Bailar en la oscuridad, de Lars Von Trier

22 mayo, 2016

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El drama y la tragedia han sido desde siempre los géneros considerados de máxima seriedad y altura, desde el fatum y la catarsis griega hasta el choque entre la sociedad y el individuo o el individuo consigo mismo de forma más moderna. Igual que sucede con la comedia, las temáticas concretas se han reiterado y se han reformulado a lo largo del tiempo y la innovación o la búsqueda de la originalidad resulta compleja en la actualidad. Además, es fácil caer en ciertos vicios y recursos que busquen la lágrima fácil, forzando situaciones que, vistas desde lejos, pueden llegar a caer en la autoparodia. Sucede precisamente con esa gran cantidad de telefilmes que copan la parrilla televisiva del fin de semana y que viven de los mismos tópicos, del drama plano y de las tragedias sin catarsis.

Por todo ello, el espectador suele estar acostumbrado a esos argumentos lineales y simples, y cuando algún director se propone dar un golpe en la mesa, puede o bien caerse por el precipicio o alzarse con el aplauso del público y el favor de la crítica, dado que una tragedia bien conducida y realizada suele conquistar con facilidad. Pero también puede golpear con fuerza a las conciencias.

Ya hablamos de Lars Von Trier en relación a su corriente artística  cinematográfica con respecto a Melancolía (2011) y ahora regresamos a otro de sus dramas, en esta ocasión perteneciente a su trilogía Corazón dorado, conformada por Los idiotas (1998), Rompiendo las olas (1996) y la que hoy comentamos, Bailar en la oscuridad (2000). Si en Melancolía Von Trier se adentraba en el mundo de la ciencia ficción, en Bailar en la oscuridad toma elementos del melodrama en su argumento, que en ocasiones en su desarrollo recuerda con facilidad a los telefilmes antes mencionados, y de los musicales, que ofrece un contraste que aumenta la fuerza de lo dramático en esta película.


La obra se centra en la historia de Selma (la cantante Björk completamente entregada a su papel), una inmigrante checa que reside en Estados Unidos durante el año 1964, donde trata de ahorrar todo el dinero necesario para operar a su hijo, Gene (Vladica Kostic), de una enfermedad que provoca una ceguera progresiva, enfermedad que ella misma padece. Y, por cierto, una discapacidad que ha sido frecuentemente tratada por distintas tragedias u obras del siglo XX, como En la ardiente oscuridad (1950) de Buero Vallejo, Ensayo sobre la ceguera (1995), de José Saramago, y Sobre héroes y tumbas (1961), de Ernesto Sábato. 

La obra incidirá precisamente en el deterioro de la visión de Selma mientras ella se empeña en esforzarse cuanto pueda por lograr aumentar sus ingresos. Para ello, trabaja en una fábrica, junto a su amiga, Kathy Cvalda (Catherine Deneuve), inmigrante francesa, y vive arrendada en una caravana dentro del jardín de dos norteamericanos de clase media, el policía Bill Houston (David Morse) y su esposa Linda (Cara Seymour). Además, participa en los ensayos de la obra teatral y musical Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, su musical favorito; Robert Wise, 1965), parte de su sueño de emular los números musicales que la fascinan. Sin olvidar tampoco la presencia del enamorado obsesivo pero pusilánime que es Jeff (Peter Stormare), quien siempre la espera al salir de su trabajo y que a pesar de haber resultado una especie de carga para el personaje, será apreciado de forma positiva en la película e incluso será relevante en el último tramo.


La protagonista está en la misma línea que otras heroínas trágicas de Von Trier, cargando un enorme peso dramático a pesar de su pusilanimidad, algo que podemos relacionar incluso con el esperpento de Valle-Inclán, pero sin el matiz burlesco, sino puramente crítico y grotesco. Si Bess, la protagonista de Rompiendo las olas, mostraba una ingenuidad entremezclada con un proceso psicológico-místico de bipolaridad o conversación con Dios, aquí tenemos la misma actitud dejada e inocente, pero marcada en esta ocasión por la constancia y la tenacidad de Selma, que la lleva a su propio sacrificio, y el mundo paralelo en el que se refugia, en esta ocasión no religioso, sino musical, con el que trata de ensalzar la realidad que le rodea.

El camino que recorre este personaje es el trayecto hacia un destino injusto, pero aceptado, que mantiene también paralelismos con la historia bíblica de Cristo, pero sin referencias directas. En un primer momento tenemos a una inmigrante en proceso de quedarse ciega, su enfermedad propia y su condena personal, que se encuentra en un estado de pobreza, pero refugiada en un país más rico para buscar una solución a la vida de su hijo, afectado por la misma enfermedad, mientras que trata de ocultarlo todo mediante mentiras poco relevantes, dado que nadie realmente se preocupará en indagar sobre ellas. El destino del dinero que gana en la fábrica y que ahorra de forma continua se esconde tras el telón de un falso padre (ni siquiera su hijo sabe la verdad), pero también miente sobre su enfermedad para evitar que la despidan. Esta situación se conoce al comenzar la película, adentrándonos en su mundo personal y actuando también de cómplices. La situación inicial, bañada de humildad, pobreza y una lógica angustia vital por el futuro, se muestra feliz y encuadrada en el cumplimiento del sueño americano: sus amigos la apoyan, sus caseros se muestran atentos con ella e incluso la regalan una bicicleta a su hijo a pesar de sus reticencias. La vida, a pesar de su dureza, parece encaminada a satisfacer sus pequeños sueños.


Sin embargo, todo se trunca por la traición y el robo por parte de una persona en quien había confiado, su casero Bill, representante no solo de la legalidad, en tanto que trabaja como policía, sino también de la ciudadanía media estadounidense junto a su esposa Linda. Von Trier se carga este mundo de apariencias mostrándolo como una enfermedad: la avaricia y la ostentación que enarbola Bill se enfrentan, y pierden, contra la humildad y al sueño justo de Selma. El policía acaba por convertirse en un Judas y en el motivo de la perdición de nuestra protagonista, comenzando el camino de la tragedia. Y el mundo tan perfecto que representaba Estados Unidos (aunque en ningún momento nos lo parezca en la pantalla, pero se intuía por la actitud y los diálogos de los personajes) se desmorona conforme muestra una maquinaria que avanza inexorable sin prestar no solo la debida atención, sino la necesaria justicia.

Seremos testigos de un juicio marcado por la xenofobia (con el uso de tópicos de la Guerra Fría, usuales a lo largo de la obra), lo que elimina el ansiado sueño americano, por el dinero, dado que al no contar con esos medios, Selma no puede luchar en igualdad de condiciones, y por las mentiras inocentes de la protagonista, que se convierte al final en su propia víctima. A pesar de ello, cuando se brinda la oportunidad por parte de otros personajes positivos, como Jeff o Kathy, de solventar la situación o al menos lograr más tiempo, nos encontramos con un destino inevitable dado que es la propia protagonista quien toma la decisión determinada y digna de aceptarlo. Así, somos testigos de su sacrificio por el futuro de su hijo y, por expansión, de sus amigos, que solo lo podrán comprender al final y que deja una puerta abierta a la esperanza, a través precisamente de unas gafas y de su última y desgarradora canción a capella.


La injusticia es completa para una persona que estaba cerca de cumplir sus sueños, dado que el fatum, representado aquí por la maquinaria estadounidense y plasmado por Von Trier, nos muestra este largo calvario de frustraciones y oscuridad, una oscuridad que crece y que solo encuentra refugio en las fantasías de la protagonista. La muestra más evidente de la bondad del personaje, más allá de su determinación final, es ese refugio que crea con los pedazos de musicales que ha visto en su vida. Esos musicales que son hoy clásicos del cine y que solían vender a mediados del siglo pasado una vida idílica, donde nada malo podía suceder, y que solía tener como fondo a Estados Unidos, son empleados aquí como una cruel ironía de las expectativas e ilusiones de esta heroína trágica.  Aunque no se lo debemos, ni la película lo hace, reprochar, ¿quién no ha encontrado en una obra de arte (un libro, una película, una canción...) un refugio donde sentirse seguro y mejor?

La realidad prosaica y dura se nos muestra en un mundo de tonos atenuados y ocres, con poca saturación, frente al mundo colorido de los números musicales, de la poesía y viveza en la que se esconde el espíritu soñador de Selma. Su pasión por este tipo de aparente vida perfecta la llevará a usar el nombre de un célebre bailarín checo, Oldřich Nový (1899-1983, interpretado por Joel Grey), como si fuera el de su padre. Las canciones y su música no se prestan, sin embargo, a un ambiente festivo, sino que tienen un aspecto sombrío acorde a la estética de la película. Precisamente, su banda sonora son los ruidos cotidianos que la rodean, desde la maquinaria de la fábrica hasta el traqueteo del tren o los pasos de las personas. En definitiva, son momentos de evasión que interrumpen generalmente la escena, sin ser parte orgánica del avance de la trama (con excepciones, como las dos últimas canciones de la obra), en gran medida porque todo transcurre dentro de la mente de la protagonista, y que sirven como recurso para partir del género del drama musical en una crítica que podríamos calificar de grotesca. A pesar de lo cual, debemos destacar lo fascinantes e incluso hipnóticas que resultan algunas de estas escenas, como la interpretación en el tren de I've Seen It All, o la fuerza de otras, como 107 Steps.


Resulta curioso comprobar como el estilo realista de la película, que es seco gracias a su montaje de estilo documental y una estética dura, incluso con granulado que envejece la película, no está exento de ciertos momentos de belleza. Incluso se juega con las apariencias, ahí tenemos el que se establece entre Jeff y Bill, los dos personajes masculinos más relevantes. El primero parece obsesionado por Selma e incluso podría aparentar la típica figura del acosador manso, pero psicópata que tantas veces nos han dejado diferentes películas y series de género negro; sin embargo, su preocupación y entrega hacia la protagonista le lleva a obedecerla, a cumplir con lo que le pide e, incluso, a tratar de ayudarla en todo lo que pueda. Por su parte, el segundo parecía un hombre honrado e exitoso, que al final resulta ser un personaje cobarde y débil, víctima de su apariencia y de un funesto destino que origina con sus mezquinas acciones. Por último, debemos destacar al personaje de Kathy, que a pesar de su aparente dureza, siendo el necesario equilibrio realista para a las ilusiones y ensoñaciones de Selma, es otra muestra de esa bondad y entrega que existe en el mundo, sin caer en el sentimentalismo, pero mostrando una fraternidad que va más allá de los lazos sanguíneos.

No es una película agradable, no se trata de una historia para sentirse cómodo ni está contada de una forma que pueda satisfacernos. No hay aquí efectos especiales que deslumbren, ni siquiera se pretende que la música te atrape. Incluso en su conjunto se la ha tachado de pretenciosa y de un exceso en su melodrama. Sin embargo, no se puede negar que sea una obra rotunda, que silencia las ilusiones coloristas de los musicales y que, a pesar de su desolación íntima y humana, deja visos de esperanza en la bondad de las personas, pero sin salvar a las sociedades utópicas que nos venden con asiduidad. No esperéis aquí vivir una experiencia reconfortante, sino lanzaros hacia la densidad de la injusticia, de la incredulidad, de esa insatisfacción entre la realidad y el deseo, de ese baile en la oscuridad que es, a veces, la vida.

Escrito por Luis J. del Castillo



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