El autocine (XXVII): Invasores de Marte, de William Cameron Menzies

15 julio, 2016

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En su notable y ya clásico Diccionario de símbolos (1968; Siruela, 1997-2014), el irrepetible Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) dejó consignadas sus impresiones respecto a los sueños. En la correspondiente entrada podemos leer que se trata de una de las fuentes principales del material simbólico desde la antigüedad (…), distinguiéndose entre sueños ordinarios y extraordinarios; de igual modo que se creyó en la existencia de los sueños premonitorios…

William Cameron Menzies (1896-1957) fue uno de los más renombrados diseñadores de producción de la historia del séptimo arte. Labor por la que todos los aficionados y estudiosos del cine lo recordamos, pero que no impidió que explorara el terreno de la realización, como ha sucedido otras veces con algunos directores de fotografía.

De este modo, Invasores de Marte (Invaders from Mars, National Films-Fox, 1953) es un inolvidable ejercicio por el que Menzies debió de sentirse especialmente atraído, gracias al potencial de la historia que narra, escrita por Richard Blake (1906-1954), en base a un argumento de John Tucker Battle (1902-1962).

Durante el acostumbrado pero siempre sugestivo prólogo, la voz en off nos presenta al cosmos como una vasta región abierta al conocimiento, incluyendo las distintas formas de vida que habrá, con sus respectivos niveles éticos y fisiológicos. Un preámbulo tras el cual la cámara pasa a mostrar una casa en medio del campo, y que se detiene en David (Jimmy Hunt), tras haber enfocado por unos instantes su telescopio, nexo de unión entre el muchacho y la enormidad de ese espacio, tan sideral como psicológico. Precisamente, será el telescopio el instrumento que revele la naturaleza de la amenaza a varios de los protagonistas (lo que precipita la confrontación: aquí la ciencia actúa como ratificadora de lo insólito).


El poder de sugestión juega bastante a favor de una película que cuenta con escasos recursos pero con una premisa de admirable sencillez y efectividad. Lo que incluye material de archivo del ejército y la simpática peculiaridad de que las estructuras circulares del refugio alienígena fueran confeccionadas por medio de globitos hechos con preservativos. En cualquier caso, prevalece una historia cuya propuesta no puede ser más corrosiva, al presentarse a los marcianos, por parte del astrónomo Stuart Kelston (Arthur Franz), como “una humanidad en su grado de mayor inteligencia”; es decir, presta a esclavizar -en este caso- a los más débiles por medio del lavado de cerebro.

Dentro de esa escasez de medios pero no de ideas, Cameron Menzies es capaz de desenvolverse con soltura. Por ejemplo, cuando el padre de David, George (Leif Erickson), que es ingeniero y diseñador, toma la iniciativa de acudir solo a inspeccionar los alrededores, después de que su hijo le haya comentado que ha visto un extraño objeto en el cielo nocturno. Un paseo del que el espectador constata los resultados, lo cual es algo mucho más efectivo que el haberlo mostrado. La siguiente imagen del progenitor, tras su incursión por la célebre colina de la cerca, será un expresivo y aterrador primer plano, que funciona como preludio a un nuevo carácter autoritario e irascible.

Además, se da la curiosa circunstancia de que el realizador inserta una escena en la que los padres del muchacho dialogan sobre lo que consideran que ha sido una pesadilla de su hijo. Una conversación interesante porque es el único momento en que David no se encuentra presente (aún fuera de campo) dentro del relato, lo que le otorga visos de “verosimilitud” a la coyuntura, en la que George comenta de forma misteriosa que ya ha habido rumores...


La indefensión del chico cuando acude a las autoridades queda ilustrada por medio de un plano que presenta un estilizado y pesadillesco escenario minimalista. David observa cómo el asalto extraterrestre está afectando a los pilares más básicos de la sociedad (incluidos los familiares; tenga la composición que tenga). Tan solo hallará consuelo en las figuras de la doctora Blake (Helena Carter), el referido Stuart Kelston y, más tarde, en el diligente coronel Fielding (Morris Ankrum), personas que, significativamente, se muestran más abiertas ante los misterios del universo que otras mucho más “allegadas”. En cualquier caso, turbador es el descubrir que los padres no son lo que siempre se ha creído que eran, como notoria es la confirmación, por parte de Kelston, de que Marte se halla en su órbita bienal más cercana a la Tierra.

Y al igual que sucede con los vampiros, una marca en la nuca se convierte en la señal a partir de la cual David reconoce la (in)disposición de sus convecinos. Esta marca es el umbral que separa lo ordinario de lo inusitado; de lo terroríficamente instalado en la cotidianidad de un niño de corta edad. Una idea, la del dispositivo en la nuca, retomada en la inquietante Saturno 3 (Saturn 3, Stanley Donen, 1980), al igual que el cambio de personalidad operado en la gente se anticipa a la excepcional La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Donald Siegel, 1955). La transformación es brusca, sobre todo en una comunidad en la que todos se conocen, a pesar de que los límites del pueblo son tan inciertos como la ubicación del refugio terrestre de los invasores.


En 1986, el interesante realizador Tobe Hooper (1943) llevó a cabo una nueva versión de la historia, que en poco se alejaba del sendero del original, salvo por el hecho de incorporar unos efectos especiales más elaborados y alargar la angustiosa premisa.

La transformación psicológica operada en los abducidos, convertía a estos en personas más taimadas y encantadoras (con la excepción de la profesora de escuela interpretada por Louise Fletcher), lo que se evidenciaba en los actos más cotidianos del hogar. Pero pese a detalles simpáticos y ya tradicionales como el hecho de que los marcianos volatilicen al representante del SETI (Organización para la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre), y se zampen a otro de los personajes, la “actualización” de Invasores de Marte (Invaders from Mars, Cannon, 1986) peca de estar invadida por molestos y prescindibles efectos de sonido, luces discotequeras y una banda sonora altisonante en exceso (excepción hecha del sosegado tema principal); además de sacrificar la brillante idea de las “arenas movedizas” de su antecesora.

Puede verse sin quebranto, aunque el efecto sorpresa de la película de Menzies permanecerá imborrable en sus toscos pero pavorosos invasores de Marte.

Escrito por Javier C. Aguilera



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