Clásicos Inolvidables (XLVIII): Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

11 julio, 2014

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Crónicas marcianas (1950) fue la primera novela editada por la inapreciable editorial Minotauro (1955), fundada por Francisco Porrúa (1922), con traducción propia (bajo el pseudónimo de Francisco Abelenda), y con unas palabras iniciales del prologuista profesional Jorge Luis Borges (1899-1986), al servicio, principalmente, de su enorme erudición.

La reedición que poseo es de 1997, pero como he podido comprobar localizando las imágenes para el artículo, ha habido otras después, lo que demuestra que Crónicas marcianas es un clásico que sigue gozando de buena salud.


Se abren los cortinajes y el escenario es un planeta Tierra que ya está determinado a poner el pie, y el resto de extremidades, sobre Marte; en definitiva, a dar la réplica a la gran novela de H. G. Wells.

Ray Bradbury
Durante un periodo de tiempo “alternativo” que va de 1999 a 2026, o lo que es lo mismo, del “verano del cohete”, hasta esa fecha final en la que “un millón de años nos contemplan”, participamos de esperanzas y ansiedades, de frustraciones y fracasos… aspectos de los que, por fortuna, acaba emergiendo la actitud provechosa de un individuo que representa lo mejor de la especie (en este caso la humana).

Y es que junto al espacio, en su doble acepción, es el tiempo la mejor y más moldeable arma del excelente autor de ficción que fue Ray Bradbury (1920-2012). El tiempo que fue, el que pudo haber sido, o el que nos habría gustado que fuera, es el marco para dicha decepción, pesadumbre, esperanza, ironía o sorpresa… Pues todo ello se amalgama en Crónicas marcianas. No en vano, al nombrar a autores del género, se hace necesario recordar a Bradbury, uno de sus más lúcidos representantes.

Las “crónicas” dan comienzo en un pueblo de Ohio del que “zarpa” una primera expedición. Pero antes que los propios tripulantes, arriba la premonición de su llegada, que es captada por unos marcianos que, intuimos que son de tipo antropomorfo. La telepatía de los habitantes de Marte parece una capacidad natural, en principio ejercitada por uno de sus miembros femeninos. Pero el apunte supera la mera representación anecdótica: ¿estamos realmente preparados para abordar y superar prejuicios ajenos, cuando no los obviamos ni siquiera entre nosotros?

Ya en estos primeros “episodios”, el autor hace un buen uso de la elipsis y el “fuera de campo”, convirtiendo al lector en un sujeto participativo, no pasivo; alguien que se involucra en lo narrado. Por otro lado, es la de este Marte una atmósfera árida pero también ancestral: hubo una gran civilización marciana, de la que aún permanecen unas obras bien conservadas, hasta impolutas, pero completamente desiertas. Humanidad y marcianidad son dos términos equivalentes –o si se prefiere, intercambiables- en los relatos que componen Crónicas marcianas. Es el recurso principal del que se provee Ray Bradbury para elaborar una alegoría cimentada por la imaginación, la empatía, el altruismo, el miedo… y los sueños.


Su planeta es un Marte de Schiaparelli (1835-1910), anterior a las sondas Viking (1975-76), esto es, adornado con canales y con un cielo azul. Realmente, es el de Bradbury un Marte de la melancolía, en el que también resultan interesantes determinados paralelismos. Como la negación de una evidencia “extra-marciana”: aunque nos tengan delante, los oriundos de Marte son reticentes, en un principio, a abandonar su “marcianocentrismo” (para lo cual, con toda seguridad, se hallan las explicaciones “razonables” más peregrinas, de mucha raigambre “positivista”). Y cuando al fin, la posibilidad se materializa -tránsito de la segunda a la tercera expedición-, ésta es contemplada como una amenaza (en el caso de la segunda expedición, la ironía se focaliza sobre la psiquiatría y recae en la figura de un “buen doctor” marciano).

A continuación, la citada tercera expedición se constituye en uno de los más bellos relatos escritos acerca de la coexistencia y el temor a perder la libertad o la propia identidad. La integración aún no parece posible.

Pintura de William Hartmann
Por su parte, el sentimiento de culpa por las anteriores tripulaciones, se suma al acontecer marciano en la cuarta expedición, comandada por el capitán Wilder, que en un curioso caso de “desdoblamiento”, hallará su conciencia (más que “verde”, “rojiza”), en el tripulante Spender.

Es este el prolegómeno de la “conquista” humana de Marte en toda su extensión. Y es que la clave para comprender la totalidad del texto son los colonos, representantes de lo mejor y lo peor de esa humanidad que, desde las primeras expediciones, ha visto como variaba la profesionalidad. Ejemplos como el de Benjamin Driscoll, de 31 años y precursor del “terra-morfismo” marciano; o la graciosa experiencia de Walter Gripp, un hombre solo, aunque con la compañía única de la señorita Geneviéve… O el encuentro de otro colonizador, Tomás Gómez, con un marciano, en una carretera solitaria allá por 2002: ambos personajes están viviendo la “realidad” desde su punto de vista, porque pese a compartir un mismo espacio, contemplan dos tiempos diferentes.

Muy simpática resulta la Casa Usher marciana del señor Stendhal, un relato que, a su vez, contiene el germen de la posterior Fahrenheit 451 (1953).

Pintura de Maxfield Parrish
Otro de los más conmovedores relatos contenidos en el libro es El marciano, un jalón indispensable dentro de la escalada de “conquista” propuesta por la novela, en el que un sentimiento terrestre traspasa las fronteras: la necesidad de afecto. En realidad, se trata del primer contacto realmente amistoso, y un episodio que tiene su correlato en la experiencia de la familia Hathaway, creada por otro de los supervivientes de la cuarta expedición.

Ray Bradbury nos propone a través de todos estos personajes y situaciones una parábola plausible, prescindiendo de un maniqueísmo entre “buenos y malos”; confrontando dos naturalezas que en el fondo son una, pero en la que, desde luego, juega un papel importante la dualidad (en este sentido, resulta interesante la riqueza que proporciona una segunda lectura). No en balde, el éxodo que emprende buena parte de la población terráquea recuerda el producido hacia las tierras del oeste, en busca de una mejor situación y de una atmósfera distinta (sin tener en cuenta que lo que no puede cambiarse es la propia naturaleza humana).


Crónicas marcianas es uno de los mejores libros de la literatura de ficción y de Ray Bradbury en particular, excelente autor de relatos (como Asimov y Clarke), así como de otras novelas más fantasmagóricas o con carácter “de duermevela”: pienso en La feria de las tinieblas (1962); en tanto que la luna marciana gemela del escritor sería la desesperanzada y bastante anticipadora, Fahrenheit 451 (la primera fue objeto de una adaptación muy apreciable por parte de Jack Clayton, y la segunda cuenta con la revalorizada lectura de François Truffaut).

Crónicas marcianas apareció en un momento propicio, tendiendo la mano entre los grandes maestros del pasado (el pretérito solo es cronológico) y los nuevos y brillantes autores de ciencia ficción (a los que cabría sumar, solo por recordar a unos pocos, a Robert Heinlein, Philip K. Dick, Frederik Pohl o Philip José Farmer).

Gracias a la novela de Ray Bradbury, un buen día descubrimos que bajo la luz de dos lunas y junto a unas ruinas, se reflejaba la voluntad de un futuro mejor.

Escrito por Javier C. Aguilera


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