Para el sábado noche (XXXVII): El proceso Paradine, de Alfred Hitchcock

07 julio, 2014

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Guardémonos de los reduccionistas del arte y de los mitómanos. Como a los jibaros, les encanta “reducir” el grueso de una obra o un ámbito a “cuatro” títulos –indiscutiblemente míticos-, pero que no permiten ver el resto de árboles. En el caso de Alfred Hitchcock (1899-1980), la luz cegadora de sus creaciones más brillantes, por ejemplo durante la década de los cuarenta, ha arrojado a la oscuridad otras obras muy estimulantes y bien resueltas, como son, atendiendo a dicha década, El proceso Paradine (The Paradine case, Selznick Pictures, 1947) y Atormentada (Under Capricorn, Warner Bros., 1949).

Hoy nos referimos a la primera, escrita por el propio productor de la película, el no menos mítico David O’Selznick (1902-1965), con colaboraciones del igualmente considerado Ben Hecht (1894-1964), y de James Bridie (1888-1951), en base a una historia de Robert S. Hichens (1864-1950), autor de la célebre El jardín de Alá (1904), y, según los créditos, adaptación de la esposa del realizador, Alma Reville (1899-1982).

A todos ellos cabe añadir un expresivo juego de luces y sombras, tanto físicas como metafóricas, producto de la espléndida labor fotográfica de Lee Garmes (1898-1978), en un saldo que solo puede proporcionar el blanco y negro, y la excelente partitura de ese gran músico que fue Franz Waxman (1906-1967), y que incluye una hermosa pieza para piano.

La acción de El proceso Paradine transcurre en Londres, tras la guerra –Segunda-, y la coyuntura histórica nos ofrece una buena imagen para el recuerdo: aquella que muestra el Palacio de Justicia semiderruido, en lo que inevitablemente se convierte en otra metáfora de la convivencia y de la ley (no necesariamente de la justicia). Una metáfora personificada en el abogado Tony Keane (Gregory Peck), una de esas personas que, aún conservando cierta dignidad y espíritu emprendedor, ha ido domesticando sus ideales en favor de las minutas. Es un marido “enamorado”, pero de su trabajo, y al que el nuevo caso que se le ofrece le acabará por nublar “el juicio”.


El asunto en cuestión se resume como sigue: la señora Paradine (una turbadora Alida Valli), ha sido acusada de envenenar a su marido, un militar retirado e impedido por una ceguera. A partir de ahí, y como se suele decir, la “maquinaria de la justicia” se pone en marcha, pese a sus carencias –imperfecciones de orden humano, como en el caso que nos ocupa-.

Es de destacar la elegante presentación del relato: Alfred Hitchcock no rompe el plano que muestra a la solitaria señora Paradine, salvo cuando le anuncian la llegada del inspector: es la representación de la ruptura de la normalidad, o la irrupción de la misma en un territorio irreal, por haberse pretendido “a salvo”. El espectador decidirá, pero esa elegancia de fondo, se acompaña de la de la forma: la propia señora Paradine es portadora de un sosiego casi beatífico (solo mermado al final, con la irrupción de los policías en la casa). Un “desorden”, en definitiva, que queda igualmente representado en los planos de cuerpo entero (literalmente, con los pies en el suelo), que acontecen tanto en la mansión como en la comisaría.

De igual modo, Hitchcock echa mano de la elipsis durante los preparativos del proceso, con el ánimo de no aburrir al espectador con los preparativos de costumbre. Le interesa ir “al grano”. Por ejemplo, en el momento del “flechazo” entre letrado y acusada, durante su primer encuentro, en el que el realizador los acoge, a ellos solos, en un único plano, o a través de un plano-contraplano bastante elocuente. Incluso en el dormitorio de ella, en la mansión campestre que Keane visita “para hacerse una idea del entorno de la tragedia”, pero en realidad para reflexionar acerca de sus sentimientos, Hitchcock introduce otro significativo plano-contraplano entre el abogado y el retrato de la señora Paradine, sito en la cabecera de la cama. “Tengo que salvarla”, declarará ante sí mismo, más que ante los demás.


La única que se da cuenta de lo que está ocurriendo, además de Judy (Joan Tetzel), la espabilada hija del abogado y amigo Sir Simon, Sigi (el maravilloso Charles Coburn), será la propia esposa del defensor, Gay Keane (Ann Todd, en un rol no tan pasivo como se ha pretendido). La “suerte” de su marido le interesa mucho: será una prueba de amor definitiva para Kate.

También durante el juicio hacen “acto de presencia” reveladores planos-contraplanos, entre Keane y la acusada, o entre esta y el fiscal (el estupendo Leo G. Carroll), o a lo largo del “careo” entre Keane y Latour (Louis Jourdan), el ayuda de cámara del fallecido. De hecho, qué mejor sitio que un tribunal para hacer uso de esta gramática tan cinematográfica. Además, en una posición dominante, se halla el juez lord Thomas Horfield (sostenido con el aplomo y la brillantez de Charles Laughton). Y en fin, el espacio proporcionará, hacia la conclusión, el plano cenital con el que Tony abandona la sala, con idea de no regresar jamás.

No será inconveniente aclarar -puesto que los derroteros son otros-, que hasta entonces, el abogado no había perdido nunca un caso; pero más que sobre perdedores, es ésta una historia sobre el miedo a perder, o sobre el “saber perder”; y por supuesto, sobre el deseo hacia una imagen construida por nosotros mismos. Para el juez Horfield, sin embargo, éste será uno de tantos procesos (como le hace notar su esposa, interpretada por Ethel Barrymore). El elemento axial es André Latour, el citado ayuda de cámara, personaje esquivo y razón indirecta del conflicto. ¿Su comportamiento conlleva resentimiento o prevención? No se revelará hasta el final. En este sentido, el relato parece constituir un reverso irónico de otras figuras trágicas de Hitchcock: ¿será Magdalena Paradine otra falsa culpable, otro personaje encarcelado injustamente?


Como curiosidad, distinguimos a otro actor estupendo, John Williams, entre los miembros de la defensa (será un personaje “con papel” en futuras películas de Hitchcock). 

Lo cierto es que la revisión del “caso Paradine”, y nos referimos ahora a la película, nos permite recuperar y disfrutar de este título. Que Gregory Peck (americano) resultara adecuado o no como letrado inglés -¿por qué no como un americano en Londres?-, o que prevalezca el happy end por medio del compromiso adquirido por el joven matrimonio Keane, “en lo bueno y en lo malo” -¡no se les puede acusar de llevarlo a la práctica!-, son reparos que hoy nos resultan ridículos. Con lo que ha llovido y llueve en Londres.

Escrito por Javier C. Aguilera



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