Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig

15 agosto, 2015

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Qué inconsolable desolación debió de invadir a Robert Falcon Scott (1868-1912) a su llegada al Polo Sur, tras comprobar cómo el noruego Amundsen (1872-1928) se le había adelantado por cuestión de días. A la soledad del Ártico se sumó la del fracaso de su empeño. Pero, ¿cabe hablar de fracaso cuando, al fin y al cabo, el inglés logró alcanzar su objetivo? ¿Acaso no llegó al Polo Sur? La historia se muestra tan magnánima como desconsiderada; la escriben los hombres y también la redactan -no siempre para bien-. Otras veces, las gestas más heroicas y los hechos más reprobables se ven funestamente unidos.

Sin duda fue para bien que el austriaco Stefan Zweig (1881-1942) redactara estas catorce “decisiones destinadas a persistir a lo largo de los tiempos(Prólogo) que componen sus Momentos estelares de la humanidad (Sternstunden der Menschheit; El Acantilado, 2002).

Narrados con la habilidad de los relatos de intriga y el temblor de la poesía, estos momentos estelares no lo son únicamente por resultar gloriosos, sino también por desaprovechados, por olvidados, por incomprendidos o porque, por unos instantes, tan solo fueron estelares para aquellos que tomaron parte en ellos.

Lo ejemplifica la primera fracción de historia capturada por Zweig, que tiene por protagonista a Cicerón (106-43 A.C.), aunque también al pueblo (el romano, en este caso). Al final de sus días, Cicerón quiso –y supo– redimirse, retirándose a su villa en el Golfo de Nápoles. Tras el asesinato de Julio César (100-44 A.C.) trató que se devolviera a Roma su preciada constitución, pero no solo no se restableció, sino que pervivió la tiranía a manos de los futuros césares. Su negación de la dictadura lo es de cualquier estado que, en cualquiera de sus formas, establece principios de exclusión ideológica, recorta o arrebata el gobierno al ciudadano -más allá de su “participación” cada X años-. Como muy bien sabía el autor de Novela de ajedrez (Die Schachnovelle, 1941), “la dictadura es peligrosa, e igualmente, la revolución” (pg. 24).

Stefan Zweig
Y si todo camino conduce a Roma, todo entendimiento de la actualidad pasa por Roma (es decir, por el conocimiento histórico del Imperio Romano). Cicerón vivió y padeció los avatares de su época, pero consciente de que la historia –o lo que es lo mismo, el ser humano-, resulta fatalmente cíclica, tanto para lo positivo como para lo peor, legó su advertencia, junto a sus errores, a las futuras generaciones. Fue uno de esos testigos “privilegiados” a los que es dado asistir al final de una era, a la constatación de que lo que venga después podrá ser mejor o no, pero, sin duda, será distinto a lo que antes había, con todas las imprevisibles consecuencias que ello comporta.

El retrato sobre el ejercicio de la política del orador, jurista, político y escritor romano es brutal por vivido desde dentro: el parto del Segundo Triunvirato como enésima demostración de que “a quien está hambriento de poder solo le importa ejercerlo(30). Frente a una potestad que equivale a ley, los hombres que aman la auténtica libertad son escépticos respecto a las masas. Por eso el asesinato de Marco Tulio Cicerón es en realidad un suicidio o, de forma más digna, un ejemplar corte de mangas.

Cicerón y Rouget de Lisle
El asalto al poder también tuvo bastante que ver con la supremacía militar de la nueva nación turca a manos de su flamante padishá Mehmet II (1432-1481) que, en primer lugar y para no dar lugar a dudas, hizo ahogar a su hermano. Su objetivo, la antaño esplendorosa y mítica Bizancio, entonces Constantinopla y actual Estambul. No en vano, el fanatismo permanece aislado de todo atisbo de evolución y se muestra poseído por una única y fija idea. Para mayor desgracia, este halló un inesperado aliado en la pasividad del papado, de venecianos y genoveses, y de buena parte de la cristiandad… enredada y entretenida en sus propias disputas internas.

Durante otras de esas contiendas por el dominio que enarbolan el desgastado estandarte de la paz, el joven capitán francés Rouget de Lisle (1760-1836) compuso una melodía que, de forma inesperada pero unánime, acabó convertida en himno. De este modo, La Marsellesa nació en otro de esos instantes sustanciales e inspirados, cuando Francia y Alemania se declararon la guerra, hacia 1792.

El creador es contemplado como una suerte de médium con un pie en la esfera de la inspiración divina –asidua o momentáneamente-, y el otro, en la de los anhelantes humanos. Esta última categoría también posee sus reglas imprevisibles, pues pocas veces el destino de una tonada y el de su compositor transcurrieron de forma tan distanciada. Por el contrario, durante otro de esos “segundos misteriosos” del devenir de la historia, pero desaprovechado, todos los planes ambicionados por Napoleón Bonaparte (1769-1821) dieron al traste, durante su campaña de Waterloo, en Bélgica.

Núñez de Balboa y Robert F. Scott
Definitivamente, Vasco Núñez de Balboa (1475-1519) no era la clase de chico que una madre desearía presentar a su hija. Huyendo de la justicia y descubierto a bordo de un navío con rumbo a las Indias por pura casualidad (no desvelemos la gracia del suceso), el involuntario explorador y descubridor acabó convirtiéndose en el primer europeo que contempló el Océano Pacífico.

No se ocultan los aspectos más desgarradores de la aventura, si bien es justo reconocer que los excesos de los españoles en América han sido tan magnificados como menospreciados los logros -también por algunos españoles-, algo que la historiografía está sabiendo corregir, colocando cada cosa en su justo lugar. Ello no obsta para que, a veces, el sacrificio loable se mezclara con la crueldad. Con esa “asombrosa carga emocional típicamente española” fue dado a conocer el último océano de la Tierra, el veinticinco de septiembre de 1513.

Ello sucedía cuando el mundo aún era extenso y mostraba desafiante en sus mapas el espacio en blanco de aquellos lugares que faltaban por descubrir. Las últimas tierras ignotas también tuvieron por protagonista al referido capitán Scott, héroe en un cosmos donde la superficie se encuentra bajo la superficie; un grosor helado que gentil y traicioneramente se ha prestado a la preservación. La acertada descripción que de Scott realiza Zweig es la que ofrece el propio capitán, por medio de sus retratos.

Händel y Tolstoi
Otros momentos han sido especialmente fértiles para el lenguaje de la música; como todo idioma inefable, siempre asequible a quien desea participar de la conversación. En este caso, el hecho gira en torno a la creación por la cual es más recordado -a un nivel general- Georg Friedrich Händel (1685-1759). Y como a la historia le antecede el instante, retengamos aquel en que Stefan Zweig presenta al atribulado compositor paseando por las calles de Londres, bajo la indiferente mirada de sus habitantes.

El cronista se permite, además, introducir en este relato melódico cierta dramatización por vía de la palabra; esto es, mediante la incorporación de algunos diálogos. Hasta uno de los momentos estelares está elaborado en verso (Momento heroico), en tanto que otro completa una obra teatral que quedó inconclusa: la adaptación para la escena de la autobiografía de León Tolstoi (1828-1910). La propia vida del novelista ruso proporciona a Zweig material para ese último acto, reflejo de cómo el autor de la Sonata a Kreutzer (Kréitzerova Sonata, 1889), supo anticipar la perpetuación del despotismo, a la par que se despedía con toda la dignidad que pudo encontrar.

Y de los despertares de Händel o Dostoievski (1821-1881; en la citada remembranza poética), a un espejismo de renacimiento convertido en obra de arte: la trajinada composición de La Elegía de Marienbad (1823), de Goethe (1749-1832). Todo un cúmulo de sensaciones trágicas y bellas al mismo tiempo.

Johann August Sutter y Cyrus W. Field
Una vida paralela a la de Balboa fue la del suizo Johann August Suter (1803-1880) que, impelido por esa misteriosa fuerza que fue la fiebre del oro, vio cómo sus recién adquiridas y solitarias posesiones eran devastadas, en el fatídico pero apasionante año de 1848 (tuvo sentencia favorable, aunque sin efecto, en 1855).

También recuerda Zweig uno de esos inventos que otorgan un nuevo valor y dimensión al tiempo y el espacio. El de los avatares para que resonara la primera palabra a través del océano; descabellada empresa de Cyrus W. Field (1819-1892) por la que “desde los orígenes del pensamiento humano, una idea se difundía a la misma velocidad que se producía(207).

Especialmente iluminadores son los dos últimos fragmentos de historia seleccionados por Stefan Zweig; trágicos y apasionantes. El primero de ellos se centra en la naturaleza obsesiva y anti empática de Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin (1870-1924), “inquebrantable ideólogo al que no se le saltaban las lágrimas(284); y en su determinación a “armar” un tren entero con decididos revolucionarios exilados. Un cargamento que, procedente de la frontera con Suiza, atravesó Alemania con destino a Rusia. Todo “un proyectil sobre raíles(283). Por algo, “los hombres solitarios que siempre están huyendo y aprendiendo son los más peligrosos a la hora de revolucionar el mundo(275).

Woodrow Wilson
El segundo y último momento tiene como protagonista a otra soledad, aunque a diferencia de la de Scott, esta fue exclusivamente interior. Fue la del presidente Woodrow Wilson (1856-1924), antes de la “definitiva” reconciliación europea tras la masacre de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Como pieza fundamental de un Congreso de Paz que garantizase la hermandad entre los pueblos (de todos en general), Wilson trató de enfrentarse a intereses y personas para los que una paz duradera es un disparate de proporciones históricas. Un hombre aislado frente al odio acumulado -un odio presto a ser trasladado a los nietos, como debe ser-, la codicia, la incomprensión y el fustigamiento personal.

A veces, los bienintencionados no siempre logran sus objetivos a causa de cierta falta de visión, incapaz de desentrañar la realidad en lugar del idealismo. No fue el caso de Wilson, cuya dignidad residió, pese a su claudicación, en haber sabido ver el futuro.

Pocas veces un hombre con tan relativo poder se encontró tan solo.

Escrito por Javier C. Aguilera


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