Gramática de la fantasía, de Gianni Rodari

08 septiembre, 2016

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Con bastante asiduidad se ha minusvalorado la importancia de la literatura dedicada a niños y a jóvenes, cuando en realidad en este tipo de literatura reside el germen para el lector del futuro y, aún más, para la formación de ese futuro lector. En muchas ocasiones, ha sido tachada de simple, de fácil e, incluso, de mala literatura, cuando en realidad debemos referirnos a las obras en concreto, porque no hay literatura buena o mala, sino libros buenos y malos. Y aún así, nadie conoce qué libro, sea bueno o malo a ojos de los demás, puede tener la llave para atraer a un nuevo lector. Pero en esta ocasión no vamos a hablar de un libro perteneciente a la denominada LIJ, sino al contrario, de un libro que habla de cómo fomentar la creatividad, de indagar en las claves y técnicas para que los niños pasen de ser agentes pasivos ante lo literario a ser activos, a inmiscuirse y plantearse esas historias. Nos acercamos a la Gramática de la fantasía (1973, publicación original).

Esta obra es uno de los grandes legados de Gianni Rodari (1920-1980), cruce de escritor, pedagogo y periodista italiano que dedicado gran parte de su vida a la literatura infantil y juvenil, con una obra muy imaginativa y creativa, marcada por la fantasía, pero también por su ideología.

En esta gramática, subtitulada Introducción al arte de inventar historias, nos encontramos un ensayo ideal para maestros y profesores, para padres y para personas interesadas en la creación y en motivar a niños en este campo. En definitiva, un trabajo fruto de años de dedicación a este campo donde proporciona ciertas constantes que él mismo ha empleado en el mundo de la fantasía y donde pretende abrir un hueco a la imaginación en la educación.

Gianni Rodari
Esta particular gramática se distribuye en 45 capítulos, de extensión muy variable y que podrían articularse por secciones; por ejemplo, una dedicada al mundo de la fábula, cuestión en la que profundiza durante varios capítulos seguidos. No se trata de un ensayo sesudo o complejo, sino más bien de una apuesta personal del autor para ilustrar a otras personas en el mundo de la creatividad y la imaginación de una forma cercana, amena y, como señalábamos, personal. La Gramática de la fantasía se convierte así en una mezcla de actividades para inventar o incentivar la creación de historias, con ejemplos como el "binomio fantástico", datos bibliográficos varios de distinta índole (literaria, lingüística, psicológica...), pero sin una gran profundidad, y pequeños fragmentos de recuerdos propios, que engarzan la ficción con la realidad humana.

Por situar un ejemplo, en el capítulo 21, donde Rodari plantea el esquema de las fábulas calcadas, nos sitúa de pronto ante un recuerdo de su padre, que era panadero, venido a través de la palabra "horno", esencial en la historia de Hansel y Gretel. Como señala, esa palabra ha tirado el anzuelo de mi memoria, y ha sacado un bagaje de recuerdos entre afectuosos y tristes, que se mezclan con la historia de dos niñitos abandonados en la fábula vieja y en la nueva (pág. 71). Estos momentos breves, pero de gran concentración emotiva, otorgan un carácter más humano y cercano a la obra, proyectando a su vez la intensa relación que existe entre lo que creamos como ficción y la ficción que recreamos de nuestra memoria. Precisamente hacia el final de la obra nos encontramos con una reflexión en torno a cómo los niños inventan de forma natural mientras juegan, en un análisis del juego de dos niños mientras Rodari los observa desde su ventana.


En primer lugar, la fábula es para el niño un instrumento ideal para que el adulto permanezca junto a él. La madre está siempre tan ocupada, el padre aparece y desaparece según un ritmo misterioso que es fuente de continuas inquietudes. Es raro que el adulto disponga del tiempo que desearía para poder jugar con el niño como él querría, con dedicación y participación, y sin distracciones. Pero con la fábula todo es distinto. Mientras dura, la mamá está con él, toda para el niño, como una presencia consoladora que le ofrece protección y seguridad. En ocasiones, cuando el niño, después de la primera pide una segunda fábula o historia, no hay que pensar en un auténtico interés en su contenido, o en su desarrollo; a menudo se trata de una excusa para prolongar la presencia del adulto, de la mamá, sentada junto a su cama, o sentados ambos en el mismo sillón. Es particularmente importante que la mamá se sienta cómoda, para que no le vengan ganas de escaparse demasiado pronto... (pág. 138)

De forma externa podríamos considerar que esta gramática bien podría considerarse una anatomía de la fantasía, dado que la mayor parte está dedicada a desglosar distintos procedimientos creativos, con ejemplos y referencias justas y precisas. Desglosarlos sería resumir la esencia del ensayo de Rodari, aunque podemos apreciar que en todas ellas se trata de buscar el giro de tuerca a la ficción conocida, de hallar relaciones inesperadas jugando con las palabras y, por tanto, con la realidad, o de tratar de crear hipótesis nuevas que produzcan una nueva realidad para los niños. Todo ello sin faltar ciertos análisis, incluso rozando el psicoanálisis, de las respuestas que el propio Rodari fui recabando.

Sin embargo, también es inevitable observar la ausencia de objetividad. Como el propio autor afirma hacia el final de la obra, faltan (o faltaban en su época) estudios sobre cómo inventan los niños y aunque no duda en señalar la cantidad de obras que le han servido e inspirado tanto de forma directa como indirecta, es notable el peso personal que ya señalábamos, incluso en el estilo. Nos referimos, por ejemplo, a las continuas alusiones a su falta de conocimiento, empleando la captatio benevolentiae ya desde el prólogo, acompañando a las causas de la creación de esta obra, o también a su evidente postura de servir a sus lectores, pero sobre todo a los niños que puedan verse favorecidos por estas técnicas, a su imaginación va dedicada esta obra precisamente. Pero podríamos decir más: esta obra no alimenta la imaginación, sino que trata de ayudar a que los niños se puedan plantear su realidad, ayudando tanto a romper esquemas impuestos (ahí tenemos los capítulos dedicados a lo escatológico) como a reinventar la realidad para trabajar su pensamiento en un sentido amplio, incluso anticipando las operaciones formales, en terminología de Piaget.


El encuentro decisivo entre los niños y los libros se produce en los bancos de las escuelas. Si se produce en una situación creativa, en que cuente la vida y no el ejercicio, podrá surgir aquel gusto por la lectura con el que no se nace, porque no es un instinto. Si el encuentro se produce en una situación burocrática (copias, resúmenes, análisis gramaticales, etc.), sofocado por el mecanismo tradicional: "examen-calificación", puede nacer la técnica de la lectura, pero no el gusto por ella. Los niños sabrán leer, pero sólo lo harán obligados. (pág. 149)

Regresando a la cuestión de la objetividad, la obra deja cierta sensación de que lo planteado es superior a otras técnicas, mostrándose Rodari como moralmente superior al tachar de negativas otras prácticas docentes. Si bien es cierto que lo que plantea en esta obra tiene un gran interés, parece que, de forma consciente o inconsciente, nos quiere transmitir que lo dicho en Gramática de la Fantasía funciona a la perfección, reiterándonos de forma continua sus buenos efectos en la ciudad Reggio Emilia (donde se forjó el germen de esta obra), incluso planteando que en aquellos centros donde no se hacía, los niños estaban encantados con estos procedimientos. No podemos dudar de sus beneficios y de su necesidad, pero da la sensación de que no se hayan planteado defectos ni haya espacio para la mejora. 

A su vez, la ideología de Rodari queda bien establecida y plasmada, sobre todo en el último capítulo de la obra donde nos revela tanto sus intenciones como su propuesta pedagógica. Ahora bien, podríamos denominarlo como una persona radical, pero sin su sentido peyorativo, sino acercándonos al significado más puro de la palabra, es decir, que defiende la raíz de su pensamiento como la óptima por encima de otras. Es usual en educadores realmente preocupados por el sistema plantearse que hay que cambiarlo de forma completa, sin percatarse del hecho de que han llegado a esa conclusión habiendo pasado generalmente por ese mismo sistema. Con esto no quiero decir que defienda el sistema educativo tradicional al que se opone el autor, dado que también defiendo la postura de Rodari, pero considero que en su forma de plantear una nueva realidad, como sucede con otras personas a las que cita, dejan al azar de la creatividad humana la educación de los niños.

El niño de las gaviotas (Sueños), de Fernando Coral Dueñas
En efecto, considero prioritario el fomento de la creatividad en cualquiera de sus ramas, dado que servirse de la fantasía, la imaginación y la creatividad pueden impulsar no solo la literatura, sino también cualquier rama científica. Así, comenzar a ver las cosas desde otra perspectiva nos acercará posiblemente a un nuevo descubrimiento. No obstante, el azar al que me refería puede provocar, incluso, que los temores que también plasma Rodari en su obra se cumplan. Es sencillo: el resultado al que lleguen todos los niños, o cualquiera de ellos, no tiene por qué ser el deseado por nuestro pensador, e incluso puede resultar contraproducente. De forma similar a lo propuesto en La Ola (Dennis Gansel, 2008; película que a su vez se basó en un experimento real), el alumnado puede caer en los mismos errores en que ha incurrido la humanidad, incluso la humanidad mejor formada.

Con todo, lo que considero más oportuno es girar el enfoque. Partir de los hechos a lo general, no impartir reglas, sino llegar a ellas. La participación libre y creativa es parte fundamental de este sistema, aunque a su vez se necesita más tiempo, más medios y más interés. Rodari no se equivoca al querer invitarnos a descubrir lo que nuestra imaginación, nuestra fantasía, puede alcanzar y cómo funciona. Pero el tiempo pasa y apenas tomamos en cuenta lo que él, junto a otros, nos señalan. Puede que haya dicho que no tiene toda la razón en su propuesta, pero considero que pasar de un extremo (hacerle caso en todo) al otro (omitir cualquier sugerencia) es excesivo. Y, sin duda, estoy seguro de que los resultados que salgan de experimentar con la creatividad de los niños y adolescentes puede sorprendernos y hacernos descubrir que detrás de lo que pensábamos, hay mucho más.

En este sentido, la Gramática de la fantasía se presta a ser un primer paso, un paso aún bastante ignorado, pero del que podemos partir para buscar una educación diferente. Y es que sentirse libre para pensar y actuar es lo que muchos necesitan para encontrar motivación en las aulas. De eso estoy plenamente seguro.

Escrito por Luis J. del Castillo


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