Clásicos Inolvidables (XLV): Solo la muerte, de Pablo Neruda

02 junio, 2014

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Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel al alma.

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro
como un ladrido sin perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo solo, a veces,
ataúdes a vela,
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

Sin embargo sus vasos suenan
y su vestido suena, callado, como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos,
la muerte está en la escoba,
es la lengua de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres,
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.


De igual modo que Quevedo, en su inolvidable Salmo XVII, no hallaba cosa, ya fuera en el campo o el hogar, que no fuese recuerdo de la muerte, para el chileno Pablo Neruda (1904-1973), seudónimo de un nombre imposible pero de arte mayor, la defunción también presenta rasgos físicos en Solo la muerte, poema perteneciente a su poemario Residencia en la Tierra (1935), y construcción que alterna versos de siete, nueve, diez, once, doce… hasta dieciocho sílabas.


Este paseo por la muerte se acompaña de una sucesión de imágenes brillantes, porque el inevitable fatum no es solo un cúmulo de fríos presagios y sensaciones, sino un transitar, tanto físico como metafórico, por los elementos y lugares que la evocan: el cementerio, las tumbas, el mar, la lluvia, un túnel –por el que pasa el corazón, el componente vital por antonomasia-. Por supuesto, a estos objetos tangibles les añade Neruda su complemento poético, a modo de comparación: la lluvia es como el llanto de muchos (o de todos).

El poeta proporciona otra imagen de singular fuerza poética: “hay muerte en los huesos”, con la que nos recuerda cómo el óbito queda establecido, y acompaña al ser humano, desde su propia constitución: está impreso en el mismo material que lo sostiene. El caminar solo puede ser, entonces, un caminar hacia el morir.


Resulta interesante cómo Neruda emplea otras imágenes sinestésicas para construir sus metáforas (algunas precedidas por la anáfora de la forma verbal “hay”). Por ejemplo, por medio del color. El verde le parece el más indicado para describir no solo el rostro, sino la mirada de la muerte, cuyo canto presenta un “color de violetas húmedas”. No serán las únicas sinestesias, como corroboran esos “colchones lentos”.

Pero junto a estas, surgen otras figuraciones, no por habituales menos efectivas, caso de unos “cementerios solos” o un “túnel oscuro”. Especialmente lograda es aquella que nos habla de esos “huesos sin sonido(verso segundo), con los que Neruda nos hace reflexionar acerca de aquellos “ruidos” a los que, habitualmente, no prestamos atención.


Otros dos versos merecen un comentario aparte, por proporcionar una clave que enriquece la comprensión del poema, más allá del “eterno” asunto de una existencia “efímera”. Son, “como un naufragio hacia adentro”, y “como irnos cayendo”.

Dalí y la calavera (fotografía de P. Halsman)
Este precipitarse hacia el fin de dicha existencia parece venir precedido por otra muerte anterior, la muerte en vida; una progresiva desgana, o la asunción fría del destino, donde la sincronía es solo una de las posibilidades, aunque un elemento –la vida-, parezca quedar ineludiblemente ligado a otro -la muerte física-.

Como es sabido, el deceso puede llegar sin avisar, de modo sorpresivo. De hecho, aún siendo consciente de su cercanía, el poeta nos indica que, pese a todo, cuando éste se presenta, lo hace como una visita inesperada y harto inoportuna: “de repente sopla”. El ser humano queda así a su merced y albedrío, como si realmente el óbito fuera un personaje encarnado y con resolución propia (privilegio de la visión artística). Y pese a lo doloroso de la representación, más imágenes hermosas se suceden en el poema, abundando en la condición seca y advenediza de tan funesto personaje. Es comparado a “un ladrido sin perro” o “grita sin boca, pero sus pasos suenan” (no se ve venir, pero podemos distinguir sus señales).


En esta singladura, ocupación de toda una vida, los ataúdes tienen velas, “hinchadas por el sonido silencioso de la muerte”, y el personaje principal e invisible, es una “muerte vestida de escoba”, “vestida de almirante”, o “un traje sin hombre”. Personificación y naturaleza de un intérprete tan democrático que acaba llevándose a todo el mundo por igual. Como la Danza de la Muerte medieval, no perdona ni a panaderos ni a niños. Y como “río morado” –nuevo color- que va a dar al manriqueño mar, brota por todas partes, incluso bajo los más humildes catres.

Además, el proceso no ha concluido, ni concluirá mientras haya seres humanos sobre la Tierra, su residencia pasajera: la muerte no sale o crece, está, literalmente, “saliendo” y “creciendo”, en un destino que, ¡por fin!, acaba uniendo a todos en una causa común.


De talante metafísico aunque estética vanguardista más disimulada, en Solo la muerte, Pablo Neruda no se limita al mencionado recorrido vital; su poema es, igualmente, la escenificación de una atmósfera, tanto exterior como interior, es decir, la plasmación de una sensación física además de un sentimiento, pesaroso, pero a la vez reconfortante en su descripción lóbrega y juiciosamente romántica.

De este modo, Pablo Neruda integra el elemento tradicional en la cosmovisión del hombre moderno.

Escrito por Javier C. Aguilera





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