Animando desde Oriente (XI): El jardín de las palabras, de Makoto Shinkai

15 febrero, 2017

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La existencia de un único amor que perdure en el tiempo y que crezca en la madurez de nuestros días suele ser un deseo ansiado o, a veces, una quimera innecesaria. No se trata de un imposible, pero para ciertas personas se convierte en una búsqueda incesante que causa más dolor que auténtico disfrute vital. Entretanto acumulamos relaciones que nos aportan experiencias vitales variadas y, en muchas ocasiones, necesarias para conocernos a nosotros mismos y también para saber cómo son los demás, cómo las personas podemos sanarnos y herirnos de forma mutua. Hay, por supuesto, desagradables excepciones de las que siempre hay que huir y que son el extremo contrario al amor. Pero en muchas otras ocasiones, son solo relaciones que, con mayor o menor suerte, estaban abocadas a un tiempo determinado. Y quizás a un significado personal insondable.

Entre las características del cine oriental suele encontrarse la visualización más pausada y significativa. Cuestión que también se puede trasladar a la animación. Makoto Shinkai (1973) ha procurado en sus obras reproducir temas de una forma visual casi poética.


Un estilo personal con el que ha firmado Cinco centímetros del segundo (2007) que en algunas ocasiones ha modificado por mor del tipo de producción, en el caso de Viaje a Agartha (2011), pero que es una incuestionable cualidad personal, como bien demuestra su mediometraje El jardín de las palabras (2013). No estamos ante una obra de gran elaboración, tan solo dos personajes principales que se cruzan por casualidad y que, sin pretensión, acaban enamorándose. A un hecho tan reiterado en nuestra historia artística, Shinkai opta por la sencillez, elaborando visualmente lo que en otras manos hubiera resultado más bien insulso. Así, frente a la vorágine y la rapidez con la que transitan otras películas, más preocupadas en entretener con la acumulación de acontecimientos, aquí encontramos los elementos justos. Tomando prestadas las palabras con las que el poeta Vicente Aleixandre (1898-1984) define la existencia, esta historia romántica es entre dos oscuridades, un relámpago.

Un simple chispazo que acontece en actos, de mes en mes en torno a la lluvia del monzón: junio, julio, agosto... Y que resumen los sentimientos del adolescente Takao Akizuki en el descubrimiento vital del amor, en pleno proceso de búsqueda personal. Imbuido por la nostalgia de quienes disfrutan de caminar bajo la lluvia, hastiado del instituto y con un sueño tozudo en la cabeza, la de ser diseñador de zapatos, se encontrará con una mujer de veintisiete años que pasa el temporal bebiendo cerveza y comiendo chocolate bajo un gazebo de un parque. Desde la cordialidad inicial hasta la intimidad final, pasando por el sentimiento de ausencia, de necesitar ese leve contacto entre dos desconocidos, tras lo que irá surgiendo una atracción que tan solo podría romper los secretos que Yukino se guarda para sí misma.


Y nada más. La sencillez del argumento, cuyo pequeño giro no desvelaremos, nos ofrece también la sensación de estar ante una historia algo floja, quizás básica, pero no por ello vacía. Podríamos compararla, por ejemplo, con algunos de los capítulos de El principito (Antoine de Saint-Exupéry, 1943) No obstante, es evidente que en esta película la forma ganó al contenido, que pretende quedarse en la esencia: el anhelo por el amor, la necesidad de sentirse amado, de obtener cierta confianza mutua para seguir adelante, bien para cumplir un sueño, bien para volver a emprender el camino. Con grandes detalles cotidianos, Shinkai nos regala un arte visual impresionante, de gran calidad, que busca crear imágenes semejantes a la fuerza sutil y poética de los haikus: la naturaleza viva del parque, la lluvia, lo cotidiano de las calles, incluso la sensualidad que llega a desprender el trabajo de un artesano tomando las medidas precisas.

Toda una serie de detalles que al estar desarrollados con lentitud ganan en poder visual, otorgándoles un significado que barre toda su rutina y nos hace observarlo como una nueva experiencia. Vivimos rodeados de acciones a las que no prestamos valor, acciones que Shinkai establece como necesarias en su película de forma interrelacionada con una historia romántica. La imagen domina la película por encima de unos diálogos que suelen ser escuetos y justos, también imbuidos de cierto sentir lírico, como ocurre en el monólogo inicial o con la presencia de un tanka (poema japonés) real, perteneciente al Manyōshū.


Observando la pieza resulta evidente que el director tenía una pretensión que cumple y no pierde mayor tiempo en desarrollar ninguna otra subtrama; quizás este pueda ser su mayor defecto, aunque por suerte cumple con creces con su ambición. Con todo, nos deja las claves suficientes como para comprender mejor a los personajes y también para aludir a temas sociales de forma indirecta: las inquietudes adolescentes, la juventud japonesa, las familias desestructuradas o la situación del profesorado. Todo ello sin gastar recursos: apenas un par de flashback, unas pocas líneas de diálogos y unos pocos personajes secundarios en los que no se muestra ningún interés, aunque en principio hubieran podido dar más de sí. También desvirtúa un poco el recorrido tan bien llevado de la obra su brusco corte con canción vocal al final, legándonos apenas una escena más.

En definitiva, como una obra deliciosa y poética, Shinkai retorna a la temática amorosa como bien había conducido anteriormente para alcanzar con El jardín de las palabras un punto álgido en su carrera. A pesar de reiterar ideas semejantes, como la soledad, el amor platónico o la plenitud del instante, de las relaciones pasajeros, o de ofrecernos un argumento muy delimitado, hay poco que criticar en un mediometraje de animación de este calibre. 

Escrito por Luis J. del Castillo


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