Clásicos Inolvidables (LXXI): Divina Comedia, de Dante

02 septiembre, 2015

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Valles y montañas, ríos y precipicios, puentes y bosques… un escenario real poblado de seres fantásticos, como grifos y dragones, gigantes y demonios…, y en medio de todos ellos, dando cuenta de sus faltas o disfrutando de un merecido y definitivo descanso, el ser humano que fuimos. Con toda seguridad, la Divina Comedia (Divina Commedia) es la más famosa representación del Infierno, el Purgatorio y el Cielo.

Retrato de Andrea del Castagno
El trascendental y alegórico viaje narrado por Dante Alighieri (1265-1321) en primera persona y como protagonista bien merece su privilegiado puesto de honor en la historia del pensamiento humano que es la literatura.

La elaboración del ingente poema ocupó al poeta florentino los últimos quince años de su vida. Hasta tal punto que la parte dedicada al Paraíso fue publicada póstumamente.

Como advertíamos, se trata de un extenso poema alegórico de corte didáctico, que aún participa de las características literarias medievales, de profunda simbología moral y religiosa, a las cuales Dante supo incorporar su ingente conocimiento teológico, tanto a un nivel teórico como práctico, es decir, circunscrito al ámbito de los sentimientos.

Exilado en Verona y sus alrededores, Dante desdeña las humillantes condiciones que el gobierno de Florencia aplica a aquellos que desean retornar. Una condena a muerte en 1315 antecede su consecución a causa de la malaria. Como en todo trayecto vital, también en la Divina Comedia se producen desvíos y paradas a lo largo del camino; vericuetos no previstos por los que discurre el viaje (¿el sueño?) del viajero.

Al igual que ha sucedido a tantos otros, Dante fue uno de esos elegidos que pronto se desengañaron de la política; de igual modo que el poeta y ensayista acabó convertido en uno de esos autores que supieron edificar, no con el ánimo de romper con el pasado, sino con idea de fundirse en él, formando parte de ese particular cielo de los clásicos en el que la edad no importa.

Como sabemos, existe otro personaje fundamental, sin cuya aparición es muy posible que no hubiera surgido la obra misma. Beatriz representa una suerte de eterno femenino, por muy personal que fuera su presencia en el devenir de Dante. Sabemos que casó y que tuvo tres -puede que hasta cuatro- hijos, y que falleció tempranamente hacia 1290. Una tragedia que, según se ha contado, fue preludiada por una visión que el autor tuvo en sueños.

El sueño es un elemento importante porque además del fenómeno de videncia que presupone la anticipación del fallecimiento de Beatriz, de un tiempo a esta parte se han venido afianzando los aspectos que se refieren a la sabiduría mística del autor, tras un largo periodo de escepticismo o de negación.

Dante a punto de iniciar su viaje. Grabado de Gustavo Doré
Un conocimiento que, en cualquier caso, no debe ser contemplado desde nuestra moderna perspectiva racionalista, es decir, como una cristalización de los anhelos más reprimidos, sino a imagen de aquellos sueños ancestrales que ya pensó la filosofía, en los que el deseo también es sinónimo de toda una realidad inexplicada, envuelta en los ropajes del misterio, y a la que, como parte de un todo, no se opone la razón del entendimiento. Todo este vasto y conexo conocimiento es ilustrado por Dante mediante la compleja y emergente sintaxis de la nueva lengua vulgar, incorporando vocablos del clasicismo (traducciones del latín “ex novo”), un variado uso de la rima y frecuencia de figuras retóricas, más allá de los rígidos esquematismos de la literatura precedente.

El resultado es una notable novedad estilística, que además constituye todo un esfuerzo enciclopédico y onomástico, en base a acontecimientos de la época del autor o anteriores, con profusión de todo tipo de personajes mitológicos e históricos (no se contempla tal distinción), como monarcas, escritores, héroes legendarios, señores de familias muy principales, religiosos, cortesanos o militares.

Por suerte para nosotros, todos los extremos quedan bien aclarados gracias a unas notas a pie de página nada recargadas.

En cuanto al léxico, Dante incorpora vulgarismos, latinismos, coloquialismos, parodias del lenguaje de la curia y la política, dialectalismos y hasta neologismos (invenciones propias). El poeta supera las figuraciones clásicas creando –sin ánimo de frivolizar- todo un espectáculo celeste de luz y sonido, por medio de un lenguaje perceptivo y polisensorial, de excepcional riqueza de datos, colores, música y senderos argumentales.

Representación medieval de Dante junto a los escenarios de su Divina Comedia
El recorrido da comienzo la Semana Santa del año 1300; concretamente el ocho de abril, y culmina siete días después. Es una curiosa puntualización que denota hasta qué punto empleaba y le eran gratos a Dante los conocimientos sobre astrología y astronomía (véanse al respecto las notas en las páginas 142, 292, 297, 312, 313, 315, 344, 399, 411, 453, más un largo etc., de la presente edición). Unas competencias que, como queda dicho, el poeta no excluye de sus saberes históricos o teológicos (para desesperación de aquellos que lo saben todo).

Por ello, no es extraño encontrar referencias a magos (como Simón), videntes, alquimistas o astrólogos, algunos de ellos incluso amigos personales de Dante. Su mismo alter ego es objeto de algunas visiones complementarias a las escenas reales que contempla. Además, como sabemos, en su particular pero transferible recorrido, estará guiado -y acompañado- por el gran poeta Virgilio (70-19 A.C.) en el Infierno y el Purgatorio, y por su amada Beatriz en el Cielo.

Dante y Virgilio. Grabado de Doré.
Comenzando por el primero de estos escenarios, el Infierno descrito por Dante tiene como marco un espacio físico, como corresponde a quien no duda de su sustantividad, con respecto -pero no enfrentada- a una lectura de carácter más simbólico. Se sitúa en una cavidad subterránea de enormes proporciones, formada por nueve círculos a modo de “ante-infierno”, divididos, a su vez, en otras secciones.

Los condenados lo están de acuerdo con el esquema aristotélico del pecado, es decir, repartidos en base a la incontinencia (pecados capitales), la bestialidad (distintas formas de la violencia) y la malicia (el engaño, el fraude, etc.), una taxonomía debidamente ampliada para proporcionar hueco a aquellos yerros no contemplados –ni tan siquiera soñados- por el filósofo griego.

A modo de curiosidad, Jasón nos aparece en el infierno, dadas sus relaciones pecaminosas con otros personajes del relato de Apolonio de Rodas (295-215 A.C.). Tampoco anda lejos Clemente V (1264-1314), el funesto papa de los Templarios, y una casi interminable serie de figuras que, como los arcanos del Tarot, proponen multitud de interpretaciones (Purgatorio, Canto IX). Precisamente, es en el Infierno donde el poeta llama más la atención acerca de la regeneración espiritual de la humanidad y de la Iglesia en particular (Dante es creyente pero contra algunos pronósticos eso no le incapacita para señalar los abusos). Además de juzgar, el poeta comprende.

El Infierno. Ilustración de William Blake
El Purgatorio es una montaña en el interior de una isla. Un lugar de expiación en el que el río Tiber simboliza la salvación, como el Aqueronte la condenación. En la ladera se sitúa el “ante-purgatorio”, con los excomulgados pero arrepentidos en vida, los perezosos, los negligentes o los pecadores sentenciados a causa de una muerte violenta.

Se pretende una purificación ascética en cada uno de los siete niveles ascendentes del Purgatorio (a saber, de los soberbios, envidiosos, iracundos, acidiosos -indiferentes-, avaros, glotones y lujuriosos). Toda una serranía a cuya cima llega Dante transportado por Santa Lucía. Nuevamente, la variedad en los exempla morales es excepcional por la originalidad de la invención; buena muestra de la incansable variedad narrativa de Dante.

Allí se produce el encuentro del poeta con Catón, guardián del Purgatorio. Además, en el canto XVI, Marco Lombardo, un iracundo, responde a sus dudas respecto al entendimiento de la moral (por ejemplo, acerca de la codicia de los pontífices) o las causas del libre albedrío.

Todo el paseo por el Purgatorio es honesta demanda de una parusía de los buenos tiempos proporcionados por algunos gobernantes, así como una condena de la degeneración “actual” de otros tantos, el absentismo del Emperador o la antedicha mala disposición de la Iglesia, consciente ya el viajero de la conveniencia de separar imperio y papado.

Purgatorio. Ilustración de William Blake
Por su parte, los bienaventurados están invitados a gozar de la visión y conocimiento de Dios en el Paraíso. Además, responden, por boca de Beatriz, a todas las preguntas del poeta (que si atesora algún vicio -al margen de los soberbios enojos del autor-, es la insaciable curiosidad dirigida a diestros y siniestros).

Paraíso. Grabado de Doré
En este peldaño último, el ser humano no es únicamente objeto de Gracia, sino que, además, está constituido por una naturaleza sensitiva (esos elementos “del sueño” a los que hacíamos referencia) y por la razón. Por ejemplo, y prosiguiendo con sus conocimientos esotéricos pero no ocultos, Dante asegura que la razón es regida por la luna, Mercurio y Venus, en tanto que la Prudencia y la Justicia lo son por el sol, Marte y Júpiter. Saturno representaría la vida contemplativa.

Además de los nueve cielos, con sus correspondientes coros angélicos, y un décimo denominado Empíreo o Inmóvil, Dante hace -o participa de- una distinción entre dos esferas o ambientes. El Cielo Estrellado, que tiene por residentes a la Virgen, San Pedro, Santiago, Adán o San Juan; y el Cielo Cristalino (ese Décimo o Empíreo), sede del paraíso celeste. En él, Dios se le aparece a Dante como un punto de luz, siendo este espacio y sus gradas lugar de congregación de personajes como San Pedro, Moisés, Juan el Evangelista, Santa Ana, Santa Lucía, Eva, Raquel, Sara, Rebeca, Ruth, Judith y Cristo, entre otros.

La edición de Cátedra (Letras Universales, 1988-2015), a cargo de los estudiosos Giorgio Petrocchi (1921-1989) y Luis Martínez de Merlo (1955), que en su traducción sacrifica la rima en favor del estilo, espíritu e inteligibilidad del texto, se completa con un apéndice del italianista Joaquín Arce (1923-1982), Fortuna di Dante in Spagna, que no comprendo como no se ha traducido como Fortuna de Dante en España, en lugar del equívoco Dante en España. En cualquier caso, por él tenemos noticia de las primeras traducciones parciales o completas de la obra al castellano y al catalán.

Dante fue de gran influencia, tanto estructural –la métrica- como temática. Su estilo fue cultivado por Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana (1398-1458), pese a que la renovación poética propuesta por Boscán (1492-1542) y Garcilaso (c.1498-1536) circunscribió las tendencias a Petrarca (1304-1374) y el petrarquismo.

Miniatura italiana de Dante y Beatriz en el cielo
Escrito místico, fantástico, piadoso, imaginativo… estamos ante uno de esos textos donde resulta inevitable preguntarse acerca del número de lectores que han pasado por él; cada uno de ellos con sus aspiraciones, temores, humores e interpretaciones.

Y es que, pese a su condición ejemplarizante y generalizada intencionalidad, el asombroso poema de Dante se adapta a la circunstancia de cada cielo e infierno particular, encarnando cada aspecto del mal, por inconcreto e intangible que nos parezca.

De hecho, al adentrase en la Divina Comedia, uno tiene la sensación de participar de un saber hermético, con sus leyendas, historia, personajes y chascarrillos… todo un compendio de referentes (casi) perdidos para nosotros, aunque familiares para el lector de la época.

Peregrino de las almas, Dante Alighieri inició en la Divina Comedia un largo itinerario hacia Dios -o hacia nosotros mismos-, en íntima reflexión y comunión con el ser humano. Al fin y al cabo, el arte consiste en eso, en vencer a la muerte.

Escrito por Javier C. Aguilera


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