El autocine (XXXII): El malvado Zaroff, de Irving Pichel & Ernest B. Schoedsack

10 diciembre, 2016

| | | 0 comentarios

El malvado Zaroff lo es por dos motivos, posee un genio creativo y perverso, y lo sabe perfectamente. Pero como les sucede a tantos de estos temperamentos, trata de justificar pertinazmente su conducta y proceder; por otra parte, tan cruel como humana.

La naturaleza se escinde de forma múltiple en la excelente El malvado Zaroff (The most dangerous game, RKO, 1932). De un lado, tenemos la naturaleza explicita del paisaje, agreste y selvático, con sus propias tragedias a nivel interno; y de otro, al ser humano que forma parte de la misma, y que se divide, a su vez, entre lo que reconocemos como civilizado e incivilizado, con una tenue línea fronteriza.

Se trata de un argumento reutilizado (no siempre aprovechado) en futuras ocasiones, desde Huída hacia el sol (Run for the Sun, Roy Boulting, 1956) hasta, indirectamente, Acorralado (First Blood, Ted Kotcheff, 1982). En el caso que nos ocupa, la justamente mítica película fue una producción de Merian C. Cooper (1893-1973) y David O. Selznick (1902-1965), escrita por James Ashmore Creelman (1894-1941) y Richard Connell (1893-1949), según un relato de O. Henry (1862-1910), y realizada al alimón por Irving Pichel (1891-1954) y Ernest B. Schoedsack (1893-1979). 


Una aldaba es la primera imagen que nos es mostrada. Esta da acceso a la fortaleza del conde Zaroff (Leslie Banks), un bastión edificado por los portugueses tiempo ha. Hasta él arriba el cazador profesional Robert Rainsford (Joel McCrea), después de que la embarcación en la que viajaba encallara en los arrecifes y se hundiera. Robert es el único superviviente (del hundimiento y de los tiburones), pero se sorprenderá al comprobar que existen otros visitantes de naufragios anteriores. Concretamente, Eve Trowbridge (Fay Wray) y su hermano alcoholizado Martin (Robert Armstrong); junto a dos marineros de los que nunca más se supo. Todos conviven en la alcazaba, mientras, supuestamente, es reparada una lancha capaz de sacarlos de allí.

Aunque como es de suponer, las intenciones del conde son mucho más oscuras y no tardarán en desvelarse. Para ello cuenta con la ayuda, como en toda buena película de terror de la época, de un siniestro acólito llamado Iván (Noble Johnson). Tras la imagen de esa aldaba, traspasamos el plano de lo alegórico para adentrarnos en un categórico y descarnado relato de supervivencia, extensible a todo el planeta, con sus particulares salas de trofeos.


Para el conde se trata de una cualidad instintiva; la del cazador avezado que se enfrenta intelectual y corporalmente a otro de su misma condición. Zaroff ha desplazado unas señales visuales para hacer embarrancar todas las naves y así proveerse de presas. Forma parte de su ritual de caza; atracción a la que el conde no ha renunciado a pesar de que explica que cuando perdí el amor por la caza perdí el amor por la vida, y por el amor mismo. O dicho de otro modo, cuando recobra la afición por la caza, recupera todo lo demás. Lo cual acontece en aguas del Pacífico, en un entorno tan selvático como fantástico y, por descontado, ignoto tanto moral como geográficamente. Todo un precedente de la fabulosa isla de King Kong (Merian C. Cooper & Ernest B. Schoedsack, 1933).

En este sentido, sobresalen los planos del pantano entre la niebla y las peligrosas cataratas; hasta que, finalmente, asistimos a la táctica narrativa del cazador cazado; como también sucede a veces en la vida. Zaroff no solo representa la crueldad de lo atávico y lo primordial, “endulzado” con cierto determinismo como cazador, sino igualmente la sofisticación con la que este se adorna; por ejemplo, cuando interpreta unas románticas piezas al piano.


Aspecto último que debemos al talento musical de Max Steiner (1888-1971). Debidamente restaurada, la composición fue editada en 2001 por el sello Marco Polo (8.225.166), junto con la extraordinaria -musicalmente hablando- The son of Kong (Ernest B. Schoedsack, 1933). Por todo ello, El malvado Zaroff es un trofeo para paladares cinéfilos exquisitos. Al fin y al cabo, tal y como Jean Francois Revel (1924-2006) determinó, la primera de las fuerzas que mueven el mundo es la mentira. Y lo difícil es darse cuenta de que esto es verdad.

Escrito por Javier C. Aguilera




Superman/Batman: Enemigos públicos, de Jeph Loeb y Ed McGuinness

08 diciembre, 2016

| | | 0 comentarios
La creación de un superhéroe siempre conlleva la búsqueda de unas motivaciones concretas que determinen la clase de personaje y que justifiquen las características no solo de sus posibles poderes, sino también de su personalidad. Superman y Batman han sido dos de los superhéroes más favorecidos por el público gracias tanto a su larga trayectoria con algunos de los cómics más populares del género como a sus consecuentes adaptaciones televisivas, variadas en nivel, aunque siempre evaluadas por la atenta mirada de sus seguidores.

Sin embargo, a pesar de su fama, son dos superhéroes bien distintos. Tanto que podemos suponer que les resultaría más fácil tener visiones contrarias del mundo y del combate por la justicia, lo que, en efecto, les ha llevado a enfrentarse, ya tanto en el cómic como en la película Batman v Superman: el amanecer de la Justicia (Zack Snyder, 2016), pero también han llegado a colaborar y trabajar juntos, ya fuera en un grupo más amplio como la Liga de la Justicia, como formando un dúo envidiable. En 2003 surgió la necesidad de volver a definir la relación entre estos dos superhéroes. El encargado de llevarlo a cabo fue el guionista Jeph Loeb, contando para los primeros números con el dibujante Ed McGuinness.

Así tuvo lugar la serie Superman/Batman, que comenzaría con un primer ciclo, de seis números, conocido como Enemigos públicos, aunque también se le ha denominado Los Mejores del Mundo. A este continuaría un capítulo autoconclusivo, El pupilo, con dibujo de Pat Lee, y otro ciclo denominado La Superchica de Krypton, que recuperaba a Supergirl con los diseños de Michael Turner. Pero en esta reseña tan solo nos detendremos en los seis primeros números, que compusieron el inicio de esta línea de cómics y, por tanto, de la colaboración moderna de estos dos superhéroes.


Situados en los eventos posteriores a las Crisis de Tierras Infinitas, nos encontramos a Lex Luthor como presidente de los Estados Unidos de América, lo que impide que Superman pueda hacerle frente. Durante su mandato, se localiza un gran asteroide de kryptonita dirigiéndose hacia la Tierra, hecho que Luthor emplea para acusar al célebre héroe alienígena de querer destruir al planeta con el impacto del meteorito. Para acabar con él, usará todos sus recursos como presidente, desde el uso de grupos de superhéroes al servicio del gobierno como una recompensa por la captura de Superman que atraerá a varios supervillanos. El héroe de Metrópolis contará con la ayuda de Batman para desentrañar la verdad detrás de toda la situación y conseguir salvar al mundo de nuevo. Esta es la trama principal de este ciclo en la que confluirán básicamente todos los sucesos, a excepción quizás de una subtrama no resuelta en estos números referente a la posible identidad del asesino de Thomas y Martha Wayne. 

El argumento nos lleva a una historia clásica de deshonor del héroe y búsqueda de la recuperación del agravio, aunque Loeb nos conduce a un juego rocambolesco en el que la trama se va enmarañando conforme avanza. Cada vez se emplean más recursos para sorprender o crear un espectáculo visual que en muchas ocasiones sentimos falto de auténtica emoción, así como otras ocasiones en que directamente hay escenas innecesarias o bochornosas; sirva de ejemplo el -hasta cierto punto ridículo- desenlace del asteroide, con un final que debería haber resultado emotivo, pero donde falta empatía y sobra el aspecto de cierto robot. A su vez, como ya comentamos en JLA: Año uno, a veces se acumulan una serie de personajes en su mayoría desconocidos para el lector poco asiduo, que son expuestos solo para mostrarlos luchando. En este caso concreto, la obra se ríe de sí misma cuando el propio Superman afirma no conocer a uno de los villanos menores.


Por otra parte, el uso de otros superhéroes bien podría resultar más interesante de lo que en principio se propone, dado que se simplifica el posible debate que se podría dar en unos personajes que juraron defender el bien y se ven obligados por el gobierno a luchar contra otros superhéroes sin estar seguros de las razones que les lleva a ello. Con todo, se agradece la ligera reflexión así como el giro inesperado de los acontecimientos que se produce en ciertas ocasiones, sobre todo con la aparición de Shazam y Hawkman. Cabe mencionar que se emplea también el viaje en el tiempo como un recurso llamativo e importante en la trama, induciendo un punto sombrío y que los personajes duden sobre sus acciones, aunque al final no creo que se resuelva de la mejor forma posible.

Ahora bien, si estos son algunos de los puntos más dudosos de la obra, los mejores aspectos los encontramos en la relación entre Superman y Batman. La decisión acertada de Loeb de incluir sus voces interiores como narradores nos conduce a un humor natural surgido del contraste entre ambos personajes. Pero, además de sus diferencias, sirve para erigir una amistad basada en la comprensión y ayuda mutua. Incluso en los momentos más duros para ambos protagonistas, solo su colaboración les consigue sacar de apuros, lo que también supone decir que estos grandes superhéroes, aún estando juntos, acabarán teniendo problemas serios. Precisamente, destacan aquí las decisiones argumentales en las que observamos que su auténtico poder no reside tanto en los superpoderes de Clark o los cachivaches de Bruce, sino en el ingenio y astucia de ambos personajes para aprovechar los recursos de los que disponen juntos.


En definitiva, a pesar de que hay acción a raudales, lo que proporciona una personalidad única a Superman/Batman; Enemigos públicos es la unión de ambos caracteres de una forma tan natural y cómica, o incluso cuando llega el momento en que ambas personalidades parecen intercambiarse, dando lugar a un terrorífico Superman. Gracias a esto podemos disfrutar de un cómic sencillo con un dibujo atractivo obra de McGuinness, donde los recursos que podrían ser más densos acaban por resolverse de manera fácil, consiguiendo ser ligero y agradable. Pero sin llegar a convertirse en imprescindible.

Escrito por Luis J. del Castillo


El hombre vestido de blanco, de Alexander MacKendrick

06 diciembre, 2016

| | | 0 comentarios
Aún de forma bien intencionada, el perjuicio que han hecho y siguen haciendo todos los volúmenes “top-ten” es incalculable. La manía de constreñir la historia del cine, en el caso que nos ocupa, en función de “las mejores películas de tal género” o “las favoritas de fulano” hacen que el incipiente aficionado se encuentre con que existe todo un iceberg cinematográfico cuya base es tan colosal como desconocida. Ello no obsta para que cada uno de nosotros atesore su propia memoria cinéfila.

Al mencionar a la compañía cinematográfica británica Ealing muchos adjetivos se nos vienen a la mente: profesionalidad, modestia, personalidad, inventiva, excentricidad, espíritu innovador. La empresa sostenida por Michael Balcon (1896-1977) pronto se hizo célebre gracias a que sus películas de corte realista conectaban bien con las clases más populares.

Aunque fuera este un realismo pasado por el filtro de lo fabulesco y lo cómico, tan positivista como idealista, al menos en lo que a las comedias, ciertos melodramas y películas de aventuras se refiere, puesto que la producción se completaba con relatos de raigambre bélica y policíaca.

El hombre vestido de blanco (The man in the white suit, General Films-Rank, 1951), producida por Balcon y escrita por el realizador Alexander MacKendrick (1912-1993), John Dighton (1909-1989) y Roger McDougall (1910-1993), según una pieza teatral de este último, es justamente una de sus comedias más empíricas y reflexivas.


Humeantes fábricas y máquinas son la antesala de un paisaje tan externo como interno; concretamente, el de la fábrica textil en la que trabaja Sydney Stratton (Alec Guinness). Pero no lo hace en uno de sus laboratorios, como a él tanto le gustaría, sino como encargado del material, primero, y empleado de almacén después. Claro que esto no ha sido impedimento para que se haya colado de rondón en uno de estos laboratorios y haya instalado allí un artefacto que dificultosamente (los éxitos de los personajes Ealing suelen ser trabajosos) se revelará revolucionario.

En realidad, Stratton es un ingeniero experimental de profesión e inspiración, todo un emprendedor autónomo al que mandamases y el resto de empleados apenas conocen. En efecto, Stratton es apenas visible en la empresa, mucho antes de confeccionar su sorprendente invento: un resplandeciente y duradero tejido, cortesía de los efectos especiales de Sydney Person (-) y Geoffrey Dickinson (1892-1955), que además nunca se ensucia.


Un visionario y concienzudo trabajador que, como otros en su estilo, recibe ayuda tanto de su perseverancia como de la casualidad, y al que, como responsable de una idea literalmente brillante (una brillantez que simboliza la pureza tanto del personaje como del invento), le es arrebatado el descubrimiento. En este caso, tratando de enterrarlo. Sucede que, contra todo cándido pronóstico, los controladores del mercado lo rechazan, al tiempo que los sindicatos, de igual modo que ha venido sucediendo con las “carísimas” energías renovables o los “poco prácticos” coches eléctricos.

Apadrinados por sir John Kierlaw (el recordado Ernest Thesiger), estos custodios del mercado textil puesto en entredicho “entran en pánico” al advertir que se corre el riesgo -desde sus parámetros- de desnivelar la balanza de los mercados. Aunque supuestamente una cosa sea la prosperidad comercial y otra el afán por acumular dinero. Pensando que a Stratton lo retienen para explotar su invento -que es precisamente lo que los industriales pretenden evitar a toda costa-, los obreros de las fábricas amenazan con la huelga y con ese tipo de movilizaciones llamadas pacíficas. En esta coyuntura, el único amigo que tendrá el sufrido inventor será la hija de su jefe, Daphne Brinley (Joan Greenwood). En suma, y abriendo el abanico, se nos plantea la cuestión peliaguda de si, en efecto, todos los avances científicos resultan ser “convenientes”.


Ciertamente, el dinero no significa nada para Stratton. Él pretende salvaguardar en todo momento su genuina independencia en pos de hacer partícipe al resto de la sociedad de sus desvelos; al menos, hasta que la ilusión se descompone a causa de tantas presiones y se acaba difuminando por las industriosas calles fotografiadas por Douglas Slocombe (1913-2016).

En este sentido, El hombre vestido de blanco es una resplandeciente fábula confeccionada a medida de la Ealing, con la hechura de unos imaginativos medios y la simpática sisa de característicos como Michael Gough (1916-2011), empresario y novio de Daphne, o Miles Malleson (1888-1969), que interpreta al atónito sastre que toma las medidas del fenomenal invento.

Escrito por Javier C. Aguilera


Idol, de Hany Abu-Assad

04 diciembre, 2016

| | | 0 comentarios
Cuando nos embarcamos a descubrir una de sus obras basadas en hechos reales, siempre debemos plantearnos si existe un auténtico interés por conocer no solo esa historia, sino también si merecerá la pena el enfoque que le haya otorgado quien la traslada, ya sea a texto o a pantalla.

Algunas de estas historias no pasan de lo anecdótico, otras se entremezclan con unas circunstancias sociales e históricas que resultan atractivas, aumentando tal atracción si los protagonistas se relacionan con esos hechos, aparte de, por supuesto, los personajes determinantes en ciertos sucesos célebres o históricos así como el habitual biopic. Determinando mejor el tipo de obra ante la que nos encontramos hoy, debemos referirnos a todas aquellas que hablan de un viaje hacia el estrellato, el descubrimiento de un don que cambiará para siempre la vida del protagonista. Un tipo de obra que puede caer de manera fácil en tópicos usuales.

La situación que se vive en el conflicto palestino-israelí es bastante compleja, por lo que es necesario en primer lugar señalar que no hablaremos aquí de ello más allá de lo que nos permite la propia película que reseñamos: Idol (2015).

Partimos de este comentario porque la obra pertenece al director palestino Hany Abu-Assad (1961) y se ambiente en Gaza, lo que nos puede llevar a caer en discusiones más relacionadas con la realidad que con el análisis cinematográfico. Sobre todo porque Abu-Assad ha tratado en anteriores ocasiones temáticas relativas al conflicto con gran aceptación de público y crítica, por ejemplo, con Paradise Now (2006).

El argumento remite a una versión alterada de la vida de Mohammed Assaf, habitante de Gaza que ganó el programa Arab Idol celebrado en Egipto en 2013 tras haberse dedicado a cantar en bodas. No obstante, Idol diverge en dos momentos vitales clave que, a su vez, bifurcan la propia película en dos historias distintas tanto en tono como en resultado. Por una parte, en 2005 vemos la infancia de Assaf con sus primeros pasos en el mundo de la música gracias a la banda que creó junto a su hermana Nour y dos amigos. Por otra parte, viajamos a 2012 donde encontramos a un Assaf ya adulto tratando de triunfar en la música a través de programas televisivos, para lo que tendrá que huir de Gaza y llegar a Egipto para concursar en Arab Idol. Dos tramas bien distintas.


La primera nos remite a las aventuras de la infancia que viven en un ambiente que no acaban por comprender. Historias de amistad con bicicletas, pequeños trabajos, objetivos comunes y momentos de compañerismo así como de rencillas. Hay secuencias que saben fusionar ambas realidades, como el momento en que los niños viajan en bicicleta junto a las vallas que determinan el territorio permitido, aquel en el que pueden seguir jugando, o cuando deciden negociar con un contrabandista, ignorando el peligro que les rodea dentro de la burbuja de la infancia. Si bien es cierto que existe una falta de profesionalidad del reparto, algo evidente en los niños, se logra cierta entereza en este primer tramo gracias a estos contrastes y a un drama íntimo en mitad de un drama social que no se muestra de forma directa.

En este sentido, podemos ya adelantar que no existe una reflexión auténtica sobre lo que acontece en Gaza, dado que el retrato de la situación es tanto blando como ineficaz; aunque seguramente no era la intención del director centrarse en el apartado social, le resta importancia a las acciones posteriores de su protagonista como portador de esperanza. Con todo, no está exento de crítica, por ejemplo, al adoctrinamiento religioso de carácter radical con uno de los amigos del protagonista o también gracias al cautivador personaje de Nour, que sirve para reflejar la desigualdad de la mujer ante el rol a desempeñar en la sociedad. El empeño e ímpetu de este personaje se contrapone a la conformidad y casi desgana de Mohammed, dado que ella reconoce en su hermano el talento. No obstante, llegado el momento dramático de esta primera parte, los sueños y las ilusiones se comienzan a desvanecer. Como también empieza el declive de la película.


De la historia que antes parecía intuir un laberinto de emociones, nos encontramos en 2012 con un personaje hastiado de su realidad y anodino para el espectador. Mohammed, reconvertido en taxista, no prospera en el mundo de la música limitado por su situación en Gaza. A su vez, la fuerza y convicción de Nour, desvanecida en esta segunda parte, provoca que toda la aventura del protagonista por llegar a Arab Idol esté invadida no solo de previsibilidad, sino también de cierto desinterés. No notamos ánimo en el protagonista por alcanzar su meta sino como algo secundario a huir de donde está, por lo que conforme avance en la dirección de convertirse en un icono, más irreal nos parecerá el tramo final. Precisamente, el ritmo vertiginoso de las últimas secuencias, donde se entremezclan y acumulan temas como la presión mediática, la unión fraternal árabe o hasta una subtrama romántica, rompe con la construcción meditada de la primera parte, sintiendo que no existe una conclusión decente.

A todo ello debemos añadir la distancia que existe entre la música occidental y la música árabe. Salvo que entendamos ese tipo de música, debemos afrontar el problema de no conectar emocionalmente en ese terreno, vital en una película sobre un cantante. También hubiera colaborado en esta cuestión la decisión de subtitular las canciones, lo que, aunque no acabaría con la distancia cultural, nos ayudaría a comprender el contenido de las canciones del protagonista. A su vez, resulta curiosa la decisión de haber traducido con el término Dios al Alá que deberían mencionar los personajes por su religión o la adopción de ciertas expresiones que deberían haberse adaptado a su contexto real.


Aunque pudiera haber sido algo más, Idol acaba por formar parte de ese conjunto de historias que tratan de proporcionar esperanzas a través del arte, en esta caso del cantante, con una narración en torno a la superación, pero que se queda ahí. Un reparto desajustado por su poco nivel, una estructura binaria irregular cuyo segundo tramo, el que relata en realidad el triunfo de Assaf, resulta más aburrido que el primer tramo, que era más rico en sus detalles y en sus tramas, y la falta de cierta visión más crítica nos proporcionan el conjunto de defectos que Idol acumula para dejarnos con una obra mediocre cuyos principales valores son más contextuales que reales.

Escrito por Luis J. del Castillo


Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...