Para el sábado noche (XII): La comedia sexual de una noche de verano, de Woody Allen

11 julio, 2013

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No suele recordarse La comedia sexual de una noche de verano (A midsummer night’s sex comedy, Orion/Warner Bros., 1982) dentro de la ya vastísima filmografía de Woody Allen, cuando lo cierto es que se trata de una de sus mejores películas, incluso si solo nos centramos en la primera parte de su obra, aquella que cuenta con lo mejor de lo ofrecido por el cineasta.

Se trata de una película construida entre opuestos: una visión romántica (del romanticismo) frente a una realista; el poder de la imaginación como una forma de sentir y vivir, frente al frío racionalismo del positivismo; la esquizofrenia que dividió lo natural de lo sobrenatural.

Civilización y barbarie juntas, aspecto que en este caso correspondería a la ciudad (en este relato en off, salvo brevemente al principio), frente al contacto con la naturaleza y con la creatividad: el personaje de Woody Allen es un inventor que en la “civilización” trabaja en la bolsa (lo que da lugar a otro divertido comentario). En fin, toda una encrucijada que se resuelve de forma amena y vitalista.

La película plantea cuestiones muy interesantes, por ejemplo, hasta qué punto puede suplir el arte el vacío de las relaciones llamadas “sentimentales”, sobre todo en la búsqueda de un “igual”. En este sentido, el cerebral filósofo Leopoldo (magnífico José Ferrer) tampoco logrará alcanzar la plenitud deseada solo con el arte. Finalmente, sucumbirá a la pasión (de forma más civilizada, es decir, con modales más impostados, aunque el impulso del deseo sea el mismo), en un postrer y satisfactorio acto de humanidad. 


El otro gran tema de la película es el de las oportunidades perdidas, o si se quiere, el de las segundas oportunidades, encarnadas en Andrew (Woody Allen) y Ariel (Mia Farrow), los cuales descubrirán que no todo es cuestión de oportunidad, precisamente, sino de sentimiento, tanto en la juventud como en la madurez. Así, el regreso al lugar de su idilio se torna fastidioso, y una vez consumado el deseo de la atracción, el episodio no se resuelve como esperaban. Pero, del mismo modo, aprenderán que los auténticos lazos amorosos no pueden obviarse, persisten y se traban en el propio ser, como al final les sucede a Andrew y Adrian (Mary Steenburgen); ambos redescubrirán su amor después de liberarse del pasado.


El eje del relato es Leopoldo (el ya referido José Ferrer), el filósofo que reniega de lo “popular” por considerarlo vulgar y así poder abarcar únicamente aquello que es sublime: todos esos momentos de dignidad proporcionados por la condición humana a lo largo de los siglos. Para Leopoldo solo tiene razón de ser la razón fría de los datos empíricos, nada existe más allá de lo que es percibido por los sentidos.

Pero estamos, aún en el campo (que yo recuerde se trata de la única película del autor que se desarrolla fuera de la ciudad), en la época de los felices veinte, de los ingenios mecánicos, los avances médicos y los inventos domésticos… los paseos veraniegos con sombrilla; y aún queda espacio para lo mágico, lo maravilloso.

La labor de Woody Allen es impecable, destaca el gusto por la composición del plano, por unos personajes que aparecen y desaparecen del mismo, junto a su integración en el entorno por medio del plano medio-general.


Regocijante “Sturm und Drang”, La comedia sexual de una noche de verano es la película más optimista de Woody Allen. Probablemente la más hermosa. Ni que decir tienen que la belleza se une a lo útil por medio de la fotografía de Gordon Willis y el extraordinario acompañamiento musical de Félix Mendelssohn, el compositor al que sobraron las palabras.

Escrito por Javier C. Aguilera


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