Para el sábado noche (XXXI): Privilegio, de Peter Watkins

03 marzo, 2014

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Britain, in the near future. Así anuncia la voz en off el escenario en el que va a desarrollarse el argumento de Privilegio (Privilege, Universal, 1967), del realizador y documentalista Peter Watkins (1935), y escrita por el novelista Norman Bogner (1935). Esta voz en off parece entresacada de uno de los documentales del realizador, y nos pone en antecedentes acerca de una figura que, “no es un presidente ni un político”, sino un ídolo de masas.

Peter Watkins (izquierda)
Watkins ya había realizado antes su documental The war game (1965), un trabajo encargado por la BBC a modo de informe ficticio, con fotografía en blanco y negro, que daba cuenta de un ataque nuclear a Gran Bretaña, y que basculaba entre el aluvión de datos y la organización de la defensa civil, para después focalizar las terribles consecuencias en un barrio de Kent.

Por demasiado crudo fue desautorizada su emisión (para la televisión), lo que nos recuerda que en otros países también ha habido censura: el logo banned in Britain casi llegó a convertirse en un latiguillo de prestigio, “privilegio” de películas y hasta discos, con gobiernos de distintas tendencias ideológicas. “Lo que está mal es el hombre” resume uno de los encuestados. Steven Shorter (Paul Jones) es, en efecto, una figura admirada en lo que concierne a su vida pública como cantante, pero desdichada en el ámbito privado. Se ha convertido en una persona apática y “de mirada ausente”, como le hace notar algún que otro allegado.

Símbolo de la era psicodélica, beatle, pop y poco después glam, y lo que quieran, Shorter se ha convertido en un ídolo que ha de conducirse -o ser conducido-, con mucho tiento, puesto que su estatus privilegiado le permite influir para “bien”, pero también para “mal”, sobre las referidas masas. Sus asesores no pierden ocasión de explotar su breve estancia en prisión -sin que sea necesario explicitar los motivos- como parte del espectáculo “contracultural”. Como comenta su acompañante eventual Vanessa (Jean Shrimpton), todas las miradas se dirigen hacia él; con una notable excepción, la de muchos de sus colaboradores, y la de aquellos que esperan beneficiarse de su trabajo. Y es que, significativamente, y dejando al margen a los fans, a Shorter nadie le mira directamente, prácticamente nadie le habla, y nadie se interesa por su estado anímico más allá de satisfacer un puro interés crematístico. Por eso resulta peligroso cuando expresa un deseo propio o una opinión (¡como pedir una taza de chocolate caliente!), puesto que el icono ha sido programado para facilitar la respuesta adecuada en cada momento y ocasión, aunque sin parecerlo.

Algaradas, disturbios, admiradores y sofocos, conforman el retrato de una época sociológicamente interesante, aunque cinematográficamente muchísimo menos (probablemente sea la década más envejecida de la historia del cine, lo que convierte las excepciones de rigor en trabajos muy notables; naturalmente, no hablo solo de estética). En definitiva, se trata de una encrucijada temporal, que una película como Privilegio testimonia bien, llegando incluso a ser de lo más actual.


Una mezcla de liberaciones y nuevas represiones ad hoc, cambios y experimentación a los sones del órgano Hammond B-3, en los que un fenómeno como el del “fan” no debe tomarse a la ligera: Watkins los muestra de todas las edades y composturas; de hecho, las discotecas son descritas como lugares proyectados para tener entretenidos a los jóvenes. Junto a ellos se agazapa la falsa afectividad de un gobierno intervencionista, garante de un “conformismo productivo”, que actúa al modo de aquellos a los que dice detestar.

Y en medio, el perfecto acabado de un producto diseñado para su consumo. Pero además, Privilegio es el manifiesto de la soledad del artista. Hasta el punto de que respeto, admiración o gratitud, son palabras vacías de significado para Steven Shorter, como se evidencia durante la recogida de un galardón… ¿relacionado con el mundo de la música? No en vano, las discográficas pertenecen a otras tantas corporaciones o conglomerados en un totum revolutum. Hasta la caridad está reglada.


Destacan varios momentos sarcásticos, el del anuncio “existencialista” para vender manzanas, la presentación de la “juventud del futuro” a los sesudos ejecutivos, el hecho de que todas las emisoras de radio emitan la misma canción, o los preparativos del concierto-cruzada, a ritmo de España Cañí y de Haendel.
Finalmente, cuando va a producirse un nuevo cambio de timón en la imagen de Steven, dirigido por las jerarquías económicas y religiosas, para así alegrar las arcas de todos los estamentos, esta criatura estatal, estamental y acaudillada, que según sus creadores ya “no se pertenece a él, sino al mundo”, acabará por revelarse.

Teniendo esto en cuenta, cambien ídolo de la canción por cualquier otro, manzanas por artefactos electrónicos, al reverendo Tate (Malcolm Rogers) por algún otro adalid de lo ideológico, y agréguense otras religiones del planeta, y observarán como la ecuación sigue dando idénticos resultados a día de hoy.


Conviene hacer mención de Paul Jones (1942), vocalista del conjunto Manfred Mann y artista intermitente, porque se trataba de un cantante real y no de un actor, porque el papel no era precisamente agradecido, y porque resuelve la estoica papeleta lo más airosamente que puede.

En resumen, es sugestivo tener en cuenta una película como Privilegio, que más allá de las chorreras cronológicas, diserta sobre el comportamiento humano, en la línea de otros títulos interesantes de la época -aunque salvando las distancias-, como son El presidente (Wild in the streets, Barry Sheer, 1968) e If (Lindsay Anderson, 1968).

Escrito por Javier C. Aguilera


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