Clásicos Inolvidables (XCI): Miau, de Benito Pérez Galdós

12 marzo, 2016

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Con cierta ligereza, y arrastrando una reflexión propia del vanguardismo, se suele interpretar al realismo como una corriente decadente y gastada, agrupando toda una serie de obras escritas a finales del siglo XIX y principios del XX bajo el sello de lo obsoleto. El uso, por ejemplo, del narrador omnisciente o de la tendencia narrativa lineal se ha tendido a romper desde la llegada de las técnicas vanguardistas y experimentalistas, pero todos estos hechos no pueden restar valor a la prosa de diversos autores de valía de toda una época literaria y social. En esta ocasión, rescatamos a una de las voces más eminentes dentro de esta corriente en la literatura española: Benito Pérez Galdós (1843-1920).

Oriundo de Las Palmas de Gran Canaria, Galdós es uno de los grandes narradores en lengua española, con una vasta producción literaria que va más allá de sus novelas, incluyendo obras teatrales, ensayos, cuentos y hasta la traducción, en 1868, de Los papeles póstumos del Club Pidwick, de Charles Dickens (1812-1870). No obstante, donde más brilla el célebre autor es en su narrativa, que incluye toda la saga de Episodios nacionales (1873-1912) y novelas como Doña Perfecta (1876), Fortunata y Jacinta (1886-7) o la que hoy comentamos, Miau (1888), que sirven de ejemplo a una producción incesante, incluso a pesar de la ceguera de sus últimos años.

Con cierta ingenuidad se suele adoptar la postura de considerar que el retrato realista mostraba la realidad tal como era, adoptando el autor una visión total sobre lo escrito para conocerlo todo y lograr mostrar los recovecos de sus personajes y acciones cual divinidad ante el tablero del mundo. Sin embargo, no estamos ante novelas objetivas, dado que la propia elección del argumento, de los personajes o de las situaciones narrativas son ya parte de una decisión que, consciente o inconsciente, muestra una forma de pensamiento. Entre la vasta obra de un autor como Benito Pérez Galdós, encontramos un retrato generacional, temporal y espacial que no solo muestra, sino que esconde detrás una serie de razones para poner el foco donde se está señalando. Si bien el (selecto) azar nos acercó a Miau dentro de una obra tan amplia, no fue pura suerte que Galdós decidiera contar esta historia.


En cierto sentido, el autor rescató a un personaje que ya había aparecido en el mundo galdosiano, bajo el nombre de Ramsés II en Fortunata y Jacinta, se hacía eco la figura del cesante que no consigue regresar a un puesto en la Administración pública. Una especie de caricatura que tomó forma y se expandió para concretarse en don Ramón Villaamil, protagonista de esta novela que nos narra su anhelo y desesperanza por conseguir dos meses de trabajo mientras se nos muestra la rutinaria vida de su familia, apodada como Miau por la fisonomía de las mujeres: la esposa de Ramón, doña Pura, la cuñada Milagros y la hija Abelarda. Una familia que se completa con Luisito Cadalso, el nieto de la familia, y Víctor Cadalso, el yerno viudo, una sombra del pasado que retornará a la casa para acarrear aún más daño sobre sus familiares.

Así pues, estamos ante un argumento sencillo que se vertebra en pequeñas subtramas, aunque girando siempre alrededor de la familia protagonista. Villaamil tarda incluso en aparecer en escena y se ausenta durante gran parte de la novela cediendo lugar a otros personajes. De esta forma, junto a la historia del desdichado cesante que ansía, aunque no lo quiera demostrar, al menos dos meses para conseguir la jubilación, se une el interés amoroso de Abelarda por su cuñado, cayendo en los juegos de este, el mundo de apariencias de doña Pura, la vida infeliz de Milagros, el repaso a la historia familiar, incluyendo el desagradable, histérico y angustioso final de la hija mayor, Luisa, o la mirada infantil, pero también ascética, de Luisito, en el que Galdós centra el foco en varias ocasiones.

La novela se inicia precisamente desde esa mirada infantil que empieza a ser consciente de las diferencias que suceden a su alrededor. Si observamos este comienzo a la salida del colegio con el final de la novela, observaremos la redondez de la obra que abarca desde este momento tan propio de la infancia a un momento tan crucial de la vejez de Villaamil. El retrato que realiza de las circunstancias personales de los personajes nos lleva pronto a la reflexión sobre la que se retornará una y otra vez: el honesto no medra, no asciende, no obtiene el trabajo, mientras que el vil sí, porque así lo quiere el sistema y así sucede en el país.

Puerta del Sol (Madrid) en el siglo XIX
-Villaamil -dijo Mendizábal con suficiencia- es un hombre honrado, y el Gobierno de ahora es todo de pillos. Ya no hay honradez, ya no hay cristiandad, ya no hay justicia. ¿Qué es lo que hay? Ladronicio, irreligiosidad, desvergüenza. Por eso no le colocan, ni le colocarán mientras no venga el único que puede traer la justicia. (pág. 39)

El narrador omnisciente lo sabe todo sobre los personajes, nos lo muestra, pero no los juzga, solo los describe a ellos y a sus acciones; al menos en teoría, ya que hay ocasiones en que el narrador efectúa un juicio de valor, por ejemplo, el hecho de llamar a un personaje Cadalsito no solo señala que se trata de un niño, sino que también ofrece cierto afecto por parte de la voz narrativa. Ahora bien, de forma general, la opinión que pueda tenerse de los personajes se ofrece precisamente a través de los diálogos, mostrándonos el juicio de unos frente a otros. Así, en apenas diez páginas, encontramos dos descripciones del protagonista, Villaamil, complementarias, pero contrapuestas, como sucedía con la visión idealizada que ofrecía Calisto de Melibea frente a las críticas airadas de Aréusa y Elicia en La Celestina (1499). En la primera, Mendizábal, vecino del personaje, lo muestra como un hombre honrado cuya situación se debe al ambiente político calificado de forma deleznable, mientras que su esposa, doña Pura, le achaca su inacción, su exceso de honradez frente a quienes se aprovechan de las circunstancias a pesar de ser peores que él: Créeme, eso ya no es honradez, es sosería y necedad [...] Tú no serás nunca nada, y si te colocan, te darán un pedazo de pan, y siempre estaremos lo mismo (pág. 52).

Galdós en apenas cincuenta páginas comienza a acotar y a mostrarnos las medidas de su desdichado y hastiado protagonista (Mejor que su familia le acompañaba su propia pena [pág. 54]), pero también de quienes le rodean. Ahí tenemos a su esposa, que tras estas acusaciones airadas, culpando de sus penurias a su marido, parte al teatro junto a su hija y su hermana, a disfrutar sin hacerse responsable. En este sentido, los miembros de la familia no distan mucho de la posición que ocupa el nieto, Luisito Cadalso (precisamente el único que no está en condiciones de ayudar), en tanto que actúan de una forma infantil, arrojando la responsabilidad a otros sin asumir ninguna postura útil para el bien familiar. Cuando se acerque el final de la novela, será Villaamil el que se percate de que, en el fondo, siempre ha estado solo.


Por otra parte, resulta interesante la crítica de doña Pura a su marido en tanto que refleja cómo los valores considerados positivos por la moral cristiana, como la humildad o el buen trato al prójimo, son menospreciados por el sistema, que parece preferir a quienes actúan de forma astuta, a pesar de su brutalidad. Así lo confirmará el pensamiento de Villaamil: ¿Para qué sirve el estudio? Mientras más burro sea el hombre, mientras más pillo, mejor carrera hace... [...] bienaventurados los brutos, porque de ellos es el reino... de la Administración [pag. 57-58]). En este sentido, Belén Gopegui también nos reflejaba en Lo real (2001) a un personaje similar: anclado durante años en el mismo puesto de la empresa y siendo despreciado por el protagonista, que mediante todos los trucos posibles, empezando por la mentira, lograba ascender o hacerse notar, aunque no estuviera realmente cumpliendo con su labor asignada. Un retrato ácido de nuestra realidad que no parece haber cambiado demasiado en un siglo. Y que aún hoy sigue vigente en la situación y también en la actitud de gran parte de la sociedad. El destino lúgubre de nuestro protagonista se asemeja hoy al de muchos que copan las listas del paro.

Seguramente por todo ello, sumado a la habilidad narrativa de Galdós, el personaje resulta de una naturaleza humana muy cotidiana. Sus pensamientos en forma de monólogo nos descubre ideas tópicas que se transmiten y se comparten socialmente. Resulta interesante la perspectiva pesimista que adopta Villaamil, contraria a tendencias actuales de búsqueda del pensamiento optimista para que el universo te ayude. El protagonista pretende aceptar su funesto sino para sorprenderse de lo bueno que le pueda ocurrir, incluso rechazando los ánimos de quienes le rodean. A su vez, el dibujo que el autor realiza de Villaamil nos lo plantea como una caricatura tierna, un pobre hombre al borde de cierto abismo y desesperación, ante el cual se encuentra solo a pesar de poder está acompañado -y hasta se encuentra mejor cuando realmente lo está, como si por fin se correspondiera la soledad mental con la física-.

Cabeza de niño de perfil, de J. Sorolla
El ambiente que Galdós retrata a partir de la familia protagonista mezcla los vicios y virtudes que el autor observaba en su sociedad. Quizás solo hay dos personajes a los que se retrata con cierta ternura: el caricaturesco cesante Villaamil, un pobre hombre idealista cuya honradez no parece ayudarle a alcanzar el puesto que merece, y Luisito Cadalso, del que se sirve para mirar la vida desde una perspectiva más inocente, descubridora del mundo y con problemas más habituales entre niños (los deberes, las peleas por el honor debido a un mote o los recados que le manda su abuelo).

Cabe destacar al muchacho por su peculiar relación con Dios, con el que mantiene conversaciones aparentemente en un estado de trance e inconsciencia. Un recurso que nos acerca a la ascética y que permite a Galdós crear unas estampas de ternura donde se juega con las ilusiones de Luisito y, en gran medida, con el destino de los personajes, como finalmente veremos. Este recurso de diálogo con la divinidad lo hemos podido ver posteriormente en películas como las protagonizadas por Don Camilo o en la española Marcelino, pan y vino (Ladislao Vadja, 1954).

Podríamos incluir junto a estos dos algunos personajes menores, como los memorialistas del edificio, pero cuya importancia o presencia es menor. El resto de personajes principales que aparecen o son mencionados reflejan distintas actitudes censurables: el mundo de las apariencias de las mujeres de la familia, especialmente doña Pura, la influenciable Abelarda, el cotilleo inmiscuido de Quintina, o, en general, todo un universo de corrupción y tejemanejes políticos poco honestos y nada honorables. Pero entre todos ellos, destaca Víctor Cadalso.

Detalle del Capricho 27, de Francisco de Goya
El sentimiento que al pobre niño inspiraba aquel hombre era mezcla singularísima de respeto y temor. Le respetaba por el concepto de padre, que en su alma tierna tenía ya el natural valor; le temía porque en su casa había oído mil veces hablar de él en términos harto desfavorables. Era Cadalso el papá malo, como Villaamil era el papá bueno. (pág. 89)

Él será el personaje que reúna la mayor connotación negativa, además de conjugar características literarias de algunos tipos como el pícaro o el galán romántico. Así, Víctor se muestra como el contrario, el espejo, de Villaamil, en tanto que se advierte su ascenso social a base de engaños y robos mediante la burocracia, uniéndose a la fiel tradición de los pícaros, aunque en esta ocasión con éxito, dado que vive en una sociedad que se lo permite, incluso se llegará a exponer que la Hacienda o el Estado se lo debe por sus servicios: Porque, mediador, entre el contribuyente y el Estado, debo impedir que ambos se devoren, y no quedarían más que los robos si yo no los pusiera en paz (pág. 110).

Galdós no realiza una censura como podría resultar evidente en los autores barrocos, no muestra a Víctor como un ejemplo ex contraria como pudiera suceder con el Guzmán de Alfarache (Mateo Alemán, 1599) o, en menor medida, con El Buscón (Quevedo, 1626), sino como una pieza más del engranaje oscuro y corrupto de la sociedad española. Incluso se servirá del lenguaje administrativo para ocultar la verdad y defender su honor, mostrándose hermético como lo es la propia burocracia. A la vez, resulta ser el personaje de actitud más teatral, incluso se mostrará galante y con una forma de ser romántica, realizada intencionalmente para la conquista de una dama. Llega incluso al extremo de ridiculizar el espíritu romántico mencionando con total ligereza el suicidio.

La llegada de Víctor Cadalso remueva a la casa y muestra heridas aún no cerradas (la muerte de su esposa desquiciada, el abandono y el ultraje familiar) a la vez que abre otras: ante su hijo Luis, ante su suegro Villaamil (representante de lo bueno, frente al representante de lo malo que es Víctor), ante las mujeres de la casa (que se convertirán en las principales víctimas de sus acciones) o ante el propio Dios, mostrando abiertamente su ateísmo frente a su hijo y, por tanto, contrariando sus visiones divinas. Además, Galdós se sirve del personaje para presentar otra visión de la realidad. Allá donde doña Pura veía lo valioso y limpio de la casa, Víctor observa lo feo, lo sucio y lo desgastado, completando así el cuadro descriptivo de la realidad hogareña.

Bodegón de cardo y zanahorias, de Fray Juan Sánchez Cotán
- [...] Esto está tan podrido, que va a resultar la cosa más chocante del mundo: mientras a este hombre que debiera ser Director general,  lo menos, se le desatiende y se le manda a paseo, yo, que ni valgo nada, ni soy nada y tengo tan cortos servicios, yo…, créanlo ustedes, yo, cuando esté más descuidado, me encontraré con el ascenso que he pedido. Así es el mundo, así es España, y así nos vamos educando todos en el desprecio del Estado, y atizando en nuestra alma el rescoldo de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites. Ésta es la lógica española. Todo al revés: el país de los viceversas… (pág. 157)

Al final, la realidad que rodea a los personajes es una realidad corrupta. Galdós no solo se encarga de recordarlo en varias ocasiones, incluyendo un hipócrita monólogo de Víctor Cadalso que arriba citamos, sino que incluso nos muestra los vaivenes de Villaamil por las dependencias de Hacienda y cómo allí reina el nepotismo, las burlas o hasta la indecencia. Don Ramón se convierte en la víctima de las risas brutas de sus compañeros, aún cuando estos le compadecen. Sin embargo, nadie le ayuda, a pesar de su insistencia, que llegará a ser pesada incluso para el lector, mientras que los negocios de Cadalso, ocultos a la vista, le permiten medrar y obtener un puesto. La derrota de Villaamil supone aceptar con entereza la realidad de su mundo y, sin poder cambiarlo (algo que ejemplifica el rechazo que todos presentan ante su propuesta para remodelar los impuestos), acaba por descubrir la felicidad de ser libre, adoptando una última decisión, con la que el libro se cierra. Al lector solo le queda la sensación de compadecer al personaje y entenderlo, a la par que sentirse hastiado por lo que ha visto.

Como es habitual en su mundo literario, partiendo de un argumento tan sencillo, Pérez Galdós desliza su pluma para retratarnos las calles de un Madrid burocrático, pero muy real, con menciones al Teatro Real, a la Iglesia de las Comendadoras y un sinfín de calles que se ajustan al espacio geográfico que el propio autor conocía. Un retrato realista que también influye incluso a la hora de caracterizar la forma de hablar de sus personajes a partir del estilo directo, ya sea para remarcar ciertos dejes socioculturales (sobre todo cuando son de nivel bajo) o el habla infantil, más dejado, incluyendo interjecciones como ¡Contro! habituales en Cadalsito.  hasta, de forma irónica, caracteriza a sus personajes a través del nombre, como ya hiciera con Doña Perfecta o con Máximo Manso en El amigo Manso (1882), aunque quizás de forma menos directa en este caso. Por ejemplo, Villaamil vendría a señalar que como este personaje hay mil en la Villa (de Madrid).


Los grandes errores de la vida, como los sentimientos más hondos, aunque sean extraviados, tienden a conservarse y no quieren en modo alguno perecer. (pág. 272)

Miau es un trozo de vida arrancado de la literatura por Galdós, como tantas otras de sus narraciones. La calidad es irrefutable, aunque sería comprensible acusar a esta novela de ciertos excesos, por ejemplo, en la trama entre Abelarda y Víctor, que resulta en un tira y afloja algo cansino. De la misma forma, puede resultar sorprendente encontrarse actos tan vehementes como la ira de la tía contra su sobrino o las visiones de Luisito en una aparentemente novela realista, pero también es cierto que la realidad está repleta de casos que aún nos enmudecen como los aquí presenciados.

En definitiva, una novela que partiendo de la caricatura del cesante, nos entrega una visión cruda y dura de la realidad española del siglo XIX, un retrato que aún se nos asemeja más de lo que desearíamos, y que debajo de tanto juego simpático, nos arroja un drama íntimo y muy humano, que aúna en su final la libertad con la desesperanza.

Escrito por Luis J. del Castillo


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