Clásicos Inolvidables (XIII): Cartas finlandesas, de Ángel Ganivet

29 mayo, 2012

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Nos encontramos ante una de las obras del insigne y simbólico precursor de la Generación del 98, Ángel Ganivet, alejado de la Ilustración de Cadalso o Moratín y dentro de una época turbulenta que llevará desde las corrientes románticas hasta el realismo y el naturalismo. Pero él compartirá la angustia espiritual que le valdría un puesto al lado de Unamuno, amigo suyo, en la clasificación hecha por Ortega y Gasset de las últimas generaciones del siglo XIX. Compañeros de Ganivet pedirían al granaíno información de Finlandia y encontrarían respuesta en esta obra, publicada primero en un periódico local llamado El Defensor de Granada, y posteriormente recopiladas en una edición de 1898.

Edición de las Cartas finlandesas con otra obra de Ganivet
Llaman la atención en estos capítulos a modo de cartas, del irrepetible escritor granadino, los geniales encabezamientos, preludio de un contenido tan actual como lo fuera en su día, narrado con la gracia del que se sabe, como diría Heinlein, forastero en tierra extraña. Enunciados tales como “donde el corresponsal, auxiliado por su criada, satisface la curiosidad de una curiosa cocinera granadina” o “donde se aplican al gran ducado de Finlandia las diversas teorías inventadas acerca de la constitución de las nacionalidades, y se demuestra que todas esas teorías son completamente inútiles”.

Retrato de Ángel Ganivet, por J. Ruiz de Almodóvar
Ganivet pasó unos dos años en Finlandia, de 1896 al 98, año de su muerte, como cónsul. Pero en tan poco tiempo publicó varias de sus obras más notables, incluyendo, claro está, las presentes Cartas finlandesas, todo un alarde de narrativa epistolar, elegante y amena. Sentencias como “aquí he encontrado ya varias personas que hablan y escriben correctamente media docena de lenguas y que no saben decir nada en ninguna”, perteneciente al capítulo X, parecen extraídas de la ácida y nihilista sit-com Sí, Ministro (1980-87), pieza maestra de la historia de la (buena) televisión, de la que espero ocuparme cualquier otro día, y que comparte no poco de la ironía, e incluso por qué no, de la típica malafollá granaína, en su vertiente más desprejuiciada y humorística. Pensamientos como “hay que ir dando largas e ir dejando el trabajo a los que vengan detrás, porque las gentes nunca están satisfechas y si se les da lo que ahora piden, no tardarán en pedir algo nuevo”, muy bien podría suscribirlos el mismo sir Humphrey de la citada serie, que se halla en sintonía -precisamente-, con el gran cronista de su tiempo (y por ende de todos los tiempos) que fue Ángel Ganivet, en hipotética y tronchante relación.

No obstante, parece más que improbable que Anthony Jay o Johnnatan Lynn, creadores de la irrepetible serie, conocieran a Ganivet o la tradición satírica española desde Quevedo, aunque cabe destacar que la pléyade de escritores sarcásticos británicos es igualmente abultada: desde Oscar Wilde a Lytton Strachey.

Otra joya. Dice Ganivet “para que una universidad (en España) emplee bien el dinero, tiene que ganarlo ella misma” en el capítulo XIII. Y siguiendo con el paralelo, otro impresionante ejemplo relacionado con la política que no nos resistimos a transcribir: en una de las innumerables revueltas estudiantiles que agitaron la vida escolar de mi tiempo, no recuerdo en cuál, en una que sería provocada, como de costumbre, por las reacciones gubernativas (…) se reveló un nuevo orador que desde lo alto de una reja nos arengó, nos entusiasmó y nos inflamó a los incipientes revolucionarios (…) En la reunión se hallaban dos señores viejos atraídos por la curiosidad, y tengo muy presente que el uno dijo: “este muchacho llegará a ministro”; “¿en qué te fundas?” - repuso el otro-, “porque lo que yo creo que está diciendo es una sarta de disparates”; “porque los dice bien, y además tiene una agilidad sorprendente para encaramarse en sitios altos; repito que ministro tenemos”.

Alhambra y Granada desde el Generalife, fotografía de MB&LJ
Junto a estas, otras afirmaciones sarcásticas y políticamente incorrectas (por eso mismo muy valiosas, por imperecederas), respecto al matriarcado en Finlandia, como en “esbozo crítico, un tanto benévolo, de las cualidades estéticas de las mujeres de Finlandia”; así como incisivas observaciones acerca del progreso, los cargos públicos o la familia, se deslizan por la obra con la implacable finura del gran observador, que además sabe transmitirlas.

Ganivet define al individuo finlandés como “calmoso hasta un extremo desesperante, aunque con una constancia a prueba de bomba”. Pero la intención crítica es bidireccional. Igualmente disfrutable es el apartado acerca de cómo nos ven los finlandeses a los españoles en el capitulo XI, así como la descripción de sus vistas, paisajes y cuadros en el XII, sus diversiones populares en el XVI, o el tipo de borracho finlandés, al que dedica el capítulo XVIII, proponiendo el autor un singular mapa de pimpantes isoglosas, según la intensidad alcohólica, y que animamos a descubrir al lector curioso por sí mismo, ya que representan, con pasmosa modernidad, la experiencia e impresiones del autor en la tierra de Sibelius y Alvar Aalto.

Paisaje finlandés
Pero junto a estas divertidas y certeras impresiones, no olvida el autor su gran amor por la literatura, tratando de averiguar todo lo posible con respecto a la finlandesa. De ese modo, Ganivet apunta que la literatura primitiva de Finlandia comprende géneros muy diversos, cuyo ejemplo son composiciones de carácter lírico o canciones, algunas relativas a la magia. Una especie de saber elevado o filosofía natural, como la define el autor, cuyo objeto era el conocimiento de los términos mágicos con los que se creía poder dominar a las fuerzas naturales.

Ángel Ganivet
El asunto principal de los primitivos cuentos épicos es la lucha entre dos regiones del país: al sur Kalevala, representación de la propia Suomi, es decir, Finlandia, y al norte Tapiola, reino de las tinieblas sito en la zona de Laponia.

Un gran pensador y escritor, alguien que llegó a decir que “el hombre es el más misterioso y el más desconcertante de los objetos descubiertos por la ciencia”. Se habla, con motivo, de su angustia espiritual, pero leer a Ganivet sigue siendo fuente de placer, reflexión y entretenimiento. Un tres en uno pocas veces superado.

Obra para leer (y disfrutar) una y otra vez, como volver a contemplar una buena película. Las Cartas finlandesas se erigen como un monumento al ingenio y el gracejo granadinos de su autor. Por su claridad expositiva, facilidad del dardo verbal, elocuencia desternillante e irrepetible trascendencia, cuando yo sea mayor quiero ser como Ángel Ganivet.

Escrito por Javier C. Aguilera

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