Clásicos Inolvidables (XXIII): Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez

23 marzo, 2013

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-Er burro no pué’ntrá, zeño.
-¿El burro? ¿Qué burro? (…)
-¡Qué burro ha de zé, zeñó; qué burro ha de zée…!
Entonces, ya en la realidad, como Platero no puede entrar por ser burro, yo, por ser hombre, no quiero entrar, y me voy de nuevo con él, verja arriba, acariciándole y hablándole de otra cosa… 

(LXXVII. El vergel)

Juan Ramón Jiménez
Muchas personas me han preguntado si Platero ha existido. Claro que ha existido. En Andalucía todo el mundo, si tiene campo, tiene burros, además de caballos, yeguas, mulos (…) En realidad mi Platero no es burro sino varios, una síntesis de burros plateros. Yo tuve de muchacho y de joven, varios. Todos eran plateros.
(Del Apéndice I, “Prólogo a la nueva edición”, recogido por Michael P. Predmore en su edición de la obra para Cátedra, 1978-2007).

Pretendí que la relectura de Platero, al no tratarse de un libro muy extenso, no me llevara más que unos pocos días. Craso error. No es Platero un libro que pueda leerse con las prisas que imponen nuestros contratos sociales. Hay que hacerlo pausadamente si se está dispuesto a saborearlo. Para lo demás ya está la escritura (que no literatura) de consumo. Y es que Platero habla de la vida, de sus misterios y sus anhelos, siempre extrapolables, y lo hace desde la sinceridad y el agradecimiento a los años de mocedad.

Platero y yo (1917, versión completa), en efecto, no es extenso, pero sí es denso, en un sentido apacible y fabulador, no como sinónimo de dificultoso. De ahí que la obra original sea incluso más apropiada para adolescentes y adultos que para niños, o si se quiere para adultos-niños.

Ilustración de Ximena Maier
¡Qué pura, Platero, y que bella esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles – los toros, las cabras, los potros, los hombres- y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna. 
(L. La flor del camino)

Reencontrarse con Platero es alcanzar la madurez ensoñadora (no necesariamente la biológica), repensar la juventud, con todo lo bueno que esta ofreció. Es la obra de la niñez vista por un adulto, pero que gracias a las distintas y acertadas adaptaciones que ha tenido, también puede convertirse en un valioso material para los niños.

Una narración lírica compuesta de estampas y vivencias tan inolvidables como El eclipse, Golondrinas, Amistad, El niño y el agua, Asnografía, La coz, El sello, El pozo, Ronsard, El Tío de las vistas, El Rocío, El árbol del corral… inútil proseguir con una enumeración, no es Platero un libro para selecciones, sino un todo orgánico que a día de hoy continua palpitando.

Un ramillete de vivencias con olor a pan, higueras y tierra mojada; ilustración de un retorno (¿mental?) a los paisajes físicos de la infancia, poblado de músicas, colores y sabores como inmejorables medios de transporte, a veces tan involuntarios como premeditados.


¡Qué encanto este de las imaginaciones de la niñez, Platero, que yo no sé si tu tienes o has tenido! Todo va y viene, en trueques deleitosos; se mira todo y no se ve, más que como estampa momentánea de la fantasía…  
(LXVII. El arroyo)

Son episodios cortos pero cargados con el significado de un recuerdo concreto. Forman un collage de la niñez del autor en Moguer (Huelva), pero que puede ser contemplado por cualquiera otra niñez de raigambre nostálgica, en su sentido más positivo y preciosista. Son las cuatro estaciones prosificadas. Recuerdos de una vida en la que se juega con la idea de un narrador del Espacio, que retorna a los paisajes idílicos e irreversibles de la juventud.

Juan Ramón se sirve del animal doméstico, el burro Platero, para llevarnos de la mano durante el camino. No escamotea ni lo irónico ni lo melancólico (la visita al cementerio). Lejos de resultar complaciente, muestra el autor la perversión heredada por una parte de la chiquillería, así como la injusticia naturalista del mundo agreste: las enfermedades y la muerte también alcanzaban a los más pequeños.


Platero acaba de beberse dos cubos de agua con estrellas en el pozo del corral, y volvía a la cuadra, lento y distraído, entre los altos girasoles. 
(LXXVIII. La Luna)

Pero Platero, aún siendo un personaje real, es más un confidente sobre el que el autor puede proyectarse, y al que puede hablar de personajes tan “tontos” como Pinito, que murió de borrachera, aunque probablemente feliz, y que ya forma parte del acervo cultural del pueblo. O con el que puede visitar el arroyo que ya apenas lleva agua; o el Río Tinto, repintado por colores cobrizos, recordando también así los años de privaciones (la familia de Juan Ramón se dedicaba al comercio de vinos). A modo de justicia poética, la obra en general de Juan Ramón Jiménez ha despertado un interés continuo, corroborado con la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1956, siendo él profesor en la Universidad de Puerto Rico.

 
Por fin Platero, decidido igual que un hombre, rompe el corro y se viene a mí trotando y llorando, caído el lujoso aparejo. Como yo, no quiere nada con los Carnavales… No servimos para estas cosas…  
(CXXVI Carnaval)

Ante la pureza primigenia de Platero desfila el mundo encantado. Un mundo ajeno a los que parecen refocilarse en una naturaleza distinta, más insensible, de distracciones que suicidan el vacío de su tiempo (y muy lejos del auténtico calor festivo de una vendimia, con sus fuegos reales y artificiales).

Frente a estos, Juan Ramón, siempre acompañado por Platero, ve pasar la vida de los placeres sencillos, disfrutando del espectáculo de la naturaleza, ¡truenos incluidos!, y haciendo partícipe al lector. Así, vida y muerte se entrelazan poéticamente, que suele ser la visión más humana. Claro que todo esto ocurría antes de que la imaginación fuera impuesta por medio de las máquinas.

Escrito por Javier C. Aguilera 

1 comentario :

  1. ESte libro estuvo entre mis lecturas de febrero, yo sì lo leì en un solo dìa pero concuerdo contigo en que se disfrutarìa mejor si se lee pausadamente para disfrutar de lo poètico. No descarto volverlo al leer.

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