Clásicos Inolvidables (XI): El sí de las niñas, de Leandro F. Moratín

11 mayo, 2012

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En el siglo XVIII se produjo una renovación de las formas teatrales debido al movimiento ilustrado que se había introducido en la mentalidad de los pensadores y gobernantes de la época. Dentro de esta renovación surgieron dos géneros teatrales nuevos que pretendían racionalizar el teatro, considerado por los ilustrados como dañado por el uso que le habían dado los autores de los siglos anteriores. Estos géneros eran la tragedia neoclásica y la nueva comedia burguesa. Y dentro de la segunda, encontramos la popular obra maestra de Moratín, El sí de las niñas.

Imagen del teatro de la época
El movimiento ilustrado buscaba la utilidad en el arte, dividía el mundo entre lo racional y lo sentimental, o lo que es lo mismo, entre la razón y el corazón. Esta división debía concebirse como un equilibrio necesario para alcanzar la felicidad de la sociedad, es el concepto de interés que se buscaba en los proyectos de los ilustrados, quienes depositaron su confianza en la razón para llegar al bien común. Debido a esto, todo lo que perteneciera al plano del corazón debía encontrar su utilidad racional, así ocurrió con la literatura, campo al que dedicarían unas reformas profundas en busca de alcanzar un nivel didáctico: aportar conocimientos racionales a partir de una herramienta del corazón.

Para ello, acudieron a una serie de normas que garantizaran la ilusión teatral, es decir, que el espectador se identificara con la obra y aprendiera de ella a través de esa identificación. Este hecho provocaría que fuera necesaria una imitación de la naturaleza real, una verosimilitud en el argumento y en los personajes, y una serie de unidades que debían seguir unas reglas fijas.

Entre estas últimas unidades estaría el lugar, que siempre sería el mismo espacio físico, el tiempo, que debería corresponder al mismo tiempo de la duración del espectáculo, y a la acción, que debía ser coherente y estar bien cohesionada. Además, la nueva comedia burguesa, género al que pertenece El sí de las niñas, debía estar compuesto por personajes de la clase burguesa que siguieran ese estilo de vida con sus costumbres correspondientes.

Ahora bien, este nuevo estilo de hacer teatro no se consolidaría hasta finales del siglo XVIII, pues los espectadores y las compañías teatrales eran reacios a este tipo de obras que nada tenían que ver con el espectáculo que suponían las obras del siglo anterior, llenas de técnicas que servían para sorprender al público. No obstante, El sí de las niñas, representada por primera vez en 1806, aunque estaba escrita desde 1801, fue todo un éxito, suponiendo, seguramente, el mayor acontecimiento teatral de la época. 

Moratín, por Goya (1824)
Su autor, Leandro Fernández Moratín, fue un ilustrado relevante que, si bien no pasó por la universidad por la negación de su padre, enriqueció sus conocimientos gracias a varios viajes que le servirían para ganarse puestos públicos del estado español, hasta su retirada tras el fin de la invasión francesa, por haber pertenecido en su puesto de la Real Biblioteca bajo el mandato del rey José Bonaparte.

En sus obras siguió la corriente neoclásica que había surgido con la Ilustración y siguiendo las ideas de otros ilustrados, como Luzán, cuya obra La poética marca la nueva concepción ilustrada sobre la literatura basándose en la Poética de Aristóteles. Comenzó escribiendo poesía, por lo que ganaría algunos premios, también escribió algunas obras en prosa, pero es principalmente conocido por sus obras dramáticas de corte neoclásico. Quizás el tema de la obra pueda resultar poco interesante desde el punto de vista de los lectores actuales, pero sirve para conocer cómo era la situación que tanto criticaban los ilustrados en la época.

El sí de las niñas se centra en la educación de las mujeres y sobre si los padres deben casarlas o dejarlas ser independientes, pues en muchas ocasiones los matrimonios se hacían por conveniencia, casando a las hijas jóvenes con hombres maduros. Precisamente en 1776 se intentó regular este problema reforzando la autoridad paterna con una Pragmática del rey, no obstante, dejaba abierta la cuestión de qué motivos podían tener los progenitores para no permitir a los hijos casarse según quieran. Los ilustrados rechazaban los matrimonios entre mujeres jóvenes y hombres maduros por varias razones, entre ellas la falta de amor, necesaria para crear un verdadero vínculo en la pareja, y también el aumento demográfico, pues era poco frecuente que estos matrimonios consiguieran tener una gran descendencia. 

Adaptación para Estudio 1, con Carlos Larrañaga como Carlos
En esta comedia, escrita en prosa y dividida en tres actos, Moratín nos muestra la historia de don Diego, hombre cercano a los sesenta años, que pretende casarse con doña Francisca, Paquita, una joven que apenas llega a los veinte años, con el consentimiento de su madre, doña Irene. Pero Paquita, que había pasado su vida en un convento, ya está enamorada de un joven al que conoce como don Félix, que resultará ser el sobrino de Diego, don Carlos. Paquita y Carlos se mantendrán como personajes decentes, sin rebelarse a la autoridad paternal y rechazando, así, sus sentimientos por la racionalidad. 

La obra en escena
Sin embargo, será don Diego quien medie en esta situación, mostrándose como un personaje contradictorio, pero completamente racional: aunque él era quien quería casarse con Paquita, cuando descubre su romance con su sobrino, será defensor de este enlace. Esta buena imagen de Diego se entrevé en algunas partes de la obra, cuando insiste a Paquita para que le sea sincera, pero ante la presencia de su madre la joven no se expresará libremente.

Precisamente, doña Irene es el personaje más negativo de la obra, retratada como una chismosa y aprovechada, verá bien el enlace de Carlos y Paquita una vez que haya asegurado su bienestar económico gracias al enlace. Representa así a la mujer que se mueve por los intereses del corazón, campo del equilibrio al que pertenecían todas las mujeres según las teorías ilustradas de la época. Así, podemos observar que todos obtienen un final feliz, otro requisito de las comedias.

Moratín consigue en su obra maestra defender una educación sentimental, ofreciendo una visión negativa de la educación tradicional que conducía a la obediencia ciega invadida de los silencios y síes de quienes no podían negarse a que trazaran su vida.

Escrito por Luis J. del Castillo


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