Cadete del espacio, de Robert Heinlein

05 agosto, 2013

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Heinlein en el set de Con destino a la luna
Quién no se ha perdido en una nueva ubicación y le ha dado vergüenza reconocerlo; quién no se ha sentido apabullado ante el ataque hacia parte de nuestras creencias más inamovibles; quién no se ha visto acuciado en determinado momento por una economía enclenque, o en suma, quién no ha sido puesto a prueba por vez primera en algún asunto y ha tratado de salir del trance lo más airoso posible. Todo esto -y más- sucede a Matt Dodson, el joven protagonista de Cadete del espacio (Space cadet, 1948, La Factoría de las Ideas), escrita por Robert A. Heinlein (1907-1988), uno de los autores de ciencia-ficción más sobresalientes (evito la distinción “clásico” – “moderno” conscientemente).

Además de ello, su experiencia como militar e ingeniero mecánico le hicieron participe como guionista y asesor técnico de la notable creación de George Pal Con destino a la luna (Destination Moon, Irving Pichel, 1950), la primera película que trató de manera científica el ansiado viaje a la luna.

La acción desarrollada en Cadete del espacio es cercana, casi cotidiana. Estamos en 2075, es decir, en un futuro inmediato. Heinlein sortea con ecuanimidad la potencial caterva de tópicos y prejuicios castrenses, ofreciendo un retrato abiertamente humano de la institución y del protagonista. Sus vivencias e instrucción resultan tan fascinantes en la actualidad como debieron serlo en 1948 (¡incluido su incidente con una caja de guindas al marrasquino bañadas en chocolate!).

En efecto, Matt Dodson posee una habilidad muy concreta a desarrollar, pero no es un superhombre, sino uno más dentro de una organización de propósitos firmes y altruistas, si bien, como sucede a menudo, la aplicación de estos no siempre sea sinónimo de pureza (si es que existe algo puro, o que no resulte ambiguo, en el ser humano: basta recordar las diversas opiniones, muchas veces encontradas, de los compañeros de Matt).

Venus (imagen de la NASA)

Así, su esclarecedora conversación con el teniente Wong acerca de la diferencia entre los cadetes y los marines, o la renuncia del veterano Bill Ansara, harán reflexionar al futuro cadete acerca del papel de la Patrulla y acerca de sí mismo (capítulos 9 y 10). Otro buen apunte más sobre el personaje estriba en el hecho de que buena parte de su instrucción no es solo de orden físico, sino que se dirige a adquirir una cultura. De hecho, el bueno de Dodson se verá abrumado ante un exceso de materia nueva que estudiar.

Entre las curiosidades de Cadete del espacio, encontramos la de la anticipación del teléfono móvil, o del microondas, aparatoso invento que aún andaba cociéndose a finales de los cuarenta. Pero quisiera destacar, además, el tratamiento de la inocencia, no como sinónimo de simplismo (nunca debería serlo), sino como un componente vital ante lo novedoso, y asunción del papel que desempeña el hombre como un inquilino más en el vasto conjunto del espacio. La camaradería y humanidad de los aspirantes hace que sea fácil identificarse con los personajes principales. Una humanidad que, revestida de sus atributos más positivos, se encamina hacia la natural familiaridad a la que tiende todo ser humano (sea cual sea el tipo de familia).

Por otra parte, destaca el tratamiento dado al planeta Venus, donde transcurre parte de la acción, y cuyas características no fueron desveladas hasta bien entrada la década de los sesenta. Tanto da, el planeta escogido sirve a Heinlein para abordar el asunto de los tabúes hacia otra cultura, como una forma de solicitar una “tolerancia tolerante”, es decir, aquella que no atenta contra los demás. Como decíamos, el personaje central es el joven Matt, el cual se distingue de todo el proceso de adiestramiento y de quienes lo conforman por su aplicación, por la adquisición de conocimientos (lo que incluye algún que otro periodo de “flojera”: la “etapa floral”). A la larga, esto le preparará de cara al futuro como cadete y persona indivisiblemente.


Otro apunte excelente reside en el hecho de constatar hasta qué punto limitamos la realidad que nos circunda a la realidad de nuestros sentidos (capitulo 12). De hecho, ¿cómo reconstruir toda una civilización contando solamente con unas pocas piezas aisladas en el tiempo? Es lo que debió preguntarse la tripulación de la Exploradora, una nave considerada desaparecida hasta entonces...


Naturalmente, Cadete del espacio propone un viaje iniciático hasta el interior, hacia el encuentro con uno mismo, con nuestro propio camino, por muy doloroso que sea el constatar hasta qué punto se es un extraño dentro de lo que hasta entonces habían sido el hogar y los vínculos familiares. En este sentido, Matt experimenta un inevitable alejamiento de su entorno, cierta desconexión con el pasado.

Son los prolegómenos para alcanzar las estrellas. Pero no de cualquier manera sino, como se asegura en el capítulo 4 de forma elocuente y bien hermosa, tratando de defender la paz del sistema solar, la Constitución de la Federación Solar, desempeñando los deberes del puesto asignado y obedeciendo las órdenes legítimas de los oficiales superiores (…), más allá de toda ambición, engaño y avaricia, respetando las libertades y la dignidad de todas las criaturas, junto a una inquebrantable voluntad de hacer justicia y ofrecer piedad.

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