Clásicos Inolvidables (XXIV): La cabeza del cordero, de Francisco Ayala

23 abril, 2013

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-Así es, todos iguales, y todos igual a nada, es la grande y redonda verdad a la que se llega por todos los caminos del mundo. Pero, ¿sigue la vida? ¿Siguen otros viviendo? [...] De todo esto no podría quedar más que la pesadumbre de un mal sueño [...] queda el inocente valor de los soldados, el odio conmovedor de los niños [...] la fe sin esperanza, el sacrificio sin premio.
(Diálogo de los muertos, Francisco Ayala)


La narrativa española del siglo XX tuvo como una de sus piezas fundamentales al escritor Francisco Ayala, jovencísimo miembro de la Generación del 27 que con su longeva vida alcanzó a ver el inicio del siglo XXI y ser memoria viva de los acontecimientos más importantes de nuestra historia más reciente. Marcado por las ideas vanguardistas de Gómez de la Serna y por personas muy relevantes en la cultura española de la época, especialmente por Ortega y Gasset y Manuel Azaña. Pero a partir de 1931 abandonaría esta vanguardia para afrontar la realidad, lo que le llevaría a un silencio que se interrumpiría finalmente con su retorno a la narración de Los usurpadores y La cabeza del cordero, publicados en 1949, su incursión literaria más importante tras la guerra civil salvando el pequeño cuento de 1939 titulado Diálogo de los muertos que después incorporará como epílogo a Los usurpadores. Es relevante mencionar este hecho por la explicación que Ayala vio necesaria incluir en el proemio a la obra de la que hoy hablamos.

El factor biográfico es importante en esta obra, pero no puede ser nuestra única perspectiva. Ayala será una persona que sufre sus pérdidas en la guerra, empezando por su propio exilio y continuando por las muertes tanto de familiares, entre ellos su padre y un hermano, y amigos, como Lorca. Pero a la hora de afrontar este hecho crucial en su vida y en la historia de España se decantará por hacer un ejercicio de conciencia. Abordará el tema dirigiéndose a los actos de cada individuo y a la moralidad y conciencia de cada uno de ellos, siguiendo la línea del discurso de Azaña, Paz, piedad, perdón, y su cuento Diálogo de los muertos. Para ello comenzará un camino desde el pasado, que retratará en las figuras históricas de Los usurpadores, para llegar finalmente a la guerra civil y las diversas circunstancias personales de los españoles afectados de una u otra forma.


Estas situaciones serán las descritas en los cinco relatos que se incluyen en esta obra. Tanto el primero como el último conforman un prólogo y un epílogo. Esta primera historia, titulada El mensaje nos traslada a las tensiones entre dos primos en un ambiente rural antes de la guerra, enfocándonos la personalidad del narrador que se hace humano en sus palabras. Seguramente una de las virtudes de Ayala sea humanizar a sus personajes, con los matices del gris que ya se aprecia en este primer relato centrado en un mensaje indescifrable que servirá para la especulación, fruto de los miedos de cada lector.

El siguiente relato nos sitúa en plena guerra civil, bajo el título de El tajo, el general Santolalla será el narrador en el frente de Aragón, formando parte del ejército nacional. A través de cuatro secciones, irá mostrando sus circunstancias y miedos, surgiendo toda la reflexión de su vida alrededor de un hecho que podría parecer trivial -el asesinato de un miliciano- pero que tendrá todo su conflicto en la conciencia del protagonista. Recorriendo los momentos de miedo y violencia de su historia personal, concluyendo con una escena tras el fin de la guerra que muestra el tajo, la herida, que esta ha producido en los españoles, separándolos sin importar los ideales políticos. Santolalla, pese a la victoria de su bando, no vivirá de forma alegre ese éxito, sino con la sensación de vacío que dejan los remordimientos sin reconciliación.


Lo había asesinado, sencillamente [...] Cuando eso era obra ajena, a él lo dejaba perplejo, estupefacto, lo dejaba agarrotado de indignación; siendo propia, todavía encontraba disculpas, y se decía «en todo caso, era un enemigo...» Era un pobre chico -eso es lo que era-, tal vez un simple recluta que andaba por ahí casualmente [...] «he asesinado a un semejante, a un hombre ni mejor ni peor que yo.»
(El tajo, Francisco Ayala) 

Tras la guerra, dos figuras más. El regreso será, precisamente, el retorno a España de un exiliado que se descubrirá aborrecido tanto de su país de acogida como del país al que regresa. Una vez en Santiago de Compostela seguirá el rastro de su amigo Abeledo, quien durante la guerra se servió de sus influencias para intentar liquidarlo, una muestra de la falta de escrúpulos de algunos sujetos que emplearon la guerra para sus rencillas personales. Al otro lado, José Torres, en el relato que da nombre al libro, La cabeza del cordero. Este almuñequero tendrá que hacer frente a una difícil digestión; es el retorno de la culpa por no haber logrado afrontar un papel digno en la guerra. Un reencuentro con unos familiares desconocidos en Marruecos será el justificante para rememorar sus acciones, dando lugar a un examen de conciencia nocturno alrededor de una comida demasiado grasienta. Sin duda, la palabra que mejor define este relato es la angustia que puede producir la escena final, donde Ayala consigue un acercamiento tremendo a la tesitura del protagonista.

Al exilio
Estos eran los relatos que componían la primera edición del libro, hasta que en 1962 Ayala usó La vida por la opinión como epílogo, último capítulo que ofrece otra perspectiva. A diferencia del resto, Ayala se acerca a la entremezcla entre ficción y realidad, con un narrador que es el propio autor entrevistándose con otros exiliados. La historia principal de este epílogo estará protagonizada por Felipe, un topo que vivió escondido en su casa en España durante nueve años. Se sitúa en 1945, año que se presumía como momento de salvación pero que supuso realmente una época crítica para los republicanos en España, que vieron cómo los países aliados les daban la espalda y apoyaban al gobierno franquista cuando ellos los habían apoyado durante la II Guerra Mundial. 

Ante la posibilidad de verse libre, Felipe se confiará y deberá tomar una decisión arriesgada por su honor, lo cual es el punto irónico de Ayala como culmen de La cabeza del cordero. A diferencia del resto de relatos, este se basa en una historia real, mientras que el resto no, aunque tengan ecos de sucesos reales. Es la realidad elaborada como ficción que lo llevará a escribir El jardín de las delicias, publicado en 1971.

Miliciano en la guerra civil, cuadro de Ernest Descals
Mi tía me lo plantaba delante, y se burlaba de mí con una risa mala: «¿Quién es éste? Eres tú, y no lo eres; eres tú, después de que hayas muerto.» La sentía decir eso, que nunca me había dicho.
(La cabeza del cordero, Francisco Ayala) 

En conclusión, más allá de la utilidad política, Ayala sitúa la condición humana, sobre la que reflexiona en un tiempo de coyuntura de guerra, que funciona como detonante y como situación donde todo se extrema. Las reflexiones sobre la conciencia estarán presentes en prácticamente todos los relatos, pero especialmente en los tres centrales, conformados por El tajo, El regreso y La cabeza del cordero. Otra característica presente en estos relatos es el vacío, una sensación que acompañará las cinco historias, con el mensaje indescifrable, la falta de perdón y de hogar, la culpabilidad y el honor calderoniano del último protagonista o su diario compuesto de palabras incomprensibles. Es la incomprensión ante unos hechos que golpean la vida humana y sitúa a nuestra conciencia personal en primer lugar, sabiendo que solo nosotros somos dueños de nuestros actos, lo que puede conducirnos a la desesperación del vacío.

Escrito por Luis J. del Castillo




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