Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez

13 agosto, 2014

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La guerra ha sido una temática frecuente en las artes desde la antigüedad. En España ha sido un tema muy fructífero el relativo a la guerra civil que comenzó en 1936 y que concluyó con la Segunda República para empezar la dictadura franquista en 1939. Entre las obras narrativas de los últimos años que han tomado mayor relevancia encontramos el conjunto de cuatro relatos que publicó Alberto Méndez (1941-2004) bajo el nombre de Los girasoles ciegos, apenas unos meses antes de su fallecimiento. Esta obra le valió varios premios, algunos de ellos póstumos, y un cierto reconocimiento para este redactor, guionista y editor madrileño.

Sin duda alguna, este libro es una obra desde la visión del derrotado, así los propios cuentos que recopila se titulan de forma doble: Primera derrota: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir, Segunda derrota: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido, Tercera derrota: 1941 o El idioma de los muertos, Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos

Podemos apreciar ya desde estos títulos la intención del autor y, sobre todo, un estilo expresivo de corte romántico. Méndez, realmente, nos ofrece cuatro relatos desaforados en el sufrimiento de la derrota a la que son conducidos sus personajes, con cuadros no descriptivos, sino completamente explicativos. Con una narrativa que emplea, en ocasiones, algunos recursos como los cambios de voz en estilo indirecto libre o el uso de diferentes recursos tipográficos, como la cursiva o la negrita, se centra especialmente no en mostrar el dolor y lo turbio de los acontecimientos descritos, sino a desarrollarlos desde una visión maniquea y, en ocasiones, ilógica.

Las portadas de Los girasoles ciegos, la segunda corresponde a la adaptación cinematográfica
"[...] ellos quieren regresar a sus hogares adonde no llegarán como militares victoriosos sino como extraños de la vida, como ausentes de lo propio, y se convertirán, poco a poco, en carne de vencidos" (Si el corazón pensara dejaría de latir)

En Si el corazón pensara dejaría de latir, se nos ofrece la historia de un miembro del ejército nacional, Carlos Alegría, con apellido irónico, que deserta el día anterior al fin de la guerra, entregándose al bando republicano. De esa forma, el personaje pierde su lugar en el mundo, pues ni los soldados republicanos ni los sublevados después se interesarán por él, salvo para tacharlo de traidor e intentar matarlo tras uno de tantos juicios sumarísimos. El autor emplea toda una serie de recursos para convencernos del valor moral de Carlos Alegría, el capitán rendido que descubrió que las guerras no tenían sentido ya que, al final, todos eran derrotados. A diferencia de La cabeza del cordero (1949), donde Francisco Ayala atraviesa el conflicto desde sus inicios de una manera sutil y simbólica con un relato como El mensaje, Méndez expande una verborrea en su primer relato para que la idea que quiere defender quede clara. Aunque el acto de Carlos sea interesante, podemos percibir que, como el protagonista del segundo relato, se trata de alguien que ha renunciado a la vida y se ha resignado a la derrota.

No podemos separarnos de la mención a la estupenda narrativa de Ayala al encontrar varias semejanzas: el hecho de establecerse en cuentos o relatos breves, la situación ajena realmente a la guerra, más bien centrándose en hechos anteriores o, especialmente, posteriores, y algunos elementos que también encontramos en Méndez, como la idea de mensajes ininteligibles o cuadernos hechos con palabras inventadas o la situación de los conocidos como "topos". No obstante, les diferencia algo radical: el carácter de los relatos de Ayala se centra en personajes con un dilema interno, que trasmiten la angustia, el arrepentimiento sin perdón o la desdicha de una guerra sin verse en la obligación de decir claramente que todos eran vencidos. 

Miguel Hernández en el frente
"He perdido. Pero pudiera haber vencido. ¿Habría otro en mi lugar? Voy a contarle a mi hijo, que me mira como si me comprendiera, que yo no hubiera dejado que mis enemigos huyeran desvalidos, que yo no hubiera condenado a nadie por ser sólo un poeta." (Manuscrito encontrado en el olvido)

En Manuscrito encontrado en el olvido, se realiza una escritura similar al de un artículo de estudio de un manuscrito, añadiendo notas a pie de página y aclaraciones a una libreta encontrada en un refugio dantesco: en manos de un cadáver que sujetaba los restos de un bebé y junto a los huesos de una vaca. Las circunstancias históricas de esta escena nos las podremos imaginar como lo que sucedió tras el final de este relato, en el que repasaremos el cuaderno de un joven poeta que huía junto a su novia del país debido a haber pertenecido al ejército republicano.

El cuaderno está escrito con un tono melancólico y con pesadumbre, típico de algunos textos del Romanticismo. Lo cierto es que no encontramos aquí la sensación de una derrota en sí, sino la resignación a la derrota. No hubo una convicción fuerte por parte del protagonista, sino muchas dudas e indecisiones que provocaron su final, aunque el relato nos conduzca continuamente hacia la derrota bélica como motor de su destino. El personaje funciona, a la vez, como espejo de Miguel Hernández, viviendo una circunstancia completamente contraria: un joven poeta que, estando libre y pudiendo huir, queda a merced de su situación tras perder a su novia y debiendo sobrevivir en situaciones precarias con un su hijo neonato. Algunos fragmentos resultan conmovedores y el resultado es escalofriante para el lector, pero arrastra algunas contradicciones.


"He descubierto que el idioma que he soñado para inventar un mundo más amable es, en realidad, el lenguaje de los muertos" (El idioma de los muertos)

La mejor narración (que no historia) del libro llega en El idioma de los muertos, que llega a combinar adecuadamente el uso del estilo directo con un estilo indirecto libro. En este relato encontramos a un derrotado que conoce su destino: él ya sabe que está muerto, como ocurría alrededor de Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada. Méndez se empeña en seguir resultado excesivo, pese a que la situación de Juan Senra es deplorable sin necesidad de ofrecer mayor explicación. Se introducen referencias literarias y encontramos también la escritura de una carta que, en cierto fragmento, recuerda al cuaderno de palabras inventadas de La vida por la opinión, de Ayala. 

El protagonista, encarcelado y siendo juzgado para una muerte segura, logra alargar su vida inventando una amistad que nunca existió con el hijo de uno de sus jueces. Alrededor de él, el autor nos describirá el lamentable estado de los presos y la brutalidad de los carceleros. El dolor del contrario tan solo se aprecia en la esposa del juez, aunque se alimenta de mentiras y es ultrajado por el auténtico sufrimiento del derrotado Senra. Se relaciona esta tercera historia con la primera contándonos el final de Carlos Alegría, resumiendo innecesariamente todo lo que le había sucedido anteriormente, algo que funcionaría bien si fuera un relato independiente, pero que no encaja en esta recopilación. El hecho en sí novedoso ya había sido anunciado y solo tiene efecto en este relato para alentar el derrotismo del nuevo protagonista.


"Reverendo padre, estoy desorientado como los girasoles ciegos. A pesar de que hoy he visto morir a un comunista, en todo lo demás, padre, he sido derrotado y por ello me siento sicut nubes..., quasi fluctus..., velut umbra..., como una sombra fugitiva." (Los girasoles ciegos)

Los girasoles ciegos, título del último relato y de la obra entera, surgido de la metáfora de entender la confusión en que viven los personajes, como estas flores que, siguiendo siempre al sol, no son ahora capaces de encontrarlo, cierra el libro de Alberto Méndez. Dividido entre fragmentos de una carta del hermano Salvador como confesión en cursiva, una narración en tercera persona en redonda y la voz de un Lorenzo adulto recordando su pasado en negrita, la historia nos lleva hacia la vida de un "topo", un hombre escondido en su casa en un hueco por la represión y posible asesinato del régimen franquista hacia este profesor republicano. 

La historia nos avisa de un trágico final con algunas pistas, algunas muy reveladoras según se acercan las últimas páginas, a la vez que nos muestra el creciente interés sexual del diácono Salvador, otro nombre irónico, entre constantes frases que parecen defender la creencia de haber sido un luchador por la paz y el restablecimiento de la moral. Resulta curioso que haber asesinado a hombres en una guerra le resulte fácilmente incuestionable y hasta justificado, pero que lo sucedido con esta familia le haya marcado y le haya permitido ver el horror de una muerte innecesaria.


"-Que alguien quera matarme no por lo que he hecho, sino por lo que pienso... y, lo que es peor, si quiero pensar lo que pienso, tendré que desear que mueran otros por lo que piensan ellos. Yo no quiero que nuestros hijos tengan que matar o morir por lo que piensan." (Los girasoles ciegos)

En este relato se remarcan sobre todo la represión escolar y, por tanto, la del futuro de los jóvenes, el poder de la curia tras la guerra civil y el deseo de los exiliados (aunque fuera un exilio interior y secreto) de un mundo armónico futuro donde nadie guerrera por un ideal. Se une a estas cuestiones el hastío de Ricardo, el padre de Lorenzo, ante su obligado encierro, especialmente al ver la tranquilidad de las calles y la manera en que todo ha recuperado su curso aceptando una nueva realidad impuesta. El ambiente de posguerra es retratado desde las acciones de la madre para conseguir dinero y comida, los recuerdos de infancia de Lorenzo alrededor de su barrio y de sus amigos y las escenas represivas sufridas por la madre tanto por militares que inspeccionan la casa como por la obsesión de Salvador. 

Un relato bien ejecutado, pero que mantiene el escollo de una narrativa, la referente al diácono, excesivamente maniquea, especialmente ante el lamento final en comparación a su desarrollo, provocando que la carta de Salvador pierda el sentido de la continuidad con el inicio del mismo; todo ello, dejando aparte el uso frecuente de latinismos en la expresividad del diácono. Como detalle, se menciona que la hija mayor de esta familia se había marchado junto al joven poeta protagonista del segundo relato, adivinando así su futuro.

En conclusión, cuatro relatos que muestran la derrota desde diferentes prismas, aunque todos concluyan también en una derrota física, cierta visión maniquea y un afán por explicar sobre narrar, especialmente en el primer relato. Aunque se intenta dar una continuidad mediante los personajes entrelazados, se nota cierta diferencia de escritura entre los cuatro relatos, debido seguramente al tiempo en que fueron siendo escritos. Una obra que ha sido catalogada como obra maestra, pero que muestra ciertos defectos y características que la alejan de serlo, aunque realmente pueda resultar tremendamente dura y emotiva en sus testimonios, que novelan las historias de sufrimiento de los derrotados en la guerra civil española de una manera estremecedora. 

Escrito por Luis J. del Castillo


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