Medio rey, de Joe Abercrombie

23 abril, 2017

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Cuando escribo una reseña, suelo buscar algún tema suscitado por la obra para empezarla. En este caso, haré una presentación más personal, aprovechando la ocasión del Día del Libro. Medio rey (2014) no es el tipo de novela que en los últimos años suela leer, pero me ha recordado a un etapa de mi vida en la que comencé esta afición por la lectura. Fui un adolescente lector de novelas de fantasía, a partir de las cuales accedí a un amplio mundo de géneros y posibilidades, pero el inicio fue ese. 

De ahí mi defensa de los denominados subgéneros o de este tipo de obras, poco reconocidas o criticadas desde otros sectores, como pasos necesarios en muchos casos para comenzar un viaje más largo por la literatura o incluso para simplemente disfrutar de mundos ajenos, o propios, dependiendo del caso. Sin olvidar que, como en cualquier arte, entre tantas obras sueltas, hay auténticas joyas, auténticos clásicos, que independientemente de su género, son muy recomendables.

Tras haber trabajado en el mundo del cine y con estudios en psicología, Joe Abercrombie (1974) se unió a esa legión de escritores dedicados a la fantasía, incluyendo la sección juvenil. 

Se aventuró en la literatura con su trilogía La primera ley, iniciada con la publicación en 2006 de La voz de las espadas y cuyo mundo ha vuelto a visitar con novelas independientes, como La mejor venganza (2009). En 2014 publicó Medio rey, inicio de la denominada Trilogía del Mar Quebrado, sobre un mundo duro de tintes nórdicos. En esta primera novela seguiremos la aventura de Yarvi, hijo menor del rey de Gettlandia, que se ve obligado a dejar sus estudios de Clerecía para sentarse en el trono de su padre debido a su muerte y a la de su hermano mayor. Tras jurar venganza hacia los asesinos, sufrirá una traición que le dejará solo y desvalido en un mundo donde prima la fuerza física y donde un ser humano puede ser esclavizado.

En esa situación, Yarvi no tardará en sufrir las consecuencias de la crueldad humana, pero también comenzará a comprender cómo funciona el mundo que le rodea, empleará sus conocimientos de la Clerecía para medrar dentro de la esclavitud y al final encontrará en personas inesperadas no simples aliados, sino amigos que sentirá como una familia. En esa odisea, su objetivo vital será cumplir su juramento y lograr la venganza ansiada contra quienes le traicionaron, regresando al trono que le pertenece legítimamente.

Joe Abercrombie
La historia de Medio rey es la odisea de Yarvi, un retorno a casa en el que las dificultades y los desafíos pondrán a prueba al protagonista, obligado a madurar y crecer desde su antigua vida, más inconsciente y menos realista. Sin duda, Abercrombie sabe plantear de manera adecuada la estructura de la novela para reflejar no solo la evolución del personaje principal, sino también la aventura que podría asemejarnos a las novelas bizantinas, aunque sin el elemento romántico. En efecto, la estructura es circular y no solo porque la acción acaba en el mismo lugar en que empieza, sino porque los acontecimientos se reflejan como en un espejo entre la primera parte y la última.

Precisamente, el inicio tiene su impacto directo en el final, en una escena desarrollada con los mismos personajes y en el mismo ambiente, pero con un cambio radical en el protagonista. Por ejemplo, la nueva posición de Yarvi al inicio de la aventura como nuevo rey se asemejará a la revelación del rey legítimo en el final, los dos encuentros con Grom-Gil-Gorm están posicionados tanto como la primera prueba de su aventura como la previa a la llegada final a la capital de Gettlandia, por no hablar de las dos travesías importantes, marcadas por la presencia o la ausencia amenazante de la mercader Shadikshirram: la marítima, en la que se curtirá como remero, como la nevada. Por todo ello, hay elementos que se mencionan o aparecen en el primer tramo de la novela que tendrán mucha importancia en las revelaciones finales, incluyendo detalles que podrían parecer nimios, mientras que el viaje intermedio es un cúmulo de pruebas que Yarvi deberá superar para sobrevivir, creciendo y también endeudándose con otros personajes.

Mapa del primer libro en torno al Mar Quebrado, donde sucede la acción
Debido a que la obra está focalizada en Yarvi, en él observamos la mayor y mejor construcción, algo usual en este tipo de novelas. Lo novedoso en este protagonista se encuentra en sus capacidades. A diferencia de otros héroes típicos, no se vale de la fuerza física, de sus habilidades poderosas, de magia o de alguna profecía. Es más, su mano deforme junto a su mínima capacidad para el combate le supone una carencia para vivir en un mundo como en el que vive, donde la brutalidad está al orden del día. Se une así a una serie de personajes con cierta discapacidad que cuentan con un rol muy relevante en una historia de fantasía, como sucede, por ejemplo, con Tyrion Lannister a lo largo de la saga Canción de hielo y fuego (George R. R. Martin, 1996-), con Hipo de la franquicia Como entrenar a tu dragón (Dean DeBlois y Chris Sanders, 2010, 2014) o incluso la relevancia, negativamente crucial para los protagonistas, del deforme Efialtes en 300 (Zack Snyder, 2006).

Al principio, Yarvi nos ofrecerá lástima, al ser incapaz de luchar contra un destino impuesto por las circunstancias y contra sus propios deseos, recordándonos también el acoso y el desprecio de los suyos, incluso de su familia. Sin embargo, conforme avance la trama, observaremos que acabará por encontrar su mejor habilidad en la astucia mostrándose un digno hijo de su temida madre, Laithlin, separándose aún más de la figura tradicional o arquetípica del héroe. Es más, concluida la lectura de la novela, podemos valorar incluso que sus acciones han resultado ser egoístas y que sus máximas hazañas no han sido honorables, sino que se han basado en trampas y mentiras, traiciones a su propio pueblo, despistes del rival o incluso en el sacrificio de algún amigo. 

Si bien un lector curtido en este tipo de novelas pueda prevenir los giros argumentales más importantes, Abercrombie sabe imponer cierta tonalidad gris a la historia. De esta forma, no resultará fácil valorar las acciones de los personajes de manera maniquea, algo que comprobaremos con los cambios en la actitud de determinados personajes, como Ankran, Nada o Sumael, pero sobre todo en la sensación agridulce que nos dejan las acciones de Yarvi.

No obstante, el desarrollo de personajes no es tan óptimo como podría parecer, dado que en ciertos casos se cae en estereotipos o en perfiles planos, sobre todo si lo comparamos con el protagonista. Esta cuestión resulta comprensible en personajes como la reina Laithlin o Isriun, que apenas tienen presencia en la historia, o en Trigg y similares, que responden a cierta necesidad de antagonismo, pero no en compañeros de viaje como Rulf o Jaud, que acaban por sentirse como intercambiables entre sí. Incluso Nada, que resulta siempre llamativo, responde a un perfil muy concreto del que no se mueve y en cuyo interior nunca se profundiza. El caso de Sumael podría ser algo distinto, dado que al finalizar la novela podemos sentirla como un enigma a resolver en otras entregas; con todo, no hubiera venido mal cierto momento de instropección para la guía de la expedición. Asimismo, aunque la novela parece cerrada, deja en el aire ciertos aspectos que pueden desarrollarse en las siguientes entregas.

Algo similar podemos observar en el mundo en el que se sitúa el Mar Quebrado que da nombre a la trilogía. A diferencia de otras novelas de fantasía, Abercrombie no fija en exceso la atención en largas explicaciones innecesarias para los personajes, pero necesarias para el lector, sino que simplemente deja que la propia travesía de los protagonistas nos conduzcan por los parajes que irá describiendo según las necesidades de la trama. No obstante, lo que sí evidencia es el entorno realista, en el que hay ausencia de magia. Sobre ello, se incide en cierta época de decadencia, donde lo más parecido al elemento fantasioso son las ruinas o las reliquias de los elfos, un antiguo esplendor ya apagado. Algo que también se deriva en el culto algo panteísta de este mundo, provocado por la división de la divinidad primigenia.

Ahora bien, si por una parte el poder religioso se nota despegado de cualquier mención a la magia, sí se encuentra estrechamente ligada con toda una serie de conocimientos presentes también en nuestra realidad, abarcando desde el dominio de los idiomas y ciertos conocimientos sociológicos hasta la herbología y sus usos medicinales o, por supuesto, la política.

Es más, la Clerecía se encarga de la comunicación entre los distintos reinos e, incluso, podremos observar su corrupción cuando conspire a favor de cierta facción política. No en vano estamos ante un mundo belicoso y cruel, donde la esclavitud humano está vigente y donde las guerras no solo se ganan en batalla, sino que también se pueden vencer desde la traición más diplomática. Ahora bien, todo este retrato tiene ciertas carencias, no nos hallamos ante una imagen nítida del mundo y la concentración de la historia en un determinado fin provoca que no obtengamos una visión más panorámica, a pesar de que los acontecimientos narrados nos remiten a sucesos lejanos en espacio y en tiempo. Quizás las secuelas, Medio mundo (2015) y Media guerra (2016), dado que estamos ante una trilogía, solventen la cuestión. 

Como en otras novelas de fantasía juvenil, Medio rey impone el contenido al estilo, siendo el primero más atractivo que el segundo, de tono más ligero y fluido, ideal para enganchar aunque sin demasiado que aportar. Aún así, se nota la calidad de una trama trepidante donde no se recurre ni a un protagonista usual ni a un desarrollo excesivamente evidente, haciendo que sea una obra loable a pesar de sus leves y perdonables carencias.

Escrito por Luis J. del Castillo



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