Clásicos Inolvidables (XXV): El jardín de las delicias, de Francisco Ayala

23 abril, 2013

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Francisco Ayala
¡Que a este llamen mundo! Hasta el nombre miente.
Llámese inmundo, y de todas maneras disparatado.
(Gracián; cita recogida en la obra)

Siempre es conveniente contextualizar un texto a la hora de abordarlo. Nos permite asomarnos a un momento concreto de la historia literaria, cinematográfica, pictórica o musical (artística, en suma); comprobar la evolución del autor si la hubiere y constatar hasta qué punto la obra en cuestión sigue resultando actual (que no moderna) o, como suele decirse, “si ha envejecido bien”. Francisco Ayala “envejeció” admirablemente, y en su prosa se dan la mano lo literario, lo fílmico, lo musical y lo pictórico como en un todo orgánico que, en efecto, nos sigue hablando a día de hoy (bien es sabido que esto nunca está de más, habida cuenta de que el humano se distingue por tropezar con las mismas piedras). Para hablar de El jardín de las delicias -la edición que yo manejo es de Alianza, 2006, aunque por su magnífico prólogo también destacaría la de Espasa-Calpe de 1978- debemos situarnos en 1971, añadidos posteriores al margen: la concepción del libro como tal data de dicha época; de tal modo que la originalidad de la obra, que a día de hoy, 2013, deviene en notable inspiración actual, se convierte en 1971 en asombrosa amalgama vitalista, casi una obra de anticipación.

Panel del tríptico de El Bosco
Es El jardín de las delicias obra metagenérica y metalingüística. Por ejemplo, en el texto introductorio sobre la presunta condena de un asaltante a un tren, como en el far west, destaca el empleo de la cursiva durante la redacción de los hechos, y la tipografía habitual sobre aquello que de ordinario debería ser lo destacado. Es decir, la ficción ya está siendo apuntada por medio de la forma.

Y metagenérica, pues en ella se entrelazan los géneros literarios de la crónica de sucesos o de viajes, la anécdota, el aforismo, el género epistolar o la reflexión entrañablemente metafísica, que hace que dichos géneros correteen tratando de ofrecer todo un puzle anímico, un collage de vivencias extrapolables, amena “carta al lector”, que es el destinatario último en todo lo que concierne al arte.

Alguien podría decir que determinados artículos periodísticos son más el resultado de una política-ficción que una crónica objetiva y veraz, pero no seamos arteros y digamos que, caso de serlo, tal idea ya fue vaticinada por, entre otros, Francisco Ayala, a través de las noticas-bomba que “recopila” durante la primera mitad del libro. ¿Realidad o ficción? Ambos inextricablemente unidos, un quid pro quo o who is who donde la realidad se incrusta en la ficción, y viceversa. En definitiva, el empleo de la prensa diaria como un espejo (¿reflejo?) de la globalidad.

Así sucede con la -de nuevo supuesta- nota de suicidio de El caso de la starlet duquesita, con la chocante muerte de un niño (Otra vez los gamberros), con la noticia “rosa” de una pareja japonesa sorprendida tras un seto debido a La escasez de la vivienda en Japón, con la confección de una muñeca hinchable en Ciencia e industria, o en fin, con la visión irónica sobre una conferencia acerca de la salud durante la edad provecta en Actividades culturales.


Pero El jardín de las delicias es igualmente un diario donde cabe el recuerdo de un gorrión pintado en una tablilla, la botica del tío Antolín, un torbellino de sensaciones y deseos apenas concretados durante una noche de Fin de Año en Alemania, en época estudiantil, junto a todos los detalles del jardín familiar, almacenados por medio de estas fotos de papel.

Destaca igualmente el recuerdo de un Día de duelo, poética reflexión ante la muerte de un familiar, y primer contacto del autor granadino con el destino final, ejemplificado durante los distintos momentos del día, en el que la consecuencia más penosa es el olvido. Por contra, siempre puede existir un luego, ya que los desaparecidos pueden seguir vivos en tanto los recordemos, del mismo modo que nosotros mismos, solo lo seremos por cómo somos vistos ahora por los demás. Claro que esta es aplicada tarea personal, que puede tomarse o dejarse.

Detalle del panel derecho del tríptico de El Bosco (Museo del Prado, Madrid)
Junto a estas evocaciones nostálgicas, el recuerdo doloroso del desamor, repartido entre las páginas de Fragancia de jazmines y Las golondrinas de antaño. Pero también la invención crítico-gozosa en torno al fenómeno de masas ante un ídolo juvenil en Isabelo se despide. Por otra parte, el problema de la identidad parece agazaparse en Un ballo in maschera, argumento en relación abierta con la ópera de Verdi, en la que se narra el asesinato del rey Gustavo III de Suecia de un disparo (1792) durante un baile de máscaras, ahora suceso tamizado por la moderna relación entre padres e hijos (madre e hijo, en este caso).

Ángel de Bernini
Pero hablábamos de lo artístico en su plenitud. Por la obra transitan desde la escultura clásica en forma del Ángel de Bernini, la obra pictórica (En la Sixtina), el elemento musical en Lake Michigan, Música para bien morir o El Mesías; y hasta el culinario, como sucede en Au cochon de lait. Pero para el autor, lo mismo que le sucede al lector, todo depende del estado de ánimo, lo cual queda reflejado por medio de la prosa, a veces dentro de un mismo escrito, como ocurre en la citada En la Sixtina, en Entre el grand guignol y el vaudeville, o de forma más curiosa, en Aleluya, hermano. Del mismo modo, todo parece condenado a repetirse ad infinitum, como sucede con el ritual de una boda en Una mañana en Sicilia, lo cual es otra forma de olvido. De ahí la necesidad de permanencia del autor por medio de una obra con la que el lector pueda identificarse, aunque este añada datos de su propia experiencia. En definitiva, lo que nos proporciona Ayala es una ventana abierta a una época y unas gentes determinadas, pero con vistas a toda la humanidad (Un regreso a la Venecia de Proust, El chalet art-nouveau, El querubín difunto). Una ventana, en suma, por la que poder asomarnos. Después de todo, que somos sino la memoria de nuestras lecturas.

En efecto, hasta qué punto somos reales o solo existimos cuando somos vistos por los otros es cuestión que revolotea por un jardín que, inspirándose en los paneles laterales del inabarcable tríptico de El Bosco, del cual toma su título, se divide en dos segmentos principales, en realidad intercambiables: Diablo mundo, que incluye los citados recortes de prensa y los subversivos Diálogos de amor, y Días felices. Una realidad que paradójicamente, se concreta a veces sin necesidad de escribir una sola palabra, ni tan siquiera pronunciarla (como en Otro pájaro azul, Mientras tú duermes o Sin literatura, donde la callada contemplación de una momia, otro ser que fue, proporciona un nuevo instante de reflexión no prevista).


El jardín de las delicias, en versión de Francisco Ayala, tiene como principal destinatario esa entidad indeterminada que es el lector, al cual compete convertir lo escrito antaño en hogaño, y lo particular en universal, en esa paradoja dramatizada que es la existencia.

Escrito por Javier C. Aguilera 



1 comentario :

  1. Qué difícil se me hizo Ayala, nunca lo estudié en la Uni porque luego de, seguí con Arte y cuando estuve haciendo unos talleres en la Fundación, la verdad que me hubiese gustado profundizar más en su obra, pues sigo sin comprenderlo.
    Entiendo que es un genio, me fascinan sus frases, imágenes etc pero no lo comprendo, sólo aquéllos retazos del jardín de las delicias con el pájaro azul que me emocionan tanto- Así como el gorrión que le pinta su madre...
    Tengo que comprarme este volumen y leer y leer

    En esta ocasión quería recrearme con el cuadro y felizmente he llegado hasta aquí.
    Saluditos.

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