la mayoría de los westerns, la narración queda sostenida por la descripción visual de un territorio y por el desarrollo de un conflicto, o conflictos, que atañen a los seres humanos que lo habitan temporalmente (pues característica de todos ellos es que están de paso, aunque se pretenda reavivar el desaparecido esplendor de la ciudad). Además, este territorio es compartido por una tribu de apaches, aunque su incidencia en la trama es anecdótica.


El lugar, es más escenario del enfrentamiento de los miembros de la banda, como el taimado Dude o el bravucón Lengthy (John Russell). Por otra parte, Mike y su abuelo están interesados en el oro tanto como los demás, aunque no a cualquier precio, y desde luego, no para el que no lo trabaja. Como el mismo paisaje, ninguno de ellos reniega de sus instintos, dejando a la naturaleza seguir su curso. Digamos que todos se encuentran bajo un mismo sol, pero sin compartir el mismo horizonte. Todo ello es resultado del buen guión escrito por el también productor Lamar Trotti (1900-1952), con quien el estupendo William Wellman ya había colaborado en la excelente Incidente en Ox-Bow (The Ox-Bow Incident, Fox, 1943). En esta ocasión, el argumento giraba en torno a un relato del prestigioso W. R. Burnett (1899-1982).

La valía de la realización se demuestra, nuevamente, en la sobriedad y emoción que desprende el fallecimiento del miembro más joven del grupo, Bull Run -otro sobrenombre- (Robert Arthur), además de en el curioso plano de acercamiento a Dude, que se encuentra emboscado de espaldas en el saloon, y que evidencia una inseguridad que puede proceder de cualquier parte. A ello se añade el travelling lateral que muestra los fogonazos de los disparos desde el exterior del recinto. Finalmente, será Mike quien averigüe la suerte de cada uno de los contendientes. Unas luces y sombras a las que contribuye la nítida fotografía de Joseph McDonald (1906-1968), que convierte este formidable western en un memorable híbrido genérico, paradigma de buen arte cinematográfico.

Escrito por Javier C. Aguilera


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