Clásicos Inolvidables (LXVI): Don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes

26 mayo, 2015

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Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, aún siendo El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha (1605 y 1615) una obra concebida como diatriba hacia un género histórico concreto -visto hoy-, el de las novelas de caballerías, exista tanto espacio en la misma para lo inusitado. Por descontado que sus puntos cardinales son mucho más “terrenales”, pese a que acontezcan en la mente del protagonista principal, pues se desarrollan en un marco realista y universal, salpicado de vicios y virtudes, amores y odios, alegrías y padecimientos. Pero incluso esa humanización del personaje es expresada por vía de la fantasía y hace que nos interroguemos acerca de cuál es la auténtica realidad (mudable en función de quien la contempla).

Dicho de otra manera, Cervantes no renuncia al valor de la imaginación, por muy realista que se dibuje el entorno; que las proezas sean una percepción del personaje ya es en sí mismo un rasgo de modernidad literaria. Más aún, para el hidalgo don Alonso Quijano parece claro que, vista como potencial fuente de sugestión, la literatura es la vida.

Retrato atribuido a Miguel de Cervantes, por Juan de Jáuregui
Desde luego que hay que ser muy precavido a la hora de asumir determinadas posturas metodológicas y exegéticas. La obra capital de Miguel de Cervantes (1547-1616) -aunque en modo alguno la única digna de tenerse en consideración-, Don Quijote de La Mancha, ha superado con creces la barrera del tiempo y ha sobrevivido al aluvión de teorías estéticas e instrumentos críticos de nuevo cuño (con los intelectuales hemos topado), las más de las veces arbitrarios y atribulados (aunque algunos de ellos muy divertidos). Unas tendencias metodológicas que han llegado al extremo de desnaturalizar el núcleo léxico-semántico de la obra objeto del análisis, o que sencillamente han decidido pasarlo por alto, como si los textos literarios se hubieran convertido en un elemento secundario a la hora de proceder al estudio y valoración de una determinada figura literaria y el conjunto de su obra.

Ni calvo ni tres pelucas, que atajaría el buen Sancho, y en esto la crítica literaria y la investigación filológica tienen aún un importante papel que desempeñar, siquiera en el ámbito de la divulgación (el aspecto más terrorífico de la historia, que parece perpetuarse dentro de sí, es que suponiendo que se conozca verazmente, dicha historia ha de escarmentar en cabezas de reducidísima memoria). No en vano, el inconveniente de buena parte de las “actualizaciones” a las que son sometidas las obras clásicas, e incluyo en este apartado determinadas escenografías operísticas, es que con demasiada frecuencia olvidan que la mayoría de textos ya resultan modernos per se. En cualquier caso, mis comentarios no pretenden ser epatantes para nadie ni definitivos de nada, y si resultan útiles y hasta entretenidos dependerá de cada lector.


Desafueros críticos al margen, más que perjudicial, la elucubración resulta inevitable: existe siempre un poso ideológico, cultural o teológico que suele fundamentar nuestros puntos de vista. Pero cosa muy distinta es desgajarse, en nombre de la variación polisémica de los distintos ahora y sus complejidades filosóficas, de lo sencillamente juicioso, al proponer una serie de desviaciones interpretativas cuasi esotéricas, que rompen el nexo de unión entre una sana interdependencia textual y la valoración individual.

Por ejemplo, proponiendo análisis basados exclusivamente en la identidad sexual u otros condicionamientos antropológicos y sociales (por no añadir reivindicaciones de sesgo ideológico), que intentan explicar el fenómeno literario prescindiendo de aspectos fundamentales como la calidad narrativa, la belleza del estilo, la organización textual, el placer estético y semántico o el contexto histórico. Como si el estudio del entorno renacentista al que, en el caso que nos ocupa, corresponden biográficamente la obra y su autor, anulara la posibilidad de modernidad de ambos. Pero el hecho de que Don Quijote de La Mancha pueda seguir siendo contextualizada dentro del humanismo e intencionalidad del siglo XVII y, al mismo tiempo, resultar una obra tan moderna en la actualidad es, sin la menor duda, la mejor estimación que podemos otorgar a la inigualable creación de Miguel de Cervantes.


De entre las muchas ediciones disponibles recomiendo la muy asequible –en todos los sentidos- de Cátedra (1977-2012), a cargo del profesor John Jay Allen (-), que se adorna con los estimulantes grabados de George Roux (1850-1929). Como curiosidad textual, Allen inserta en el corpus el episodio del robo y recuperación del rucio de Sancho Panza, que Cervantes incluyó en una tirada posterior y que suele aparecer por separado, a modo de apéndice, pero que en la presente edición queda restaurado en su orden correcto (o al menos plausible). La modélica introducción tiene la virtud de contener buena parte del clima histórico y cultural sin hacer alarde de inacabables circunloquios y, lo que es igual de importante, suscita el debido interés por conocer más acerca del autor y su obra.

De este modo, la primera novela moderna -¡y primera road-novel!- emerge como la culminación de todo el panorama cultural precedente y anuncio de lo posterior, convertida en un ingenio que, en palabras de Allen, llega a asimilar las dos tendencias del naciente barroco: sátira exacerbada y suntuosas metáforas (conceptismo y culteranismo), aún desde la serenidad y equilibrio renacentistas. En definitiva, un lapsus temporal que abarca desde la victoria de Lepanto (1571) a la inoperancia -más que desastre, según la prensa anglosajona- de la Armada (1588). La edición de Allen también proporciona una lista de palabras afectadas por las modernas (1713) normas ortográficas.

Comentábamos al principio, que Cervantes no rompe del todo con la esfera de lo maravilloso. Con respecto a las novelas de caballerías, la idea nuclear parece la misma, aunque su tratamiento de “lo heroico” sea diferente. Don Quijote se presenta vencedor de sí mismo y no de los demás (Prólogo, 28), y en la propia obra, más que la providencia, parece que es la imaginación la que proveerá. De esta forma, lo verosímil da paso a -o contiene- lo fantástico, de igual modo que el tiempo mítico y el lugar de lo legendario desembocan en la España contemporánea, el estilo altisonante y arcaizante de don Quijote en una multiplicidad de niveles estilísticos por mor de su autor, y las hazañas se convierten en fracasos como interpretación de lo real (otro rasgo de modernidad de muchas obras de ficción, que concluyen de forma agridulce, incluso trágica, a la hora de desentrañar la naturaleza humana).

Humanista cristiano en la línea de Erasmo (1466-1536), Cervantes crea en Don Quijote de La Mancha el giro argumental, el golpe de efecto literario a través del empleo de toda la riqueza léxica del idioma. Así sucede con la aparición de los dobles significados y el preciosismo de muchas de las descripciones.

El modelo de existencia del personaje son las referidas novelas de caballerías, en sí mismas, la plasmación a menudo fantástica de una realidad alternativa, de todo un universo paralelo, con sus propios valores y su cadencia vital (cierta suspensión temporal).

Lienzo de Octavio Ocampo
Por otro lado, dentro de esa modernidad de la novela de Cervantes, hemos de destacar el papel del narrador, una entidad que se desdobla proporcionando hasta tres posibles autores distintos (esto sin contar con la presencia de otras voces narrativas secundarias), desde “ese tal Cervantes”, pasando por un historiador anónimo (un narrador omnisciente no necesariamente identificado con el autor), que nos interpela desde un futuro indefinido, hasta el simpático traductor morisco al que Cervantes llama Cide Hamete Benengueli; entre los cuales, ¡incluso llegan a ponerse en duda entre sí!

Como veremos, el juego intertextual se incrementa si tenemos en cuenta que casi todos los lectores de la segunda parte de la obra (1615) han leído la primera (1605).

De este modo, Don Quijote de La Mancha trasciende los corsés genéricos, proporcionando uno nuevo que, como queda dicho, más que rechazar el elemento fantástico, lo circunscribe a la verosimilitud del entorno, expandiendo el abanico de la narración al experimentar con los distintos puntos de vista (don Quijote y los demás).

Según esta concepción, nada hay más equívoco que lo verosímil, siendo el elemento paródico el pre-texto para señalar la independencia de lo maravilloso: intenciones y resultados, sin dejar de ser elementos concordantes y positivos, no tienen por qué ser y significar la misma cosa.

De hecho, gracias al lenguaje que se despliega, los mundos en colisión de El Quijote no son tanto la realidad frente a la imaginación, sino más bien una realidad no compartida con el resto de personajes, que entienden esa traducción de la existencia de forma excluyente, no llegando a entenderse.


Curiosamente, en el original prólogo de la primera parte, Cervantes ya invita a que cada lector, sin perder el método en la locura de don Quijote, extraiga libremente sus propias –y ejemplares- conclusiones. En él incorpora el diálogo con un amigo (¿real?) acerca de la diferencia entre inspirarse en los “clásicos” y saquearlos (copiarlos), posicionándose contra las convenciones de la mayoría de obras impresas, a las que contesta formulando su propio camino, sin pretender por ello un mayor reconocimiento o mérito (que por descontado merece; además, conviene resaltar, en este sentido, su burla hacia los facedores de prólogos “al por mayor”).

Los acontecimientos descritos en Don Quijote de La Mancha son experiencias vividas por los personajes principales de la novela en función de sus certidumbres y capacidades. Cada uno contempla y observa el mundo a su modo, en una visión no exenta de cierta reivindicación de la libertad personal, en la que cada individuo es artífice de su propia ventura. Ahora bien, independencia e imaginación también producen incomprensión y escarnio, de igual modo que en las dos partes de la obra será el amor el que conduzca a cierto estado de locura tolerado (no en balde, el amor siempre ha conllevado el hacer locuras).

En ese prólogo, dedicado a Alonso López de Zúñiga, duque de Béjar (1578-1619), el autor proporciona una perfecta definición de la escritura mediante un alegato a favor de la sintaxis clara y amena, y finalmente, otorga dignificación a sus personajes (con especial afecto hacia Sancho), aún a costa de recordar su función: reprobar las novelas de caballerías bajo un envoltorio de entretenimiento. Tampoco podemos olvidar el extraordinario y emotivo diálogo que se establece entre Babieca y Rocinante, en uno de los sonetos previos a la narración.

La noche de Don Quijote, de Mariano Villalba
La primera parte de Don Quijote de La Mancha es una novela en la que el protagonista principal parte a la búsqueda de su propia identidad, la que él considera real. Tan importante ha sido ese universo paralelo para Alonso Quijano que, incluso antes de convertirse físicamente en don Quijote, se ha desprendido de parte sus bienes con el fin de poder adquirir más libros. En este sentido, Allen recuerda cómo el medievalista Martín de Riquer (1914-2013) equiparaba el sufijo “-ote” con el mítico nombre de Lanzarote (Nota al capítulo I: I. Paso a señalar el tomo correspondiente en primer lugar, y el número del capítulo a continuación).

Durante su primera salida en solitario (I: II), advertimos cómo la realidad se transmuta a ojos vista de don Quijote, pero no solo visualmente, sino también de forma sonora, como cuando un porquero toca el cuerno produciendo un sonido que él identifica con unas fastuosas fanfarrias. La fuerza en la representación de este choque de realidades se encuentra en la prosa de Cervantes en los continuos dobles sentidos y giros lingüísticos (razón de su habitual mala fortuna en el cine), que se ponen claramente de manifiesto en el capítulo tercero y que desembocan en un primer encontronazo con esa otra realidad durante el capítulo siguiente, en el funesto encuentro con los mercaderes toledanos que dan con don Quijote en tierra.

Este capítulo cuarto resulta fundamental al ejemplarizar el autor la encrucijada vital de caminos que es común a todo ser humano (naturalmente, como metáfora de la misma existencia e imagen de la decisión personal; incluso arbitraria, al quedar esta al albedrío de Rocinante). Una situación que se repetirá en los capítulos I: XXI, I: XXII, y II: XI.


El camino al que ha dado rienda suelta Rocinante conducirá a don Quijote hacia un sinnúmero de peripecias inolvidables, como la de los molinos de viento tomados por gigantes (I: VIII) o la posterior toma de una venta por un castillo (I: XV), poco después, y rizando el rizo, convertido en castillo encantado (I: XVI). Y si me permiten el símil, esta venta actúa a modo de nave nodriza, puesto que todos los personajes de la primera parte de la novela acaban convergiendo a ella antes o después, a lo largo del último tercio del relato.

Cada uno de los acontecimientos descritos por Cervantes tiene relevancia como testimonio de la naturaleza humana. Así sucede con el episodio del muchacho Andrés, azotado por un ovejero (I: IV), o durante la emotiva secuencia de la quema de libros, “aquellos inocentes”, a manos del cura, el barbero, la sobrina y la piadosa ama (I: VI), dura prueba que se completa con la triste figura de un don Quijote buscando sus libros y no hallándolos (la explicación racional de sus allegados será que se los apropió un mago) (I: VII). De este modo, durante su arduo peregrinaje por la imaginación en un mundo de realidades, don Quijote nos recuerda cómo las cosas suelen ser como uno alcanza a verlas (por ejemplo, refiriéndose al yelmo de Mambrino, I: XXIII), y que la auténtica libertad se encuentra en la cordura de vivir la propia existencia al modo que se desee; abandonarla, es abandonar la vida, tal cual le sucederá a don Quijote.

Incluso el labrador Sancho Panza, al que Alonso Quijano ha tomado por escudero, acometerá la defensa de la imaginación –de la liberalidad- de su amo, en un determinado momento (I: XLVII), frente a los verosímiles desplegados por todo el cortejo que lleva al caballero andante de vuelta a casa con engaños. De igual modo, cuando don Quijote replica a un canónigo auto-ofendido por su actitud, proclama que la literatura está viva y que sus personajes son tan verdaderos como cualquier otra realidad (I: XLIX).

Todo este conflicto con los libros presenta un interesante colofón, cuando más tarde, mientras don Quijote se encuentra descansando, el barbero y el cura se avienen a quemar otro par de ejemplares que entretienen en una posada, algo a lo que el posadero se acaba oponiendo (los convecinos del hidalgo no soportan más ficciones que las suyas) (I: XXXII).

The eternal obsession of Don Quijote, de Darwin Leon
Como señalábamos, la orden de la caballería andante tiene sus propios valores. Esto se contempla incluso en el vórtice principal de toda la novela (me refiero a los dos tomos), que es la relación establecida entre don Quijote y Sancho. El caballero estima a su escudero y no le trata como a un simple criado. Le permite sentarse y comer junto a él, y compartir la visión idílica que don Quijote tiene del pasado; en realidad, una descripción de todas las idiosincrasias humanas a lo largo de la historia (I: XI). También podríamos añadir aquí el bonito apunte sobre la amistad entre Rocinante y el rucio anónimo de Sancho (II: XII).

Este talante caballeresco encontrará otras ácidas oportunidades para constatar que no tiene cabida en el presente histórico. En primer lugar, durante el no menos famoso encuentro con los presos que se dirigen a galeras, de resultados insospechados para su libertador (I: XXII) y, poco después, en el reencuentro con el buen mozo Andrés, al que don Quijote había tratado de socorrer en buena lid (I: XXXI). El elemento sarcástico también alcanza toda la escenografía del relato amoroso del curioso impertinente, parodia con rasgos de estudio psicológico, que da comienzo en I: XXXIII. Poco después, en otra excelente imagen humorística, Cervantes ironiza por boca de un joven metido a cabrero, con la existencia de toda una montaña sobrepoblada por mancebos que anhelan el amor de la bella Leandra (en el capítulo I: LI).

De este modo, el humor, casi como mecanismo de defensa ante la adversidad, resulta fundamental durante todo el viaje físico y psíquico de don Quijote y Sancho. Lo corroboran, de igual modo, la divertida secuencia nocturna en la arboleda (I: XX), el encuentro con los dos grupos de pueblerinos enfrentados en averiguar ¡cuál de ellos rebuzna mejor! (II: XXVII) y el segmento que transcurre en Sierra Morena (I: XXIII), a partir del cual, personajes y situaciones comienzan a entrelazarse (unos personajes que incluso pasan a interpretar otros roles, como es el caso de Dorotea, reconvertida poco después en princesa Micomicoma). El ambiente festivo también impregna el episodio de la misiva que Sancho “entrega” a Aldonza Lorenzo, en un momento en que se produce un primer atisbo hacia la cordura por parte de don Quijote (que por fortuna dura poco).

Dibujo de Antonio Mingote
No podemos dejar de referirnos a ciertas observaciones metaliterarias que el propio Cervantes manifiesta en la obra, como el comentario acerca de una posible segunda parte de las aventuras del caballero andante don Quijote, si este persiste en sus acciones; posibilidad ya vislumbrada en I: XXXII; o la autocita del propio autor (I: XLI), que se acompaña de la mención a Rinconete y Cortadillo y a Numancia (I: XLVII).

Del mismo modo sorprende, por su modernidad, la crítica literaria que se establece entre los propios protagonistas con respecto a la redacción de sus aventuras (II: III), algo a lo que se suman la alusión a los distintos pareceres de los lugareños y convecinos de los personajes, por boca de Sancho (II: II), las informaciones que proporciona Sansón Carrasco (II: III), los reparos del propio narrador ante los hechos descritos (II: V), las interpolaciones de otro de los cronistas, que parece ser el traductor de toda la obra (II: XVII), la referencia a la Cueva de Montesinos, episodio “probablemente apócrifo”, según el novelista (II: XXIII), o ya, en el paroxismo del requiebro, ¡los agradecimientos al copista (Cide Hamete) por parte del narrador (Cervantes, tal vez) al inicio del capítulo II: XLIV!

En cuanto a vida y literatura se refiere, tampoco debemos olvidar el magnífico y sentido Discurso de las armas y las letras por boca de don Quijote, convertido en esta ocasión, en claro alter ego del mismo Miguel de Cervantes (I: XXXVII).

Grabado de Gustavo Doré
La segunda parte de Don Quijote de La Mancha la dedica Cervantes a su mecenas don Pedro Fernández de Castro (1576-1622), conde de Lemos. En su correspondiente prólogo, el autor sale en respuesta del apócrifo de 1614 pergeñado por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda (pseudónimo), de “resfriado ingenio”, añadiendo Cervantes otro aspecto de plena relevancia, como es el hecho de que “no se escribe con las canas sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años”.

Solo ha transcurrido un mes desde que don Quijote regresó a su aldea, cuando de nuevo somos testigos de la yuxtaposición entre vida y literatura. El cura, el barbero, el ama y la sobrina dan por curado a don Quijote cuando este comienza a expresarse adecuadamente, en asuntos de diversa índole (II: I). Poco antes, durante la segunda salida, el cura ya había advertido esta relativa cordura de don Quijote (I: XXX); a lo largo de la presente aventura, acontecerá de nuevo que todos los que hablen con el caballero andante se maravillen de su buen discurso en los asuntos mundanos (II: XVI), lo que en cierto modo, también denota una incapacidad manifiesta en los demás para entrever -y disfrutar de- esa otra realidad (II: XVIII).

Ciertamente, el buen Alonso añora la mítica que, de forma tan sugestiva, quedó reflejada en los libros, y está tan asociada a lo fabuloso, en oposición a un cura que duda “que los caballeros andantes hayan sido real y verdaderamente personas de carne y hueso”, equiparando fábula con mentira. Lo que proclama Alonso Quijano es la realidad de los personajes literarios (de toda ficción en general, si ampliamos la causa); en un golpe de genio, le recuerda al sacerdote cómo la Biblia es pródiga en hechos fabulosos tenidos por ciertos.

Don Quijote and the Giant, de Nic Nagualero
Antes de su tercera y definitiva salida, regresa Sancho a visitar a Alonso con el bachiller Sansón Carrasco, que ya le habla de sus aventuras, “dadas a la estampa”. Para el joven bachiller, existe una clara distinción entre el poeta y el historiador; este último ha de ceñirse a los hechos, aspecto que corrobora Alonso Quijano: “para escribir historias y libros es menester un gran juicio y un maduro entendimiento(II: III). Pero este será solo el primer encuentro “literario” de los personajes con su propia obra. Posteriormente, a su llegada a una venta (tal cual), conocerán a los caballeros don Juan y don Jerónimo, que están leyendo El Quijote apócrifo de Avellaneda, y que les invitan a almorzar (II: LIX).

Tampoco será este el último encuentro con el fantasma de Avellaneda, ni mucho menos. Tras asistir a las asombrosas capacidades del “busto parlante”, propiedad de don Antonio Moreno de Barcelona (II: LXII), don Quijote visita una imprenta en la ciudad, donde uno de los libros que se están imprimiendo es, precisamente, la alicorta novela de bellaquería que ha suplantado sus identidades. Más aún, en su viaje de regreso, una nueva parada en un mesón hace que don Quijote y Sancho entren en contacto con Álvaro Tarfe, natural de Granada, y al que don Quijote recuerda ¡por haber sido uno de los personajes de la aventura apócrifa! La situación la remata Cervantes con la firma de un “documento de autenticidad” a favor del auténtico don Quijote de La Mancha, con el concurso del alcalde de la localidad (II: LXXII y LXXIV).

Agudezas aparte, la agridulce vuelta al terruño por parte de don Quijote conlleva el regreso a la cotidianidad. Un proceso que ya fue anunciado con la aparición de las lugareñas que fueron tenidas por don Quijote como Dulcinea del Toboso y su séquito (II: X). En aquella ocasión y por vez primera, nuestro personaje no acierta a ver a su amada, ya que solo contempla la figura de una rústica y poco agraciada campesina. Pese a todo, aún quedaba resuelto el asunto como “cosa de encantamiento”.

Dibujo de David Vela
En cualquier caso, no es don Quijote el único personaje que se sirve de su imaginación para encararse con la realidad. Recordemos la simpática ficción orquestada por el joven enamorado Basilio en plenas bodas de Camacho, con el fin de recuperar el amor de su amada (II: XXI). En este sentido, también destaca por méritos concretos en esta segunda parte, el episodio de la Cueva de Montesinos (II: XXIII), otro lugar “encantado” al que don Quijote accede suspendido por una cuerda. En este significativo lugar, se produce un moderno juego con el tiempo: para el caballero andante han transcurrido varios días, pero para el resto tan solo unas horas.

En este estado de ánimo arremeterá don Quijote contra las figuras del retablo de maese Pedro durante una representación, tomándolas por verdaderas (aunque finalmente se muestra generoso y abona las pérdidas; II: XXVI), un suceso al que se suma la aventura en un barco, también “encantado”; en realidad, un bote de pesca en el que don Quijote y Sancho se embarcan Ebro abajo, hasta que unos molineros dan con sus huesos en el agua (II: XXIX). El encuentro de don Quijote con el león enjaulado (II: XVII) también se prestaría a una interpretación en este sentido (aunque no sería la única).

Poco después, la reunión con un matrimonio de duques que también ha leído (como la mayoría de los personajes de esta segunda parte), las hazañas de don Quijote y Sancho recogidas en el primer tomo original, hace que surjan nuevas oportunidades para lo prodigioso. Invitados por estos señores muy principales a pasar unos días en su castillo (II: XXX en adelante), este escenario será testigo de la farsa del “hechizo” que afecta a las doce dueñas que acompañan al personaje de la condesa Trifaldi, o dueña Dolorida (II: XXXIX), trance que culmina con la rocambolesca propuesta de viajar a lomos de un caballo “alado”, que responde al nombre de Clavileño (II: XL). Finalmente, y sin perder nunca el sentido del humor, don Quijote determina retribuir a Sancho los azotes estipulados a costa del desencantamiento de Dulcinea, si bien el hábil escudero hallará el modo de hacer que ambos queden satisfechos sin perjuicio para él mismo (II: LXXI).

Dibujo de Juan Gallego
Pero antes de que el regreso a la normalidad culmine, tienen lugar otros notables episodios en los que Sancho y don Quijote alternan sus vivencias. Concretamente, cuando el primero toma posesión de la ínsula Baratalia (unas tierras pertenecientes al propio duque, II: XLV). Una experiencia narrativa en la que se fortalece la relación entre ambos personajes a pesar de la distancia, por medio de consejos y misivas, y de la que Sancho concluirá que “cada día se ven cosas nuevas en el mundo, las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados(II: XLIX). Algo que corrobora el propio Cide Hamete cuando asegura que “tan locos son los burladores como los burlados(II: LXX).

Y al igual que sucedía en la primera parte de sus aventuras, también surge de improviso la constatación de la realidad; en este caso, durante el camino de regreso, en cumplimiento de lo acordado al Caballero de la Blanca Luna en las playas de Barcelona, cuando hallan al lacayo Tosilos, otro servidor de los duques, que les explica lo que realmente aconteció en el asunto de la hija casadera de doña Rodríguez (II: LXVI).

En suma, una realidad que finalmente alcanza a don Quijote y que se concreta en el último capítulo de esta segunda y última parte, con la confesión y testamento del hidalgo, tras varios días de calenturas (seguramente debidas a su retorno a la “cordura” e inmovilidad). Su mal se evidencia ante la imposibilidad de interpretar esa nueva vida de corte pastoril que había planificado junto a Sancho, contagiado finalmente por el afán aventurero de su señor y amigo (II: LXIV). A lo largo de esta despedida, y para que nadie se apropiara de su creación una vez más, Cervantes vuelve a eludir el lugar de procedencia de un personaje que, de ese modo, pasaba a ser universal.


Para concluir, quisiera llamar la atención hacia algunas de las sentencias intemporales que el autor nos ofrece por boca de sus personajes. Por ejemplo, con respecto a la responsabilidad artística y lúdica de escritores y empresarios, ya que “no está la falta en el vulgo que pide disparates, sino en aquellos que no saben representar otra cosa(I: XLVIII), a lo que se añade el magnífico comentario de don Quijote acerca de los premios literarios (II: XVIII) o –ya en forma laudatoria- sobre la naturaleza de la poesía (II: XVI).

También con respecto al trabajo del historiador en tiempos modernos, algo a lo que anteriormente hacíamos referencia, y que el autor complementa al asegurar que su labor ha de ser productiva “habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales y verdaderos(I: IX).

Por descontado, debemos añadir la aseveración fundamental de que “no es hombre más que otro, si no hace más que otro(I: XIX), un adecuado recordatorio del valor del mérito y el trabajo propios, frente a las injerencias de la designación partidista o de cuota funcionarial, que nos advierte que igualdad no es lo mismo que igualitarismo estatal (o estatutario). 

Y es que, en efecto, toda obra maestra de la cultura suele ser libre.

Escrito por Javier C. Aguilera


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