La pantera rosa, de Blake Edwards

19 diciembre, 2015

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Para Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), el que disponía de imaginación sacaba con facilidad de la nada todo un mundo. Para el político y escritor Benjamin Disraeli (1804-1881), la vida era demasiado corta para ser pequeña. Por su parte, para el inspector Clouseau (un memorable Peter Sellers: 1925-1980), la vida es una circunstancia que le viene ancha, ya que su visión del mundo, sujeta a los pilares de la honestidad, la lealtad y la abnegación, no se adecuan con el entorno hostil que determina el imperio de la realidad (incluso de la lógica, a lo largo de las secuelas).

La presentación oficial del inspector Clouseau de la Sûreté se produjo en una de las más equilibradas y emblemáticas películas de Blake Edwards (1922-2010), La Pantera Rosa (The Pink Panther, United Artist, 1963), título que además de dar nombre a la película, hace referencia al “diamante más fabuloso del mundo”.

Este pertenece a la princesa Dahla (Claudia Cardinale), una joven y atractiva heredera oriental, educada en occidente.

No será el único personaje del relato que presente una dualidad. De hecho, todos los integrantes de La pantera rosa, excepción hecha de Clouseau, participan de ese engañoso y arriesgado juego de la vida: el de las falsas apariencias. Todos ellos presentan una doble identidad. Hasta al inspector se le atribuirá finalmente una, que él mismo acabará asumiendo no sin regocijo, pues supone la primera vez que alguien le presta la debida atención.


Ejemplos de esa doble personalidad no faltan. Contamos con las actividades nocturnas y diurnas del aristócrata sir Charles Lytton (estupendo David Niven), con su fingida cojera y escenificación de una pelea en medio de la nieve, tras el rescate del perrito de la princesa; junto con la identidad de la cómplice del ladrón de joyas apodado El Fantasma, la falsa foto de licenciatura del sobrino de sir Charles, George (Robert Wagner), o la añagaza de la propia princesa para dirimir el litigio que atañe a su controvertida joya.

No obstante, estas identidades e intencionalidades quedan desveladas desde un primer momento. Edwards y su compañero guionista, Maurice Richlin (1920-1990), no juegan a la ocultación o el engaño, sino que, directamente, proceden a jugar la partida, haciendo (ejemplares) malabarismos con dos perspectivas que se combinan gracias al ambiente compartido.

Por un lado, está esa vertiente entre oriente y occidente, bien expuesta por la princesa en la bella secuencia de su cita con sir Charles. Por otro, está la que afecta a los representantes de tales mundos -o extremos, como los denomina Dahla-, un aspecto evidenciado por medio de las relaciones entre los principales protagonistas; incluyendo una folletinesca aristocracia que habría hecho las delicias de E. F. Benson (1867-1940).


Blake Edwards, en aquiescencia con su montador, Philip Lathrop (1912-1995), maneja virtuosamente los ritmos (ya desde la planificación y la filmación), dotando de humanidad y profundidad las situaciones que así lo requieren -los momentos más íntimos, tanto sensuales como cómicos-, y proporcionando dinamismo -que es una cosa distinta al confusionismo visual- a los gags físicos o verbales, como el de la botella de champán emboscada en la cama, o el segmento que ilustra el robo frustrado de la Pantera Rosa durante una fiesta, naturalmente de disfraces, en la mansión romana de la princesa (con aderezo de fuegos artificiales).

Pero además, el realizador proporciona dos tonos igual de complementarios a la película, contemplada como argumento y elaboración visual, pasando de una atmósfera cordial, casi a modo de cuento -la narración que se ubica en Cortina d’Ampezzo-, al estilo slapstick, localizado, principalmente, en la ciudad eterna (la cuerda que arde como una mecha o la persecución automovilística frente a la trattoria). A ello contribuye, y no poco, la calidad -y calidez- de la música compuesta por Henry Mancini (1924-1994) que, personalmente, siempre he considerado como una de las grandes bandas sonoras de la historia del cine (y que no se limita exclusivamente a los -excelentes- títulos de crédito). A lo cual, debemos añadir la labor fotográfica de Ralph Winters (1909-2004) y el diseño de producción de Fernando Carrere (1910-1998).

Por todo ello, destaca en La Pantera Rosa la ejemplar concreción, convergencia y resolución de muchas de las situaciones expuestas. Por ejemplo, la toma de contacto entre sir Charles y la princesa, por medio de unos ágiles encadenados. Pero también en lo que a la unidad de lugar se refiere: hechas las presentaciones de cara al espectador, todos los personajes confluyen en el nevado pueblo italiano.


Esta armónica confluencia de tonos convierte la ironía en figura de estilo (haciendo al espectador participe de una grata experiencia). De nuevo, hallamos al estiloso y refinado don Juan que es sir Charles Lytton, cuya condición “paradójica” le liga a la princesa. Y por supuesto, a un Clouseau tratando de desenvolverse en un entorno que le es ajeno (no así a su esposa; Capucine), como demuestra la secuencia del baile en el bar del hotel.

Además del asunto policiaco, el inspector habrá de hacer frente a unos obstáculos tan imprevistos como cotidianos, tan invisibles -para él- como materiales; que parecen conspirar contra su persona. Objetos comunes que son la pesadilla hecha realidad de lo que Spencer Tracy (1900-1967) consideraba que era el oficio de actor: decir bien el diálogo sin tropezar con los muebles.

Entre tanto, la referida dicotomía entre oriente y occidente se extiende a una relación de confianza y entendimiento, de amistad y fidelidad; de ahí su dificultad. En palabras de la princesa Dahla, antes citadas, “es muy difícil conciliar ambos extremos”. Pero Blake Edwards logra acercárnoslos con resuelta naturalidad, agazapada empatía y derroche de buen humor.


Como buen realizador que fue, existen momentos en los que el lenguaje de un solo plano ejemplifica toda una situación; como aquel que muestra un agujero en el calcetín del inspector Clouseau. Sin olvidar la antedicha persecución en torno a la fuente de una plaza romana, donde nadie va a ninguna parte, con la excepción de un anciano que toma asiento para disfrutar del espectáculo que se le ofrece. Ni siquiera el imperio de la ley escapa a la sorna, como pone de manifiesto la tergiversación de los hechos a la hora de encontrar un cabeza de turco. La última parada de lo sardónico es la imagen de la indefensión del hombre honrado. 

Tal cual demostraron en su día Mack Sennett (1880-1960), Oliver Hardy (1892-1957) o Stan Laurel (1890-1965), La Pantera rosa nos recuerda que, tomada con humor y a pesar de los vaivenes, la vida puede ser una farsa maravillosa.

Escrito por Javier C. Aguilera 


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