Clásicos Inolvidables (XXVI): El lobo estepario, de Hermann Hesse

09 mayo, 2013

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Hermann Hesse
LA NOCTURNIDAD INTERIOR

El lobo estepario (1927) es una de las obras más populares del escritor alemán Hermann Hesse (1877-1962), premio Nobel de Literatura en 1946. No deja de resultar curiosa esta singularidad, puesto que se trata de una novela acerca del aislamiento, en parte voluntario, en parte como una predeterminación impuesta por factores externos.

Su introspectivo argumento es dado a conocer por medio de un procedimiento clásico, que los seguidores de la buena novela gótica conocen bien: la lectura de un manuscrito. En este caso se trata de las confesiones de un hombre en la cincuentena, el cual es descrito como extraño, salvaje y sombrío (aclaro: salvaje no tanto por violento o asilvestrado, sino más bien por socialmente indómito).

Estamos pues ante un relato pionero acerca de la incomunicación en la “era de la comunicación” (entonces como ahora; más incluso ahora, la creciente identificación con la obra de Hesse es paradigmática), que además propone al arquetipo literario de Harry Haller, un personaje que bascula entre la alegría y la “depresión” como estados de ánimo, un hombre que ha pensado más que otros hombres, si bien él mismo no se excluye de la propia crítica: se sabe un outsider y lo asume.

Harry Haller es consciente de que el conocimiento aísla, de que en un tiempo existía un interés general por aprender aquello que se desconocía, por escuchar al que más sabía; y que por el contrario, en el tiempo presente (presente histórico y real) sucede más bien al contrario, el interés por conocer ha quedado estancado o se limita a lo más básico –o peor, a opiniones prestadas-, y al que sabe, que normalmente es quien no presume de ello, las más de las veces se le discrimina, o directamente se le silencia (hay muchas formas de silenciar). Como suele decirse, es el “valor” del progreso: la decepción convertida en hábito.

El grito, de Edvar Munch
Haller padece todos los enigmas de la vida humana en uno, en sí mismo. Pero no es un redentor, es un personaje visto como un todo. De hecho, por mucho que su naturaleza se pretenda dual, el autor (¿el biógrafo?) nos recuerda que en realidad es poliédrica, esto es, multifacética, e inversa, por cómo nos vemos y por cómo somos vistos. Así, la identidad de Harry se escinde entre lo indómito y arriesgado -dentro de un cierto orden-, y lo culto y distinguido; lo que a su vez conlleva un reduccionismo personalizado y reciproco, como queda bien descrito mediante la bella alegoría del jardín, al final del “inserto” en el manuscrito del Tractac (tratado) del lobo estepario.

Ahora bien, una puerta se entreabre cuando Harry encuentra consuelo anímico en su relación con la meretriz Armanda y, consecuentemente, se (re)encuentra consigo mismo. Harry comprenderá la dificultad de hallar un afín (no tanto un clon) en cuanto se eleva el listón desiderativo; por lo que, cuando esto sucede, estará más dispuesto a tolerar al “otro”.

CUANDO HARRY ENCONTRÓ A HALLER

Armanda (nombre un tanto andrógino, que casa bien con el decorado ambiguo de la época: en el original es Hermine, femenino de Hermann), actúa como un espejo. Posee la claridad y concisión de conceptos de quien pisa la calle, es el Hyde de Harry. De modo que para tratar de formar parte de la humanidad, siquiera a ráfagas, el quimérico inquilino que es Haller, aprenderá los bailes de moda (el fox-trot) y a escuchar la música que proporciona un gramófono (no solo jazz, también la clásica), expresiones cuyos equivalentes actuales serían el whatsapp o las redes sociales, un mundo del que se siente extraño, pese a todo. En el fondo, la auténtica comunicación queda sustituida por un lenguaje expresivo, unos signos: lo que se comparte es un código. En definitiva, Harry emprende un esfuerzo de integración en una corriente dominante de la que rara vez se obtiene correspondencia (al menos, no la deseada).


No deja de resultar chocante como en dicha era de la comunicación, apenas se encuentra afinidad fuera de ese código, dictado siempre por valores ajenos: la identidad ha de someterse a los dictados de una época concreta, pero como queda demostrado, a diferencia de las nuevas riadas generacionales, anti empáticas y portadoras de unas taras emocionales de aúpa, el lobo-estepario nunca antepone la dimensión artística (música, cine, literatura, pintura, arquitectura…) a los llamados avances de la tecnología (del mismo modo que se distingue por el uso de unos modales significantes). No interesan los contenidos; lo esencial (y efímero) reside en los interminables cambios de formato que los contienen y fosilizan. Los anuncios ensalzaban las máquinas como la más alta y última conquista del hombre, con cuya ayuda habríamos de convertirnos en dioses.

Así lo corrobora la excelente conversación entre Harry y Pablo, el amigo músico de Armanda. Para el primero, el verdadero lenguaje del ciudadano alemán ha sido articulado por medio de la música, proporcionando un impresionante legado. Por su parte, Pablo vive el momento sin cuestionarse futuros valores. De este modo, se suscitan cuestiones como si todo lo que perdura es lo que merece realmente la pena, o si todas las obras están a un mismo nivel; ¿hasta qué punto es irreconciliable la visión de quien vive la aventura de la vida en primera persona y quien lo hace a través de las vidas de los otros? Ésta parece ser la auténtica escisión del hombre-lobo: Harry está abrazando ahora esta primera naturaleza.


De hecho, cada época y cultura tiene sus propias crueldades y bellezas. Tanto Harry como Pablo, como arquetipos, y cada uno a su modo, tratan de dotar de un nuevo sentido unas vidas que parecen haberlo perdido; es la época del jazz y el decadentismo en Europa. Para Harry, el deseo de formar parte del resto de la naturaleza humana es siempre esporádico y viene desencadenado por estímulos principalmente artísticos; una sinfonía, o una vivienda burguesa bien cuidada. Para los “grandes industriales”, por el contrario, los seres más espirituales son gente inútil, extraña a una realidad donde se vale lo que se produce. Por ello, el lobo estepario apartó de si todo lo que en el mundo constituía sus excelencias y relumbres para poder conservar en cambio su libertad.

Pero esta independencia es la constatación de una muerte, de la soledad e incapacidad de relación. Harry solo toma del mundo burgués lo que le interesa, ya que no se encuentra al margen de él; la diferencia estriba en el alejamiento del canon de una forma de vida estándar, y de un posicionamiento sin ambiciones ostentosas.

Hermann Hesse
La novela se cierra con un extenso segmento final, la metáfora del Teatro MágicoSolo para locos, pues “loco” hay que estar para tratar de mantenerse cuerdo en una sociedad donde, como asegura el propio Mozart a nuestro anti-héroe, nadie tiene la culpa, pero todos son responsables. En el citado escenario vital, pueden traspasarse una serie de puertas para tratar de comprender la naturaleza del ser, algo similar a las presencias fantasmales del Cuento de Dickens: la liberación del yo. Y no es baladí la figura del músico de Salzburgo: finalmente parece comprobado que Harry se desenvuelve mejor a través del lenguaje de la música, como buen alemán.

De esta etapa vital, Harry recordará cómo los mejores momentos vividos –y los más dolorosos- pueden ser evocados por una obra musical. A lo que también se añade que aún ha de aprender el humorismo, como única vía, más que de escape, de supervivencia.

El lobo estepario, cuyo equivalente “con adolescente” sería Demian (1919), también de Hesse, es una bella alegoría de toda la tristeza y de toda la incomprensión global, donde la soledad se torna independencia, y donde predominan dos constantes fundamentales de la obra del escritor alemán, la incapacidad psicológica para establecer una relación -llamémosla con toda intención “ordinaria”- con el mundo exterior, junto con el papel que desempeñan el arte y lo artístico en general en la formación de una adecuada identidad personal. Un tratado de (parte de) la condición humana. Uno más. Pero no uno cualquiera.


Escrito por Javier C. Aguilera


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