La música nunca dejó de sonar, de Jim Kohlberg

12 diciembre, 2016

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Siempre hay espacios de sombra, espacios para la incógnita, dentro de nuestra iluminada ciencia, porque aún estamos lejos de comprender de forma fehaciente la realidad de todo lo que sucede. Por ello, cuando surgen casos que alteran lo previsto, nos encontramos ante excepciones que atraen nuestro interés y curiosidad innatas. Como ya comentamos a raíz de la reseña de Despertares (Awakenings, Penny Marshall, 1973), el neurólogo Oliver Sacks (1933-2015) nos ha ido mostrando a lo largo de su vida toda una serie de casos de los que fue testigo que nos muestran cómo la mente humana es otro de esos terrenos insondables que aún nos queda por entender.

Por ello, el material que ha recopilado en sus relatos clínicos, en obras como Un antropólogo en Marte (1995), se puede convertir en la base de obras que nos hablen de nosotros mismos a partir de hechos extraordinarios. De uno de esos relatos, del libro citado, El último hippie, surgió la película que hoy comentamos, que a partir del drama médico, se sumerge en otras temáticas relativas al conflicto y a la redención. El habitualmente productor Jim Kohlberg inicia su debut como director con su, hasta el momento, única película, La música nunca dejó de sonar (The Music Never Stopped, 2011), a partir del guión de Gwyn Lurie y Gary Marks.

El argumento nos transporta a la vida del matrimonio Henry (J.K. Simmons) y Helen Sawyer (Cara Seymour) durante mediados de los ochenta, cuando su hijo, Gabriel (Lou Taylor Pucci), es encontrado en estado catatónico por las instituciones tras casi dos décadas desaparecido tras fugarse del hogar familiar. La pareja tendrá que afrontar la situación de su hijo y tratarán de buscar con desesperación formas de recuperar a su hijo. Sin embargo, lejos de encontrar un remedio en la medicina, dado que existe una lesión irrecuperable, lo encontrarán en la música.

Más allá del aspecto médico, que por cierto es tratado en términos adecuados y correctos en lo relativo a la terminología neurológica, el tema central de la obra es la relación paterno-filial entre Henry y Gabriel. Con la inserción de la investigadora Dianne Daley (Julia Ormond), se introduce la teoría de que existen nexos de unión entre las memorias biográficas más alejadas y los recuerdos de tipo procedimental o los relativos, en este caso, a la música. Basándose en esta teoría, exponen a Gabriel a distintas canciones a fin de buscar una reacción y, a partir de ahí, enfrentarse a la realidad.


El padre mantiene una ideología recta y firme, de valores patrióticos y que cumplen con el denominado estilo de vida americano (estadounidense). Un tipo de vida que quería transmitir a su hijo desde la infancia, como nos mostrarán las distintas y breves estampas que nos presentan en flashbacks a Henry hablando de su vida a su hijo en relación a las canciones que escuchan. Por ejemplo, cómo conoció a su madre en un baile y cuál fue la canción que sonaba o la favorita de su hermano, fallecido en combate. Sin embargo, este tipo de música no será la que consiga restaurar a su hijo. 

Al contrario, será la surgida entre los sesenta y setenta que alentó a su hijo a una vida muy distinta a la pretendida por su padre. Gabriel es pacifista, partidista de los valores hippies y gran aficionado a la música que ahondaba en la crítica social o en la situación interna, con artistas como Bob Dylan o grupos como Grateful Dead, este esencial en la película. Esa fue la música que le marcó en su juventud y aquella que enlaza mejor con su memoria a largo plazo. Pese al disgusto paternal inicial, Henry se adentrará en un viaje a través de esa música y de los recuerdos recuperados desde la perspectiva de su hijo para afrontar otro punto de vista no solo sobre lo que sucedió en su vida, sino también sobre todo aquello que rechazaba y que marcó como culpable de sus desgracias. En este sentido, la música es un aspecto vital en la película que nos ofrece la oportunidad de disfrutar de grandes grupos y mostrar cómo la música asienta un vínculo entre nuestra vida y el arte.


De forma paralela, se desarrollan dos cuestiones también interesantes y bien llevadas. Por una parte, un fortalecimiento del personaje femenino, que aunque es una cuestión que permanece en segundo plano, muestra cómo, a través de la esposa y de la doctora, se empiezan a combatir contra la autoridad del hombre. Por otra parte, hay una relación romántica muy suave y tierna entre Gabriel y Celia, que ayuda al espectador a comprender la tragedia de la enfermedad del protagonista desde la perspectiva de no poder crear una nueva vida, de no poder avanzar hacia el futuro por ir borrando su pasado más reciente.

Ahora bien, el ritmo de La música nunca dejó de sonar puede resultar algo lento y su ambientación nos recuerda al estilo de los telefilms, seguramente debido a su presupuesto. En este caso, los flashbacks acaban resultando los más desfavorecidos, por una parte, el uso de una especie de filtro sepia a la infancia y, por otra, el uso de un maquillaje, incluyendo pelucas, que tratando de emular el estilo de una época, acaba por desentonar y darnos la sensación de disfraz. Por suerte, la buena labor de gran parte del reparto solventan estos aspectos; a destacar la actuación del dúo de protagonistas, sobre todo el primero, J. K. Simmons, y Lou Taylor Pucci


Así pues, La música nunca dejó de sonar juega con una técnica simple y con unos recursos bastante limitados que proporcionan, por tanto, resultados un tanto mediocres. Incluso aunque gran parte del enfrentamiento paterno-filial sea un asunto manido, el tratamiento argumental logra transmitir una historia que desprende humanidad, sentimiento y carisma, este último logrado gracias también al uso de las canciones de la época. Una historia sobre la reconciliación, pero no gratuita, sino sobre la construcción y la conversación en torno a lo que sucedió, a las decisiones que se tomaron y al deseo de tratar de construir algo nuevo.

Escrito por Luis J. del Castillo



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