El autocine (XXXIV): Naves misteriosas, de Douglas Trumbull

17 febrero, 2017

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En un entorno idílico sobrevive la naturaleza de la Tierra, ofreciendo sus frutos y acogiendo a toda suerte de animales. Lo novedoso reside en la ubicación de dicho entorno. Este se haya enclavado en una astronave que surca silenciosa los límites del sistema solar. La Valley Forge, que así se llama el buque espacial, forma parte de una nutrida flota de naves cuyo fin es la preservación de la vegetación y la fauna del tercer planeta.

En este espacio donde el único verde es el de las plantas y los árboles, el tripulante Freeman Lowell (Bruce Dern) lleva a cabo sus tareas de preservación con un esmero y dedicación casi apostólico. Es una de esas personas que se hallan acompañadas pero solas, ya que no congenia demasiado con los otros tres compañeros de la tripulación.

El distanciamiento se hace patente desde el momento en que el interés de Lowell por el cargamento no es compartido por los demás, lo que a la larga agravará su sensación de aislamiento y su predisposición a la monomanía. Una situación que también se acrecienta cuando la supervivencia del medio ambiente transportado depende de la ejecución de unas taxativas resoluciones gubernamentales que Lowell no parece muy dispuesto a cumplir.

Este es el principal asunto que se expone en Naves misteriosas (Silent Running, Universal, 1971, estrenada al año siguiente), película de cariz ecológico que, pese a todo, se las compone para no caer en el abismo negro de la demagogia, y que fue dirigida por el especialista en efectos visuales Douglas Trumbull (1942).


Según se nos informa, la Tierra soporta hasta treinta y seis grados de temperatura (en la versión original). Pero no solo se ha convertido en un lugar inhabitable a causa del trasiego climático, sino también por el hecho de que todas las personas parecen exactamente iguales. Con acierto, no se incide en las causas del desastre y en la posterior necesidad de tal preservación, aunque, por descontado, las intuimos. Todo parece señalar a una futura repoblación de la Tierra y a la conveniencia de reestablecer el sistema de parques y bosques. Cual no será la desesperación de Lowell al tener noticia de que, finalmente, esto no va a llevarse a cabo.

Como queda dicho, sus compañeros no muestran el menor respeto por la naturaleza de la que son custodios y se dedican más a emular las carreras de coches de choque con unos vehículos destinados a las labores de jardinería. Son abúlicos e indolentes, infantiloides (más que infantiles) y extremadamente elementales en sus apreciaciones. Un punto de vista nada gratuito por parte de Trumbull, para el cual, el problema no solo afecta al declinar del citado medio ambiente sino, además, a la tiranía del pensamiento igualitario y el corporativismo de los mandos.


Sin embargo, a pesar de las resoluciones que tomará Lowell, no se trata de un personaje plano, y mucho menos carente de sentimientos (aunque sean al límite). A lo largo de su recorrido sufrirá una interesante evolución que lo lleva de salvador y verdugo a redentor y mártir (como si para los seres humanos no pudiera existir un término medio).

Por ejemplo, durante este proceso, reprograma a los tres simpáticos robots de mantenimiento, proporcionándoles una identidad más definida, bajo el nombre de los sobrinos del Pato Donald (en inglés). Es entonces cuando se humanizan todos los pasajeros de la nave (humanos y robots), hasta el punto de que uno de estos autómatas es capaz de advertir a otro congénere de que el tripulante acaba de aparecer en la habitación, dispuesto a jugar a las cartas con ellos. Una perfecta simbiosis que encuentra su correlato en la que el hombre mantiene con las plantas, y por la que el robot, creación de este último, termina haciéndose cargo del bosque.

Al fin y al cabo, todos los seres vivos, naturales o artificiales, se contemplan como hijos del sol, tal y como recuerda la canción interpretada por Joan Baez (1941). Además, en otro momento de la película, Lowell ha especificado que los frutos que él cultiva sí poseen color, sabor y aroma, en otra anticipación de la deprimida ciencia ficción de los setenta: la comida sin gusto que, a la fuerza, ha desembocado en los llamados productos ecológicos (una agricultura natural que era lo más común del mundo tiempo ha).


Lowell concluye que ya no existe ni imaginación ni belleza, y lo peor es que a nadie le importa. También señala el robinsoniano viajero del espacio que es el momento de volver a soñar. Aunque el precio de ese sueño nos resulte algo elevado. O tal vez no.

Por último, debemos lamentar que la película fuera -una vez más- objeto de un redoblaje espantoso para su edición en DVD (con lo que la versión en inglés se hace ineludible). Por suerte, creo que sí se ha respetado el doblaje original en la posterior edición para formato Blue Ray. Esperemos que cunda el ejemplo.

Escrito por Javier C. Aguilera


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