Logan, de James Mangold

17 marzo, 2017

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Este análisis comenta cuestiones relativas al argumento y a detalles de la trama (spoilers).

Como inconscientes, solemos admirar a los héroes en esas historias de buenos contra malos. Nos sentimos seguros considerando que existen bandos y que hay quienes luchan por nosotros, el bando bueno. Tendemos así a deshumanizar a los villanos. O, en realidad, a todos los que no sean de nuestro grupo. Por ello, valoramos positivo que el héroe luche, derrote, asesine, cumpla su venganza y admitimos así una justicia personal que, en realidad, atentaría contra nuestros principios o nuestra moral. Desde esta perspectiva, vemos necesario que se actúe con violencia, dado que en la mayoría de ocasiones el bien conseguido es mayor al mal provocado, al menos desde nuestra perspectiva y desde aquel que nos relata la historia.

Sin embargo, a veces encontramos esas historias crepusculares sobre los héroes que niegan su pasado, que tienen debilidades humanas, que viven perseguidos por aquellos a los que perdieron, pero también por aquellos a los que mataron. Vidas arrepentidas que conviven tratando de convencerse de que lo que pasó, ya pasó, pero que eso no evita ni las pesadillas ni el dolor. En ese preciso punto de partida encontramos a Lobezno en Logan (2017).

Sumergido en una vida de más restas que sumas, James Howlett siempre ha sobrevivido olvidando sus traumas, pero sin poder contrarrestar un sentimiento de culpabilidad e ira a partes iguales. Desde su primera aparición cinematográfica en X-Men (Bryan Singer, 2000) ha mostrado una actitud descarnada, que cuando se dejaba caer en sentimentalismos, tan solo cosechaba pérdidas, como sucedió en X-Men 2 (Bryan Singer, 2003) con Jean Grey y volvió a repetir en X-Men: La decisión final (Brett Ratner, 2006) siendo él mismo quien se arrebatara aquello que quería. Pudimos comprobar en X-Men Orígenes: Lobezno (Gavin Hood, 2009) un pasado turbio que emulaba esas pérdidas y daba vida a sus pesadillas y cómo la culpa le perseguía en Lobezno inmortal (James Mangold, 2013). Quizás no fueran un trayecto de buenas obras, dado que las películas centradas en el personaje han resultado ser irregulares y hasta considerablemente malas, pero en todas ha brillado la idea de este carismático y también oscuro personaje malhumorado, encarnado por un brillante y solvente Hugh Jackman.


En este episodio de retiro, no hay aventuras brillantes, no hay refugio ni grupos en los que sentirse confortados. Todo es áspero, desde el propio hogar hasta las capacidades mermadas del célebre mutante. Si en Lobezno inmortal lo vimos falsamente vulnerable, en esta ocasión sí encontramos motivos para creernos su debilidad, fruto no solo de su larga exposición al adamantium, sino también de una longeva vida llena de peligrosas y mortales heridas. A ello se suma una vida gris y descreída, anhelante de encontrar un fin, más bien triste, a un recorrido que se siente agrio y que trata de ahogarse en alcohol. Por eso, contrasta la esperanza sempiterna de un Charles Xavier (un contundente Patrick Stewart) senil y la aparición de una niña, Laura (Dafne Keen), que abre la puerta a una nueva era de mutantes.

Al contrario de lo que pudiera parecer, este no es un mundo post-apocalíptico al estilo de lo que vimos en X-Men: Días del futuro pasado (Bryan Singer, 2014), sino más bien, la evolución lógica de nuestro mundo visto en 2029. La diferencia radical con la saga es que hace 25 años que no nace ningún mutante y que los X-Men ya no existen. Por todo ello, Logan trata de sobrevivir hasta encontrar el momento oportuno para despedirse del mundo mientras cuida al profesor X, cada vez más ido a causa de una enfermedad degenerativa que no se especifica. Un peligro mortal en la mente más poderosa del mundo. Sin embargo, varios factores parecen pedirle que vuelva a ser el héroe que fue en el pasado, rescatando a una joven mutante que tiene mucha similitud con él. Juntos, tendrán que atravesar Estados Unidos en una road movie donde el peligro siempre acechará y dónde iremos comprendiendo las circunstancias de este mutante que ya no cree en los ideales de antaño.


La película tiene un tono decadente al que acompaña un ritmo lento que solo se eleva para las escenas de acción, cargadas en esta ocasión de sangre y palabrotas como no se había visto anteriormente en la franquicia. Cuenta con detalles de humor, hasta de carácter negro, y también dosis de cierta épica, aunque sea amarga. Al observar las primeras imágenes de esta obra y ya una vez contemplada en el cine, puedo confirmar mis sospechas, y las de otros espectadores, de cierta conexión argumental y de estilo con el videojuego The Last of Us (2013). Cambiando ligeramente el panorama, lo cierto es que en ambas historias dos personajes conforman una peculiar pareja protagonista que cambia su relación a lo largo de la aventura desde una distancia casi cercana al odio hasta una conexión paternofilial, influyéndose mutuamente. Así, tenemos a un hombre mayor descreído, amargado y cansado de su vida, y una joven curiosa, con ciertos caprichos infantiles, algo tozuda, pero con el carácter suficiente para afrontar los riesgos de la travesía conjunta, siendo tal letal que no solo sorprende al espectador, sino también al propio protagonista.

A esto hemos de añadir las desgracias que en el largo viaje les aguarda. En Logan algo más reducido por las limitaciones lógicas del metraje. No queremos advertir ante ello de un plagio, dado que tampoco The Last of Us inventó este tipo de historia, pero sirve muy bien para establecer y comparar una conexión argumental. Sobre todo porque la relación entre Lobezno y Laura es de lo mejor de la película, en tanto que se desarrolla casi sin diálogo por la mudez que padece la niña. No conocemos sus pensamientos, se asemeja más a un animal entre asustado y fiero, capaz de huir, pero también de luchar, y tratando de adaptarse al medio aprendiendo a gran velocidad con detalles sutiles: la imitación de unos maniquíes que se dan la mano, el uso de un monólogo cinematográfico, en el homenaje que se hace al western Raíces profundas (Shane, George Stevens, 1953), como discurso fúnebre o hasta sus habilidades al volante. Y también las lecciones de Logan, que le muestra las secuelas de una vida de violencia.


Hagamos aquí un matiz. Logan se centra en aceptar la esperanza, en lograr sobreponerse al fracaso y tratar de dejar un legado, también de tratar de cambiar. Lobezno, como X-23 y X-24, fue creado con el fin de convertirse en una máquina asesina, como pudimos contemplar brevemente en X-Men: Apocalipsis (Bryan Singer, 2016). Precisamente, el uso de X-24 es servir de espejo macabro a lo que pudo ser, mientras que X-23 es la posibilidad de no caer en los mismos errores que Lobezno, es decir, alejarse de la violencia como solución a los problemas. El desconcierto llega cuando estamos ante una aventura donde para conseguir la libertad, tanto Lobezno como X-23 deben hacer uso de la violencia sin miramientos, sin piedad alguna. Al final, a pesar de los propósitos que reivindican los personajes, se nos devuelve un mensaje contradictorio con los mismos: sí, la violencia deja secuelas irreparables, pero es necesaria. Esto enlaza con la introducción que he realizado en este artículo: el héroe se convierte en héroe porque la historia está contada desde su perspectiva, no necesariamente porque sus acciones sean positivas.

La película nos lo recuerda y marca, pero no es capaz de ser coherente con ese mensaje. También es lógico pensar que si lo fuera, tampoco tendríamos una trama de acción que explotar. Al final, en el panorama de X-Men siempre ha sido una lucha por lograr la convivencia sana entre mutantes y humanos, pero siempre han existido facciones en ambos bandos dispuestos a la guerra, ante los que la solución pasaba por pasar a la acción. El desastroso resultado de esta situación está representado en Charles Xavier, personaje que se convierte en una carga para los protagonistas y cuyo idealismo no solo fue destruido por las circunstancias, sino también por él mismo. Un final oscuro y cruel para un personaje que había sido la guía de toda una generación de mutantes, pero que va en consonancia con lo que esta obra ha querido mostrar. Curiosamente, su existencia, como nos muestra la propia reacción de Lobezno, era también un símbolo al que el protagonista se aferraba. 


Otro de los aspectos interesantes de Logan es que su historia se sitúa al final de otra que no conocemos, pero que no es la que produce esta aventura. Lobezno vive esta nueva situación descubriendo una realidad de la que no era participe, creando nuevas relaciones y emociones que poco tienen que ver con un pasado que desconocemos y que nunca se muestra en flashback, solo se menciona, sin desviar la atención del presente y del personaje central, pero como sombra que le persigue. En este sentido, estamos ante un mundo donde no solo los malos ya ganaron, sino donde los buenos también hicieron del mundo un lugar peor, más peligroso y con un sentimiento de fracaso que ha anidado en sus mentes, algo que se nota incluso en comentarios tan curiosos como la mención a que la Estatua de la Libertad ya no existe o el halo de misterio que rodea al incidente de Westchester, cuya naturaleza podemos relacionar con la trágica historia mitológica de la familia de Hércules. Esto provoca que haya una conexión nueva tanto para los personajes como para el espectador, al contrario de lo que sucedía en la un tanto fallida Lobezno inmortal, donde un pasado que surgía de la nada trataba de justificar una aventura que se sentía más artificial de la cuenta.

Por contra, los villanos se sienten tan superfluos como en anteriores ocasiones, incluso torpes. En apariencia, el principal sería Donald Pierce (Boyd Holbrook), un humano con extensiones de cyborg según nos muestra la película. En principio, se situaría en el tipo de malvado astuto que cree tener la situación bajo control y que cuenta con cierta superioridad, pero que siempre se le escapa su objetivo. No se desarrolla más, lo que es una pena porque se desaprovecha el otro lado con un planteamiento plano y cliché. Quizás se podría haber explotado más y mejor la idea de Pierce como un seguidor de los X-Men, pero apenas ofrecen un par de comentarios. Sucede igual con Zander Rice (Richard E. Grant), al que se le da un motivo personal de su odio a Lobezno, y por tanto al resto de mutantes, derivado del cameo de Lobezno en X-Men: Apocalipsis, pero que no deja de ser un científico malvado más, cuyos inventos, aparte de inhumaos, son imperfectos. En el caso concreto de Logan, X-24 no tiene ningún fondo, pero sí la función, ya advertida antes, de reflejar a Lobezno en lo que podría haberse convertido. Es más, hasta reaccionan igual ante las sendas muertes de sus mentores. Pero más allá de para causar la sensación de peligro y provocar la huida de los personajes, uno se plantea hasta qué punto son necesarios ciertos elementos entre estos villanos o si acaso hubieran requerido un punto más para redondear mejor la película, que queda coja en este aspecto.


Mencionábamos en relación al villano su perfil como seguidor de los X-Men porque en Logan se plantea un mundo en el que el célebre grupo dio origen a los tebeos que conocemos en la realidad, en una metareferencia que funciona bastante bien. Así, los X-Men son tanto reales como ficticios en este universo, gracias a unas historietas que, según Logan, son en su mayoría mentira o medias verdades, pero que permanecen como el triste legado de quienes desaparecieron. Aunque este tipo de referencias es más habitual en obras satíricas, como Kick-Ass (Matthew Vaughn, 2010) o la serie, algo cutre, Powers (2015-2016), aquí se permite ser un recurso no meramente humorístico, sino también serio y de calado en la trama.

Por otra parte, los momentos humorísticos también se extienden a los momentos de violencia, incluyendo insultos para expresar la sorpresa de los personajes, por ejemplo. No obstante, esta cuestión llega al punto de ser algo excesivo, pues si bien el uso de la sangre es adecuado dado que parece que hayamos olvidado que las heridas de este calibre sangran, llegado cierto momento podemos considerar que un término medio hubiera sido más adecuado. En este sentido podemos situar el destino de la familia Munson, que parece inserta en la trama como por casualidad, aunque realmente sirva para relajar la tensión acumulada y ofrecernos un momento introspectivo para los personajes. Además, podemos anotarlos como una piedra más en el camino de culpabilidad de Lobezno, que se sentirá acusado por la vengativa mirada de Will (Eriq La Salle). No en vano, Logan llega a comentar que todos a los que ha querido han acabado mal, lo que se confirma no solo con los muertos no presentes, sino con varios de los que fallecen a lo largo del metraje, incluyendo al simpático Caliban (Stephen Merchant).


No se trata de la película perfecta, dado que tiene carencias y hasta situaciones que surgen por deseo del guión (¿se supone que el resto de niños mutantes llegan a Edén sin la menor dificultad y sin contar con la ayuda de otros adultos?), ni seguramente la que haya sido más fiel a los cómics, pero sin duda ofrece un gran respeto al personaje y nos lega una aventura contundente, seria y que sabe bien qué quiere contar, aunque se pueda traicionar a sí misma en el planteamiento.

En definitiva, Logan es una gran despedida, es una obra que culmina con una hermosa y significativa toma final tras la aventura más intensa y a la vez más realista que hemos visto entre los mutantes. Sus aciertos y su sentir superan a sus carencias. Y, sobre todo, consigue lo que toda película de superhéroes desearía: ser fiel al espíritu del personaje.

Escrito por Luis J. del Castillo



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