Clásicos Inolvidables (LXXII): Edipo rey, de Sófocles

22 septiembre, 2015

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Las historias de la mitología grecolatina consiguió agrupar todas las preocupaciones del ser humano, otorgando explicaciones no solo a lo acontecido en la naturaleza, sino también a las propias pasiones humanas.

Una serie de relatos que eran comunes para todos los ciudadanos, componiendo toda una red de personajes que fusionaban mito e historia. Hoy las referencias son amplias y encontrar caminos comunes resulta complicado, dentro de una vorágine veloz que engulle referentes en pocos años.

Por ello, Edipo no comienza su historia en esta tragedia de Sófocles, Edipo rey, ni se detiene a contarnos el pasado de Edipo ni el de su ascendencia, puesto que el público al que iba destinado ya lo conocía, sino su final en el reinado de Tebas. La culminación de un camino hacia la identidad que ha estado presente posteriormente en muchas otras obras, incluso en los melodramas televisivos.

El argumento nos transporta a una Tebas empobrecida por los brotes de peste, cuyo final solo será posible si, según el Oráculo de Delfos, de gran importancia en todo el ciclo tebano, se ejecuta o se expulsa del reino al asesino del rey anterior, Layo. En ese momento, el recientemente nombrado rey Edipo, que está en el apogeo de su gloria gracias a la derrota de la esfinge que asoló Tebas anteriormente, decide emprender la búsqueda de este criminal y dar con la verdad de la muerte de Layo para poder devolver la paz y la prosperidad al pueblo que le confió la corona. Su empeño será de tal magnitud que ignorará las advertencias de quienes, provistos de las visiones de los dioses, le señalen un funesto destino en su empresa.

La fuerza de la historia, que bien podría resultar un antecedente de novela negra, reside en la búsqueda de esa respuesta: ¿quién fue el asesino de Layo? Pero, a la par, conforme aparezcan las pistas y las palabras divinas de los oráculos y adivinos, la respuesta evidente tiñe de dolor y miseria al rey, en una caída completa con respecto al estatus alcanzado. Además, hay un giro dramático a la cuestión del ¿quién lo hizo? hacia el ¿quién soy? que de forma tan desgarradora culminará con Edipo.


A pesar de revelarse como un buen rey, no dudará en acusar a Creonte o Tiresias de conspiradores cuando comience a deducir que las profecías y las premoniciones divinas le señalan a él, pero a la vez, Sófocles sabe incluir momentos de duda a partir de los cuales el público nota la debilidad de Edipo. En una obra tan breve podemos apreciar el cambio de actitud desde un rey bondadoso y justo a momentos de enajenación tiránica, con muestras de gran ira para con sus hombres leales, como sucede con Creonte. Pero también a un hombre dubitativo, temeroso, pero firme en su resolución. Sus monólogos y, especialmente, el diálogo que mantiene con Yocasta, se tiñen de una ironía cruel en tanto muestra su determinación para hallar al extranjero que acabó con la vida de Layo desconociendo que fue él mismo, considerándose extranjero sin serlo realmente. De la misma forma, la tragedia que rodea a las profecías de Delfos culmina con el suicidio de su amada y madre, quien logra anticiparse a la verdad antes que Edipo y, al notar el empeño de su hijo en descubrir la verdad, toma esta funesta decisión.

Cabe plantearse esta obra como una afirmación de la fuerza del destino, del fatum que tan presente estaba en las profecías ofrecidas por Apolo, y elemento que también podemos hallar en obras modernas, como Crónica de una muerte anunciada (Gabriel García Márquez, 1981). A pesar del intento de impedir que se cumplan, es precisamente con esos actos con los que acaban provocando el cumplimiento del destino marcado por los dioses. Una temática común en la mitología griega y que permanece de fondo en esta obra, pues debemos remarcar el hecho de que no se cumplen tales profecías durante la tragedia de Sófocles, sino anteriormente, siendo más relevante en esta la dramática búsqueda de la verdad de Edipo, una búsqueda que trasciende más allá del anecdótico asesinato hacia una cuestión de identidad.


Precisamente, cuando Edipo conoce la verdad, se inflige el castigo de perder la visión al arrancarse los ojos, cuestión que queda en un aparte en la obra de Sófocles. Una ironía final: desvela la realidad y pierde la vista, porque ha hallado lo prohibido, incluso a pesar de las advertencias del resto de personajes, algo que entra en correlación incluso con otras historias como el fruto del pecado original, comido por el ser humano a pesar de las advertencias del Dios bíblico.

Pero aún más, cumpliendo con su propio mandato, acepta su castigo, mostrándose heroico y sacrificándose a pesar de que sus crímenes fueron cometidos en la ignorancia. La ceguera final de Edipo incita también a pensar en el autocastigo que se impone al haber actuado contra grandes tabúes de su sociedad, con hechos tan escabrosos como el parricidio y el incesto materno-filial, ambos elementos sirviendo a Freud para elaborar el célebre complejo de Edipo.

Observando esta tragedia, no cabe más que percatarse de la ironía que propone Sófocles: la sabiduría y el conocimiento de lo que realmente sucede en el mundo no necesariamente nos otorgará felicidad, sino que, por el contrario, puede infligirnos un gran pesar. No obstante, podemos dejar nuestra búsqueda, como nos recomiendan; no aceptarla, como le ocurrió a Yocasta; o sacrificarnos para convivir con una vida cargada de dolor, pero honesta, como Edipo, quien, alzado valeroso por su inteligencia ante la esfinge, debe condenarse a sí mismo para aplicar la justicia que prometió a su pueblo.

Escrito por Luis J. del Castillo



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