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31 julio, 2017

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Vistas al mar desde el Balcón de Europa, en Nerja (Fotografía de LJ & MB)
El calor no nos impide continuar en julio con nuestra actividad cultural con cine y literatura. Continuamos con vuestra presencia con más de 11000 visitas este mes y seguimos sumando seguidores: en Blogger hemos alcanzado los 177, con cuatro más, en Twitter con 625, cuatro más que el mes anterior, y nos manteemos en nuestra página de Facebook con 175.

Nuestros dos pilares han seguido siendo el sustento de este mes: literatura y cine. En el primer campo, debemos destacar el recuerdo de nuestro colaborador Javier C. Aguilera a la poesía de Gloria Fuertes en el centenario de su nacimiento. También hemos tenido otros clásicos como Martín Fierro, de José Hernández, o La tempestad, del maestro Shakespeare, además de un ensayo tan interesante como Las armas y las letras. En el terreno cinematográfico, hemos tenido desde películas recientes como La llegada o Wonder Woman hasta algunas obras altamente recomendables de la historia del cine, como Retorno al pasado, Orca (La ballena asesina) o la animada La princesa Mononoke.

En agosto seguiremos este rumbo de cine y literatura. Esperamos que sigáis acompañándonos aún en vacaciones, porque la cultura no necesita descanso.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Compartimos con vosotros un vídeo de Jaime Altozano en el que se dedica a analizar la banda sonora de El señor de los anillos. Os invitamos a conocer su canal si os interesa el mundo de la música.


"La literatura es siempre una expedición a la verdad"
                  -Franz Kafka



Animando desde Oriente (XIII): La princesa Mononoke, de Hayao Miyazaki

30 julio, 2017

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La princesa Mononoke (1997) resume a la perfección los principales mensajes que Hayao Miyazaki (1941) ha plasmado en su cine. El trayecto lo emprende con seriedad y crudeza para ahondar en las relaciones entre el ser humano con la naturaleza, lo que también se traduce en el diálogo que el ser humano mantiene consigo mismo. Porque la reiterada separación entre civilización y barbarie no existe como una frontera insalvable; al contrario: todos contenemos ambas partes, dado que el ser humano no deja de ser también un animal de la naturaleza.

A diferencia de sus cuentos infantiles, como Mi vecino Totoro (1988) o Ponyo en el acantilado (2008), estamos ante un cuento para todos, también para los adultos, que no elude la violencia ni las consecuencias más oscuras y siniestras de nuestros actos. Es más, podríamos notar que se trata de su obra más siniestra en el aspecto de las imágenes que muestra, presente ya en el inicio con el enorme jabalí maldito. En efecto, la secuencia inicial nos introduce en la aventura con rapidez: el joven príncipe emishi Ashitaka trata de proteger su aldea combatiendo a un jabalí enloquecido. Aunque logra vencerlo, al haber sido tocado por el demonio, queda marcado con el estigma de una maldición que le acabará matando, no sin antes enloquecerlo. Emprende entonces un viaje en busca de su cura, un viaje en el que se convertirá en protagonista crucial del enfrentamiento entre el ser humano y los animales, encabezados por el espíritu del bosque.


A pesar del título, el interés de la historia no se sitúa en la princesa, a quien casi hasta el final del primer tramo no vemos en escena, pero tampoco en el supuesto protagonista, Ashitaka, sino más bien en la conjunción entre el bosque y los humanos. Precisamente, el final no cierra ninguna de las historias de los personajes humanos. Podríamos considerarlo un cierre abrupto en este sentido, pero lógico si vemos que la historia concluye cuando la mayoría de personajes protagonistas comprenden la necesaria convivencia entre ambos mundos, aunque fuera a través de un hecho traumático.

No en vano, Ashitaka es encomendado por la anciana de su tribu a observar el mundo que va a conocer sin odio ni prejuicio, sin unirse a ningún bando. Ello le valdrá tanto para encontrar el equilibrio entre humanos y naturaleza como para descubrir que no existen buenos ni malos. La historia nos es narrada desde sus ojos, sin necesidad de ser objetiva, pues también toma partido y actúa cuando es necesario, llegando incluso a ceder terreno a la maldición.


El resto de personajes se mueven en posiciones grises, incluso aunque sean adversarios. Por una parte, tenemos a la ciudad del hierro, encabezada por Lady Eboshi, representantes del progreso industrial que devasta la naturaleza para aprovechar sus recursos. Sin embargo, el retrato que Miyazaki plantea no es negativo: la ciudad está gobernada por mujeres que fueron rescatadas por Eboshi de una vida dura como prostitutas y allí conviven con enfermos rechazados socialmente. El progreso de Eboshi no se constata así solo en la destrucción de la naturaleza, sino también en el necesario avance social. Este personaje pone a su ciudad por encima de sus demás objetivos, aunque la vanidad y su poca conciencia ecológica sean el principal obstáculo para la adecuada convivencia con el bosque.


Al otro lado, tenemos a tres clanes de animales: los jabalís, que son la rama más belicosa y tozuda, los monos, que expresan su inferioridad con el deseo de alcanzar el poder del ser humano, y los lobos, cuya líder mantiene hasta el final el odio hacia Eboshi, pero que actúan con mayor cautela. A este último clan pertenece la denominada princesa Mononoke, San, una huérfana humana criada por los lobos. Así, su actitud protectora del bosque provoca el rechazo y el odio de los demás seres humanos, pero su origen también es motivo de disputa con otros animales. Junto a Eboshi, es una nueva muestra de Miyazaki de personajes femeninos fuertes y ambas serán necesarias para el futuro tanto del bosque como de la ciudad del hierro.

A lo largo de la película se nos muestran los temas típicos de su cinematografía mostrados de forma directa: ecologismo y pacifismo. El primer tema está representado por la industria de la ciudad del hierro y su guerra con los espíritus del bosque. Es coherente con lo que advertíamos al principio que encontremos como, llegando al final de la película, Miyazaki nos muestre cómo el ser humano trata de destruir aquello que consideraba peligroso sin ser consciente de que, al hacerlo, también está buscando su autodestrucción. No en vano, la maldición del jabalí y después de otros animales se asemeja al aspecto del petróleo. De la misma forma que los temas más bellos de la genial banda sonora de Joe Hisaishi acompaña a las escenas relativas a la naturaleza, las más poéticas de la película. Y  a pesar de la corrupción y la contaminación del ser humano, hay margen para la esperanza, tanto la que representan los protagonistas, Ashitaka y San, como la de aquellos que pueden rectificar sus vidas, en el caso de Lady Eboshi. No está muy alejada del sentimiento que desprendía Akira (Katsuhiro Otomo, 1988), aunque aquella nos dejaba ante un panorama más oscuro.


El segundo tema, referente al antibelicismo, se nos muestra con la crudeza de la guerra a través de desmembramientos y hasta decapitaciones, de forma que remueva al espectador y provoque su rechazo. Frente a otras cintas que tratan de glorificar la guerra, La princesa Mononoke nos muestra sus impactos más directos, de la misma forma que La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988) nos mostraba las consecuencias indirectas en el lado de los civiles. Además, no se le presta especial atención a explicarnos las razones de la guerra entre los samuráis y la ciudad del hierro, dado que no es necesario: la guerra no necesita motivos porque toda guerra es injustificable. Sobre ello volverá Miyazaki en El castillo ambulante (2004), al mostrarnos de fondo otra guerra que no explica, pero de la que nos muestra cómo afecta a los combatientes y cómo los convierte en seres inhumanos.

En definitiva, una película muy representativa de la obra de Miyazaki, que a través de la aventura épica de Ashitaka sumergida en la mitología nipona nos lega su mensaje más directo, sin dejar atrás la emoción, algunos tintes románticos y momentos humorísticos. Todo un símbolo imprescindible de la animación japonesa.

Escrito por Luis J. del Castillo



Clásicos Inolvidables (CXXXVI): Poesía de Gloria Fuertes

28 julio, 2017

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Recordamos a los amables lectores que este artículo está sujeto a derechos de autor.

No solo era el contenido de los versos, también los títulos de poemas y poemarios nos mostraban una singularidad autobiográfica, bien definida, en la poesía de Gloria Fuertes (1917-1998). Volcán no tan extinguido, pero sí isla ignorada por el océano eterno, tal y como ella misma lo sintió y plasmó, de mares para adentro, es decir, en el centro de un mar / que no me entiende (versos de Isla ignorada, poema temprano cronológicamente, pero no sentimentalmente; Obras incompletas).

Es tragedia de muchos creadores el no poder ser totalmente partícipes de dicho mar, o el sentirse inadaptados en cualquiera de las marejadas tormentosas que nos ha tocado vivir. Ahora bien, de mares para afuera, Gloria Fuertes hizo feliz a mucha gente y obtuvo un justo reconocimiento en vida.


Para la poeta, la contemplación del ser más íntimo se expresa por medio de la poesía, surgiendo a borbotones los pensamientos más reconfortantes y los más desesperados. Ambos forman parte del espíritu de la persona. Por extensión, son las sinceridades de Gloria Fuertes versos sensibles, independientemente del lenguaje evocado; el arte figurativo de aquellos conceptos o individuos que se nos escapan de entre los dedos físicos y de la imaginación, la plasmación de todo sentimiento activo, incluso, cuando nos engañan, condicionan o traicionan nuestros sentidos. Nuestros semejantes no son nunca semejantes a nosotros.

Dijo Gloria yo vivo por mi cuenta, cabra sola / que yo a ningún rebaño pertenezco (Obras incompletas, Cabra sola). O, yo no quería servir a nadie, si acaso a todos. Estudió contabilidad, biblioteconomía y hasta el dichoso inglés. Pero nadie le enseñó a vivir o a escribir. Fue autodidacta, autovividora (a ella que tanto le gustaban los juegos de palabras) y autoaprendiz. En 1961 la hallamos en la Universidad de Buchnell, Pennsylvania, y en el 72 logrando una beca de la Fundación Juan March (1880-1962). Siempre buscando su propio camino, y aferrándose a él una vez vislumbrado. A mí no hay quien me influya, sigo siendo huérfana e independiente (Obras incompletas, Prólogo). En efecto, lo fue de carácter y familiarmente; la madre fallece cuando ella apenas tiene quince años, por lo que Gloria Fuertes, haciendo honor a su apellido, se reafirma y sustancia en su naturaleza: mi “yoismo” no es egoísta, porque es un “yoismo” expansivo (ibid.).

Razones para su individuación no le faltaban, porque muchos han querido -y siguen queriendo- hacer ideológicamente suya a Gloria Fuertes. Lo de siempre. Pero ella no ha querido, siempre se resiste. Ahora, una minoría vendrá a catalogarme, a etiquetarme, a encasillarme literaria o sociológicamente; la etiqueta se me desprenderá con el sudor de mis versos, y si me encasillan, me escapo (Ibid.). Cuánta sinceridad hay en los versos de algunos poetas, y qué poco se les toma la palabra.


Los tres volúmenes que aconsejo no son, ni mucho menos, los únicos en los que puede hallarse la poesía de Gloria Fuertes. Han venido sucediéndose algunos más y cualquiera de ellos, de seguro, cubre nuestras expectativas. En concreto, me refiero a Obras incompletas (Cátedra, Letras Hispánicas, 1975-2016), con prólogo de la autora, Historia de Gloria (Cátedra, Letras Hispánicas, 1980-2011) y Mujer de verso en pecho (Cátedra, Letras Hispánicas, 1995), con un sentido recordatorio -más que prólogo- de Francisco Nieva (1924-2016). Las anteriores referencias están entresacadas del referido auto-prólogo, contenido en el primero de dichos volúmenes. Pero también en Historia de Gloria (subtitulado Amor, humor y desamor, continuación de su trayectoria vital, compartida por tantos), el novelista y ensayista Pablo González Rodas (-) hace hincapié en toda esa serie de aspectos vitales, sometidos a una continua tensión.

No en vano, aunque la autora advirtió que mi obra nunca será oscura, difícil, cerebral, intelectual… (Obras incompletas, Prólogo), Gloria Fuertes a veces encriptó sus sentimientos, no con el ánimo de hacerse la interesante, o como ella mismo reniega, la intelectual, sino para enfrentarse al dolor de la incomunicación y, a veces, de la comunicación, al aislamiento, el desarraigo y el desasosiego, tan constantes en los poetas de todo tipo de posguerras, pues parece que siempre ha de haber posguerras. Vivo sola, pero no aislada… un amor, una casa o un poema no pueden ser abstractos, especificaba quien se enorgullecía de primero sentir y luego pensar.

A los niños que fuimos y que serán, nos legó el reconocimiento de que la ciencia ficción fue -es- vuestra infancia, y será parte de nuestro futuro (Ibid.). Entre estos buenos augurios, la poesía de Gloria Fuertes surge de lo cotidiano, mientras se peina, pasea, observa la calle, escucha alguna música, en el metro… de lo cotidiano para trascenderlo, o para asirlo sin ínfulas, con humana humildad, como una amiga fiel que siempre nos cuenta cómo está. Soy alta, soy alegre, nací, escribo… son las palabras cargadas de persona con las que se inician algunos de sus poemas, comprensión dolorosa y dichosa al mismo tiempo. Una búsqueda que incluye el también personal ámbito de la espiritualidad (y de la deidad), al que dedica poemas, muchas veces, personificados en la figura de Cristo (c. 4 A.C. – c. 30 D.C.), como los de la Antología y poemas del suburbio.


Su poemario Aconsejo beber hilo (1954) incluye su célebre Autobiografía (Obras incompletas). Indagación y reconocimiento que, otras veces, nos hace partícipes de elementos más vanguardistas (surrealismo, por ejemplo), o del juego de palabras con los números (Ejercicio, Ibid.), las propias palabras, los verbos, las letras, los sonidos, las rimas, los animales, los árboles. Hasta en Poeta de guardia (poema del poemario de igual título) se hace importante la compañía de la soledad. El miedo ahoga pero no aprieta. Su visión totalizadora (e igual de difícil de alcanzar que el propio recorrido vital y terreno), es ordinaria por cotidiana y panteísta por intuición sabia. El caos diario de la existencia también se nos escapa, pese a que Dios estaba en el aire y en la lluvia (Ibid.). Como recuerda Rodas, el verdadero cristianismo lo encuentra al identificarse con la miseria y la frustración que se respira en el arrabal (Historia de Gloria, Prólogo). Y añade que la poeta mantenía una estrecha relación con Dios sin caer en el dogmatismo o el misticismo (Ibid.). A pesar de las dudas, humanas y recurrentes, es consciente de que la deidad nos dotó de libertad al nacer, y que la maldad -el mal uso de esa libertad- existe a pesar y para pesar de Dios. Ya solo creo en Cristo / en mi / y algo en tu voz, acota (Ibid.). Como nuevamente indica Rodas, la religión es algo distinto a la existencia de Dios (Ibid.).

Pero para ver el cielo se hace necesario pisar la calle o asomarse al balcón. O para disfrutar del humano espectáculo, como nos recuerda tan atenta espectadora al asegurar que mi ventana es un cine, en Ya la tarde se pasa (Obras incompletas). Por lo tanto, no reduzcamos a Gloria Fuertes, celebrémosla. También rememora Rodas, que conoció a la poeta en vida, que esta consideraba la muerte como una vuelta al lugar de antes de nacer (Historia de Gloria, Prólogo). Y hace bien en señalar el humor afín a las greguerías de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) como fuente de inspiración y de una paz que no es mi fin, sino el medio de conseguirla (Obras incompletas).

Con Gloria Fuertes persiste la poesía en su vertiente más honda, cercana y coloquial. Su necesidad de escribir es perenne, la de existir, ajena a quienes enajenan; esos espíritus oscuros que intentan destruir la luz de los luminosos (Ibid., Los Iluminados). Y frente a quienes creen conocer a un autor mejor que él mismo, Gloria Fuertes se posiciona en contra de toda utilización partidista e interesada.

Imagen de Emiliano M. Filgueira
Con viento fresco e irónico, y andarín lenguaje, en el mejor momento poético aunque no vital, transita Gloria Fuertes recordando las tareas invisibles del labrador, el albañil, el minero, la castañera; mostrando la diferencia entre el pobre y el mendigo (Obras incompletas, Otros pobres). Qué curioso y arduo es plantarse ante quienes tanto gustan, ayer y hoy, de prohibir, panes nuestros de cada día. Su poesía nos invita a alzar la voz sin aspavientos ni falsos mensajes teledirigidos. Su interés está en el niño que nació muerto, como en los que rebosan de vida. Paralelismo o binomio que se extiende a los muertos que están vivos, mientras los vivos permanecemos muertos (Ibid., Están vivos, Voces me llaman, Año Nuevo, Es más cómodo estar muerto, El ciprés del cementerio, etc.). En suma, tanto vivo en el metro va de cuerpo presente… (Ibid., Ciudad, fin de jornada). Esto es, de nuevo paseando entre la eternidad de lo pasajero y cotidiano, maldiciendo la injusticia e indagando en lo inasible. En una mano, una Oración para ir tirando y una Carta al Señor Dios (Ibid.); y en la otra, por qué no, un Como os decía, una humana afiliación, un camello a guisa de auto de los Reyes Magos, la evocación de los primeros hombres en el espacio… y el deseo de llegar a ser sobrenatural: la felicidad no te la hace ningún terrestre / solo algo desconocido o tú mismo / que si consigues hacerte feliz, pasas a sobrenatural (Ibid.).

Para saber cómo y quién era la persona que habitaba en Gloria Fuertes basta leer su excelente poema Geografía humana, o La huéspeda (ambos en Obras incompletas). O Desajuste en el desgaste (Ibid.), o el poema que da título al poemario Cómo atar los bigotes del tigre (1969), o tantos otros. Cada instante queda reflejado en un poema, cada poema es el reflejo de la necesidad de dejar plasmada una plenitud y una pesadumbre.

Gloria con los niños
Siempre me han gustado los poemas con fecha, no sé por qué, y lo que sigue ahora es mera especulación por mi parte, pero diría, sin apostarme nada, pues no es mi costumbre, que el poema titulado 1979 (en Mujer de verso en pecho), por el cual Gloria Fuertes establece la metáfora de la luna como una nave espacial, bien pudo sentirlo nuestra autora después de ver, sola en casa, uno de los inolvidables programas de Más allá presentados y dirigidos por Fernando Jiménez del Oso (1941-2005). Concretamente, el dedicado a las distintas teorías sobre el origen de la luna (emitido ese mismo 1979). Perdonen la acotación, esto son cosas mías. Las de Gloria Fuertes fueron unos poemas más sentidos que resentidos, más heridos que repensados. La soledad como única inspiradora y compañera. Tan perspicaz fue, que incluso se dio cuenta de que no todo es hacer una poesía para el pueblo, sino un pueblo para la poesía (En Historia de Gloria, Introducción).

Escrito por Javier C. Aguilera


Orca (La ballena asesina), de Michael Anderson

25 julio, 2017

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Dicen que los elefantes pueden recordar. Así lo sugirió la estupenda Agatha Christie (1890-1976) en una de sus últimas novelas destinadas al célebre Hércules Poirot. Una característica que, igualmente, podemos atribuir a las orcas; al menos, a las de este relato confeccionado por Luciano Vincenzoni (1926-2013) y Sergio Donati (1933; parece que con alguna aportación de Robert Towne [1934]), dirigido por el errabundo pero eficaz Michael Anderson (1920).

Con la voz de la soprano Edda De’ll Orso (1935) y la música de Ennio Morricone (1928), una pareja de ballenas de esta especie retoza en mar abierto y ejecuta un baile ritual, tal vez una danza ancestral. El inicio de Orca (Ídem, Famous Films-Universal, 1977) no puede ser más antitético que el de Tiburón (Jaws, 1975), por mucho que prevalezcan algunos puntos heredados de la obra de Steven Spielberg (1946). Precisamente, lo que destaca en esta modesta pero efectiva Orca es la incidencia en el aspecto humano del mamífero coprotagonista. Hasta la inevitable aparición de un tiburón bajo las aguas, que amenaza a una submarinista, se tiñe de suspense más que de muerte, a pesar de la cerril actuación de un idiota que se ha caído al agua, en palabras del capitán Nolan (un entregado Richard Harris). El caso es que el torpón Ken (Robert Carradine), que así se llama el imprudente, es salvado por la propia orca de las fauces del tiburón. Su compañera en las labores de buceo es la doctora Raquel Bedford (la magnética Charlotte Rampling), que nos pone al corriente en una de sus conferencias acerca de la facultad amistosa y dócil de dicha especie, en muchos sentidos, mejor que algunos seres humanos (aunque más valdría decir que equiparable a estos).


Es bonito el plano lateral que muestra todo el entorno costero de Terranova (en concreto, del pueblo ficticio de South Harbor, en Canadá). Esta localidad será parte integral de un escenario que nunca deja de ser oceánico. El capitán irlandés Nolan forma parte de dicho paisaje, a pesar de sentirse desubicado (más de la tierra que del mar).

Por su parte, la doctora se sorprende de que alguien acostumbrado a la mar sepa tan poco de los animales que lo habitan. Algunas de sus reflexiones puntean y resumen la narración (no estoy seguro de si en sustitución de algunas escenas, sacrificadas para dotar de mayor agilidad al montaje; el caso es que sus tres intervenciones en off no desentonan del conjunto). Insiste Raquel en que algunos marineros solo muestran interés por los cetáceos bien para matarlos, bien para encerrarlos. Sin embargo, se siente intrigada por esta mezcla de ignorancia y necesidad de saber de las que hace gala Nolan, después de su crudo encuentro con la ballena. El hecho es que el personaje queda bien caracterizado cuando admite desconocer lo que es la monogamia (de las orcas y en general). No en balde, las ballenas parecen comunicarse más y mejor que muchos de los protagonistas, sobre todo, a lo largo del primer tercio de la película.


Pues bien, tal y como advirtió Raquel, la captura de una orca se convierte para Nolan en una imprevista y no deseada -esto es cierto- carnicería. Hasta el punto de advertir el capitán que la ballena grita como un ser humano. A lo largo de todo el relato, serán cruciales para el personaje las preguntas que se va haciendo, a los demás o a sí mismo. Tales como si puede pecarse contra un animal o qué es lo que este estará tramando.

La caza proporciona, sin duda, imágenes aterradoras, como la de la orca herida que trata de poner fin a su vida precipitándose contra las hélices del barco de Nolan (siendo esta la primera vez que tal intento de inmolación acontece en la película; la segunda, será justo al final). Una captura que se complica con la inesperada muerte de su cría. Así, el macho superviviente se lanza a una metódica y calculada represalia, cuyo principal objetivo es el capitán (exactamente igual que si de un ser humano se tratara).

Es este un aspecto que desconcierta pero fascina a la oceanógrafa, que decide formar parte de la tripulación de Nolan cuando, tras la muerte de varios tripulantes y amigos, como el veterano Gus Novak (Keenan Wynn), el irlandés es emplazado por la propia ballena para batirse en mar abierto. Ningún ser humano alcanza a explicarse la (des)proporción de esta pasión turbia y primitiva de la venganza en el animal.

De este modo, tanto Nolan como Raquel aprenderán, irremisiblemente y sobre la marcha, unas lecciones importantes para cada uno. En el caso de Nolan, a ponerse en la piel “del otro”. A este respecto, Anderson inserta un plano en flashback de la vida del capitán, antes de que este haga referencia a su significado, que es la pérdida de su esposa e hijo en un accidente de tráfico. Algo que lo equipara con su víctima.


Tras la frustrada captura, la orca macho comienza por recuperar a su compañera del barco de Nolan, arrastrando a la hembra hasta vararla; por lo que el ritual con el que se abría la película se extiende hasta un populoso cortejo fúnebre, incluso, hasta el enfrentamiento final, por el cual solo puede quedar uno de los contendientes (o ninguno). Un devenir argumental que ilustra la partitura del citado Morricone (Legend, CD 10), que oscila entre lo sangrante (con sonidos hirientes), lo elegíaco y lo evocador. Con acierto, Michael Anderson no escatima tales imágenes, de igual modo que evita alargar la película de forma innecesaria, como tan mecánica y fastidiosamente sucede hoy en día.

En Nolan, la sorpresa ante el descubrimiento de la naturaleza animal (lo que incluye su inteligencia y pesar) es genuina. Hasta el punto de cuestionarse (aún sin exteriorizar la duda) la presumible diferencia entre ambas especies de mamíferos. Realmente, es este el tema vertebrador de Orca (apodada, no muy atinadamente -o tal vez irónicamente-, The Killer Whale, en español la ballena asesina). Como una fatídica advertencia, el cadáver varado de la ballena es el preludio de una serie de ataques precisos de la orca superviviente: a los barcos de los marineros que se hayan en el interior de la rada (excepto el de Nolan), a un oleoducto, que provoca una explosión pavorosa, a la casa de Nolan y, finalmente, a su barco, entre los hielos del Atlántico. La herida en la aleta identifica al animal en todo momento, al tiempo que el rostro del capitán se reviste de pesadumbre y fatalismo.


Como una constatación de esa rotura o, cuando menos, alteración del orden natural de las cosas, los personajes se están encarando continuamente a lo largo de toda la película: Nolan con Raquel, con su ayudante Paul (Peter Hooten), con el representante de los marineros Al Swain (Scott Walker), con el maestro de escuela indígena Jaco Umilak (Will Sampson) y, por supuesto, con la propia orca (la única excepción es la apacible ayudante Annie [Bo Derek]). La muerte de su esposa e hijo tiene, como ya he señalado, su correspondencia en la desgracia de la ballena, de igual modo que Umiliak, que formará parte de la tripulación última, establece un eslabón entre sus antepasados indios y la ciencia, entre los vivos y los muertos. Si como recuerda Nolan, el buen pescador prefiere morir en la mar, la mar nos recuerda que puede hacer cumplir todas sus admoniciones.

Escrito por Javier C. Aguilera


La llegada, de Denis Villeneuve

23 julio, 2017

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Un adjetivo recurrente en los análisis positivos de una película o un libro es el de "redondo", que nos sirve para referirnos a que una historia está bien construida, bien estructurada y, en definitiva, que su realización está cerrada y conectada en todo su desarrollo con verosimilitud y lógica. Es decir, que todos los elementos hayan resultado coherentes desde el principio hasta el final, incluso que gracias a los acontecimientos finales comprendamos de manera definitiva aquello que quizás no habíamos entendido al principio. Cuando nos encontramos con una película con estas cualidades, nos complace, nos satisface contemplar cómo las piezas no solo han caído otorgándonos un buen dibujo definitivo, sino que todas esas piezas han estado ahí presentes siempre y han logrado su sentido cuando decidimos alejarnos de ellas. Por ello, seguramente este adjetivo case a la perfección con La llegada (Arrival, 2016).

Esta película fue dirigida por el canadiense Denis Villeneuve (1967), cuya carrera ha ido en ascenso, incluyendo una nominación al Óscar por película de habla no inglesa en 2011 y su debut en Hollywood con Prisoners (2013). Pronto también lo veremos tras la dirección de la secuela de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Blade Runner 2049 (2017).

Denis Villeneuve (derecha) dirigiendo a Amy Adams durante el rodaje
El argumento adapta el relato del escritor Ted Chiang (1967), Story of your life, trasladándonos a la vida de una lingüista especialista, la doctora Louise Banks (Amy Adams), a partir de dos acontecimientos relevantes, uno personal, la muerte de su hija Hannah, y otro internacional, la llegada de naves extraterrestres a la Tierra. Precisamente, sobre esta venida versa la mayor parte de la película, pero siempre desde el punto de vista de la protagonista. A diferencia de otras ocasiones, esta historia de ciencia ficción obvia los golpes efectistas para detenerse en una problemática más evidente: la diferencia no solo de lenguaje, sino de sistema de comunicación. Con una discusión imperante entre las ciencias y las letras, observaremos el valor de la lingüística para lograr un entendimiento con estos seres, la importancia del método de comunicación y cómo tan solo mediante esta investigación se puede lograr conocer la razón de esta misteriosa visita.

A partir de aquí podemos señalar tres aspectos relevantes en la película, dos relativos al enfoque y al desarrollo y un tercero ausente, aunque importante. En el primero situamos los presupuestos científicos o lingüísticos que sustentan la ciencia ficción de la película, como la hipótesis Sapir-Whorf. Debemos advertir que en este caso estamos ante una historia que en su primera mitad nos embarca en una trama de contacto con extraterrestres de forma seria y rigurosa con las hipótesis de las que parten. Así pues, no estamos ante una fantasía como pudiera ser Star Wars. No obstante, cabe destacar que toda esa ciencia se emplea como fondo para contarnos otra historia, como veremos en el tercer aspecto a comentar. No se aleja así de otras propuestas que emplean la ciencia ficción para referirse a cuestiones relativas al ser humano. En realidad, ya lo hemos advertido en muchas ocasiones: detrás de esos relatos, se encuentran reflexiones profundas sobre nuestra humanidad.


El segundo aspecto es el personaje protagonista, la doctora Louise. Siempre la seguimos: es nuestro foco de interés y a través de ella descubrimos esta historia. Aunque pudiera aparentar ser la historia de una llegada extraterrestre, en realidad, es su historia. Por ello, aunque en las primeras escenas con los extraterrestres se nos planteen secuencias cercanas al terror, este solo remite al miedo a lo desconocido, a los nervios que también influyen en la protagonista cuando va a conocer a estos peculiares seres. Incluso la música apoya esa sensación y solo logra esa tensión cuando la protagonista está cerca de la nave, una nave que incluso se ha ocultado hasta cierta parte del metraje, hasta que Louise ha decidido contemplarla. Junto a este contacto, encontramos fragmentos de su vida con su hija, una relación contada con ternura y tono trágico, y cuya importancia comprenderemos hacia el final de la película.

Así, tenemos una mezcla de géneros diversos: la ciencia ficción y la tragedia que narrada de otra forma podría considerarse materia típica de telefilm, la historia de amor de una madre hacia una hija con final dramático, pero que se afronta aquí desde otra mirada. En efecto, es una historia típica, pero narrada y envuelta desde la perspectiva de la ciencia ficción. Su resolución no es precipitada ni es fruto de un deus ex machina, sino que se nota presente desde sus inicios. A diferencia de otras películas que introducen un giro argumental para sorprender al espectador, La llegada ha sembrado todo su desarrollo de escenas que sustentan ese peculiar giro. Es más, ese cambio de rumbo argumental es también un cambio en la manera en que entendemos la película estructural y formalmente. 


Ahora bien, a pesar de nuestros halagos, la película tiene carencias. Por una parte, la mayoría de personajes son demasiado esquemáticos y estereotípicos, tanto en el caso de los soldados americanos que con un par de escenas obtienen toda su justificación para intentar atacar a los extraterrestres como en el terreno diplomático, tratado de una forma algo burda y representado esencialmente por un general chino. Podemos entender que Louise, al ser el centro de atención, desvía el desarrollo de los demás personajes secundarios, como es el caso de su compañero Ian Donnelly (Jeremy Renner), pero ello no debe hacernos caer en una motivación poco construida o lógica. Por otra, puede sentirse que el mensaje central es poco serio y no tiene mayor calado que otras ideas que se han observado en el desarrollo de la película. No obstante, más allá de estar de acuerdo o no con ese mensaje, lo acertado de La llegada es la forma de transmitirlo y, en parte, de engañarnos.

El tercer aspecto que mencionábamos es el otro lado de la ciencia ficción, aquel que incumbe a la posición de la humanidad. Lo cierto es que no podemos considerar La llegada como una obra cuyo eje central sea la ciencia ficción, en tanto que más bien la emplea para otro objetivo. Cuando llega el momento de asimilar o de enfrentarse a las grandes cuestiones que plantearía el descubrimiento que se realiza durante la historia, la película las omite. Por ejemplo, la cuestión del determinismo o la percepción del tiempo. Pero no lo hace de forma inconsciente, sino que simplemente no es el propósito de la película. Por ello, podemos decir, como advertíamos al principio, que es una película redonda, pero no necesariamente perfecta, especialmente según el prisma que pongamos sobre ella. En este sentido, está muy lejos de la seriedad que han alcanzado otras obras en torno a la ciencia ficción, pero juega muy bien sus cartas y pone presupuestos o teorías científicas y filosóficas al servicio de la trama.


En definitiva, estamos ante una película que propone un dilema afrontado con gran calidad técnica y un acertado desarrollo argumental, que enfoca tal situación desde la perspectiva de una protagonista sobre la que pendula siempre la historia y que engarza todos sus elementos para alcanzar un culmen lógico, sin dejar atrás la ciencia ficción, aunque pueda llegar a decepcionar por desviarse de ese terreno. En resumen, una propuesta delicada y humana en medio del espectáculo atronador y efectista.


Para el sábado noche (LXIII): Retorno al pasado, de Jacques Tourneur

20 julio, 2017

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Versátil y eficaz en cada ocasión, el realizador Jacques Tourneur (1904-1977) demostró su pericia y creatividad abordando todo tipo de relatos. Su género cinematográfico por excelencia fue el de su propia personalidad. De este modo, en la pieza maestra del cine negro Retorno al pasado (Out of the Past, RKO, 1947), todo el turbio entramado de mentiras y traiciones que afecta a los personajes principales y secundarios es visualizado por Tourneur de un modo exclusivamente fílmico, combinándolos y oprimiéndolos en un único plano (una sola realidad).

El título original de la película, basada en una novela del también adaptador Daniel Mainwaring (alias Geoffrey Homes [1902-1977]), llamada Build My Gallows High (-), hace referencia a una emergencia del pasado, que se vuelve a manifestar en el presente, lo que se puede complementar con la traducción de dicho título al español, por el que el principal protagonista, el ex detective con gabardina Jeff Bailey (un estupendo Robert Mitchum), regresa a su pasado en el primer tercio de la película. 

Pero señalábamos la caligrafía cinematográfica de la historia. En ella, resulta fundamental la labor fotográfica del operador Nicholas Musuraca (1892-1975), capaz de combinar tanto la buena disposición de algunos de los personajes, como la desorientación moral del resto, por medio de la enorme cantidad de matices que sabe extraer de la fotografía en blanco y negro; gracias, además, a la construcción espacial facilitada por Tourneur (esa disposición de los personajes es tanto moral como visual). Y por qué no, a ello también ayuda la climática aportación del habitual compositor del estudio, Roy Webb (1888-1982). En definitiva, un elenco artístico y técnico capaz de escapar del convencionalismo para seguir ofreciendo, hoy en día, una película de sólida factura formal y acusada brillantez verbal y argumental.


Al pueblo de Bridge Post, en las cercanías del lago Tahoe (entre California y Nevada, EEUU), llega un forastero, no sobre un caballo, sino a lomos de un vehículo a motor, preguntando por el paradero de alguien llamado Jeff Bailey, un gasolinero de la localidad. Será la primera vez, no en un tiempo histórico pero sí narrativo, que este personaje trate de localizar al referido Bailey. Al poco rato, el visitante se entera de que el ex detective le ha quitado la novia a un lugareño, aunque la narración nos muestra que, a pesar de las habladurías, el compromiso entre Jeff y Ann Miller (Virginia Huston), que a tal nombre responde la muchacha, es firme.

Es este un entorno apacible pero inestable, habida cuenta de que Bailey se halla atrapado por su pasado. En resumen, el forastero es Joe Stefanos (Paul Valentine), un viejo conocido de Jeff (que realmente se apellida Markham), a sueldo del empresario ecuestre y niño rico, Whit Sterling (Kirk Douglas).

Bailey se verá entonces éticamente obligado a contar a su compañera el porqué de toda esta situación, y qué es lo que les aguarda. Desde su presente histórico, Jeff vuelve a la vida un tortuoso pasado para prometerse un futuro de apariencia más feliz, pero con todo el carácter esquivo de dicha felicidad. Sin embargo, para poder liberarse de ese ayer y poder emprender un mañana juntos, habrá de poner fin a un asunto anterior, que quedó sin resolver. He estado en demasiados sitios, le confiesa Jeff a Ann. En este sentido, la chica es plenamente consciente de los secretos que acompañan a su enamorado, incluso antes de conocerlos, aunque no por ello deja de ofrendarle su confianza; de todos los personajes que desfilan por Retorno al pasado, el de Ann es uno de los más nobles (hay otro, como veremos), e igual de firme y decidido que el resto.


Realmente, ¿se puede escapar al destino? Jeff pone en antecedentes a Ann acerca de cómo hubo de encargarse de la localización de una mujer llamada Kathleen Moffat (Jane Greer), que huyó con cuarenta mil dólares de Sterling, ¡después de dispararle! (si bien, fallando la puntería). La estratagema de esta femme fatale consiste en hacerse querer, desear, compadecer, y hasta de rogar, con ánimo de salir indemne de cada una de las molestas situaciones con su dinero. Jeff no tarda en sentirse traicionado, y aquí es donde la narración se ubica nuevamente en el presente. A partir de este momento, la reaparición de Joe, Sterling y la propia Kathy pondrán a prueba la capacidad del detective de escapar de dicho pasado; en tanto que Kathy, aunque pretenda lo contrario, trata de escabullirse de todo asomo de atadura, compromiso y generalidad (que la despersonalice).

Por su parte, para poder asir ese huidizo futuro con tan interesada e interesante dama, Bailey -o Markham- fue capaz de trasladar su oficina de Nueva York a Los Ángeles. Razón por la que, ya en este primer flashback, Jeff se topa con su pasado en forma de un antiguo socio, Jack Fisher (Steve Brodie). Solventada esta eventualidad, la narración habrá de resolverse, como queda dicho, en el presente. El nuevo encargo propuesto por Sterling consiste en recuperar unos documentos contables onerosos para él. Para ello contará Jeff con la complicidad de la secretaria del tipo que los ha sustraído, Meta Carson (Rhonda Fleming). Adelantándose a las posibles derivadas, que Jeff Bailey ha intuido hábilmente, será esta la segunda vez que Joe pregunte por su paradero (esta vez, a Kathy).


Por primera vez, el redivivo detective toma la delantera y recupera los documentos, aunque todos los demás crean llevar las riendas. No obstante, es acusado de un doble asesinato que no ha cometido. Aún estando así las cosas, el investigador privado no pierde dicha delantera, al ser él mismo quien decida el final que tendrá (casi) todo… Su ayudante en el negocio de la estación de servicio es un joven sordomudo (Dickie Moore), que le echará una mano, no solo con la gasolinera, sino librándole de una muerte segura. Es el segundo personaje positivo de la película. Ahora bien, respecto a la espléndida resolución de la misma, caben dos interpretaciones. O bien miente el muchacho a Ann, a sabiendas, o bien cree decirle la verdad. Es decir, queda en entredicho hasta qué punto es el chico consciente de que, en efecto, Jeff emprendía una huida forzosa con Kathy, o si, por el contrario, supone que esta era voluntaria, como parecen confirmar las apariencias.

Personalmente, la mentira piadosa me parece todo lo romántica y bienintencionada que se quiera, pero altamente improbable. Cabe la posibilidad de que con ello quiera el muchacho (del que desconocemos su nombre) permitir a Ann rehacer su vida, dada la evidencia de la fuga en común entre Jeff y Kathy, pero de este modo, si la joven cree que Jeff la ha traicionado, resulta poco creíble que pueda comenzar otra vida como si tal cosa. El pasado también es un componente vital para este personaje, y acabaría por resurgir. Por eso, si atendemos a la posibilidad de un malentendido entre ambos supervivientes, el final resulta mucho más desolador. En cualquier caso, el encontronazo con el destino (que no la casualidad) semeja ser algo funestamente establecido.


De ese hado tiene Jeff consciencia, aún de forma inconsciente, en casi todo momento de su pasado. Ello no puede quedar mejor reflejado que en las reflexiones de las que nos hace partícipes, por medio del clásico recurso de la voz en off. Con ella nos advierte de lo fútil y atávico de su actuación, cuando estando en Acapulco, sabe que Katy no va a comparecer cuando él lo desea, y mucho menos, dejarle bien parado. Pese a lo cual, Jeff Bailey acaba cediendo, no ya a la fatalidad de dicho destino, sino a su inevitabilidad, tratando de amarrar una ilusión de pareja que no se puede sostener.

Escrito por Javier C. Aguilera


Las armas y las letras, de Andrés Trapiello

18 julio, 2017

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La Guerra Civil Española ha sido el acontecimiento contemporáneo que más ha afectado a nuestro país, tanto que sus efectos, sus hechos concretos y sus consecuencias siguen influyendo en nuestra realidad actual, siguen suponiendo debates en todas nuestras tribunas, o en todos nuestros bares, y su sombra pende siempre sobre la discusión ideológica de lo que debería ser la sociedad o de lo que debería hacerse con las heridas, cicatrizadas o no, de esa época. No vamos a debatir sobre todo ello ni sobre las posturas ideológicas, sino sobre la literatura, la literatura que vive en una guerra, la literatura que suele dejar de ser literatura para convertirse en propaganda. O que ve morirse sus esperanzas de distanciarse de la política.

El ensayo de Andrés Trapiello (1953), Las armas y las letras (1994, revisado y ampliado en 2010), trata de contarnos esa intrahistoria de los literatos en los años anteriores, durante y posteriores a la guerra civil, mostrándonos sus vivencias, sus decisiones, sus textos y, sobre todo, sus acciones. Esta cercanía a los hechos, basándose, como debe hacerse, en el testimonio escrito y oral de los propios protagonistas o de testigos, nos sorprende por el rompecabezas algo confuso de esos relevantes tres años, aún más enmarañado por los olvidos oportunos y oportunistas.

La postura que adopta Trapiello es la de una visión descriptiva y crítica. Es decir, frente a la visión más generalizadora y maniquea que se ha extendido, Trapiello nos proporciona una lupa para observar que no hablamos de personajes vacíos, sino de personas de carne y hueso, de seres que vivieron y padecieron una guerra, y que actuaron como solo el ser humano puede actuar: con una gran inestabilidad y siempre dependiendo del carácter individual de cada uno. Para ello, a una narración dividida en capítulos dedicados a distintos aspectos, como el preámbulo de la guerra, las revistas literarias o sendos apartados dedicados a los escritores catalanes y gallegos, añade su opinión subjetiva, pero una opinión siempre basada en los hechos recopilados desde fuentes primarias. Es decir, a partir de documentos oficiales o testimonios tanto de los protagonistas como de testigos de aquella época, mostrando a su vez, y cuando las hubiera, las incongruencias entre los relatos que una misma persona ha aportado de un hecho a lo largo de su vida. En este sentido, como debe hacerse, el autor expone para que el lector deduzca.

No obstante, dado el tipo de texto, también se expresa de forma personal, con un estilo literario exquisito y apasionado, difícilmente rebatible. Sirvan de ejemplo las narraciones dedicadas a ciertos episodios concretos, como el asesinato de García Lorca (1898-1936), donde no dudará en comentar su posible amistad con José Antonio Primo de Rivera (1903-1936), sin darle más importancia de la que tiene, o señalará el punto débil del arrepentido Luis Rosales (1910-1992), poeta granadino siempre marcado por su cercanía a los hechos, también el célebre enfrentamiento entre Millán-Astray y Unamuno (1864-1936) en el Paraninfo, la desdicha de Miguel Hernández (1910-1942) en su terrible huida, el asesinato de Andrés Nin (1892-1937), las peripecias del diplomático chileno Morla Lynch (1888-1969) o el último capítulo dedicado a la figura de Azaña (1880-1940). Destacamos también el que se dedica a los escritores extranjeros. Y en todo este recorrido, tiene tiempo para censurar la actitud de ciertos historiadores que imponen su visión doctrinal a los hechos, escogiendo entre los que consideran válidos o no según su conveniencia, personal o ideológica.

Unamuno abandona el Paraninfo increpado (Salamanca, 1936)
En realidad, nos movemos sobre una época resbaladiza. Si la llegada de la República había sido bien acogida por prácticamente todos los intelectuales en 1931, lo cierto es que su evolución no convenció a muchos. Por ello, cuando estalló la guerra, encontramos tres posturas: los que creyeron que el alzamiento militar era favorable y apoyaron el golpe, los que consideraron que debían mantenerse fieles a la República y los que no se decantaron por ninguno de los dos, aunque por el carácter radical que acabaron teniendo ambos lados, tuvieron que escoger rápido entre un bando o el exilio (caso de Clara Campoamor [1888-1972], que vería ambos extremos como nocivos para el futuro, fuera cual fuera el vencedor). Como Trapiello nos señala, gran parte de nuestros intelectuales abandonaron el país durante la guerra, no al final. No hay que olvidar que el ambiente estaba ya caldeado de uno y otro lado. Ante la victoria de las izquierdas en 1936 se alzó el ejército con tendencia de derechas, pero no mucho antes podemos ver al socialista Largo Caballero (1869-1946) escribiendo que si ganan las derechas, tendremos que ir a la guerra civil, como recoge el ensayo (pág. 29).

En medio de este panorama, no faltaron quienes cambiaron su ideología por haber caído en territorio del bando contrario, intentando bien sobrevivir, bien acomodarse; en esta última opción destacan aquellos que se sintieron cómodos en el terreno de la propaganda. Distintas formas de adaptarse a la situación, no necesariamente coherentes. A fin de cuentas, muchos autores ya mayores en esta época habían sido anarquistas en su juventud y acabaron adscribiéndose al bando nacional. De la misma forma que muchos olvidaron el valor de la literatura per se para acogerse a la pura propaganda, convirtiendo la mayoría de textos en escritos circunstanciales que perdieron su valor al momento de ser escritos. Por supuesto, hay excepciones que el autor contempla y apunta. Igual que muchos nombres borrados por la ideología, como los libros que se quemaron en ambos bandos. Al final, como veremos, importan las personas, como reflejaría Ayala (1906-2009) en La cabeza del cordero (1949).

Revistas publicadas durante la guerra civil en sendos bandos
En su novela Ayer no más (2012), Trapiello comentaba a través de la voz de un historiador ficticio que resultaba curioso constatar como nadie había sido capaz de confesar o admitir que había disparado en la guerra civil, como si acaso los muertos hubieran caído fulminados mientras todos los demás, inocentes, no hacían nada. Sin embargo, como bien sabemos, no solo hubo disparos, sino también el deseo constatado de acabar con el otro bando, en un ejercicio de odio en el que no importaba el pasado común ni la humanidad o la identidad de las personas reales, físicas, tangibles, que componían el bando enemigo. En efecto, era una guerra, una guerra en la que encontramos actos viles, cobardes, vengativos o brutales sin importar el lado, sino las personas concretas que los realizasen. De la misma forma que hubo honradez y bondad. Y arrepentimiento. Aunque, reiteramos, no en todos los casos.

Así pues, si el alzamiento militar condujo al ejército y a sus adhesiones a cometer crímenes atroces que, debido a la posterior dictadura, han quedado terriblemente impunes y con tantos muertos sin identificar, abandonados en cunetas y sin ser devueltos a sus familias, ello no omite las matanzas y paseos del lado republicano (en ellos fueron asesinados, por ejemplo, Ramiro de Maeztu [1874-1936] y Pedro Muñoz Seca [1879-1936]). Es más, no tiene ningún sentido que quienes estaban auxiliados por la defensa del estado democrático llevaran a cabo ejecuciones contra quienes pensaban de forma distinta. No hablamos ya de derechas o izquierdas, sino de propias facciones de la misma ideología, caso del POUM y del asesinato de Andrés Nin. En cierta forma, estas divisiones internas fueron seguramente uno de los motivos de la fragmentación y el desorden republicano y, por tanto, de su posterior derrota. Como apuntó Simone Weil (1909-1943) y recoge Trapiello: Los nuestros han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice. Se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad absolutamente contrarios al ideal libertario. [...] Tan pronto como los hombres saben que pueden matar sin temor a represalias, empiezan a matar, o al menos, animan a los asesinos con sonrisas de aprobación (pág. 368-369).

Milicianos republicanos tras una ejecución en Casa de Campo (Madrid, 1936)
Así, desde la vista actual, igual de deleznable resultan la alegría de Dalí (1904-1989) al enterarse de la muerte de García Lorca que la actitud de Neruda (1904-1973) durante todo el conflicto. Como sucede con las palabras de la revista del bando nacional Jerarquía, donde se le decía al camarada lo siguiente: Tienes obligación de perseguir el judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas, o con las que se pueden leer en la sección ¡A paseo! de la revista republicana El Mono Azul dirigida por Bergamín (1895-1983) a través de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para Defensa de la Cultura, de la que Juan Ramón Jiménez (1881-1951) comentaría que él no aceptaría vivir en ella dado que la mitad por lo menos de refujiados [sic] eran conocidos fascistas, lo que nos recuerda lo que ya comentábamos de la curiosa adaptación ideológica de muchos intelectuales. En esa sección que referíamos se ponía la diana sobre los considerados traidores, como Unamuno, D'Ors (1881-1954), Eugenio Montes (1900-1982), Giménez Caballero (1899-1988) o Sánchez Mazas (1894-1966), algunos de los cuales habían sido, hasta hacía unos meses, íntimos amigos de componentes de esa misma Alianza. La misma actitud de algunos escritores del lado franquista en sus respectivas revistas. Ninguno de estos medios pareció arrepentirse nunca, quizás porque todos se sintieron propietarios de la verdad. De una verdad inhumana y ruin.

Igual de aborrecible que encontrar a autores que considerasen de forma positiva los años de la guerra, recordándolos como unos maravillosos años, como acaso hicieran Rafael Alberti (1902-1999) o María Teresa León (1903-1988), sin caer en la cuenta de que fueron los mismos años que arrasaron su país, los llevó al exilio y acabó con la vida de tantos y tantos intelectuales, amigos o conocidos entre sí. Por otra parte, Trapiello no ahorra en mostrar y comentar los testimonios de diversos autores sobre un mismo hecho, mostrándonos la opinión compartida de varios o señalando a quienes disentían. Por ejemplo, así seremos testigos de la mala fortuna de Miguel Hernández en su huida, incluyendo el abandono o la falta de insistencia de algunos camaradas que luego lamentarían su triste pérdida en la cárcel; de nuevo, el matrimonio Alberti-León. De la misma forma que otros consiguieron presionar al gobierno franquismo para impedir que se llevara a cabo la sentencia a muerte, a pesar de no coincidir con la ideología del poeta de Orihuela o de que este acabara falleciendo lamentablemente aún preso en 1942.

Alberti durante un mitin en la guerra civil
Otros tantos hechos que suelen omitirse u obviarse se acumulan en este ensayo. Entre varios ejemplos, podemos señalar el trato despectivo que recibió Unamuno hasta que se conocieron los hechos acontecidos en el Paraninfo. También el exilio previo al fin de la guerra al que se sometieron varios intelectuales con el fin de evitar tanto proclamarse de un bando como de otro. O bien al contemplar el cariz de los acontecimientos en el territorio republicano, no tanto ante la posibilidad de derrota, sino más bien por desaliento ante el comportamiento de las autoridades, como sucedió con Juan Ramón Jiménez o la ya referida Clara Campoamor. O incluso el triste reencuentro entre los hermanos Machado, ya fallecido Antonio (1875-1939) junto a su madre, en Colliure. A fin de cuentas, entre ambos hermanos hubo más bien mala suerte antes que cruciales diferencias ideológicas.

Todo ello nos da una muestra de la actitud tan diferente entre las individualidades, quitando importancia al bando para dárselo a la persona concreta. Así veremos cómo escritores propagandísticos arengan desde la comodidad de la embajada sin pisar el frente o no duda en usurpar una propiedad y tenerla como propia frente a actitudes más honestas y honradas, como Antonio Machado, quien no dudó en dormir en el suelo antes que en la cama de quien había sido asesinado con brutal belicosidad, o visitar el frente y alentar a las tropas sin necesidad de prodigarse en fotografías frívolas, como el caso de Hernández.

Miguel Hernández junto a Josefina Manresa (Jaén, 1937)
Las armas y las letras no es un ensayo sencillo dado que obliga al lector a permanecer atento, a entender todo un cruce de nombres tanto relevantes y conocidos por todos, como aquellos restringidos a expertos o borrados por el paso del tiempo o por el barniz ideológico de uno u otro lado. No se olvida Trapiello de encomendarnos a todos esos testimonios escritos, recordándonos títulos en muchas ocasiones descatalogados o interesamente olvidados. En esta reseña hemos mencionado los nombres más conocidos, pero pueblan el libro muchas historias que aquí no cabían y que merece la pena que no caigan en el olvido.

Gracias a todo ello, el sello que deja en el lector es importante: existieron personas detrás de los nombres, individualidades dentro de los conglomerados ideológicos que nos suelen vender, de la misma forma que hubo buenas personas que no escribieron buenos libros y gente despreciable que ha cautivado a lectores por todo el mundo. Nada nuevo que conocer sobre la humanidad, pero muchos detalles que conocer sobre aquel período bélico, sobre el fratricidio donde muchos se vendieron al radicalismo totalitario de una ideología, fuera cual fuera el bando, y donde intentaron sobrevivir la dignidad y el coraje de muchos otros para reconstruirnos, ya fuera en estas fronteras o en el exilio.


Otros mundos (XXI): El misterio del Triángulo de las Bermudas (Solucionado), de Lawrence David Kusche

15 julio, 2017

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Barcos de la era del vapor o recientes cargueros de la Armada norteamericana. Hasta un escuadrón entero de la marina, el famoso vuelo diecinueve, sucumbió al incómodo misterio del Triángulo de las Bermudas, un área de un millón de kilómetros cuadrados en mar abierto, con sus vértices en Florida, las islas Bermudas y Puerto Rico.

El esclarecimiento del Triángulo no es algo nuevo, aunque actualmente la tecnología sea más precisa. Lo que tampoco hace al caso, puesto que la intrigante zona, tenga la estricta forma de un triángulo, un trapezoide o un rocambolesco octaedro, burla con impasible impunidad a nuevos y a viejos instrumentos, preservando incólume su secreto. Al menos, de momento.

Con frecuencia, se vende como algo novedoso lo que no lo es tanto. Y me refiero, en esta ocasión, a recientes documentales donde se trata de aclarar una situación de misterio sin aportar ninguna conclusión científica satisfactoria o debidamente probada. Ya en 1974, Lawrence David Kusche (1940), piloto comercial e instructor de vuelo, trató de dar respuesta al cúmulo de infortunios y enigmas que delimitan el sector del Triángulo de las Bermudas, siendo bibliotecario en la Universidad del estado de Arizona (EEUU), debido a que, como él mismo relata, con frecuencia se me consultaba para buscar información sobre el tema (Prólogo). El resultado fue el libro, de título algo pretencioso -se mire como se mire-, El misterio del Triángulo de las Bermudas solucionado (The Bermuda Triangle Mystery - Solved, 1974; aunque la editorial Sagitario, de Barcelona, al menos tuvo la precaución de acotar el epíteto del título, cuando lo publicó, en 1977). En cualquier caso, bonita historia la del bibliotecario que se interesa por un tema para acabar buceando -y hasta ahogándose- en él.


Los fenómenos “anormales” pueden deberse a distintas causas, que no por desconocidas deben ser rechazadas. De hecho, una cosa son los accidentes y otra, bastante más inquietante, las desapariciones. Perturbaciones electromagnéticas y turbulencias atmosféricas hacen que existan dos lugares en la Tierra donde la brújula señala el Polo Norte: el Triángulo de las Bermudas y el llamado Mar del Diablo, en Japón, aunque no son las únicas zonas problemáticas del globo.

Tras una referencia inicial al célebre ardid contenido en el relato de Edgar Allan Poe (1809-1849), La carta robada (The Purloined Letter, 1844), Kusche explica que, en muchas ocasiones, los sucesos se diferencian de la leyenda; añadiendo certeramente que, en última instancia, es el lector quien debe decidir cuál de las versiones se acerca más a la realidad (Prólogo). En este sentido, loable es el intento de Kusche de sobrepasar la mera teoría mitológica o legendaria, como a él tanto gusta de llamarla -luego me referiré a este aspecto- y, en suma, de trascender la teoría oficiosa para tratar de aclarar el enigma, dejando al lector la última palabra. Pero lo cierto es que sus conclusiones (a veces, solo una marejadilla de intuiciones) no resuelven apenas nada. El misterio lo overchuta, como dicen los pilotos, para caer en brazos de la teoría oficial de las coincidencias, los fallos técnicos, los errores humanos y hasta una inasequible mala pata. Por supuesto que tales explicaciones pueden ser aplicables a un buen número de casos, pero en modo alguno los solucionan todos (y en cualquier caso, no dejan de ser mera hipótesis mientras no se demuestre lo contrario). Está bien que Kusche no cargue las tintas en los aspectos “sobrenaturales” (y no me extenderé ahora sobre qué deberíamos entender por tales), pero el hecho es que el ser humano ha pretendido demasiadas veces caminar sobre las aguas, constriñendo antropológica, y parece que inevitablemente, todo cuando no se le alcanza, ciñendo los datos a su limitado campo de experimentación o tomándose a sí mismo como referencia y medida de todas las cosas (¡de este y de otros mundos!); lo cual, puede estar muy bien en el arte, incluso ser necesario, pero en la ciencia resulta fatal.


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