Música Inolvidable (XXXI): Tino Casal

21 octubre, 2016

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Nos parecía lo más natural del mundo. Me refiero a la enorme libertad, en todos los ámbitos, y a la eclosión de talento que, en lo musical, aún en sus distintas vertientes, respirábamos en la década de los ochenta. 

De la consolidación del pop dan testimonio los hallazgos creativos de músicos y conjuntos excelentes, como Mike Oldfield (1953), David Bowie (1947-2016), O.M.D., Pet Shop Boys, Police o, ya en suelo patrio, Carlos Berlanga (1959-2002), Antonio Vega (1957-2009), Radio Futura, Mecano, Azul y Negro o La Unión. Por no hablar de una música de cine que, a nivel mundial, halló en aquel decenio su privilegiado canto de cisne. Pero la mencionada lista es tan solo un ejemplo. Todos recordamos muchos más nombres. Entre ellos, el de un principesco y muy personal cantante, dueño de su propia libertad y de su imagen, que venían a ser lo mismo, y sobre todo, estandarte de una voz con estilo.

Celestino -Tino- Casal (1950-1991) fue un artista precursor y global. Él mismo se encargaba de confeccionar su entonces sorprendente vestuario, de orquestar la puesta en escena de su escenario y del diseño de sus discos. En definitiva, de todo aquello por lo que resultaba especialmente emocionante adquirir y portar un L.P. por la calle.

Además de una persona con acusada y autodidacta intuición musical, Tino Casal era una artista plástico y un expresivo pintor, no solo sobre el lienzo, sino también sobre la ropa o la partitura, tanto en las letras como en la prosodia, sin perder por ello el lirismo. Lo que lo convertía en una rara avis en el adocenado panorama melódico que recién despertaba gracias a emprendedores como él.


El cantante y compositor asturiano fue, en sí mismo, un alarde de exhibición creativa -que como ya hemos señalado, no provenía de la nada, sino del conocimiento de los medios- y una camaleónica personalidad, cálida y generosa de puertas para adentro; enigmática y ambivalente de micrófonos para afuera.

Al contrario de tantos, a los que les bastó una canción o dos para convertirse -o ser convertidos- en celebridades, los conceptos musicales de Tino Casal se tradujeron en unos innatos recursos armónicos y en unas letras de estilizada riqueza lingüística que hacían frente a las monolíticas tendencias impuestas hasta ese momento por las casas de discos, antes de que la vulgaridad de los ritmos tribales y machacones camparan a sus estrechas anchas. Por suerte, con ayuda o no de los revivals -o mejor dicho, de la música que nunca pasará de moda-, cada cual puede escoger hoy día el periodo musical en el que desea alojarse.


Entre los discos más representativos de Casal están todos los editados por el sello EMI: NeoCasal (1981), Etiqueta Negra (1983), Hielo Rojo (1984), Lágrimas de cocodrilo (1987) e Histeria (1989). De ellos entresacamos un par de vídeos musicales que, a buen seguro, son de sobra conocidos por los aficionados: Embrujada (1983) y Pánico en el edén (1984), que además sirvió de sintonía a la conocida Vuelta Ciclista a España de aquel año. Son muchos los temas: los soberbios Los pájaros (1983), Ni un minuto más (1983), Teatro de la oscuridad (1984), o sus inmejorables versiones de Life on Mars (1981), Eloise (1987), Don’t you want me (No fuimos héroes) (1989) o Killing me softly with this song (Tal como soy) (1989).

Artesano del diseño y de la imaginación, el alma de Tino Casal fue dadivosa, nocturnal y libre (lo más difícil es lo de costumbre: no someterse a movimiento alguno). Amigo de las noches entre satén y de los halcones heridos que buscan sus nidos entre la libertad, receloso de la esclavitud en una sociedad que lucha hasta morir, Tino Casal fue, además, tigre y neón, profeta en su tiempo, pese las incomprensiones que siempre suscita toda personalidad definida e independiente; el barroco discípulo de una noche contracorriente y libre de prejuicios; un cometa sin complejos, que no es lo mismo que irrespetuoso. En suma, el portavoz no solo de nuevas canciones, sino de nuevos sonidos, uno de los rasgos distintivos de aquel periodo. Con ello demostró Casal que lo moderno no tenía por qué ser lo cutre, y que lo perecedero se construía sobre el respeto hacia lo que uno hace, con la necesaria experiencia y profesionalidad.


No se trata, pues, de una mera cuestión nostálgica, de un cíclico o reciclado retorno al pasado, sino de volver a experimentar -se viviera o no- aquella moderna nobleza y perenne calidad, un asidero melódico y emocional, más introspectivo que retrospectivo, como no se ha vuelto a repetir. Entre otras cosas porque había que ser bueno para poder competir; eso que también se pretende eliminar de las aulas y del ánimo de los ciudadanos, como si fuera igual el que se esfuerza que el que no.

Con ello no quiero decir que no existieran personalidad y creatividad anteriores a este periodo, con los grandes conjuntos de los años cincuenta o sesenta. Solo que, personalmente, cuánta más distancia en el tiempo, más consciente soy de haber sido testigo de un momento sumamente especial, sobre todo en comparación con la grisura posterior, esa mediocridad por la que aún nos vemos asediados. Por el contrario, en aquel tiempo, no solo eras de un grupo, sino que pertenecías a una época.

Escrito por Javier C. Aguilera


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