Para el sábado noche (LXIII): Retorno al pasado, de Jacques Tourneur

20 julio, 2017

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Versátil y eficaz en cada ocasión, el realizador Jacques Tourneur (1904-1977) demostró su pericia y creatividad abordando todo tipo de relatos. Su género cinematográfico por excelencia fue el de su propia personalidad. De este modo, en la pieza maestra del cine negro Retorno al pasado (Out of the Past, RKO, 1947), todo el turbio entramado de mentiras y traiciones que afecta a los personajes principales y secundarios es visualizado por Tourneur de un modo exclusivamente fílmico, combinándolos y oprimiéndolos en un único plano (una sola realidad).

El título original de la película, basada en una novela del también adaptador Daniel Mainwaring (alias Geoffrey Homes [1902-1977]), llamada Build My Gallows High (-), hace referencia a una emergencia del pasado, que se vuelve a manifestar en el presente, lo que se puede complementar con la traducción de dicho título al español, por el que el principal protagonista, el ex detective con gabardina Jeff Bailey (un estupendo Robert Mitchum), regresa a su pasado en el primer tercio de la película. 

Pero señalábamos la caligrafía cinematográfica de la historia. En ella, resulta fundamental la labor fotográfica del operador Nicholas Musuraca (1892-1975), capaz de combinar tanto la buena disposición de algunos de los personajes, como la desorientación moral del resto, por medio de la enorme cantidad de matices que sabe extraer de la fotografía en blanco y negro; gracias, además, a la construcción espacial facilitada por Tourneur (esa disposición de los personajes es tanto moral como visual). Y por qué no, a ello también ayuda la climática aportación del habitual compositor del estudio, Roy Webb (1888-1982). En definitiva, un elenco artístico y técnico capaz de escapar del convencionalismo para seguir ofreciendo, hoy en día, una película de sólida factura formal y acusada brillantez verbal y argumental.


Al pueblo de Bridge Post, en las cercanías del lago Tahoe (entre California y Nevada, EEUU), llega un forastero, no sobre un caballo, sino a lomos de un vehículo a motor, preguntando por el paradero de alguien llamado Jeff Bailey, un gasolinero de la localidad. Será la primera vez, no en un tiempo histórico pero sí narrativo, que este personaje trate de localizar al referido Bailey. Al poco rato, el visitante se entera de que el ex detective le ha quitado la novia a un lugareño, aunque la narración nos muestra que, a pesar de las habladurías, el compromiso entre Jeff y Ann Miller (Virginia Huston), que a tal nombre responde la muchacha, es firme.

Es este un entorno apacible pero inestable, habida cuenta de que Bailey se halla atrapado por su pasado. En resumen, el forastero es Joe Stefanos (Paul Valentine), un viejo conocido de Jeff (que realmente se apellida Markham), a sueldo del empresario ecuestre y niño rico, Whit Sterling (Kirk Douglas).

Bailey se verá entonces éticamente obligado a contar a su compañera el porqué de toda esta situación, y qué es lo que les aguarda. Desde su presente histórico, Jeff vuelve a la vida un tortuoso pasado para prometerse un futuro de apariencia más feliz, pero con todo el carácter esquivo de dicha felicidad. Sin embargo, para poder liberarse de ese ayer y poder emprender un mañana juntos, habrá de poner fin a un asunto anterior, que quedó sin resolver. He estado en demasiados sitios, le confiesa Jeff a Ann. En este sentido, la chica es plenamente consciente de los secretos que acompañan a su enamorado, incluso antes de conocerlos, aunque no por ello deja de ofrendarle su confianza; de todos los personajes que desfilan por Retorno al pasado, el de Ann es uno de los más nobles (hay otro, como veremos), e igual de firme y decidido que el resto.


Realmente, ¿se puede escapar al destino? Jeff pone en antecedentes a Ann acerca de cómo hubo de encargarse de la localización de una mujer llamada Kathleen Moffat (Jane Greer), que huyó con cuarenta mil dólares de Sterling, ¡después de dispararle! (si bien, fallando la puntería). La estratagema de esta femme fatale consiste en hacerse querer, desear, compadecer, y hasta de rogar, con ánimo de salir indemne de cada una de las molestas situaciones con su dinero. Jeff no tarda en sentirse traicionado, y aquí es donde la narración se ubica nuevamente en el presente. A partir de este momento, la reaparición de Joe, Sterling y la propia Kathy pondrán a prueba la capacidad del detective de escapar de dicho pasado; en tanto que Kathy, aunque pretenda lo contrario, trata de escabullirse de todo asomo de atadura, compromiso y generalidad (que la despersonalice).

Por su parte, para poder asir ese huidizo futuro con tan interesada e interesante dama, Bailey -o Markham- fue capaz de trasladar su oficina de Nueva York a Los Ángeles. Razón por la que, ya en este primer flashback, Jeff se topa con su pasado en forma de un antiguo socio, Jack Fisher (Steve Brodie). Solventada esta eventualidad, la narración habrá de resolverse, como queda dicho, en el presente. El nuevo encargo propuesto por Sterling consiste en recuperar unos documentos contables onerosos para él. Para ello contará Jeff con la complicidad de la secretaria del tipo que los ha sustraído, Meta Carson (Rhonda Fleming). Adelantándose a las posibles derivadas, que Jeff Bailey ha intuido hábilmente, será esta la segunda vez que Joe pregunte por su paradero (esta vez, a Kathy).


Por primera vez, el redivivo detective toma la delantera y recupera los documentos, aunque todos los demás crean llevar las riendas. No obstante, es acusado de un doble asesinato que no ha cometido. Aún estando así las cosas, el investigador privado no pierde dicha delantera, al ser él mismo quien decida el final que tendrá (casi) todo… Su ayudante en el negocio de la estación de servicio es un joven sordomudo (Dickie Moore), que le echará una mano, no solo con la gasolinera, sino librándole de una muerte segura. Es el segundo personaje positivo de la película. Ahora bien, respecto a la espléndida resolución de la misma, caben dos interpretaciones. O bien miente el muchacho a Ann, a sabiendas, o bien cree decirle la verdad. Es decir, queda en entredicho hasta qué punto es el chico consciente de que, en efecto, Jeff emprendía una huida forzosa con Kathy, o si, por el contrario, supone que esta era voluntaria, como parecen confirmar las apariencias.

Personalmente, la mentira piadosa me parece todo lo romántica y bienintencionada que se quiera, pero altamente improbable. Cabe la posibilidad de que con ello quiera el muchacho (del que desconocemos su nombre) permitir a Ann rehacer su vida, dada la evidencia de la fuga en común entre Jeff y Kathy, pero de este modo, si la joven cree que Jeff la ha traicionado, resulta poco creíble que pueda comenzar otra vida como si tal cosa. El pasado también es un componente vital para este personaje, y acabaría por resurgir. Por eso, si atendemos a la posibilidad de un malentendido entre ambos supervivientes, el final resulta mucho más desolador. En cualquier caso, el encontronazo con el destino (que no la casualidad) semeja ser algo funestamente establecido.


De ese hado tiene Jeff consciencia, aún de forma inconsciente, en casi todo momento de su pasado. Ello no puede quedar mejor reflejado que en las reflexiones de las que nos hace partícipes, por medio del clásico recurso de la voz en off. Con ella nos advierte de lo fútil y atávico de su actuación, cuando estando en Acapulco, sabe que Katy no va a comparecer cuando él lo desea, y mucho menos, dejarle bien parado. Pese a lo cual, Jeff Bailey acaba cediendo, no ya a la fatalidad de dicho destino, sino a su inevitabilidad, tratando de amarrar una ilusión de pareja que no se puede sostener.

Escrito por Javier C. Aguilera


Las armas y las letras, de Andrés Trapiello

18 julio, 2017

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La Guerra Civil Española ha sido el acontecimiento contemporáneo que más ha afectado a nuestro país, tanto que sus efectos, sus hechos concretos y sus consecuencias siguen influyendo en nuestra realidad actual, siguen suponiendo debates en todas nuestras tribunas, o en todos nuestros bares, y su sombra pende siempre sobre la discusión ideológica de lo que debería ser la sociedad o de lo que debería hacerse con las heridas, cicatrizadas o no, de esa época. No vamos a debatir sobre todo ello ni sobre las posturas ideológicas, sino sobre la literatura, la literatura que vive en una guerra, la literatura que suele dejar de ser literatura para convertirse en propaganda. O que ve morirse sus esperanzas de distanciarse de la política.

El ensayo de Andrés Trapiello (1953), Las armas y las letras (1994, revisado y ampliado en 2010), trata de contarnos esa intrahistoria de los literatos en los años anteriores, durante y posteriores a la guerra civil, mostrándonos sus vivencias, sus decisiones, sus textos y, sobre todo, sus acciones. Esta cercanía a los hechos, basándose, como debe hacerse, en el testimonio escrito y oral de los propios protagonistas o de testigos, nos sorprende por el rompecabezas algo confuso de esos relevantes tres años, aún más enmarañado por los olvidos oportunos y oportunistas.

La postura que adopta Trapiello es la de una visión descriptiva y crítica. Es decir, frente a la visión más generalizadora y maniquea que se ha extendido, Trapiello nos proporciona una lupa para observar que no hablamos de personajes vacíos, sino de personas de carne y hueso, de seres que vivieron y padecieron una guerra, y que actuaron como solo el ser humano puede actuar: con una gran inestabilidad y siempre dependiendo del carácter individual de cada uno. Para ello, a una narración dividida en capítulos dedicados a distintos aspectos, como el preámbulo de la guerra, las revistas literarias o sendos apartados dedicados a los escritores catalanes y gallegos, añade su opinión subjetiva, pero una opinión siempre basada en los hechos recopilados desde fuentes primarias. Es decir, a partir de documentos oficiales o testimonios tanto de los protagonistas como de testigos de aquella época, mostrando a su vez, y cuando las hubiera, las incongruencias entre los relatos que una misma persona ha aportado de un hecho a lo largo de su vida. En este sentido, como debe hacerse, el autor expone para que el lector deduzca.

No obstante, dado el tipo de texto, también se expresa de forma personal, con un estilo literario exquisito y apasionado, difícilmente rebatible. Sirvan de ejemplo las narraciones dedicadas a ciertos episodios concretos, como el asesinato de García Lorca (1898-1936), donde no dudará en comentar su posible amistad con José Antonio Primo de Rivera (1903-1936), sin darle más importancia de la que tiene, o señalará el punto débil del arrepentido Luis Rosales (1910-1992), poeta granadino siempre marcado por su cercanía a los hechos, también el célebre enfrentamiento entre Millán-Astray y Unamuno (1864-1936) en el Paraninfo, la desdicha de Miguel Hernández (1910-1942) en su terrible huida, el asesinato de Andrés Nin (1892-1937), las peripecias del diplomático chileno Morla Lynch (1888-1969) o el último capítulo dedicado a la figura de Azaña (1880-1940). Destacamos también el que se dedica a los escritores extranjeros. Y en todo este recorrido, tiene tiempo para censurar la actitud de ciertos historiadores que imponen su visión doctrinal a los hechos, escogiendo entre los que consideran válidos o no según su conveniencia, personal o ideológica.

Unamuno abandona el Paraninfo increpado (Salamanca, 1936)
En realidad, nos movemos sobre una época resbaladiza. Si la llegada de la República había sido bien acogida por prácticamente todos los intelectuales en 1931, lo cierto es que su evolución no convenció a muchos. Por ello, cuando estalló la guerra, encontramos tres posturas: los que creyeron que el alzamiento militar era favorable y apoyaron el golpe, los que consideraron que debían mantenerse fieles a la República y los que no se decantaron por ninguno de los dos, aunque por el carácter radical que acabaron teniendo ambos lados, tuvieron que escoger rápido entre un bando o el exilio (caso de Clara Campoamor [1888-1972], que vería ambos extremos como nocivos para el futuro, fuera cual fuera el vencedor). Como Trapiello nos señala, gran parte de nuestros intelectuales abandonaron el país durante la guerra, no al final. No hay que olvidar que el ambiente estaba ya caldeado de uno y otro lado. Ante la victoria de las izquierdas en 1936 se alzó el ejército con tendencia de derechas, pero no mucho antes podemos ver al socialista Largo Caballero (1869-1946) escribiendo que si ganan las derechas, tendremos que ir a la guerra civil, como recoge el ensayo (pág. 29).

En medio de este panorama, no faltaron quienes cambiaron su ideología por haber caído en territorio del bando contrario, intentando bien sobrevivir, bien acomodarse; en esta última opción destacan aquellos que se sintieron cómodos en el terreno de la propaganda. Distintas formas de adaptarse a la situación, no necesariamente coherentes. A fin de cuentas, muchos autores ya mayores en esta época habían sido anarquistas en su juventud y acabaron adscribiéndose al bando nacional. De la misma forma que muchos olvidaron el valor de la literatura per se para acogerse a la pura propaganda, convirtiendo la mayoría de textos en escritos circunstanciales que perdieron su valor al momento de ser escritos. Por supuesto, hay excepciones que el autor contempla y apunta. Igual que muchos nombres borrados por la ideología, como los libros que se quemaron en ambos bandos. Al final, como veremos, importan las personas, como reflejaría Ayala (1906-2009) en La cabeza del cordero (1949).

Revistas publicadas durante la guerra civil en sendos bandos
En su novela Ayer no más (2012), Trapiello comentaba a través de la voz de un historiador ficticio que resultaba curioso constatar como nadie había sido capaz de confesar o admitir que había disparado en la guerra civil, como si acaso los muertos hubieran caído fulminados mientras todos los demás, inocentes, no hacían nada. Sin embargo, como bien sabemos, no solo hubo disparos, sino también el deseo constatado de acabar con el otro bando, en un ejercicio de odio en el que no importaba el pasado común ni la humanidad o la identidad de las personas reales, físicas, tangibles, que componían el bando enemigo. En efecto, era una guerra, una guerra en la que encontramos actos viles, cobardes, vengativos o brutales sin importar el lado, sino las personas concretas que los realizasen. De la misma forma que hubo honradez y bondad. Y arrepentimiento. Aunque, reiteramos, no en todos los casos.

Así pues, si el alzamiento militar condujo al ejército y a sus adhesiones a cometer crímenes atroces que, debido a la posterior dictadura, han quedado terriblemente impunes y con tantos muertos sin identificar, abandonados en cunetas y sin ser devueltos a sus familias, ello no omite las matanzas y paseos del lado republicano (en ellos fueron asesinados, por ejemplo, Ramiro de Maeztu [1874-1936] y Pedro Muñoz Seca [1879-1936]). Es más, no tiene ningún sentido que quienes estaban auxiliados por la defensa del estado democrático llevaran a cabo ejecuciones contra quienes pensaban de forma distinta. No hablamos ya de derechas o izquierdas, sino de propias facciones de la misma ideología, caso del POUM y del asesinato de Andrés Nin. En cierta forma, estas divisiones internas fueron seguramente uno de los motivos de la fragmentación y el desorden republicano y, por tanto, de su posterior derrota. Como apuntó Simone Weil (1909-1943) y recoge Trapiello: Los nuestros han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice. Se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad absolutamente contrarios al ideal libertario. [...] Tan pronto como los hombres saben que pueden matar sin temor a represalias, empiezan a matar, o al menos, animan a los asesinos con sonrisas de aprobación (pág. 368-369).

Milicianos republicanos tras una ejecución en Casa de Campo (Madrid, 1936)
Así, desde la vista actual, igual de deleznable resultan la alegría de Dalí (1904-1989) al enterarse de la muerte de García Lorca que la actitud de Neruda (1904-1973) durante todo el conflicto. Como sucede con las palabras de la revista del bando nacional Jerarquía, donde se le decía al camarada lo siguiente: Tienes obligación de perseguir el judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas, o con las que se pueden leer en la sección ¡A paseo! de la revista republicana El Mono Azul dirigida por Bergamín (1895-1983) a través de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para Defensa de la Cultura, de la que Juan Ramón Jiménez (1881-1951) comentaría que él no aceptaría vivir en ella dado que la mitad por lo menos de refujiados [sic] eran conocidos fascistas, lo que nos recuerda lo que ya comentábamos de la curiosa adaptación ideológica de muchos intelectuales. En esa sección que referíamos se ponía la diana sobre los considerados traidores, como Unamuno, D'Ors (1881-1954), Eugenio Montes (1900-1982), Giménez Caballero (1899-1988) o Sánchez Mazas (1894-1966), algunos de los cuales habían sido, hasta hacía unos meses, íntimos amigos de componentes de esa misma Alianza. La misma actitud de algunos escritores del lado franquista en sus respectivas revistas. Ninguno de estos medios pareció arrepentirse nunca, quizás porque todos se sintieron propietarios de la verdad. De una verdad inhumana y ruin.

Igual de aborrecible que encontrar a autores que considerasen de forma positiva los años de la guerra, recordándolos como unos maravillosos años, como acaso hicieran Rafael Alberti (1902-1999) o María Teresa León (1903-1988), sin caer en la cuenta de que fueron los mismos años que arrasaron su país, los llevó al exilio y acabó con la vida de tantos y tantos intelectuales, amigos o conocidos entre sí. Por otra parte, Trapiello no ahorra en mostrar y comentar los testimonios de diversos autores sobre un mismo hecho, mostrándonos la opinión compartida de varios o señalando a quienes disentían. Por ejemplo, así seremos testigos de la mala fortuna de Miguel Hernández en su huida, incluyendo el abandono o la falta de insistencia de algunos camaradas que luego lamentarían su triste pérdida en la cárcel; de nuevo, el matrimonio Alberti-León. De la misma forma que otros consiguieron presionar al gobierno franquismo para impedir que se llevara a cabo la sentencia a muerte, a pesar de no coincidir con la ideología del poeta de Orihuela o de que este acabara falleciendo lamentablemente aún preso en 1942.

Alberti durante un mitin en la guerra civil
Otros tantos hechos que suelen omitirse u obviarse se acumulan en este ensayo. Entre varios ejemplos, podemos señalar el trato despectivo que recibió Unamuno hasta que se conocieron los hechos acontecidos en el Paraninfo. También el exilio previo al fin de la guerra al que se sometieron varios intelectuales con el fin de evitar tanto proclamarse de un bando como de otro. O bien al contemplar el cariz de los acontecimientos en el territorio republicano, no tanto ante la posibilidad de derrota, sino más bien por desaliento ante el comportamiento de las autoridades, como sucedió con Juan Ramón Jiménez o la ya referida Clara Campoamor. O incluso el triste reencuentro entre los hermanos Machado, ya fallecido Antonio (1875-1939) junto a su madre, en Colliure. A fin de cuentas, entre ambos hermanos hubo más bien mala suerte antes que cruciales diferencias ideológicas.

Todo ello nos da una muestra de la actitud tan diferente entre las individualidades, quitando importancia al bando para dárselo a la persona concreta. Así veremos cómo escritores propagandísticos arengan desde la comodidad de la embajada sin pisar el frente o no duda en usurpar una propiedad y tenerla como propia frente a actitudes más honestas y honradas, como Antonio Machado, quien no dudó en dormir en el suelo antes que en la cama de quien había sido asesinado con brutal belicosidad, o visitar el frente y alentar a las tropas sin necesidad de prodigarse en fotografías frívolas, como el caso de Hernández.

Miguel Hernández junto a Josefina Manresa (Jaén, 1937)
Las armas y las letras no es un ensayo sencillo dado que obliga al lector a permanecer atento, a entender todo un cruce de nombres tanto relevantes y conocidos por todos, como aquellos restringidos a expertos o borrados por el paso del tiempo o por el barniz ideológico de uno u otro lado. No se olvida Trapiello de encomendarnos a todos esos testimonios escritos, recordándonos títulos en muchas ocasiones descatalogados o interesamente olvidados. En esta reseña hemos mencionado los nombres más conocidos, pero pueblan el libro muchas historias que aquí no cabían y que merece la pena que no caigan en el olvido.

Gracias a todo ello, el sello que deja en el lector es importante: existieron personas detrás de los nombres, individualidades dentro de los conglomerados ideológicos que nos suelen vender, de la misma forma que hubo buenas personas que no escribieron buenos libros y gente despreciable que ha cautivado a lectores por todo el mundo. Nada nuevo que conocer sobre la humanidad, pero muchos detalles que conocer sobre aquel período bélico, sobre el fratricidio donde muchos se vendieron al radicalismo totalitario de una ideología, fuera cual fuera el bando, y donde intentaron sobrevivir la dignidad y el coraje de muchos otros para reconstruirnos, ya fuera en estas fronteras o en el exilio.


Otros mundos (XXI): El misterio del Triángulo de las Bermudas (Solucionado), de Lawrence David Kusche

15 julio, 2017

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Barcos de la era del vapor o recientes cargueros de la Armada norteamericana. Hasta un escuadrón entero de la marina, el famoso vuelo diecinueve, sucumbió al incómodo misterio del Triángulo de las Bermudas, un área de un millón de kilómetros cuadrados en mar abierto, con sus vértices en Florida, las islas Bermudas y Puerto Rico.

El esclarecimiento del Triángulo no es algo nuevo, aunque actualmente la tecnología sea más precisa. Lo que tampoco hace al caso, puesto que la intrigante zona, tenga la estricta forma de un triángulo, un trapezoide o un rocambolesco octaedro, burla con impasible impunidad a nuevos y a viejos instrumentos, preservando incólume su secreto. Al menos, de momento.

Con frecuencia, se vende como algo novedoso lo que no lo es tanto. Y me refiero, en esta ocasión, a recientes documentales donde se trata de aclarar una situación de misterio sin aportar ninguna conclusión científica satisfactoria o debidamente probada. Ya en 1974, Lawrence David Kusche (1940), piloto comercial e instructor de vuelo, trató de dar respuesta al cúmulo de infortunios y enigmas que delimitan el sector del Triángulo de las Bermudas, siendo bibliotecario en la Universidad del estado de Arizona (EEUU), debido a que, como él mismo relata, con frecuencia se me consultaba para buscar información sobre el tema (Prólogo). El resultado fue el libro, de título algo pretencioso -se mire como se mire-, El misterio del Triángulo de las Bermudas solucionado (The Bermuda Triangle Mystery - Solved, 1974; aunque la editorial Sagitario, de Barcelona, al menos tuvo la precaución de acotar el epíteto del título, cuando lo publicó, en 1977). En cualquier caso, bonita historia la del bibliotecario que se interesa por un tema para acabar buceando -y hasta ahogándose- en él.


Los fenómenos “anormales” pueden deberse a distintas causas, que no por desconocidas deben ser rechazadas. De hecho, una cosa son los accidentes y otra, bastante más inquietante, las desapariciones. Perturbaciones electromagnéticas y turbulencias atmosféricas hacen que existan dos lugares en la Tierra donde la brújula señala el Polo Norte: el Triángulo de las Bermudas y el llamado Mar del Diablo, en Japón, aunque no son las únicas zonas problemáticas del globo.

Tras una referencia inicial al célebre ardid contenido en el relato de Edgar Allan Poe (1809-1849), La carta robada (The Purloined Letter, 1844), Kusche explica que, en muchas ocasiones, los sucesos se diferencian de la leyenda; añadiendo certeramente que, en última instancia, es el lector quien debe decidir cuál de las versiones se acerca más a la realidad (Prólogo). En este sentido, loable es el intento de Kusche de sobrepasar la mera teoría mitológica o legendaria, como a él tanto gusta de llamarla -luego me referiré a este aspecto- y, en suma, de trascender la teoría oficiosa para tratar de aclarar el enigma, dejando al lector la última palabra. Pero lo cierto es que sus conclusiones (a veces, solo una marejadilla de intuiciones) no resuelven apenas nada. El misterio lo overchuta, como dicen los pilotos, para caer en brazos de la teoría oficial de las coincidencias, los fallos técnicos, los errores humanos y hasta una inasequible mala pata. Por supuesto que tales explicaciones pueden ser aplicables a un buen número de casos, pero en modo alguno los solucionan todos (y en cualquier caso, no dejan de ser mera hipótesis mientras no se demuestre lo contrario). Está bien que Kusche no cargue las tintas en los aspectos “sobrenaturales” (y no me extenderé ahora sobre qué deberíamos entender por tales), pero el hecho es que el ser humano ha pretendido demasiadas veces caminar sobre las aguas, constriñendo antropológica, y parece que inevitablemente, todo cuando no se le alcanza, ciñendo los datos a su limitado campo de experimentación o tomándose a sí mismo como referencia y medida de todas las cosas (¡de este y de otros mundos!); lo cual, puede estar muy bien en el arte, incluso ser necesario, pero en la ciencia resulta fatal.


Clásicos Inolvidables (CXXXV): Martín Fierro, de José Hernández

13 julio, 2017

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Dentro de las descripciones que se ha hecho de la literatura, la visión mayoritaria actual parece haberse decantado por su vertiente de evasión y ocio, al menos si atendemos a las ventas. No obstante, hubo un tiempo en que la literatura servía para crear realidad o para representar una realidad concreta, como la identidad de una nación y sus características. A ello remite, por ejemplo, la épica medieval, pero también gran parte de la corriente romántica, aquella que se refería y buscaba el espíritu del pueblo, que sirvió para la unificación de Alemania o Italia. Y dentro de esta misma corriente podemos situar ciertas obras literarias hispanoamericanas que trataban de otorgar una identidad a los países recién independizados del imperio español en el primer tercio del siglo XIX. Entre esas obras, encontramos el célebre poema narrativo y épico Martín Fierro (1879), máximo ejemplo de la literatura gauchesca que fue escrita por José Hernández (1834-1886).

El autor fue un hombre polifacético, llegando a ocupar puestos militares y políticos, además de dedicarse tanto a la literatura como al periodismo. Durante su infancia y juventud llegó a tener contacto con los gauchos, con quienes llegó a compartir vida. De este contacto temprano en su vida deriva su defensa de un estilo de vida rural y también el conocimiento que le sirvió para la escritura de su obra más conocida.

Vivió una época convulsa en Argentina, siendo la época en que se estaba constituyendo lo que sería el futuro político del país. Precisamente, la publicación de la primera parte del Martín Fierro se producirá tras regresar de su exilio en Brasil, cuando seguía defendiendo sus ideales durante la presidencia de Presidencia. En un nuevo caso en que la obra supera a su creador, llegando a ser llamado por el nombre de su personaje. A Martín Fierro le deberá el cariño de la gente, un puesto de senador hasta su fallecimiento y la fama inmortal de la letras.

En la actualidad, el poema cuenta con dos partes bien diferenciadas, reconocidas como la Ida y la Vuelta. Curiosamente, la Vuelta alteró el sentido general de la obra y no estuvo previsto en los planes iniciales del autor. No obstante, además de ganar fama inmediata, consiguió erigirse como una epopeya nacional, fuera idea o no de su autor. La visión propuesta en la primera parte del poema no es admirativa hacia el país en el sentido político, sino que más bien proyecta un tratamiento romántico, de corte europeo, hacia un contenido único y autóctono de Argentino: la figura del gaucho.

José Hernández
De esa forma, tomó la figura del rebelde, la aparición de la naturaleza de forma viva y relacionada con los acontecimientos o incluso la presencia de la música como expresión del espíritu del pueblo o de la individualidad del rebelde, todas ellas temáticas habituales en el Romanticismo del Viejo Continente, pero encarnando la realidad argentina a través del gaucho, la Pampa argentina o el canto gauchesco. A fin de cuentas, hay pocas diferencias en el mensaje que transmite el gaucho sobre sí mismo y su deseo de libertad (Mi gloria es vivir tan libre, / como pájaro en el cielo; / no hago nido en este suelo, / ande hay tanto que sufrir, / y naides me ha de seguir, / cuando yo remonto el vuelo) con lo que nos plantea la Canción del pirata de Espronceda (Que es mi barco mi tesoro, / que es mi dios la libertad, / mi ley, la fuerza y el viento, / mi única patria, la mar. // Allá muevan feroz guerra / ciegos reyes / por un palmo más de tierra; / que yo aquí tengo por mío / cuanto abarca el mar bravío, / a quien nadie impuso leyes).

Justo es en ese canto donde se nos revela a los lectores lo más íntimo del protagonista, dado que a través de ese canto Martín Fierro nos confiesa su forma de ser y nos hace cómplices de sus confidencias y vivencias, mostrándonos tanto la dureza de su vida como su relación con el entorno argentino. Tampoco falta en estos cantos la crítica política, sobre todo por la situación de desamparo en la que vivían los gauchos o incluso en la persecución que sufren, visión apoyada por otro personaje convertido en prófugo, el sargento Cruz.


No en vano, la voz que nos narra la historia nos va mostrando las continuas pérdidas que sufren los personajes, como su familia, su casa, su territorio y hasta su propia patria, llegando incluso al exilio hacia la barbarie al final de la primera parte. Y a pesar de la rebeldía del gaucho, redunda en el aspecto negativo de la vida, herencia de la visión romántica. Si la narración tiene un tono áspero, con voces que entremezclan un léxico propio con una fonética realista y fidedigna de los gauchos así como momentos airados, como cuando el protagonista narrador rompe la guitarra de forma violenta ante la impotencia, el fondo de la primera parte es melancólico (Pero ha querido el destino / que todo aquello acabara).

Por contra, la Vuelta nos narra su regreso a la civilización junto a la Cautiva y deja espacio a los hijos de Martín. Allá donde antes había crítica y negatividad, se deja espacio a un tono más moderado y también esperanzador, quizás menos interesante, pero más relacionado a la situación personal de José Hernández en la época en la que publicó la segunda parte y también a la situación del país. No obstante, la narración sigue envuelta en la épica romántica, sin olvidar los momentos de tensión o de lucha salvaje ni tampoco el valor de la individualidad de Martín Fierro. Así, el personaje recapacita, se vuelve contra su rebeldía y decide dar una nueva oportunidad a una tierra que le necesita. Como le sucedía al don Quijote consciente de haberse convertido en personaje de un libro durante la segunda parte, aquí Martín Fierro parece ser consciente de haberse convertido en símbolo nacional. Sin duda, una segunda parte más amable y, aún con ecos románticos, casi más cercano a un texto ilustrado e incluso didáctico.

Podríamos compararlo con la aventura de Bastian en La historia interminable (Michael Ende, 1979), donde la primera parte está dedicada a la destrucción de Fantasía, pero también a la necesidad de que el protagonista la salve, mientras que la segunda está dedicada a la reconstrucción de Fantasía y a la destrucción del protagonista, en un equilibrio narrativo semejante al viaje hacia la barbarie que realiza el gaucho en la primera parte ante la imposibilidad de encontrar su lugar en la civilización y el regreso a la civilización de la segunda, al comprobar que la barbarie es inhabitable y que aún puede reconstruir su patria y el mundo civilizado.

Sin duda, un poema que se relaciona bastante bien con la tradición romántica, pero algo desconocido en España, a pesar de su importancia en Argentina. Aunque en ocasiones su léxico pueda presentar alguna dificultad al lector medio, contiene algunos pasajes desoladores y muy sentidos, especialmente en la primera parte, sin faltar cierta sensación de aventura y la descripción más romántica de la Pampa argentina.

Escrito por Luis J. del Castillo



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