Yo, él y Raquel, de Alfonso Gomez-Rejon

24 noviembre, 2016

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Las etapas de crisis siempre son propicias para ser objeto de la reflexión y la creación artística, no solo por parte del creador, sino también como temática. Por ello, el tiempo de la adolescencia es tan propicio para proponer retratos de quienes pasan de ser niños a adultos, ese grado intermedio, tierra de nadie, donde el ser humano se debe adaptar a una serie de cambios que se suelen dar a todos los niveles. Aparte, ya en las últimas décadas, de intentar que los espectadores que más consumen cine, por ejemplo, se encuentren reflejados de alguna forma en lo que ven. 

No obstante, pese a que esta última idea es la ideal para quienes buscan el objetivo económico, lo cierto es que en muchas ocasiones se nos venden imágenes idealizadas que se recrean en los deseos de una vida que nos es ajena. Ahí encontramos desde situaciones económicas envidiables hasta relaciones románticas que bien podrían calificarse de tóxicas, pero que llegan a muchos de nosotros como lo ideal, como el objetivo vital a lograr. Por suerte, siempre hay excepciones. Excepciones que tienen mucho que ver con las ideas que existen detrás de la creación de la historia y cómo estas se enfocan.

Yo, él y Raquel (equívoca e incomprensible traducción del original Me and Earl and Dying Girl, 2015) es un exponente del tipo de historias que suelen invadir la esfera catalogada con indie en torno al adolescente que rehuye de las etiquetas, generalmente más introvertido de lo que aparenta. En esta cuestión, tampoco es una excepción de los numerosos retratos sobre las complejidades de la adolescencia que existen. En realidad, se trata de una película que bebe de distintas fuentes de otras corrientes tanto más comerciales como independientes, pero revistiendo todo de un estilo propio y logrando hacia el final de la obra otorgar una entidad personal a lo que podría haber parecido una comedia más.


Al frente de la película encontramos a Alejandro Gomez-Rejon (1972), director que ha trabajado para otros cineastas como Scorsese o Iñarritu, llegando a ejercer como segundo director de algunos largometrajes y de director en episodios de series de televisión, entre las que podemos citar la juvenil y musical Glee (2009-2015) o la terrorífica American Horror Story (2011-). Su debut llegó con Espera hasta que se haga de noche (The Town That Dreaded Sundown, 2014), especie revisión del slasher Terror al anochecer (Charles B. Pierce, 1976), tras lo cual retomaría la dirección con la película que hoy comentamos; curiosamente, ambos largometrajes relacionados en su género con las dos series antes mencionadas. En este caso, adapta la primera novela de Jesse Andrews, guionista a su vez de la película.

El argumento nos traslada a la vida de Greg Gaines (Thomas Mann) en su último año de instituto. Curtido en ese terreno, ha logrado pasar desapercibido entre todas las pandillas, manteniendo una vida lo más anónima posible, casi de forma antisocial. Todo ello a pesar de su peculiar familia, con un padre antropólogo bastante estrafalario (Nick Offerman) y una madre (Connie Britton) que no ceja en su empeño de tratar de indicarle que es hora de tomar decisiones, algo entrometida y directa. Desde que era niño se ha dedicado, junto a su mejor amigo, al que llama compañero, Earl (Ronald Cyler II), a crear cortometrajes que parodian películas europeas, pero negándose a enseñárselos a nadie. Sin embargo, todo lo que había creado a su alrededor y tratado de proteger de formar comenzará a cambiar cuando su madre le obliga a trabar amistad con una compañera de clase, Rachel Kushner (Olivia Cooke), a la que han detectado leucemia.


Pese a lo que pueda parecer, no estamos ante una película que se tome en serio los elementos expuestos. No se trata de un drama romántico al estilo de Un paseo para recordar (Adam Shankman, 2002) o Bajo la misma estrella (Josh Boone, 2014; señalamos en este caso la adaptación de la novela de John Green, 2012) o de una narración que se encarga de recordarte los trascendentales cambios que se producen en el protagonista al conocer a una persona especial (y enferma), como podría suceder en Marina (Carlos Ruiz Zafón, 1999). A pesar de lo cual, comparte algunas de las características de estas obras, pero soterradas, no tan evidentes, a la narración cómica que se produce a lo largo de toda la película y que, incluso, parodia o conjetura con los clichés habituales en estas historias.

En este sentido, su propia estructura nos ofrece una muestra de cómo contenido y forma casan. En los primeros tramos hay una apuesta por cierto aire de gamberro, tanto en contenido, con el retrato del instituto y de las distintas familias, sobre todo los adultos, como en forma, incluyendo recursos como el zoom repentino, escenas veloces o el uso cómico del stop motion, para acabar pasando a un estilo más convencional hacia el final, momento en que todo adquiere un tono más serio, similar a lo que sucede en Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012) y en que las bromas del pasado y ciertos comentarios se actualizan en la nostalgia y se convierten en referencias más profundas. Se logra así un contraste que engrandece Yo, él y Raquel y la proyecta como un buen ejemplo a seguir.


Esta unión entre contenido y forma también existe en la cuestión de la confianza. En el argumento, la confianza es un factor clave, dado que Greg no está marginado por los demás, sino que él mismo ha tomado la decisión de ser invisible, de pasar desapercibido. Su amigo Earl, quien realmente viene de un pasado y una familia más convulsa, es quien mejor lo comprende, como nos mostrará en sus conversaciones con Rachel. A través de estos diálogos sabemos que detrás de la fachada, existe un adolescente realmente preocupado por el abismo cercano, por la incertidumbre y por la inseguridad. Desconfiado porque tiene miedo a que le traicionen. Esta es una de las cuestiones fundamentales de la trama dado que conforma a un personaje huidizo que nunca quiso posicionarse, debido a lo cual tampoco supo aprovechar y vivir con plenitud los momentos que, al final, sabe que desaprovechó junto a Rachel.

A su vez, se produce una ruptura de la confianza con el espectador a través de la voz narradora, la del propio Greg, que va contando la historia y que otorga un tono más cercano y algo cínico en ocasiones. Sin embargo, rompiendo una de las máximas habituales en la narración, no se trata de una voz que diga siempre la verdad, sino que, formando parte del personaje, nos engaña y trata de autoengañarse en cierto aspecto de la película, como se nos desvelará finalmente. Esta misma voz repasa las escenas, las reescribe y se convierte en parte fundamental de la película, sin ser un añadido postizo. De esta forma, estamos ante una comedia que usa el metalenguaje para contarnos realmente una historia romántica y dramática desnudando y exponiendo las claves usuales de este tipo de películas. Es decir, una unión de dos personas diferentes, aquí con un particular protagonista al estilo de Juno (Jason Reitman, 2007), un adolescente con una visión muy concreta y descreída de la vida, que al cabo del tiempo establecen entre sí un lazo imperecedero y enriquecedor. 


No obstante, Gomez-Rejon emplea la comedia para mostrarnos la realidad tras las escenas románticas: allí donde hay posibilidad para la usual trascendencia romántica, esta no se da, bañando todo de un barniz de normalidad que, aparte de producir una sonrisa, nos habla en el fondo de cómo somos en realidad y de cómo de artificiales pueden resultar las películas. Ahora bien, ello no impide que la película acuda a lugares comunes, como cierta redención final previsible y una usual tendencia a advertirnos sobre la importancia de lo que hacemos y de su repercusión en los demás.

Debemos destacar también al personaje de Rachel, que tiene una personalidad bien definida y cuya enfermedad es retratada no de forma idealizada o excesivamente dramática, sino con cierto realismo en torno a los cambios de humor y los altibajos emocionales. Detrás de la apariencia inicial, de chica corriente que se opone a la compasión de los demás, en esta caso de Greg, encontramos a una persona con un mundo interior rico, capaz de replicar incluso a las peores bromas de su nuevo amigo y de meterse en su mundo hasta convertirse en su particular impulso. Un enriquecimiento mutuo en el que ambos juegan un rol semejante, pero donde al final nos puede dar la sensación de que fue ella quien realmente ayudó y descubrió a Greg.


De manera paralela, aunque entrecruzada de forma esencial con la relación entre Rachel y Greg, encontramos cierta oda al cine y al proceso de creación. Ahí entra Earl, pero sobre todo la colección de cortometrajes paródicos que homenajean a grandes clásicos del medio, con ejemplos como La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) o El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1956). La última creación de Greg se convierte a su vez en un primer paso importante, llenándose de significado no solo en el apartado personal del personaje, sino también en su propia satisfacción como profesional y, por deslizamiento, de la autoexigencia que un creador puede tener sobre su propia obra. Seguramente, hay parte de Gomez-Rejon en esta importante a la par que divertida subtrama. Por cierto, a lo largo de la película se inserta un cortometraje representativo de la atracción de Greg por una de sus compañeras del instituto que emplea la técnica del stop motion y que añade un nuevo guiño cinematográfico para un chiste recurrente.

Por último, cabe señalar el reparto de personajes estrafalarios que son los adultos de la película. No solo los padres de Greg, ya mencionados anteriormente, sino también la madre de Rachel, Denise (Molly Shannon), siempre con una copa en la mano y en una especie de coquetería con los muchachos protagonistas, o el particular profesor McCarthy (Jon Bernthal), cuyas formas bruscas y gustos exóticos disimulan el papel de mentor que acaba por ejercer llegado el momento justo. Por otra parte, este reflejo exagerado de las actitudes adultas puede ser también fruto de la visión distorsionada de la adolescencia, que critica de forma más abierta los vicios y defectos de quienes, en teoría, son los encargados de su educación. 


La fórmula que combina la comedia con el drama funciona en Yo, él y Raquel para regalarnos una historia adolescente de calidad, sostenida por buenas actuaciones, un guion inteligente, cierto gusto estético con diferentes técnicas bien engarzada con la trama y el homenaje cinéfilo a películas de culto, con la posibilidad de una adolescencia diferente abierta al espectador y con el tópico de las personas que nos cambian la vida, pero aquí reinterpretado para que no resulte tan evidente hasta el propio final. Una pequeña obra para disfrutar y comprender que hay otras vías para las historias de siempre; lo que siempre resulta, cuanto menos, enriquecedor. 

Escrito por Luis J. del Castillo



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