Clásicos Inolvidables (XXXI): Fausto, de Estanislao del Campo

26 junio, 2013

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Mira: si fuera pastor
Y si tú pastora fueras
Me parece que andarían
Mezcladas nuestras ovejas

El tono vivaz y jocoso de estos versos, recogidos en el volumen de poesías completas de Estanislao del Campo (Buenos Aires, 1834-1880), que apareció en 1870 con prólogo de José Mármol, se traslada a la que con el tiempo se ha convertido en la obra más popular del poeta y militar argentino. Nos referimos, desde luego, a su singular y disfrutable “versión” sobre el mito germánico de Fausto (c. XV), versionado a su vez por otros autores, como Christopher Marlowe, Dietrich Grabbe, Thomas Mann y, por supuesto, Goethe.

El estreno el 24 de agosto de 1866 de la ópera Fausto (1859) de Charles Gounod, en el Teatro Colón de Buenos Aires, proporcionó la idea al inquieto Estanislao del Campo que, literariamente, hasta entonces se había limitado a publicar poemas sueltos en numerosas publicaciones, fusionando así la citada leyenda con los principales aspectos de la gauchesca, aquella literatura que tomaba como argumento las cuitas de los peones y campesinos de las llanuras (aunque es posible que el origen de la idea como tal proviniera de otra representación anterior, la de la ópera Safo -1840- del italiano Giovanni Pacini, a la que acudió el escritor, el diez de agosto de 1857).

Le ruego que me dentre a relatar el cómo llegó a topar con el malo.

Estalisnao del Campo
Conviene recordar que Estanislao del Campo fue muy activo dentro de la política de su país, y que tras la unificación argentina en 1861, ostentó el cargo de secretario en la Cámara de Diputados, pasando a ser uno de ellos poco tiempo después. Y precisamente, para su obra más conocida, su Fausto de 1866, Del Campo se inspiró en la “realidad” de una representación, es decir, en una ficción que, como veremos, es tenida por realidad por uno de sus espectadores.

El poema Fausto narra así las impresiones que la representación de la ópera de Gounod provoca al gaucho Anastasio, apodado el Pollo (en homenaje al Aniceto el Gallo de su amigo, el también poeta argentino Hilario Ascasubi), y que este a su vez narra con todo desparpajo y asombro a su viejo amigo don Laguna, un paisano de la zona de El Bragao -que además de dar nombre a un lugar, en el glosario criollo argentino se emplea para referirse a un caballo de tonos claros; de hecho, como apunte divertido, el rocín de don Laguna, llamado Záfiro, es descrito como un “overo rosado”.

El poema, distribuido en seis partes, la primera escrita en décimas y el resto en redondillas, será por tanto la conversación entre don Anastasio (que realmente no duda en mandar a Mefistófeles al infierno) y don Laguna. De tal modo que el Fausto de Estanislao del Campo parece recrearse en el placer de la contemplación de la amistad entre ambos personajes (¡al menos en el mundo de las letras!), razón más que suficiente, me parece a mi, para disfrutar de la obra y descubrir a un autor de evidentes méritos artísticos, en el que sobresale el respetuoso sarcasmo que se agazapa tras la historia: el amor de senectud del erudito en la ópera, sincero y meditado, acaba transformándose, con su renovada juventud, en un sentimiento efímero y egoísta.


-¿Y cómo no disparó?
-Yo mesmo no sé por qué.

No me resisto a destacar varios de los momentos más agradecidos del poema, como la divertida entrada al teatro del público, la (involuntaria) equiparación por parte de Anastasio de la orquesta con una banda de música, o sus comentarios acerca de la “encarnadura” de la heroína, momento en el que sobresale la comparación de la belleza femenina con una flor (parte VI), en “agreste” carpe diem que parece homenajear el famoso Soneto para Helena de Ronsard.

Así, a lo largo del poema, seremos copartícipes de todas las nuevas y sinceras emociones que han embargado al buen gaucho durante la representación operística: empatía, rabia, aprensión, congoja, asombro, ternura… que conllevan una identificación total con la obra por parte de quién no está versado en tales manifestaciones artísticas, pero que paradójicamente, participa de todas y cada una de las emociones que se pretenden transmitir.

De ese modo, Anastasio será capaz de captar hasta las aptitudes musicales del Diablo cuando tañe su guitarra, será participe de cómo el tiempo queda suspendido, acortándose o dilatándose por designios de una obra, junto a la transformación del buen doctor en ingrato jovenzuelo, haciéndose incluso eco de los efectos escenográficos de la representación: la mar embravecida, los efectos ópticos y todo el atrezo… Hasta llega a ver los pájaros que vuelan y se tropiezan con tal de guarecerse en su nido: milagro de la orquestación de Gounod.

Ilustración de Óscar Grillo
Pero sola y despreciada
En el mundo ¿qué ha de hacer?
(…)
Cuando duerme todo el mundo
usté, sobre su recao
se da güeltas, desvelao
pensando en su amor projundo

Pero se ha hecho tarde y a Anastasio y Laguna solo les queda un poco de ginebra y echan en falta algo de salchichón. No obstante, tan emocionante quedó el relato con el transcurso de los actos, que antes de que los amigos partan de nuevo, cada uno hacia su destino, el Pollo relata la sorprendente resolución de lo acontecido sobre el escenario. Entre estos momentos finales, como aquel en que las joyas tientan a la desafortunada heroína cuando acomete la conocida aria de la Canción de las joyas, solo cabe compadecerse del infortunio de la muchacha, de su posterior condición de madre soltera y de los truculentos actos que decidirán su suerte. Todo este dramatismo tan tremendo y funesto queda puntuado maravillosamente por el léxico “gauchesco” empleado por el autor: “pelar la lata” por desenvainar; “cortinao” o lienzo, por telón, etc.

Charles Gounod
Fausto, en versión de Estanislao del Campo (o de Anastasio, el Pollo, cabría decir), supone una de esas genialidades con las que uno se topa de cuando en cuando. En cuanto a sus ediciones, un sentido y acertado prólogo de Borges se encuentra en la edición conmemorativa de Edicom (Buenos Aires), de 1969, pero más completa e igualmente bien anotada es la de Bruguera de 1974, a cargo del doctor Agustín del Saz. Naturalmente, existen otras ediciones recomendables, como la que mostramos a lo largo del texto, a cargo de Ediciones de la Flor, con estupendas ilustraciones de Óscar Grillo.

A modo de complemento, y por si alguien desea disfrutar (¡aunque no en igual modo!) de lo que presenció el bueno de don Anastasio, recomendamos, sin ánimo de tener la última palabra, algunas de las grabaciones de la extraordinaria ópera de Gounod. Dos sonoras, la primera con la formidable Joan Sutherland y con Franco Corelli, dirigida por Richard Bonynge (Decca, 1966); la segunda con Plácido Domingo y Mirella Freni, dirigida por Georges Prêtre (EMI, 1978); más otra visual, en formado DVD, con el gran Ruggero Raimondi y Francisco Araiza, dirigida por Erich Binder (Deutsche Grammophon, ORF, 1985, que es de la que dispone servidor).

Estanislao del Campo, el más querido de los poetas argentinos según Borges, por medio de la recurrente visita del gaucho a la ciudad, y jugando con una realidad “sobrenatural”, nos recordó que el humor puede ser el género más adecuado con el que abordar las cuestiones más serias.

Escrito por Javier C. Aguilera



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