Adaptaciones (XII): Don Camilo

06 febrero, 2013

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Jesús a Don Camilo: ¡No irás a explicarme a mí lo que es el bautismo!

Cartel de Don Camilo
En un mundo cada vez más sectario, más tecnificado, y como predijeron Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick, menos humanizado, nadie que pretenda llevar siempre la razón debería acercarse a películas como estas, en las que prevalece el respeto hacia el que piensa de forma diferente (y este hace lo propio, he ahí la gran diferencia), porque se sentirá incomodísimo. Ideologías aparte, el legado propuesto por Giovannino (Giovanni) Guareschi no es tanto una cuestión de pose (que la tenía, y bien definida) hacía los gustos del momento, como un directo espejo stendheliano con el que retratar una sociedad, y por ende toda la condición humana, por vía de un realismo-costumbrista, siempre filtrado por el sentido del humor y la ironía. La obra es la vida; y la sociedad, un pueblo de provincias en una época convulsa de la historia italiana, los años de después de la guerra, más que tristes debido a su posicionamiento con el Eje, más lo que (se les) vino después.

Giovanni Guareschi
Guareschi (Parma, 1908 - Ravena, 1968) era periodista, y la primera recopilación de relatos del párroco de Brescello y su alcalde fue El pequeño mundo de don Camilo, de 1948. Como decimos, el “pequeño mundo” es el pueblo de Brescello, y entre sus insignes habitantes, están el párroco Don Camilo (Fernandel), “fuerte como una mula”, y el alcalde Giuseppe Botazzi, Peppone o Pepón (Gino Cervi), mecánico de la localidad y líder del floreciente partido comunista. Ambos hicieron la guerra defendiendo Italia, y en ambos se concentran todas las virtudes y contradicciones que conlleva el ser humano. Aliados en la guerra, amigos separados por la política en la paz, aunque en el locus amoenus del autor, la política de uno u otro gana raramente, pues prevalece la humanidad, que pese a sus defectos es lo que nos distingue. Ninguna de las traslaciones de las fábulas realistas imaginadas por Guareschi habría tenido mejor acomodo que con los actores que encarnaron sus personajes.

De izquierda a derecha: Fernandel, Cervi y Guareschi, en El camarada don Camilo
Fernandel (Fernand Joseph Desiré Constantin, 1903-1971), fue un actor cómico francés muy querido, y Gino Cervi (1901-1974), un más que versátil actor italiano, tanto en cine como en teatro. Uno es don Camilo, representante satélite de una religiosidad nada etérea, sino más bien activa (si bien siempre viste su sotana), comprometida con el necesitado. El otro, un hombre poco instruido pero de buen corazón: lo rige más la justicia de sus actos que la pompa y circunstancia del Partido. Oponentes políticos pero respetuosos hombres de palabra, cuando la palabra se rubricaba por medio de un apretón de manos. Pero la idea más hermosa del autor es aquella por la cual don Camilo puede conversar con Cristo, y este le responde y aconseja (¡aunque a veces no le sirva de mucho!).

La naturaleza humana es predecible y cansina…, todo ello es cierto, lo confirma la experiencia, pero son las grandes obras, e incluso piezas más modestas de la literatura, la música o el cine, las que la redimen y la hacen divertida. Pues bien, parte de ese optimismo lo podemos hallar, creencias aparte, en las cinco películas que trasladaron el pequeño mundo de Don Camilo y Pepón al cine en un momento en que las pantallas buscaban capturar por medio del neorrealismo las historias más humanas. Las dos primeras entregas fueron además dirigidas por el reivindicado (ya era hora) Julien Duvivier.
Julien Duvivier dirigiendo El retorno de don Camilo
Don Camilo (Don Camillo, 1952) se abre sobre la vista del río Po, arrullado por la evocadora e inspirada música de Alessandro Cicognini, que acompañará toda la serie. Estamos en 1946, el pueblo se muestra desvencijado tras la guerra (uno de esos pueblos que mantendrán durante algunos años sus aceras de tierra), pero bullicioso, se ha elegido a un nuevo alcalde. Y el ganador es… Peponne, más que por comunista, por ser una persona bien conocida en el pueblo.

Duvivier engarza con naturalidad los distintos episodios de esta primera entrega, ya que de fábulas hablábamos, una sucesión de historias e historietas corales, con párroco y alcalde al fondo. Un mosaico punteado de cuando en cuando por la voz en off de un narrador omnisciente (en español, el maravilloso Claudio Rodríguez).
 
Entre los momentos más brillantes recreados por el cineasta, el que muestra a los protagonistas enzarzados en buena lid, a tortas bajo el campanario; o la representación gráfica del muro “de Brescello”, que separa el odio ancestral de dos familias enfrentadas de aparceros, y que es usado por los jóvenes amantes para poder dialogar; esos jóvenes que parece que hubo en cada pueblo, con visos de convertirse en trágicos: “no nos hemos elegido, nos hemos encontrado”, dirá la joven Gina (Vera Talchi).


Muro, en definitiva, que denota la riqueza y pobreza de un mismo terreno (conflicto simbolizado en el plano con la sombra de la pelea proyectada sobre el pichón muerto). O la imagen de Pepón y Don Camilo desfilando juntos, enfrentándose a las injusticias de una huelga justa, lo que da pie a otro apunte interesante: al afearles don Camilo la conducta (dos veces) a los propietarios y terratenientes, estos lo motejan de “cura bolchevique”.


Además de estos momentos, el crispado partido de futbol, cuya violencia viene motivada por la política. O el respeto durante la procesión, en la que don Camilo porta al Cristo en la Cruz por las solitarias calles del pueblo. Y sobre todo la bellísima y sugerente imagen (que vale por mil palabras) de la antigua capilla sumergida, relacionada con la figura de la vieja maestra de escuela, Doña Cristina (Sylvie). Una mujer que de su paso por la vida no deja más que recuerdos, ni la casa donde habita, ni siquiera los muebles le pertenecen. Solo unos pocos libros y la libertad de poder decir lo que piensa. Todo ello lo muestra Duvivier a través de un montaje ágil, modernísimo.

Tildar las películas Don Camilo de mero cine religioso es un reduccionismo, por bien intencionado que este sea, y no por que haya que posicionarse en el lado contrario, sino porque las “estampitas” están aquí muy, muy a ras del suelo.

Don Camilo tras salir de un desvanecimiento, creerse en el paraíso y contemplar con sorna a Pepón: ¡Señor, ¿este sujeto aquí? ¿Cómo es posible?!

El regreso de Don Camilo (Il ritorno di don Camillo, 1953) fue la segunda entrega de los relatos del párroco y el alcalde, servida, como la primera, por Julien Duvivier. Comienza donde acababa esta. Cuando don Camilo llega a su nuevo destino, también es recibido con música, igual que sucedió con su marcha de Brescello, pero en realidad el recibimiento es para el deportista de turno (un ciclista, a lo que parece). Para colmo, Jesús no contesta a don Camilo como acostumbra, o más bien, este no está en condiciones de oírlo. Cuando finalmente lo hace, ambos se encuentran bajo una feroz tormenta. Entre tanto, en Brescello, el retrato del cura sustituto no tiene precio.

La lluvia también recibe a don Camilo en su nuevo destino en la montaña, y la lluvia le dará la bienvenida a su vuelta a Brescello. Lluvia, nieve y niebla parecen ser los protagonistas de El retorno de don Camilo, por ejemplo, cuando la niebla se adueña del pueblo como una premonición, y se deja caer por la ciudad, en los alrededores del colegio para niños internos al que acude don Camilo.

Fotograma de El regreso de don Camilo
Y es que los otros protagonistas del relato (o de varios de ellos) son los niños. Por ejemplo, el que observa desde el interior del coche cómo su padre es agredido (también bajo la copiosa lluvia). O el extraordinario segmento dedicado al joven Beppo (Claudy Chapeland), el hijo de Pepón, que pregunta a don Camilo si puede corretear un poco cuando este le lleva al campo tras recogerlo del citado colegio-prisión. Más tarde, Duvivier incluirá un plano del muchacho mirando fascinado a través de la ventana de su aula, más interesado en lo que ocurre fuera que dentro.

En El regreso de don Camilo se incide en la relación de este con Jesús. Cuando don Camilo compra las velas en nombre de otra persona, su complicidad con el crucificado es tan grande que ambos actúan como si no supieran nada, como si Jesús no pudiera verlo todo. En otro momento, don Camilo incluso le da la vuelta al crucifijo y Jesús le pregunta inocentemente que qué ha pasado.


Más adelante, Duvivier nos recordará el elemento motriz de los relatos de El regreso de don Camilo, las inclemencias del tiempo, mediante un encadenado visual, por el que la cámara deja a don Camilo en su cocina y se traslada al aguacero que fustiga la ventana. Así, cuando llega la temida inundación, esta lega imágenes (momentos) igual de imborrables, como las barcas “circulando” por las fantasmales calles solitarias, o la magistral imagen de don Camilo celebrando la eucaristía en una iglesia inundada y vacía, mientras los habitantes del pueblo, por medio de un singular fenómeno de eco, reciben a lo lejos sus palabras. 

Fragmento de Don Camilo monseñor

Jesús desde el Altar Mayor: ¡Hágase la voluntad de don Camilo!

Don Camilo y el honorable Peppone (Don Camillo e l’onorevole Peppone, 1955) fue dirigida por Carmine Gallone, cineasta por lo general menos considerado, si bien resulta injusto ningunear sus aportaciones. En Brescello ha surgido una epidemia, la de la fiebre electoral. Ha estallado la bomba, Pepón se presenta a diputado. Como recuerda la sarcástica voz en off: las consecuencias pueden ser tremendas: ¡está de por medio la política!

La ironía se traslada hasta al empleo de la palabra “paz”, que culminará en un desternillante cañonazo a la paloma que la simboliza en medio de la plaza del pueblo. Además, dentro de esta tesitura enrarecida que es la política, no cesará el sarcasmo, como ocurre durante el examen al que se ve sometido el alcalde, con trágicos resultados. O en sus palabras antes de partir hacia lo que cree será un futuro mejor: “El sentimentalismo es una actitud burguesa indigna del proletariado. He dicho”.


Destaca en Don Camilo y el honorable Peppone, incidiendo en la vertiente humana de sus principales protagonistas, el segmento en flashback dedicado a los años de la guerra. Es aquí cuando sabremos cómo se conocieron don Camilo y Pepón. El futuro alcalde ya se nos muestra como el líder natural de sus hombres, y don Camilo, que ya es párroco en una localidad, muestra su fortaleza y su buena disposición. Más adelante, de vuelta al “presente”, el discurso patriótico de Pepón será “reconducido” a través de la música que don Camilo hace oír desde el campanario, uniendo a todos los adversarios políticos una vez más, y acercando a Pepón a su pueblo más que nunca.

La salida del alcalde de Brescello, igual que la del propio don Camilo en la primera película, será un momento emotivo, magníficamente expresado por los dos actores principales. Y no podemos dejar de tener un recuerdo especial para Leda Gloria, que interpreta a la esposa de Pepón.


Don Camilo al aparcero: ¡No metas a Dios en este mercado!

Don Camilo monseñor (Don Camillo mosignore, man non troppo, 1961), también de Gallone, da comienzo con un plano aéreo sobre la bulliciosa Roma, una ciudad legendaria en la que la intrahistoria focaliza el relato sobre un humilde senador y un modesto monseñor, perdidos en las entrañas de tan vasta urbe. De hecho, se nos apunta que han pasado tres años desde la última vez que se vieron. Cuando finalmente lo hacen será en el tren que les lleve de regreso a “su mundo”. Anotar en este sentido las fotografías que tiene Don Camilo de Brescello en su despacho de Roma, ventanas a ese otro mundo añorado y vital, “ese sol de la infancia”.

Fragmento de Don Camilo y el honorable Pepón

Como decíamos, surge la oportunidad de volver, siquiera por un -en principio- breve espacio de tiempo. Esto sucede en plena campaña de “distensión” política, ya que los tiempos están cambiando para seguir igual, como refería Lampedusa. Gallone muestra todo este “conflicto” por medio de un plano: el de la comitiva que desfila unida a su regreso a Brescello, pero que se bifurca gráficamente al llegar a la plaza, bajo el cartel que anuncia el nuevo clima político. Cada tendencia toma entonces su propio derrotero, según costumbre.


Entre los mejores momentos de la cinta, tan vitalista como nostálgica -como lo es el paso del tiempo-, se encuentra el discurso de don Camilo ante la vetusta capilla, que hace que Pepón exclame atónito “Don Camilo, ¡que los comunistas somos nosotros!”. Y prueba de que los tiempos cambian pese a todo, está el hecho de que, al igual que don Camilo con la jerarquía eclesiástica, Pepón se enfrenta a su partido, concretamente a la nueva hornada alumbrada en los despachos, que pretenden enseñarle la doctrina “correcta” a él, que la cimentó con el ejemplo. Y es que Pepón dará aquí una auténtica “campanada”, al quedar atrapado debajo de una, en uno de los momentos más surrealistas pero más emblemáticos de la serie.

La campanada de don Pepón
Otros bellos momentos a retener, aparte de la imagen que muestra a la gente reunida frente al televisor del bar del pueblo, para poder conocer las noticias, son aquellos en los que Jesús recomienda a don Camilo que nade más despacio, al atravesar el río, o la que muestra las fotos del desván de la iglesia, que recuerdan a don Camilo sus años de juventud, o el plácido bosque de los chopos, que esconde la iglesita consagrada a San Lucio, y en la que don Camilo oficiará una boda, la del hijo de Pepón, aquel niño que él mismo bautizó en la primera película. Y naturalmente, está el emotivo funeral por el muchacho asesinado. Don Camilo monseñor concluye con Camilo y Pepón de nuevo juntos, compartiendo coche, tristes por su regreso a Roma.


La voz en off: Don Camilo dio las gracias al buen Dios por haberle dado un adversario de ese carácter.

El camarada don Camilo (Il compagno don Camillo, 1965), realizada por Luigi Comencini, fue la última película de Don Camilo y Pepón (se preparaba otra, pero lamentablemente la muerte de Fernandel puso fin a la serie). Pese a ello, y si se me permite el apunte personal, siempre he preferido visionarla antes de Don Camilo monseñor porque, si bien esta es cronológicamente la última, transcurre antes de que nuestros protagonistas se trasladaran a Roma definitivamente, que es como el autor acabó su fábula-río (lo que escribió posteriormente, siempre sucedía antes de la marcha de don Camilo y Pepón, á la Conan Doyle). Naturalmente, es solo una cuestión de apreciación.

La voz en off nos introduce por última vez en el mundo de Don Camilo y Pepón, un mundo de eterno retorno, no obstante. Comenta jocosamente que, visto desde la izquierda, sigue siendo el pueblo de Pepón; desde la derecha, el pueblo de don Camilo, y desde arriba, el de ambos. Un pueblo como cualquier otro, aunque distinto. La acción se sitúa durante la reelección del alcalde, al que don Camilo tañe la famosa campana cada vez que Pepón, desde su tribuna, infla las cifras. De nuevo se da cita en la plaza del pueblo el sarcasmo, por vía de la retórica política y de la bendición del tractor enviado por el pueblo ruso.


Comencini dota a la historia de una gran agilidad por medio del movimiento de los actores en el cuadro y valiéndose de todo tipo de desplazamientos de cámara y travellings. Entre los momentos más brillantes, por desprejuiciado, el discurso desde el púlpito, expresión del enojo de don Camilo ante sus acólitos por haber consentido el referéndum de Pepón. O por significativo, ya en suelo ruso, la visita de este a la vieja iglesia, convertida ahora en un almacén de grano.

Uno de los mejores y más emotivos momentos es aquel en el que El Brusco (Saro Urzí), compañero de Pepón durante toda la serie y barbero del pueblo, muestra a don Camilo la foto de su hermano fallecido durante la guerra en tierras rusas. Ambos parten para localizar dónde este descansa. Cuando al fin dan con el sitio, don Camilo toma una espiga del suelo para que El Brusco pueda llevarle a su madre un pedazo germinador del lugar donde está enterrado su hijo; un cementerio sin lápidas, unas tumbas sin memoria.

Y como no podía ser menos, el relato acaba mostrándonos a Don Camilo y Pepón juntos, partiendo hacia una nueva aventura… ¡rumbo al Vaticano!


Pepón: ¡¿Pero cómo se ha vestido?, si sigue pareciendo un cura!

¿Unas películas italianas no ambientadas en Roma o Venecia o Florencia…? Las películas de don Camilo y Pepón fueron muy exitosas, y merece la pena acercarse a ellas sin prejuicios, como debe hacer todo buen amante del cine (ni clásico ni moderno, del cine en general). Hoy día podemos seguir disfrutando de ellas gracias al reprocesado de imagen del que, como cualquier clásico, ha sido objeto, y porque estas nos muestran un lugar -¿imaginario pese a que existe físicamente?- donde todavía importan más las personas que las ideas.

Brescello en la actualidad, con su iglesia
 Escrito por Javier C. Aguilera
 

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