¡A ponerse series! (VI): Poirot (1989- )

06 abril, 2013

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Poirot: Hastings, en esta habitación tenemos seis puntos de interés. ¿Los cataloga usted o lo hago yo? (El misterioso asunto Styles)


Merece la pena para comenzar, detenerse un poco en la nueva lectura de Asesinato en el Expreso de Oriente, la celebrada novela que Agatha Christie escribió en 1934, pese a tratarse de uno de los últimos capítulos de la serie (2010). Nos servirá para hacer un recorrido a la inversa.

En esta nueva adaptación, o mejor relectura, el detective belga ideado por la autora se halla en una encrucijada, de la que la presente aventura será como la última gota de un vaso que viene llenándose desde antaño. ¿Cuál es el conflicto? Sin desvelar nada de lo relacionado con la trama, básicamente, la constatación última de que el mundo se está envileciendo, o si se prefiere, ¿qué ocurre cuando la justicia falla, cuando se puede comprar a un juez o hasta un jurado? Esto es, ¿hasta qué punto es lícito contravenir la ley escrita (y la ética propias) a favor de una justicia más real y tangible (justa en definitiva)?

Elenco del Orient Express
El inicio es brutal: con ritmo seco somos testigos de la terrible consecuencia del descubrimiento de Poirot, ¡a pesar de que no hubo delito y el sospechoso es inocente! Poirot se ha mostrado tan implacable, que el suceso le hace reflexionar acerca de si la verdad debe prevalecer siempre. El prolegómeno se completa con el apesadumbrado paseo del detective belga por los entresijos de Estambul, que para colmo coincide con la lapidación de una mujer en plena calle (seguida a su vez de la ya no tan típica secuencia de ingreso-en-un-hotel-para-turistas). La ley es el cimiento del orden, y por tanto inamovible para el personaje: la mujer contravino las reglas y sabía lo que esto implicaba. De ese modo, Poirot ha llegado a convertirse en un personaje inflexible, adusto, como cansado de sus ¿semejantes?

David Suchet en la portada de una revista
En el fondo subyace la “lógica de la justicia”, dura lex, sed lex; y en este sentido, resulta coherente que Poirot desprecie el dinero de Ratchett (Toby Jones), no tanto por el dinero en sí, como por de quién procede, ya que para él la altanería de la que hace gala el potentado resulta tan vil como cualquier otra falta que atente a su ética / moral. De hecho, ¿cómo confiar en nadie con todo lo que ha visto?, ¿cuando sabe que el criminal puede ser cualquiera? ¿Qué puede presentarse bajo la máscara de la bondad? Un detalle nada baladí: Poirot se refugia / beneficia en su fe (dispone de un rosario y como católico convencido, reza).

La gravedad impregna todo el relato (hasta se refleja en el ambiente opresivo del Vagón de Calé, donde transcurre el grueso de la “acción”), lo cual me parece todo un acierto, porque propone una lectura muy interesante y actual acerca de un argumento que el aficionado ya conoce, con toda probabilidad. Dicha relectura ofrece la particularidad de hallar un doble significado a los comentarios de muchos de los personajes tras un segundo visionado (de hecho, un hombre parece que escapa por una ventana cuando el tren detiene su marcha a causa de la ventisca, elucubrando así sobre la idea del ladrón).

Pero los ojos del detective todo lo advierten, porque parecen leer hasta en el interior de las personas. Se trata de un Poirot más circunspecto (reflexivo lo ha sido siempre), diferente aunque el mismo que nos muestra el arranque de tan notable serie. Como si, como cualquier personaje de carne y hueso, hubiera sufrido un proceso, una evolución.  Ello no es óbice para que al final del relato, el Poirot que no tolera el más mínimo error con la ley, haya vuelto a “humanizarse”, pues ha comprendido y recuperado la piedad (algo que aún no ocurría, por ejemplo, en episodios como Problema en el mar). Dicho lo cual cabe corroborar que Asesinato en el Orient Express es, junto con Diez negritos, Poirot en Egipto o Cinco cerditos, una de las obras maestras de Agatha Christie (conoceremos alguna más a lo largo de este análisis).

Poirot: Hemos estado viendo este caso como en un espejo. Lo hemos visto todo al revés (La aventura del noble italiano)

Imagen de Un triste ciprés
David Suchet con su Premio Emmy
Poirot como personaje es fascinante. Un amasijo de manías sazonado por unos poderes para la observación y la deducción casi sobrenaturales, y acrecentado por la excelente interpretación del mismo actor para toda la serie: David Suchet. Tan es así que el disfrute de adentrarse en Poirot, reside más que en la elaboración de tortuosas tramas, unas más creíbles que otras, en el hecho de haber creado un personaje con una personalidad bien definida; en suma, de haber elaborado un mundo propio y reconocible en el que el lector / espectador pueda adentrarse si está dispuesto a ello.
  
La serie dio comienzo en 1989 (LWT/Granada Productions & ITV) y todavía prosigue, proporcionando no una avalancha de capítulos mecánicos en interminables tandas de temporadas, sino algunos episodios sueltos, bien interpretados y ambientados, con el paso de los años. Desde el principio gozó del favor del público y además cosechó un buen número de galardones, entre lo que destaca el renombrado BAFTA. Y como adelantaba, la estudiada y natural interpretación de David Suchet aporta cohesión al conjunto y hace que el personaje tenga en pantalla una gran encarnadura.

Hastings: Yo no entiendo nada de nada (La aventura de Johnnie Waverly)

La serie propone toda una trayectoria vital, ahora que está a punto de ser completada: si no tengo mal entendido, en estos momentos se procede a la filmación de las últimas adaptaciones de los relatos originales de Hercules Poirot (entre los cuales recupera protagonismo su amigo el capitán Hastings). Ello completará una serie de innegable interés y como suele ser habitual, magníficamente ambientada (que Londres es además un escenario natural está claro).

Cronológicamente, se debe comenzar por El misterioso asunto Styles (en la edición en DVD, al comienzo la tercera temporada), que muestra la primera aventura de Poirot en suelo inglés. Es un refugiado que acaba de llegar al país y que ayuda a otros compatriotas refugiados por causa de la guerra, instándoles a que aprendan -al contrario de lo que sucede en otras geografías- el idioma y las costumbres inglesas. Además, sabremos cómo se conocieron el entonces teniente Hastings y él (en realidad se trata de un reencuentro, puesto que se conocieron en Bélgica, donde Hastings estuvo destinado). Ya entonces participamos del ambiente enrarecido pero fascinador de una acaudalada familia, mal avenida, y sostenida por costumbres aún bastante victorianas.


Poirot: El viaje de la vida puede ser muy duro para los que viajamos solos (Después del funeral)

Teniente Reis: ¿Quieres que evitemos juntos a la gente? (Los relojes)

La serie se abre con unos elegantes títulos de crédito y un inspirado y evocador leitmotiv a cargo del compositor más asiduo a la serie, el interesantísimo Christopher Gunning (parte de lo mejor de su obra se recoge en el CD The film and TV Music of Christopher Gunning, Chandos, 2010, incluidos varios temas de Poirot). En el primer capítulo (volviendo a la primera temporada), La aventura de la cocinera de Clapham, el detective aprende que nunca se debe despreciar un caso por trivial que parezca, ni a un cliente por su condición social.

Ya en estos episodios (de una duración más corta que los que vendrán, al estar basados casi todos en los relatos cortos de Poirot, que fueron los primeros en aparecer en el mercado), nuestro protagonista destaca por la exótica particularidad de aplicar la psicología, método que será una constante en toda la serie. Un buen ejemplo de ello lo hallaremos en el excelente puzle de Un gato en el palomar, cuando Poirot advierte que la rutina de la docencia ha hecho mella en su amiga, la directora de un colegio para señoritas. Y es que no basta con disponer de motivo y oportunidad, el crimen es principalmente una cuestión de carácter. En Cartas sobre la mesa, Poirot asegura a uno de los personajes que si el crimen lo hubiera planeado él, éste habría resultado soso, poco artístico.


Poirot: No es posible tomarle el “cabello” a Hercules Poirot; tanto si intentan distraerme como si me ayudan, por fuerza revelarán su tipo de mente (Cartas sobre la mesa)

Poirot conoce la psicología y sabe cómo y dónde emplearla (conforme madura es un personaje más observador, que goza del espectáculo “social” que se le ofrece: la propia naturaleza humana; y que confecciona su propio archivo, cada vez más en silencio). Así pasamos del orgulloso criminal que-lo-larga-todo, pertenezca a la clase social que pertenezca, al asesino calculador que se agazapa en los ambientes más rurales. Y es que la maldad anida tanto en la ciudad como en el campo. Así ocurre cuando, por ejemplo, en un periodo de bajón, Poirot se retira al agro (como le sucediera a Holmes con las abejas), ¡para cultivar calabacines! (impagable el momento en que se enfrenta a uno). La visita a su apartamento del 56B de Whitehaven Mansions, escenario de las anteriores aventuras (finalmente Poirot tomará otro en el edificio colindante), acompañado por su buen amigo el inspector-jefe Japp, le devolverá, no obstante, a un ambiente más familiar. ¡Pero no antes de atrapar al criminal! (sucede en El asesinato de Roger Ackroyd).

En el carácter de Poirot se dan cita la lógica, el orden, y como su secretaria Miss Lemon recuerda, el ahorro más que la tacañería. Aunque el detective también sepa ser generoso con quien le proporciona una buena pista (como sucede en La muerte de Lord Edgare).

Whitehaven Mansions, vivienda de Poirot (en realidad, el edificio Florin Court, Londres)
Japp: ¡Ya estamos todos juntos de nuevo, solo falta el muerto! (La muerte de Lord Edgare)

Éste, naturalmente, no tarda mucho en presentarse, brindando más aventuras detectivescas, cada vez más elaboradas. Como sucede en el terrorífico relato de Halloween, Las manzanas, en el que una chica muere ahogada después de asegurar que presenció un asesinato… ¿a cual de los tres asesinatos del pasado se refería la propia asesinada?

Agatha Christie tenía la especial habilidad (que por lo visto molesta a algunos pedantes) de hacer atractiva, hasta fascinante, la suspensión de la credulidad (como en Peligro inminente). Prejuicios aparte, el degustador del policiaco descubre todo un mundo de falsas identidades e inocentes encarcelados (La sra. McGinty ha muerto), de la mano de un detective que hasta ha de prevenir asesinatos antes de que se produzcan, resolver suicidios que parecen crímenes, crímenes que aún no han tenido lugar (como en el excelente Nido de avispas), o enfrentarse a versiones totalmente contrapuestas de lo sucedido, que conllevan la revisión de todo un proceso que tuvo lugar hace años, para al menos permitir que los muertos puedan descansar en paz (Cinco cerditos); en fin, ¡hasta aclarar asesinatos cometidos antes y después de la propia muerte!


Hastings: ¡No puede preguntarle eso a una señora, Poirot! (El caso del testamento desaparecido).

Como el entrañable Watson propuesto por Nigel Bruce (vid, Sherlock Holmes en el cine (I) y (II), Basil Rathbone), el capitán Hastings interpretado por Hugh Fraser hace gala de un carácter noble y soñador, algo bobalicón, hasta predecible; adolece de una gran inteligencia, pero es sobradamente competente en asuntos que requieren acción, es un militar honesto y lo más importante, un amigo leal. Siempre tiene usted la reacción adecuada en el lugar equivocado, llegará a decirle Poirot a su particular “conductor de luz”.

Japp: Acabará teniendo un asesinato en su propio dormitorio (El apartamento del tercer piso).

Así mismo, su relación con el inspector-jefe Japp (Philip Jackson) se irá estrechando desde los primeros episodios, surgiendo la confianza y el respeto mutuos.

Japp, Poirot y Hastings
Miss Lemon (iracunda al teléfono): ¿¡Qué no está usted descansando?! (Maldad bajo el sol).

¿Y qué decir de Miss Lemon, la secretaria del detective? (Pauline Moran). Ejemplo de sobriedad y eficiencia británicas, se muestra tan impertérrita como siempre dispuesta. Tiene todos los casos referenciados de cinco modos diferentes y complementarios (La aventura de Johnnie Waverly), y que le revuelvan el archivo es algo la saca de quicio.

Miss Lemon (interpretada por Pauline Moran)
Poirot: Vaya rompecabezas, ¿eh? (Asesinato en Mesopotamia)

Los viajes de Hércules Poirot podrían dar lugar a una separata. Como sabemos, al contraer matrimonio por segunda vez, en 1930, Agatha Christie encontró al fin el sosiego que necesitaba de la mano del arqueólogo Max Mallowan, con el que estuvo casada y compartiendo expediciones arqueológicas el resto de su vida. La autora trasladó esas vivencias a la trama de muchas de sus obras y también transportó al detective belga a varios de esos escenarios exóticos, en los que, como siempre que se haya de por medio el ser humano, se producen todo tipo de tropelías.

De ese modo asistimos al retrato despiadado de todos los estratos sociales en el excelente Triángulo en Rodas y en Muerte en el Nilo (el título televisivo homenajea la versión cinematográfica en lugar de tomar el original, Poirot en Egipto). En este último y alambicado relato, Poirot llega a confesar que es terrible, todo lo que me he perdido en la vida. Otra gran idea es la constatación de que cualquiera puede cometer un acto vil si se ve tentado a ello, y de manera más visual, el flashback que muestra lo sucedido y que parece provenir de la cámara de seguridad de un establecimiento.

La primera vez que vi esta adaptación, y teniendo en cuenta el magnífico precedente, me pareció apresurada (la tiranía del timing), pero varios visionados posteriores me demostraron que la trama, aunque condensada, está bien expuesta y que el ritmo es adecuado.

Muerte en el Nilo
La hermana de Miss Lemon: ¡Por Dios, señor Poirot, no puedo soportarlo más! ¿Quién es el asesino? (Asesinato en la calle Hickory).

La mayoría de los relatos están sazonados con el mejor humor inglés, junto con otra reconocible marca de la casa: la resolución de los crímenes (o misterios) como si se tratara de una representación, con la asistencia de todos los implicados (una curiosa variante será el excelente El asesino de la guía de ferrocarriles, donde Poirot se hace acompañar en cada momento de las víctimas de los fallecidos). En todas estas reuniones deviene fundamental la mirada de Poirot.

Muchas tramas se benefician además de la aparición de otros actores de soporte, como el citado capitán Hastings, o Madame Oliver (en la serie, Zoë Wanamaker), trasunto de la propia Agatha Christie, con su extravagante sabueso finlandés Sven Hjerson, reverso sarcástico de la figura del propio detective. La realización también está plagada de buenos detalles: un flashback que muestra al asesino limpiando de huellas el arma del crimen (Cartas sobre la mesa) y, si eliminamos los inoportunos y efectistas flashbacks de siempre, la trama de un asesino muy avispado en Cita con la muerte, con su vista del río Jordán mientras suena la música de un gramófono. De nuevo un relato de “crimen justo”, con los abusos a la infancia como telón de fondo.

Cita con la muerte
Otros asuntos bien tratados a lo largo de la serie serán la intervención del azar en la resolución de un crimen, en El rey de trébol; la cada vez más elaborada sustitución de identidades y el valor de la “máscara” en El sueño, Tragedia en tres actos o Navidades trágicas; el homicidio que no lo es, en Asesinato en las caballerizas; el chantaje en La dama del velo, los conflictos cruzados de Un triste ciprés, los pecados de raíz sexual en La muerte visita al dentista, el espionaje industrial en El inferior, la resolución de un caso que quedó inconcluso en Iris amarillos, el descubrimiento del criminal debido a una característica física en El misterio del Tren Azul y Después del funeral, la aceptación de un caso cuando el cliente ya ha fallecido en El misterio de Cornualles, o los robos de joyas y documentos en El robo de joyas en el Grand Metropolitan, El increíble robo, La aventura de la estrella del este y El robo del rubí imperial (donde de nuevo le son fastidiadas a Poirot unas vacaciones de Navidad que él se prometía felices, rodeado de libros, la radio y kilos de chocolate belga).

Una gran frescura impregna todas estas aventuras. Luego, los años de la guerra -la Segunda-, el mundo oculto de los vecindarios (Los relojes), o el memorable relato El misterio de la guía de ferrocarriles, por sus quiebros y requiebros. En todos ellos se reconoce la ironía y la pesadumbre de la autora sobre la condición humana: en este citado episodio, para la dueña del restaurante, el fallecimiento de su empleada no tiene más que un sentido económico; de hecho, se pregunta Hastings, ¿qué queda de una vida?

Con Michael Fassbender en Después del funeral
Poirot: Es sorprendente, ¿no es cierto?, lo pronto que queda marcado nuestro camino (Cinco cerditos).

Poirot con el testigo mudo
Más aún, ¿qué ocurre con una sospechosa tras la resolución de un crimen? En Asesinato en el campo de golf, el relato comienza donde otros terminan. Aquí, Poirot tendrá que hacer frente a un cruel adversario: el chovinismo francés; concretamente, a la mala educación y engreimiento de un comisario. Asesinato en el campo de golf es un artificio que riza el rizo, rocambolesco e hiperbólico, ¡pero altamente disfrutable! Y en El testigo mudo, el testigo de la vileza es un perro. La resolución, de pasmosa incorrección política (loado sea Dios), certifica que no hace falta hablar para decir algo.

Poirot: Los ojos de Poirot, madame, lo ven todo (Asesinato en el campo de golf)

Poirot: Hoy Poirot les mostrará a un asesino cuya vileza llega a asustar (Pleamares de la vida)

Empresarios despóticos, tiránicos directores de estudios de cine, lecturas de testamentos, el charlestón, mansiones campestres con mausoleos, music-halls, cloruro etílico, robos de planos, apartamentos art-decó, lágrimas de cocodrilo, deportivos veloces, los knickerbockers, el ambiente de los seriales radiofónicos... La puesta en escena de un mundo que nos atrae, aunque fuera hipócrita e interesado como el de hoy y donde solo ha cambiado la moda. Hipocresía, en fin, que unos sabrán admitir y otros no, como se asegura en El misterio de Cornualles. Y frente a todo ello, las células grises de Poirot. Los ardides faroleros cuando no tiene a mano ninguna prueba contra el culpable (hasta llega a resolver un caso sin salir de casa en La desaparición de Mr. Davenheim). Todo será de utilidad para nuestro semiótico detective. Al menos con Poirot, tenemos asegurado que la justicia sea igual para todos; los poderosos no salen impunes.

El misterio de la guía de ferrocarriles
La serie también nos muestra a un detective frente a (no en contra) las nuevas técnicas policiales, demostrando que, pese a todo, siempre será necesario el cerebro humano en cualquier actividad (Cuatrocientos mirlos). En la magistral Tercera muchacha, relato de tres chicas en un piso alquilado, ayer como hoy, y de las que una será la introvertida, enfrenta al detective al único misterio que nunca podrá resolver, el del amor. Junto a la gracia de ver a Poirot leyendo una novela de detectives en Muerte en las nubes. Además, como Holmes hizo, también el belga investiga un asunto desde la cama (aunque Poirot está enfermo de verdad), con ayuda de un perro, en Misterio en Hunter’s Lodge.

Otro momento a destacar es el regreso del detective a Bruselas, tras veinte años de ausencia (el motivo es una condecoración para el inspector-jefe), en La caja de bombones, enésima demostración de que las jerarquías son tan zopencas como corruptas (y dónde como curiosidad, conoceremos el nombre completo de Japp). Episodio y asunto que enlaza con otro gran capítulo, Doble pista, ¡en el que Poirot parece caer en las garras de Cupido!

Poirot y Japp
Lucy Ancatel: Un asesinato es algo muy incómodo, ¡altera a todos los criados! (Sangre en la piscina)

Mademoiselle Darnley: ¿Por qué será que cuando está usted cerca la gente empieza a caer como moscas? (Maldad bajo el sol).

Naturalmente toda la serie se beneficia de ese agudo sentido del humor e ironía que comentábamos, empezando por el propio nombre del protagonista. Otros ejemplos son, Hastings haciendo de Poirot en Doble culpabilidad y Doble pista (en el que, además, se da la circunstancia de que Poirot contrata a unos detectives privados), el detective entornando los ojos ante la violencia de la película de Cagney en La aventura del piso barato; el juego del monopoly y los problemas bancarios de Poirot en La mina perdida, la resolución de la obra de teatro “El velo mortal” en El apartamento del tercer piso, el do gardening en Cómo crece tu jardín, la inmodestia de Poirot en El caso del baile de la Victoria, la nacionalidad del detective (belga, y no francés) en El misterio del cofre español, la ironía de no presenciar un asesinato a pesar de acontecer a menos de diez metros de él en Muerte en las nubes; Egipto, el tarot y la oui-Ja en El misterio de la tumba egipcia, y la voz de los detractores de la novela policiaca por boca del dueño de un hotel en Tragedia en Marsdon Manor (en El expreso de Plymouth, otro personaje lee a J. B. Priestley en el tren). ¡Sin olvidar su perpetua lucha con los elementos en pos de la simetría!

Poirot y Hastings
Hastings: Nunca me cuenta nada, no tengo ni idea de dónde estamos ni de a dónde vamos (El robo de un millón de dólares en bonos).

Pagado de sí mismo, pero con gracia y estilo (y además con motivos para ello), es igualmente ocurrente que el detective se refiera a sí mismo siempre en tercera persona, llegando a asegurar incluso que tendría gran porvenir como filibustero: en ocasiones me gustaría no conducirme por los principios de la ética (El rapto del Primer Ministro). Poirot, exhumador de todo aquello que permanece oculto y pueda ayudar a la justicia, es el único personaje de ficción que recibió un obituario en la portada del New York Times (el 6 de agosto de 1975), coincidiendo con la aparición del último libro del personaje publicado en vida de la autora, Telón (Curtain, 1975).

Digno y sentido colofón a una obra que sigue atrayendo y entreteniendo. Y es que, como apunta sardónicamente Madame Oliver en Cartas sobre la mesa, es la vida la que está mal construida.

Triángulo en Rodas
Para ver nuestra reseña de la última temporada, pincha en este enlace

Escrito por Javier C. Aguilera "Patomas"

Próximamente: Este señor de negro

1 comentario :

  1. MIGUEL ANGEL ALONSO9 de mayo de 2013, 14:53

    Maravilloso y muy bien compuesto, estructurado y redactado este artículo del blog.
    Comparto fascinación por el personaje, por la autora y por la serie de televisión, esta última provoca en mi, cuando veo un episodio, un efecto tranquilizante, la evocación de otros tiempos, la admirable seguridad de Poirot (resultado de un admirable trabajo de David Suchet), los detalles, su ritmo sosegado, ... es magnífica.
    Ahora estoy esperando con avided a que se publiquen en España los últimos episodios, que, creo, serán definitivamente los últimos, una pena que finalice la serie, pero siempre estará ahí para poder disfrutarla en casa.

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