¡A ponerse series! (XV): Colombo

23 junio, 2014

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Colombo: ¡Una cosa más! (Just one more thing!)

Para Sherlock Holmes la deducción era una ciencia. Para el teniente Colombo, del departamento de homicidios de Los Ángeles, lo es la perspicacia. Dando por buena la convención de que el personaje no ascienda en todo lo que dura la serie (¡tal vez por decisión propia!: para poder seguir “pisando la calle” y no enclaustrarse en un despacho), lo cierto es que Colombo (1968-2003), encarnado siempre por Peter Falk (1927-2011), es una de las creaciones más longevas de la historia de la televisión, con una ausencia entre un primer y un segundo bloque, como veremos, con el acierto de no depender de la rutina de un determinado número de capítulos por temporada, sino sujeta a las ideas de los guionistas. De hecho, no tiene personajes secundarios “fijos”; solo el sargento encarnado por Bruce Kirby llega a ser algo parecido a un asiduo, pero todo ello, junto al desparpajo que desprende la genial ocurrencia, facilita el poder disfrutar de unas tramas bien urdidas sin necesidad de perderse por otros laberintos.

Dicho lo cual, Colombo fue invención de los escritores Richard Levinson (1934-1987) y William Link (1933), y la serie pudo contar con algunos distinguidos profesionales de la industria, como el guionista Steven Bochco (1943) o el futuro realizador Larry Cohen (1941). Al término de esta loa –advierto, algo prolija: el lector menos minucioso puede saltar directamente hasta el videoclip final-, recordaremos a otros colaboradores (además, señalo a algunos realizadores entre paréntesis, tras los títulos en español de los capítulos).

Riley Greenleaf (Jack Cassidy): ¡A mí qué me importan las llaves, las cerraduras, las puertas abiertas, el aire acondicionado ni cómo entró nadie! (Publicar o morir).

Colombo es buen fajador, sabe cómo observar y qué escuchar. Hasta podemos decir que disfruta comprometiendo al criminal, que hasta toparse con él se creía muy astuto. Desfacedor de pompas clasistas y azote de conciencias new age, siempre le acompañan en su proceder, su cascada voz y su sempiterna gabardina, y en el pensamiento, su adorada esposa (a la que nunca llegaremos a conocer). Practica con soltura ciertas “maniobras de distracción”, cercanas a la guerra de guerrillas, sobre todo cuando el asesino cree estar más a salvo. Por ejemplo, cuando comienza a deambular circunspecto es mala señal… para el futuro reo. A partir de ese momento, será solo cuestión de tiempo que lo atrape, tras extenuantes tiras y aflojas tipo tetris y un rosario de circunloquios familiares. Cultiva la modestia pero le fastidia que se rían de él. A los criminales los adula, cosa que a estos les encanta, y es letal sin necesidad de portar armas: nunca falla.

Conduce un destartalado vehículo de cuatro ruedas: en Precaución, el asesinato puede ser peligroso para su salud sabremos que se trata de (lo que queda de) un Peugeot del 53, que como la capa del Dómine Cabra del Buscón de Quevedo, varía de color según le da la luz, oscilando entre el grisáceo ocre y el blanco pardusco.

Perseverante, irritante, desaliñado, implacable pero buena gente, sin más dobleces que los de la gabardina, Colombo es el azote de los listillos que creen que su posición privilegiada les librará del peso del delito. Con perverso sentido del humor (la resolución del primer episodio), cuando ha de enfrentarse con lo tecnológico, entra a matar.

Junto a Jack Cassidy
Dave Kingston (Ross Martin): Por muy abstracto que sea un pintor, siempre escribirá su nombre lo más claramente posible (Marco para un asesinato).

Corriendo un tupido velo sobre el hecho de que en la mayoría de doblajes se traduzcan “puros” (cigars) por “cigarros”, Colombo es el digno precedente de los CSI más sofisticados, con su instinto como mejor artilugio. Él mismo confiesa que le gusta su trabajo (El asesinato más inteligente del mundo, A que no me coges) y con él siempre hay una cosa más (como le recuerda un escocido Fielding Chase -William Shatner- en Mariposa de color gris). Y en fin, en toda su singladura catódico-policíaca, el pobre hombre tendrá que escuchar cómo le llaman payaso de circo, garrapata, mago, pieza de museo, pícaro -eso es verdad-, un perro faldero -puede valer-, un diamante en bruto -desde luego-, o el típico grano en el trasero. Cuando el culpable le espeta “me ha decepcionado usted, teniente”, ya sabe que tiene a su hombre, aunque el momento realmente clave sobreviene cuando el sufrido criminal, visiblemente inflamado, da la espalda a Colombo dejándolo con la palabra en la boca.

Junto a Gene Barry
Roy Fleming (Gene Barry): La gente ve lo que espera ver (Receta asesinato).

Receta asesinato (1968) fue el capitulo piloto de Colombo, o mejor dicho, su presentación oficial, porque lo que iba a ser un telefilme con detective “sui generis” acabó convirtiéndose en serie gracias al favor dispensado por los televidentes. Contó con música de Dave Grusin (1934) y en él, el psiquiatra Gene Barry (al que muchos recordarán como protagonista de La guerra de los mundos, Byron Haskin, 1953), que ya emplea tarjeta de crédito, tendrá como cómplice a su amante, en un clásico caso de eliminación-de-esposa-interpuesta (Nina Foch), a la clásica usanza, estrangulada. Lo que trasciende el tópico es, sin duda, la figura del detective.

También llama la atención el empleo de eufemismos (arte lingüístico casi extinguido) para referirse a determinadas circunstancias que habían de pasar el filtro de lo catódico, y que constituyen todo un –maravilloso- acervo de lo sobreentendido. La mejor secuencia del capítulo es el diagnóstico mutuo, entre teniente y psiquiatra, que eleva todo el conjunto y revela, más que con los actos, que no estamos ante un criminal impulsivo, sino calculador y meticuloso.

No sé si será intencionado, pero el apartamento del matrimonio Fleming es totalmente gris (como la propia esposa reconoce). También en el aspecto más positivo, ya aquí aparece el que será uno de los puntos fuertes de la serie: las interpretaciones –puede haber alguna excepción, claro- de los actores, junto a la “puesta en escena” del criminal.

Junto a Lee Grant
Colombo: Nunca afirmo lo que no puedo probar (Repetición)

La “reaparición” de Colombo tiene lugar en un segundo “piloto” titulado Rescate para un muerto, en el que la estupenda Lee Grant, de la mano de algunos de los experimentos formales de los incipientes setenta, compone a la enérgica abogada que marcan los cánones (además es piloto de avionetas). Significativamente, su “maldad” -travesura más bien-, palidece ante su repelente hijastra adolescente.

No será la única fémina que apriete el gatillo. En Una mujer espera, Susan Clark sufre gracias a ello toda una transformación física, somatizando su reciente liberación. Ya en este capítulo se aprecia un aspecto que me llama la atención, el difuso entorno de Los Ángeles (de entonces) como un escenario desvencijado y arrabalero -dejando al margen los decorados de las mansiones de los potentados turno-. Además, siempre tratará de darse una “vuelta de tuerca” a los argumentos -práctica común, hasta cansina, a día de hoy-, para evitar la repetición.

Por ejemplo, en este relato, la homicida ya ha sido absuelta por un jurado; en Los planes del crimen, no se nos muestra el ídem, con lo que andamos todo el rato preguntándonos dónde está el cuerpo (perdonemos a Patrick O’Neil que explique la construcción de las pirámides a base de los “rampantes” tópicos de costumbre; eso sí, con la portentosa voz de José Guardiola da más miedo, y por otra parte, tiene gracia ver a Colombo guardando cola). En cualquier caso, puede que la “Gabardina de Oro” se la lleve Un amigo de verdad (Ben Gazzara), donde el criminal es el propio comisario del teniente (un desaforado Richard Kiley), que no se lo pone pero que nada sencillo.

Junto a John Cassavetes
Alex Benedict (John Cassavetes): Amigo mío, ¡todo tiene un límite! (Estudio en negro)

Siguiendo con nuestro recorrido, en Marco para un asesinato acompañamos al teniente tras la pista de un suculento robo perpetrado por Ross Martin, y cuyo final demuestra por qué hubo una época dorada en la televisión, anterior a la presente. En Homicidio de acuerdo con el libro, el capitulo dirigido por Steven Spielberg, Jack Cassidy ejerce de escritor de novelas de crimen y misterio, que un buen día decide pasarse al otro lado, es decir, a interpretar a uno de sus personajes.

En Estudio en negro, el etílico director de orquesta que interpreta John Cassavetes ofrece tras el crimen unas interpretaciones mucho más ¡llenas de vida! En los ratos libres en que Colombo no lo atosiga, se dedica a grabar la más espantosa de las músicas seriales para un documental de arte y ensayo. Como curiosidad, la pista final se la proporciona al detective el veterinario de su perro (que por primera vez entra en escena). Cuadrando el círculo, en La partida más peligrosa, la pista se la da el perro directamente.

Además, en La selva del invernadero (B. Sagal) le endosan a un sargento jovenzuelo y trepa (Bob Dishy, el inolvidable “Míster Tremendo” del capítulo homónimo de Las chicas de oro), que saldrá escaldado, y en Fuera, mancha maldita (R. Quine), la verdadera representación de los eminentes actores teatrales, interpretados por Richard Basehart y Honor Blackman, tiene lugar fuera de las tablas. Una pareja shakesperiana unida realmente por el crimen. Aquí, Colombo se ve obligado a fabricar una pista falsa, algo excepcional.

Junto a Leonard Nimoy
Paul Hanlon (Robert Culp): Su mujer es una santa (Un partido crucial)

Otros momentos celebrados los encontramos en Una estrella fugaz (Quine), donde la actriz -en el episodio- Anne Baxter, es asesorada en la vestimenta nada menos que por Edith Head (1897-1981), después de equivocarse y mandar al otro barrio al que no era. En Una puntada en el crimen, Colombo se enfrenta al calculador cirujano interpretado por Leonard Nimoy. ¡Solo el vulcaniano podía ser capaz de hacer perder la paciencia al teniente!

Mención especial para Cualquier viejo puerto para una tormenta, donde el occiso es un patán de cuidado que clama a voces su final abrupto (según la historia escrita por Larry Cohen, autor a su vez de Ejercicio para la fatalidad y Candidato al crimen). Al final, el vinatero interpretado por el estupendo Donald Pleasence, prefiere la prisión ¡a la libertad grisácea que se le presenta!

El crimen más “aparatoso” lo perpetra el gran Johnny Cash en El canto del cisne (Nicholas Colasanto). En tanto que Milo Janus (Robert Conrad), deportista hasta la extenuación, se ejercita con una víctima que se resiste a estirar la pata, en el referido Ejercicio para la fatalidad. Pero el policía contará aquí de nuevo con la inapreciable ayuda de la técnica para hacer jackpot. Claro que en Reacción negativa lo toman por un menesteroso y lo sientan a la “mesa del pobre”. Con esa pinta…

Junto a Roddy McDowall
Ken Franklyn (Jack Cassidy): ¡Usted siempre anda “por aquí cerca”! (Homicidio de acuerdo con el libro).

Más antagonistas. En Espoleta retardada parece que el experto en química Roger Stanford (un divertido Roddy McDowall) se la ha colado, pero qué va. El mismo error comete todo un héroe de guerra, el general Hollister (Eddie Albert), bien acompañado de Suzanne Pleshette, en Peso muerto (Jack Smight).

Un deseo de elevarse por encima del cliché sociocultural sobrevuela Un asunto de honor (Ted Post), en el que el chulesco y gesticulante Luis Montoya (Ricardo Montalbán), entre invocaciones a la Virgen, trata de coger el toro por los cuernos para mantener aquellas “virtudes que ya no existen” (sin conseguirlo).

Y al igual que Anne Baxter, otra actriz que no vive en la “realidad” será la Janet Leigh de entusiasmo desbordante en La dama olvidada, que contiene la que, con toda probabilidad, sea la entrada más desgarbada de nuestro detective en un caso -seguida muy de cerca por la zarrapastrosa de Todo forma parte del juego-. El título original del episodio hace doblete: este “juguete roto” ha dado paso a una nueva generación de ídolos, en efecto, pero además es amnésica.

Junto a George Hamilton
Colombo: Es muy fácil engañar, si uno quiere (Ejercicio para la fatalidad).

No estaría mal un estudio o separata de temas tales como Colombo y el arte moderno, Colombo y la burocracia, Colombo enfrentado a su mayor enemigo: el cachivache electrónico (Repetición, Precaución, el crimen puede ser peligroso para su salud…), Colombo y la CIA (Crisis de identidad), donde asegura que él nunca lleva armas, o Colombo y la Mafia (Extraños compañeros de cama). Y es que lo insólito también ha hallado cobijo en la serie. Por ejemplo, la hipnosis como mecanismo terapéutico y mnemotécnico en Un talante mortal, donde un ladino George Hamilton ejerce un “mágico dominio” sobre su paciente (Leslie Ann Warren), ¡sin tener en cuenta a un testigo “ocular” que es ciego! En esta rama se inscribe el crimen “subliminal” de Jugada doble (Quine).

Curioso resulta A la luz del amanecer, donde el coronel Lyle Rumford (Patrick McGoohan), remedo de una de las parodias castrenses de Marco Bellocchio, entiende la vida como un campo de batalla; inflexible y fatuo, vive en un mundo paralelo, destinado a convertir a los cadetes de la Academia Haynes en un atajo de robots.Y es que Colombo se desenvuelve por tierra, mar y aire. En El crucero (dirigido de nuevo por Ben Gazzara), la ocasión la proporciona el premio de una rifa de la “Sociedad del Santo Nombre”, por suerte para el difunto…

En Un caso de inmunidad (Post), la única inmunidad que no tiene el diplomático saudí Hassan Salah (Héctor Elizondo) es una buena salvaguarda contra Colombo. En el extremo opuesto, El último saludo del comodoro, jocoso hasta lo vodevilesco, nos plantea la cuestión de qué sucede cuando el asesino es asesinado, y contiene una resolución gozosa a lo Agatha Christie.

Junto a Robert Culp
Lucerna (William Shatner): Creo que en este episodio, el asesino es el personaje bueno (Próxima secuencia, asesinato

En el meta-televisivo Próxima secuencia, asesinato, William Shatner, que interpreta al detective televisivo Lucerna, se las verá con el detective “real” de la gabardina. El capítulo contiene un guiño: el cameo de Walter Koenig (Chejov en Star Trek) como ayudante de policía; junto al comentario de Lucerna cuando interpela a Colombo tras su exhaustivo análisis, exclamando: “¡Es un desarrollo fascinante!”.

En cuanto a Shatner, su rol no puede estar más alejado de lo mítico: posee una personalidad desdoblada, hasta resultará ser un desertor, en tanto que Colombo certifica que se trata del detective “menos estético” de la historia de la televisión: no queda bien en ningún sitio donde lo pongan (como curiosidad, Shatner interpretará a otro perturbado “encubierto” en el posterior Mariposa de color gris). Pero entre los más estrambóticos de los sujetos, la familia Brand de Crimen a la antigua usanza gana otra “Gabardina de Oro”. Con el concurso de Celeste Holm, en dicha familia descolla una estupenda Joyce van Patten, uno de esos personajes conmovedores con que las series nos obsequian de vez en cuando.

A que no me coges recuerda que también los ancianos, por medio de la veterana y pizpireta Ruth Gordon, cometen homicidios. De hecho, la escritora Abigail Mitchell (Gordon) asegura al teniente que de haber investigado él la desaparición de su sobrina, ella no habría necesitado tomarse la justicia por su mano (al no aparecer el cuerpo no constó como homicidio, y no le fue asignado el caso a Colombo). Muy normal tampoco parece la lúcida aunque desdichada agrupación de El asesinato más inteligente del mundo, episodio por el que se asoma una jovencita Jamie Lee Curtis y en el que, precisamente, será la falta de modestia la perdición del criminal.

Junto a William Shatner
Joe Devlin (Clive Revill): ¡Cada vez mejor! ¿Cómo lo adivina? (Los conspiradores)

La obsesión por el detalle más nimio y la necesidad de aprender de un ámbito hasta entonces desconocido, se suman al instinto del teniente que, desde un principio y como un don casi sobrenatural, señala al posible asesino. En Hazme un crimen perfecto, por ejemplo, será crucial saber cada cuánto tiempo se ejecuta un cambio de rollo durante la proyección de una película (diez minutos). No en vano, Kate (Trish van Devere), demuestra la de cosas que pueden hacerse en tres minutos bien medidos (en este capítulo, destaca además la secuencia en la casa abandonada de la familia de ésta).

En Asesinato bajo cristal, y de la mano de Louis Jourdan, Colombo conocerá un curiosísimo tipo de veneno. En Asesinato por teléfono, en el que Nicol Williamson interpreta a una especie de gurú posmoderno, mezcla de telepredicador y psiquiatra -otro doctor con libro y recetas de autoayuda, variante del médico loco-, el policía aprenderá bastante del reino animal (el humano, por supuesto; pero además, podemos ver a un cachorro con gabardina y contemplar a una descollante Kim Cattrall).

Y en fin, en Los conspiradores, el juguetón, encantador y mortífero (amén de entrañable) Clive Revill, se mete en la piel de otro escritor con secreto (Up from ignorance, se titula su último libro), demostrando a Colombo que el daño halla refugio bajo la coartada de la justificación personal. Tiene bastante gracia como el bueno de Revill le sirve todas las pistas en bandeja de plata al teniente de homicidios. En confesión propia, se dio a la bebida “para poder dedicarse a la literatura como Dios manda”.

Fotograma del capítulo Los conspiradores
Colombo: ¡Esto tengo que contárselo a mi mujer! (Asesinato por la lotería).

La nueva tanda de “temporadas” se inaugura en 1989, tras casi una década de parón -Los conspiradores data de 1978-; y lo hace con Asesinato, tabaco y sombras, donde Colombo mantiene un duelo con el joven y ambicioso director de cine Alex Brady (Fisher Stevens). Pero el policía está en plena forma. Y eso que la inventiva de los criminales no tendrá límites, aún en las fechorías más aparentemente sencillas, como el eficaz “golpe en la bañera” de Asesinato por la lotería (McEveety), relato aderezado por el festivo cachondeo de los amantes asesinos (Rip Torn y Jamie Rose), y el cinismo de las amistades cuando a uno le sonríe la fortuna. Aquí, Colombo se limita a observar y disfrutar como un enano del espectáculo, todo un recital de llantos hueros y ademanes apesadumbrados -y alguna que otra regañina al detective, del tipo de “¿pero no sabe usted con quién está hablando?”: en este sentido, ¡el teniente hace gala de un estoicismo de lo más irritante!

Las pistas fragmentadas de un antiguo robo serán el mecanismo de Colombo se disfraza (McEveety), en el que, dejando al margen a un tonto y tópico jefe cascarrabias, que por fortuna no volveremos a ver (¡cuando deberían colmarlo de medallas!), y tal y como indica el propio título, Peter Falk recupera su cariño por el disfraz.

Junto a Rip Torn
Colombo: ¡El primer día de la investigación de un suicidio es algo mortal! (El rastro del crimen).

En Mariposa de color gris, Colombo le da un nuevo significado a la locución “cobertura policial”. Y en Colombo va a la escuela, se traslada al instituto Freemant College, donde se las verá con dos malvados estudiantes (¡suponiendo que eliminar a un profe metomentodo sea una maldad!), Justin y Cooper (Stephen Geoffrey y Gary Hersberger). Seguro que con este capítulo se identifican muchos; en él, Colombo confiesa que hay pocas cosas que no haría con tal de resolver un crimen. En cualquier caso, la elite profesoril universitaria sí que da miedo de verdad: privilegios, egocentrismo, clasismo despótico, amoríos… ¡qué cosas suceden en la ficción!

Fiel a sus costumbres, el teniente no cejará en el saqueo del frigorífico de la víctima, en pos de alimentos que, de otro modo, se habrían echado a perder. En Agenda para el crimen arrambla con un queso entero, y en El rastro del crimen -de uno que se deja matar muy tontamente-, Colombo agarra las chocolatinas que encuentra (y medio puro), va portando una bolsa con plátanos, y finalmente le endosan toda una cesta de manzanas. En Frágil yace la corona, nuevo libreto de Steven Boccho, el asunto le pilla in medias res, y arrambla con los bollos; en Crimen en Malibú, se desenvuelve con un huevo cocido en el bolsillo (no resulta difícil distinguir la misma casa empleada en El último saludo del comodoro). Como curiosa avis, en Colombo y la falsa alarma, nada en absoluto será lo que parezca.

Sta. Houston (Sally Kellerman): Soy nueva en esto de ser viuda (Polvo al polvo).

En Polvo al polvo, Patrick McGoohan se halla, sin duda, en una posición privilegiada para hacer desaparecer un cuerpo, o varios si se tercia: es el dueño de una cadena de funerarias. En esta ocasión y tras un berrinche “espontáneo” (vamos a perdonar a Rue McClanahan que se deje asesinar tan tontamente), se trata de una columnista de la llamada prensa “rosa” (el episodio incluye un simpático guiño –oral- al citado Steven Boccho).

Un caso diferente se le presenta en Sin tiempo para morir, en el que Colombo es el tío de un novio al que raptan su pareja. Por desgracia, nos adentramos en la línea del secuestrador charlatán, desquiciado y papanatas. Además, el realizador no es el habitual y se nota: comete la torpeza de mostrar continuamente a la novia viva, para crear un torpe suspense paralelo(s), e inserta cansinamente la franja horaria de rigor.

Por supuesto, cuando la víctima está a punto de escapar, reaparece el maromo. Otro superior cascarrabias (Lance LeGault) no favorece mucho más el entramado, aunque como curiosidad, observamos que en esta ocasión, Colombo sí toma un arma. No es lo más lucido de Evan Hunter (aka. Ed McBain), guionista que se muestra más inspirado en Colombo trabaja de incógnito.

Entretenido sin más es Asesinato con pocas notas (escrito y dirigido por McGoohan: se cuela alguna mala pasada con las sombras), porque atiende a todos los tópicos habidos y por haber del director de orquesta narcisista (Billy Connolly), incluyendo las más estrafalarias opiniones sobre la música de cine junto a todo tipo de ademanes. Para colmo, la música es horrible.

Más interesante es la charla sostenida entre Colombo y un sociólogo (George Coe) en Asesinato, un autorretrato, en el que encontramos, por última vez, a un secundario recurrente de toda la serie, Vito Scotti, que hizo de pordiosero, empleado de pompas fúnebres, maître francés, tabernero… En Agenda para el crimen (más lucido trabajo de McGoohan tras las cámaras), Colombo se dedica, literalmente, a cazar políticos bajo la lluvia (en Candidato al crimen fue a la luz de un farol).

Junto a Patrick McGoohan
Colombo: Yo no juzgo, ese no es mi trabajo (Descanse en paz, señora Colombo).

El asesino de Colombo y el asesinato de una estrella de rock, el también entrañable Dabney Coleman, al que injustamente se relega al final en los créditos, bien puede decir que ¡no hay nada nuevo bajo el sol! Claro que su actuación ante el jurado es una parodia burlesca con todas las de la ley, como lo es el retrato de otro superior (menos mal que será el último); pero el final del capítulo bien merece la espera (como curiosidades, la intervención de Little Richard, y ese ocurrente comentario de la mujer de la limpieza a Colombo, cuando le espeta que “me alegra no estar casada con usted”).

Otro desarrollo interesante es el crimen “cruzado” de Pájaro en mano (McEveety), en el que un asesino (Tyne Daly) se adelanta a otro (Greg Evigan). O el de Todo forma parte del juego, escrito por el propio Peter Falk y protagonizado por Faye Dunaway, que bascula entre el crimen “justificado”, la implacabilidad de la justicia y el mal de amores. En él, confiesa el teniente que una vez tardó hasta nueve años y cuatro meses en resolver un caso. Pero naturalmente, al final lo hizo.

Junto a Tyne Daly
Se trata de artefactos algo más complejos aunque la dinámica es la misma: ante la insistente compañía del Teniente de la Guarda, ¡el asesino por fuerza ha de arrepentirse de sus pecados! Así sucederá en Descanse en paz, señora Colombo (McEveety), donde una sufrida y alocada Helen Shaver se toma la revancha (Colombo encarceló a su novio, y a este no le gustó el alojamiento). Y cuando todos creíamos que al fin íbamos a conocer la casa de Colombo y Señora, ¡nos enseña el domicilio del sargento Brady (Tom Isbell)!

Colombo: Así que esto es un centro de ideas, ¿y qué ideas tienen? (…) ¡No se imagina la cantidad de papeleo que conlleva un asesinato! (Grandes decepciones).

El último capítulo filmado (en 2003) fue A Colombo le gusta la noche, que como curiosidad, recupera ese paisaje marginal ciudadano de las primeras temporadas. Colombo culmina su honrosa carrera atrapando al dueño de una discoteca, Justin Price (Matthew Rhys), mientras se pregunta si de verdad la gente puede bailar con esa “música”.

Si hacemos una lista con los actores que participaron en la serie, ya como víctimas, asesinos o actores de soporte, entre los que aparecieron más veces se cuentan Robert Culp (3 veces como killer, una como actor de soporte), Val Avery (4), Jack Cassidy (3 veces), William Shatner (2), Dean Stockwell (2), Leslie Nielsen (2), Anne Francis (2), Wilfrid Hyde-White (2), William Windom (2), Ray Milland (2), Martin Landau (¡dos veces si tenemos en cuenta su doble papel en Doble shock!), Robert Vaughn (2) y George Hamilton (2)… aunque el ganador de una nueva “Gabardina de Oro” al asesino más contumaz es… ¡Patrick McGoohan!, ¡hasta cuatro veces se dejo atrapar por el teniente! (sin contar su labor tras las cámaras). Refinado, avieso, elegante… McGoohan fue uno de los grandes característicos de la época, tanto en cine como en televisión. Junto a él, justo es nombrar al referido Vito Scotti, que aún en papeles de soporte, se asomó por Colombo ¡hasta seis veces!

Junto a Matthew Rhys
Prostituta: Eh, guapo, ¿quieres enseñarme lo que tienes debajo de la gabardina? (Precaución, el asesinato puede ser peligroso para su salud).

Y en fin, a los ya consignados en el texto, añadamos los nombres de -merece la pena que el aficionado de cierta edad o de cierto interés los recuerde- Jane Greer, Bradford Dillman, Patrick McNee, Harold Gould, Louis Jourdan, Oskar Werner, Leslie Ann Warren, Gena Rowlands, Martha Scott, Jorge Rivero, Emilio Fernández, Maurice Evans, John Payne, Sam Jaffe, Sal Mineo, Diane Baker, Dennis Dugan, John Dehner, Robert Loggia, Nehemiah Persoff, G. D. Spradlin, Richard Dysart, Michael V. Gazzo, Mako, Laurence Luckinbill, Patrick O’Neil, Samantha Eggar, Kenneth Mars, Theodore Bikel, L. Q. Jones, Jeanette Nolan, Robert Paulsen, Robert Foxworth, George Wendt, Don Calfa, Rod Steiger, James Read, Nancy Walker y Dick Sargent (interpretándose a sí mismos), Andrew Stevens, Brenda Vaccaro, Janet Margolin, Sally Kellerman, Ian Buchanan, David Hudleston, Rip Torn, Donald Moffatt, Steve Forrest, Arthur Hill, Patrick Bauchan, Don Ameche, Kim Hunter, Jessie Royce Landis, Ida Lupino, James Olson, Jackie Cooper, Blythe Danner, Myrna Loy, Valerie Harper, James Gregory, Dean Jagger, Bernard Fox, Ed Begley Jr., Burt Young, Tyne Daly, John Williams, Kevin McCarthy, Mel Ferrer, Lloyd Bochner, Larry Storch, Julie Harris, Vera Miles, Martin Sheen, Vincent Price, José Ferrer, Lew Ayres, Jessica Walter y Robby el Robot (estos últimos en Mente mutilada, uno de los fructíferos encuentros de Colombo con la tecnología).

Muchos de los primeros relatos contaron con la labor del mítico Russell Metty (1906-1978) en la fotografía. Junto a él, técnicos de la talla de Albert Whitlock (Espoleta retardada), el también director de fotografía Geoffrey Unsworth (Fuera, mancha maldita), o los compositores Gil Mellé (Peso muerto), el citado Dave Grusin (Receta: asesinato), John Cacavas (Grandes decepciones, Precaución, el crimen puede ser peligroso para su salud) o Patrick Williams (Hazme un crimen perfecto, Los conspiradores, Crimen en Malibú, Asesinato, un autorretrato, Sin tiempo para morir).

Paul Galesko (Dick Van Dyke): ¿Qué es lo que le resulta difícil de entender? (Reacción negativa). 

Demos pues la bienvenida en este apartado al más desastrado de los detectives de la tele, y probablemente al más humano. El reverso cochambroso de Starsky y Hutch. El inimitable Colombo.


Como colofón a nuestros pacientes lectores, una recompensa a modo de la Sevillana de los cuatro detectives, interpretada por Pepe DaRosa (1931-1986).



Escrito por Javier C. Aguilera


Próximamente: Crónicas Marcianas

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