Moros y cristianos, de Luis García Berlanga

28 marzo, 2017

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Las esposas de los responsables más jóvenes de la industria turronera Planchadell y Calabuch, a la sazón, Chari Moreno (-1991) y Chus Lampreave (1930-2016), están escamadas porque sus maridos se han bañado antes de salir de viaje. Su destino es la capital de España y el objetivo, promocionar sus turrones, en un tiempo en el que, sin la debida difusión, no existe nada.

Como estampa de su llegada a Madrid, emerge al fondo el Pirulí, flamante símbolo de la liberación de las ondas y del nuevo sometimiento al poder de la imagen. De este modo, al desprejuiciado y escatológico humor berlanguiano, se une una percepción agridulce -más que una denuncia extremada- de la sociedad del momento. Una visión crítica siempre equilibrada por el humanismo de los personajes y la desenvoltura de las situaciones.

El jolgorio pueblerino de la partida también contrasta con la cartesiana llegada a ese otro mundo que es Madrid, abierto y modernizado, como se les irá revelando a los visitantes. De este modo, el nudo gordiano de Moros y cristianos (Estela Films-UIP, 1987) es el ámbito de la publicidad.

Ese poder de la imagen, pero asimismo de la palabra, que se manifiesta por medio de la labor publicitaria o de la ambición política, a la que se aplica denodadamente la hermana menor de estos artesanos del turrón, Joaquina Plachadell, o Cuqui (una divertida Rosa Mª. Sardá), residente de la gran urbe. Los turroneros arriban a un Primer Salón Gastronómico, pero Cuqui les pone en contacto con su asesor de imagen, el espabilado Jacinto López (un excelente José Luis López Vázquez) que, entre otros cometidos, también se encarga de la campaña de algún que otro ministerio y de la promoción del milagroso Licor de Fray Nuño, auspiciado por Fray Félix (el inolvidable Luis Escobar), que culminará su ilusionado y fructífero periplo acosado por el IVA y cercado por Hacienda.


Todas estas situaciones las engarza Luis García Berlanga (1921-2010) con alegría y desparpajo, pese a lo afligido de alguna de ellas, por medio de su eficaz expresividad con la cámara y su desenfado a la hora de emplazar a los actores. Los intérpretes interactúan continuamente, facilitando los planos secuencia tan característicos y caros a su autor. Este continuo reencuadre de unos personajes en movimiento, es el correlato visual de la inestabilidad de sus aspiraciones y logros en los negocios, aunque también nos muestre su dinamismo y vitalidad.

Como adelantaba, la farsa se hace extensiva a la política. El retrato de Cuqui, pese al afecto que desprende el personaje, revela a una aspirante a diputada que es casi una iletrada, y que, de historia, lo único que sabe es que no debe sacar a relucir el pasado franquista de su difunto esposo, ¡o que es mejor no ponerse a definir lo que es la ópera! Tal y como recuerda López, los tiempos de la oratoria ya han quedado atrás.

El escéptico es el Papá (Fernando Fernán Gómez). Este don Fernando de la ficción es un hombre chapado a la antigua, trabajador y receloso de todas las modernidades que vayan en detrimento de la honradez y la memoria de un producto que ya se acerca a su centenario. Esto será una añadida fuente de conflictos con los hijos, Pepe (Pedro Ruiz) y Agustín (Agustín González), desde el momento en que el patriarca acapara, algo egoístamente, la firma de la empresa.


Pero todo tiene remedio en este nuevo mundo, y la familia Plachadell, con su porción de los Calabuch, representada por el primo tonto Marcial (Andrés Pajares), verán el medio, con la astuta guía de López, de incrustarse en el ánimo de la sociedad a través de las vallas publicitarias o la televisión: un programa de cocina para famosos que es la autoparodia del celebérrimo Con las manos en la masa (1984-1992), conducido por Elena Santonja (1932-2016). Hasta el punto de llegar a creerse las propias mentiras diseñadas. Como concluye el fiel artesano Florentino (Florentino Soria), ¡hay que ver qué adelantos!

Ello, pese a que la llegada a la civilización supone un despliegue de gastos, multas y prohibiciones, además de la confraternización por medio de las ineludibles sevillanas. A lo que se suman el test de simetría facial expuesto por López, las demandas de la estética, encaminadas a crear un atractivo producto de consumo (lo que incluye desde las elaboraciones alimentarias hasta la fabricación de un líder político), y otros sondeos de ventas, como el de un supermercado, en el que se verifica el poder sugestivo de la publicidad por medio de un artículo que, literalmente, vende el vacío (junto a un eslogan incorporado que, en el colmo de la guasa, reza gracias por su colaboración). Eso sí, sin caer en la demagogia de pasar por alto el esfuerzo e inventiva de las personas que, como López, sacan a flote todas estas ilusiones. No en vano, el peligro es siempre el mismo, el de creerse un producto, material o ideológico, cuando nos es anulada la capacidad de autoanálisis. El sentido subliminal se aplica a los resortes de la propia película.

El punto álgido, por su significación etimológica de frialdad, al final del evento, será la adquisición de un prestigioso galardón concedido a la mejor labor de marketing: la Musa de Europa. Con él, lo que se compra, literalmente, es el prestigio de todo lo concerniente al ámbito de la cultura, ya sean productos gastronómicos, sucesos editoriales o éxitos cinematográficos. Unos amaños que, nuevamente al pie de la letra, se pactan en los urinarios.


La ficción también alcanza a personajes como la eximia doña Marcella del Piamonte (la genial Mª. Luisa Ponte) que, de igual modo, se cree sus propias fantasías. Y es que, a pesar de la adscripción grupal -en este caso familiar- de los personajes, el realizador y coguionista, junto a Rafael Azcona (1926-2008), evidencia la singularidad de cada uno de ellos; incluso, en lo que se refiere a las figuras más secundarias de la trama, en participaciones breves o sencillos cameos, como los de Luis Ciges (1921-2002), José Luis Coll (1931-2007) o el estupendo Emilio Laguna (1930).

Quisiera terminar diciendo que muchas películas de Luis García Berlanga han sido justamente apreciadas por retratar un determinado trance de la sociedad y la historia españolas. No obstante, cuando dicho retrato ha atañido a momentos más reconocibles y recientes, es decir, a la salsa que se cocía bajo nuestros pies, otras obras, que nunca han caído en el rancio y agrio testimonio, han sido infravaloradas hasta la ridiculez; caso de la presente o de Todos a la cárcel (1993).

Injustamente menospreciada y humanamente divertida, Moros y cristianos sigue siendo una película altamente recomendable, que ilustra cómo todo lo mediático ha ido creciendo hasta devorarnos, aunque de aquellos comienzos tan divertidos apenas quede ya nada.

Escrito por Javier C. Aguilera


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