Música Inolvidable (XXXIII): Mocedades

21 febrero, 2017

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A comienzos de la década de los ochenta, tres discos esenciales consolidaron el prestigio del grupo Mocedades, fundado en 1968. Estos fueron Desde que tú te has ido (CBS, 1981), Amor de hombre (CBS, 1982) y La música (CBS, 1983). Las versiones al estilo folk, ciertas adaptaciones de piezas clásicas y las baladas habían sido hasta ese momento la principal referencia de la formación que, sin perder tales características, participaba ahora del sonido pop, ampliando su esencia.


En este triunfo tuvieron una especial importancia las aportaciones definidoras de compositores como José Luis Perales (1945) o Juan Carlos Calderón (1938-2012), autor de la mayoría de los éxitos de la década precedente y a quien el grupo dedicó un posterior trabajo (Querido Juan, SONY-BMG, 2008), cuando una parte del mismo pasó a denominarse El Consorcio (otra rama del Mocedades original conservó el nombre y ha permanecido en activo).

Decir que Mocedades forma parte de la historia de la música melódica en español es una obviedad, y es tanto como asegurar que sus canciones forman parte de la memoria musical que atesoran muchas gentes. Pero es inevitable que los recuerdos personales afloren, si entendemos que la música comienza donde termina el lenguaje, tal y como recordaba Hoffmann (1776-1822) y si, además, tratamos de esquivar los comentarios más trillados sobre el conjunto, cuya historia ya ha sido recogida en otras páginas de la red. Centrémonos, por lo tanto, en esta etapa intermedia (en cuanto a los integrantes se refiere), pero de definitiva consagración del grupo.


Los tres álbumes referidos contienen un buen número de lo que podemos considerar como standards en castellano; es decir, temas de absoluta referencia, que identifican una época y que han sido objeto de distintas versiones por parte de otros artistas o, en el caso que nos ocupa, del mismo Mocedades, en directo. Canciones como Desde que tú te has ido y Donde estés (c. 1976), de Cecilia (1948-1976); Un poco de amor, adaptación de Somebody to love (1976), de Freddie Mercury (1946-1991); Como siempre, traslación de You’re a lady (1972), de Peter Skellern (1947); Dónde estás corazón (1924), de Luis Martínez Serrano (1900-1970); Necesitando tu amor, hermosa interpretación de Just when I needed you most (1979), de Randy van Warmer (1955-2004), o Así fue nuestro amor (1974), la inolvidable Annie’s Song de John Denver (1943-1997).

Escritas para ellos u otros cantantes, Mocedades no hallaba dificultades en hacerlas suyas. En recientes entrevistas, las principales vocalistas de El Consorcio, las hermanas Amaya (1947) y Estibaliz Uranga (1952), incidían en el hecho de que cantar es una tarea irremplazable por encima del transcurrir del tiempo, que fomenta en el artista el poder ir centrándose en el modo de interpretar su repertorio; de vivirlo, moldearlo y encararse con él, cada vez, de una forma determinada.

Las cuidadas letras de Mocedades así lo permiten, con el tema amoroso como principal puntal lírico, en todas sus variantes. Como ejemplos, el amor con el que la mayoría sueña; aquel que se espera y el que ya no volverá, el que está ausente o ha sido robado, el que es despedida o un mero juego de azar, el que es renuncia o conduce a la locura… o sencillamente, el que es mentira (o solo fue verdad para uno de los participantes). Hasta el amor expectante hacia un recién venido al mundo.


Bellos recuerdos cantados en los que es difícil vadear ese transcurrir del tiempo, pues este no es garantía de ninguna curación. Entre ellos, se hace inevitable el recordar las adaptaciones de temas clásicos. En Amor de hombre, se trató del intermedio de la zarzuela La leyenda del beso (1924), compuesta por Reveriano Soutullo (1880-1932) y Juan Vert (1890-1931), con letra, al efecto, de Luis Gómez Escolar (1949). Sin olvidar, ya que de recuerdos hablamos, la estupenda versión de la canción country que servía a los títulos de crédito de la película Convoy (Ídem, United Artist, 1978), de Sam Peckimpah (1925-1984), titulada Aire.

En el caso de La música, los temas en cuestión fueron el allegretto de la Séptima Sinfonía (1812) de Ludwig van Beethoven (1770-1827), con que daba inicio el álbum, y la adaptación del clásico para guitarra de Francisco Tárrega (1852-1909), Recuerdos de la Alhambra (1896), rebautizado aquí como Solos en la Alhambra. A ellos se sumaba el célebre zortzico Maite Chu Mia (1927), del granadino Francisco Alonso (1887-1948), cantado junto a Plácido Domingo (1941). Todo ello, bajo la cuidada producción de Óscar Gómez (-). Además, para todos los televidentes criados en aquella época, especialmente memorable fue el tema para la serie de televisión de Claudio Biern Boyd (-), La vuelta al mundo de Willy Fog (1983).

Al igual que la introducción de los primeros ordenadores en nuestra casa, el Telesketch, el Auto Cross, o los cómics Don Miki y Fuera Borda, Mocedades fue parte de esa voz que estuvo en sintonía con un periodo de la historia que, actualmente, nos permite disfrutar de la vida por partida doble, gracias a dichos recuerdos.



Cualquiera de las canciones de la etapa reseñada es oportuna para ofrecérsela a los amables lectores de nuestro blog. Sin embargo, por motivos sentimentales que, no obstante, espero poder compartir, y tratando de sortear el (gozoso) tópico, he seleccionado Talismán (1982), de Rosa Girón (-) y García Morato (1949) y Mis lágrimas me saben a ti (1983). En la primera, el amor es una inminente pero esperanzada ausencia; y la segunda, la excelente letra que acompaña la música, obra de Girón, Morato y Manuel Pérez (1952), nos retrotrae al recuerdo de un amor que desea volver a hacerse realidad, aunque es muy posible que nunca fuera tal, salvo en los sueños de quien lo anhela.

Emoción y elegancia. Características de Mocedades, antes de proceder, con otra denominación, a preservar buena parte del legado musical popular español, que corría el riesgo de caer en un olvido casi definitivo. Pero aún con cualquier otro nombre, parafraseando a Shakespeare (1564-1616), Mocedades nos seguirá sonando a música intemporal.

Escrito por Javier C. Aguilera



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