Clásicos Inolvidables (LXXXIV): El camino, de Miguel Delibes

05 enero, 2016

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Hay libros que más allá de su trascendencia logran tener alma. Logran dar cuerpo y corazón a una serie de personajes y convertirlos en realidades independientes, vidas creíbles, completa complicidad con el lector que se atreve a abrirlos. Hoy seguramente nos resulte difícil entender cómo se sentía un contemporáneo de Cervantes (1547-1616) cuando leyera las aventuras de Don Quijote (1605, 1615), de la misma forma que la mayoría de los lectores de hoy en día no son ya coetáneos de la época que vivió Miguel Delibes (1920-2010).

Sin embargo, la forma en que Delibes nos acerca a algunas de sus historias aún tienen ecos de un pasado muy reciente, pero aún nos alcanza más allá cuando se refugia en un espacio que todos conocemos y que, más allá de los detalles concretos, comparte una serie de lugares comunes a toda la humanidad: el paso de la infancia a la madurez, el descubrimiento de la sexualidad, las aventuras fraternales entre amigos, las vidas que conocemos a nuestro alrededor y que surgen como cuentos, y el descubrimiento de la muerte.

Con El camino (1950) nos adueñamos de la corta vida de su protagonista, Daniel, el Mochuelo, que a sus once años debe abandonar el pueblo en el que se ha criado, resguardado en un valle, para satisfacer la idea de su padre de progresar, un progreso con el que no se siente satisfecho. En su última noche en su casa, antes de partir, el niño, inquieto, no puede dormir, y en ese insomnio irá recordando sus travesuras, sus pequeños, a la vez grandes, descubrimientos, y la historia de su pueblo y de su gente, esas anécdotas que atraviesan generaciones y que confieren mayor realidad al pasado y nos hacen comprender el presente.

¿Quién no ha tenido miedo de abandonar el lugar donde se siente seguro para emprender un camino en soledad, en un sitio nuevo, ajeno a todo lo que has conocido y donde no hay ninguna, o casi ninguna, cara conocida? ¿Y quién no se ha sentido de niño tan excitado por ese miedo, por esa especie de ansiedad, o por su lado contrario, la ilusión, como para pasar una noche dando vueltas en la cama y dormir apenas despunta el sol? A partir de esta noche, el narrador va enlazando las diferentes historias del pueblo, las anécdotas que van pasando de generación en generación, a través de una estructura de veintiuna secuencias que van narrando diferentes episodios de la vida del pueblo y, especialmente, de Daniel.

Uno de los principales temas sobre el que ahoda El camino es la infancia, ese terreno de la inocencia, los descubrimientos que trastocan ese estado y las reglas que rigen esa edad. En el caso de Daniel, veremos su primer enamoramiento, el descubrimiento de la vergüenza sexual, su concepto de virilidad afectada por las ideas que le transmiten sus compañeros (por ejemplo, le pesarán los hechos de cantar con voz de tiple, no tener ninguna cicatriz así como no poder llorar), sus miedos íntimos y las travesuras junto a sus dos mejores amigos: Germán, el Tiñoso, gran conocedor de los pájaros, y Roque, el Moñigo, líder de la pandilla por su fuerza bruta.

Sin embargo, no es este un paraíso perdido idealizado, donde el niño vive en un estado prácticamente de santidad inocente, sino que vemos cómo transgrede este idealismo, incluso viendo cómo acaban con pájaros con sus tirachinas, como beben alcohol y cómo realizan diferentes travesuras que sorprenden por su peligrosidad. También se nos muestra el fin de esta inocencia a través del descubrimiento tanto de la sexualidad como de la muerte, este definitivo para el fin de la infancia.

Chicos en la playa, de Joaquín Sorolla
-[...] Si una estrella se cae y no choca con la Tierra ni con otra estrella, ¿no llega nunca al fondo? ¿Es que ese aire que las rodea no se acaba nunca?
Daniel, el Mochuelo, se quedó pensativo un instante. Empezaba a dominarle también a él un indefinible desasosiego cósmico. La voz surgió de su garganta indecisa y aguda como un lamento.
-Moñigo.
-¿Qué?
-No me hagas esas preguntas; me mareo.
-¿Te mareas o te asustas?
-Puede que las dos cosas -admitió.
[...]
-También a mí me dan miedo las estrellas y todas esas cosas que no se abarcan o no se acaban nunca. (págs. 22-23)

Junto a estos temas que pendulan en torno a la infancia, veremos también cuestiones como la honra, la caza, el retrato de la naturaleza del valle (una naturaleza que les sirve a los muchachos para comprender el mundo y otras cuestiones sociales), el progreso social (presente de forma secundaria o como amenaza para la tranquilidad de Daniel), algunos problemas sociales y, en definitiva, un conjunto de hechos que parten de las historias de los habitantes del pueblo. Un pueblo que, por otra parte, está situado en la España rural de la posguerra, seguramente en algún lugar de Cantabria, según las referencias que aporta el relato, como algunas menciones a la guerra (un tema que no es relevante en la novela) o a lugares cercanos.

Tres mujeres en la iglesia, de Wilhelm Leibl
Con respecto a los personajes que dan vida a este pueblo, podemos destacar el hecho de que todos, incluido el protagonista, son reconocidos a través de un mote, apodo que sirve también para describir en muchas ocasiones su forma de ser, como una caracterización por nombre. Esta tradición es típica en la ruralidad española y en el libro encontramos varios apodos, como Mochuelo (por la forma de mirar del protagonista), Manco, Guindillas, Lepóridas (por su similitud a los conejos) o Tiñoso (por su aspecto enfermizo debido a unas calvas en la cabeza). Cada uno de esos personajes sirve para contar una historia diferente, destacando en este caso la familia de las Guindillas, con el protagonismo de la Guindilla mayor.

Delibes realiza con este personaje una sátira convirtiéndola en una beata, representación de la preocupación por la apariencia más que por la realidad, mostrando decencia, pero intentando ocultar sus pecados de forma pública. No obstante, llega al punto del ridículo, al confesarse ante don José, el cura, por cualquier cosa que le pase por la cabeza, aunque no tenga sentido ni haya sido una acción realizada por ella, por ejemplo, llega a culparse de haber podido nacer en Inglaterra y haber sido, posiblemente, protestante. Incluso llega a criticar abiertamente a todos sus vecinos por sus costumbres.

Es expresivo y cambiante el lenguaje de las campanas; su vibración es capaz de acentos hondos y graves y livianos y agudos y sombríos. Nunca las campanas dicen lo mismo. Y nunca lo que dicen lo dicen de la misma manera. (pág. 183)

Durante uno de los capítulos, esta devoción la lleva a participar en un proyecto ideado por el cura para crear un cine en el pueblo e impedir que los pueblerinos pequen durante el domingo, lo que finalmente no traerá más que problemas al cura y, finalmente, a la Guindilla mayor, así como una crítica a la censura absurda.

También se vislumbra distintas formas de amor, desde la obsesión que lleva al suicidio hasta el amor platónico que siente Daniel por Mica. Así, a lo largo de la novela vemos el surgimiento de varias parejas, incluyendo hasta la pareja que se inicia en el capítulo XV a partir prácticamente del azar y de una travesura infantil. De forma tangencial, el tema de la maternidad también está presente, especialmente con la cuestión de los vientres secos, como sucede con la madre de Daniel, que trasladará este instinto cortada hacia la Mariuca, la hija de Quino; esta última mostrará también una admiración amorosa por Daniel, aunque este la rechace abiertamente por ser chica.

I can't listen your heart, fotografía de Dara Scully
Los mayores atribuían las desgracias a las imprudencias de los niños, olvidando que estas cosas son siempre designios de Dios y que los grandes también cometen, a veces, imprudencias.
Daniel, el Mochuelo, pasó la noche en vela, junto al muerto. Sentía que algo grande se velaba dentro de él y que en adelante nada sería como había sido. Él pensaba que Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso, se sentirían muy solos cuando él se fuera a la ciudad a progresar, y ahora resultaba que el que se sentía solo, era él, y sólo él. Algo se marchitó de repente muy dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia. (pág. 178)

Por último, resulta relevante la admiración provinciana a la ciudad, es decir, al progreso, compartido por todos los personajes, excepto por Daniel, que pendula entre esta admiración y el rechazo según el devenir de los acontecimientos. El progreso se entiende generalmente como la abundancia mostrada por el Indiano y por su hija, la Mica, pero también se traslada incluso al aspecto de todo lo que procede de la ciudad. En definitiva, una visión idealizada que tan solo es rechazada por el protagonista, debido a una combinación de miedo por su futuro urbano y amor por su valle y por todas las personas que deja atrás.

Delibes se encarga con su naturalidad de hacernos sentir cercanos a esos sentimientos, haciendo con verdadera sencillez que resulte próxima aquello que realmente ha sido meditado para ser escrito. A lo largo de El camino, el autor juega con los tiempos, muestra diferentes eventos en cada capítulo mostrándonos las piezas de un puzzle cuya imagen final solo obtendremos al acabar su lectura. No obstante, lo hace de tal forma que no resulta confuso, sino recreando todo un universo de pequeños detalles, de hechos diversos que se van relacionando capítulo a capítulo. Tampoco hay una lectura excesivamente dramática, sino que encontramos un equilibrado relato entre ciertos momentos existencialistas con un humor ligero e inteligente, generalmente satírico a partir de la crítica de costumbres.


Miguel Delibes encontró en El camino un estilo propio y natural, hacia el que se encaminaría en el resto de su obra, abandonando el aparato retórico que sí había en sus primeras obras, La sombra del ciprés es alargada (1947, fue Premio Nadal) y Aún es de día (1949). Este cambio en su narrativa, pretendiendo escribir más semejante a cómo se hablaba, le llevó finalmente a una consagración definitiva con Cinco horas con Mario (1966). Precisamente durante los años cincuenta y sesenta encontramos su época de apogeo, con una gran cantidad de obras entre las que encontramos sus obras maestras. La muerte de su esposa en 1974 le llevó a un parón en su labor como escritor y el cáncer de colon que sufrió en 1998 lo recluyó y apagó prácticamente su pluma hasta su muerte en 2010. Por cierto, su obra ha sido adaptada varias veces al cine, en el caso de esta novela, hubo dos adaptaciones de la novela, una para el cine, dirigida por Ana Mariscal en 1963, y otra como serie de televisión realizada en 1978 y dirigida por Josefina Molina.

En su obra podemos encontrar una defensa de la libertad y la dignidad humana, con una presencia continua de la naturaleza y el ambiente rural en muchas de sus obras, como podemos ver en El camino. Sin embargo, ha sido criticada su visión del progreso, como si censurase esta idea, llegando a ser tachado de reaccionario por lo mostrado en esta novela. Una idea absurda dado que no comprende aquello que mueve la obra de forma interna, como la crítica a los padres que proyectan sus sueños personales en sus hijos.

Ruinas rurales (Fotografía de LJ)
Las cosas podían haber acaecido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal. Después de todo, que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba... (pág. 3)

Delibes defendió en su momento que su crítica no era a la idea del progreso, sino a la tendencia generalmente irracionalista de este progreso consumista, aunque esta interpretación no la encontramos de forma directa en El camino, pero sí aparece reflejada, en cierta forma, en la interrelación que se plantea entre progreso y abundancia. A su vez, hay una defensa de la vida rural cercana a la naturaleza, pero no falta de crítica, por ejemplo a los peligros e imprudencias de la caza, a pesar de que el autor era un apasionado de esta actividad.

El camino nos muestra una personalidad propia, el recuerdo de un tiempo donde los niños vivían más cercanos a la realidad natural, una infancia entre la inocencia y la crudeza, pero también esos pueblos que nos resultan tan cercanos, donde todo el mundo conoce a todo el mundo y no faltan los juicios de valor mutuos. La naturaleza y la vida rural se dan la mano con la forma natural en que Delibes despliega este relato de una forma tan sentida, tan emotiva y como un canto al fin de una etapa.

1 comentario :

  1. Esta novela es muy especial para mí. Me ha encantado leer tu reseña y recordarla, porque me parece redondísima. La leí con la misma edad de Daniel, el Mochuelo, y me impactó mucho, se quedó conmigo para siempre, ya que la releo cada cierto tiempo. Como te he dicho, ha sido un placer leerte.

    Besooos!!

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