El autocine (XXXIII): La última ola, de Peter Weir

10 enero, 2017

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¿Y si todo estuviera ya escrito? ¿Y si algunas personas poseyeran la capacidad de poder leer dichos textos, más celestes que filológicos? ¿Y si ya hubieran acertado antes en sus interpretaciones?

Geoglifos, petroglifos, relieves, pinturas rupestres… tienen una clara y primordial intencionalidad artística, pero todos parecen querer representar algo más; el contacto con otros niveles de realidad. De hecho, la objetividad que nos toca vivir puede ser motivo tanto de alborozo como de inquietud. Y en cualquier caso, en el apercibimiento de esa otra realidad que intuimos pero no alcanzamos a observar por medio de nuestros sentidos, pasamos a analizar de forma no directa, sino oblicua, aunque tan consciente y concordantemente como la que tenemos por habitual.

Al comienzo de La última ola (The Last Wave, United Artist, 1977), contemplamos las pinturas rupestres que un aborigen australiano plasma al abrigo de una gran roca. Pero no se trata de un estilizado adorno, sino de un mensaje, como tendremos ocasión de averiguar años más tarde, de la mano del letrado David Burton (Richard Chamberlain), cuando la narración se traslada al presente.

Sobre Burton (apellido de explorador), recae la tarea de defender a uno de los descendientes de aquellos primitivos aborígenes, oriundos de Australia. Chris Lee (David Gulpilil), que así se llama su cliente, es el superviviente de una raza tanto como de la cultura mágica y encubierta en su más amplio espectro. Burton lo irá descubriendo conforme se vaya adentrando en un ambiente adyacente (más que paralelo), al que hasta ese momento no había prestado una excesiva atención.


El realizador Peter Weir (1944) tiene el acierto de mostrar con anterioridad unos extraños desórdenes de tipo meteorológico para introducirnos en ese nuevo clima atmosférico y cosmológico (tal cual se desvelará). Concretamente, en el escenario de una población lindante con las montañas, en la que unos chicos juegan donde truena pero no hay nubes, y donde unos alumnos con su maestra son testigos de cómo se desata un fenómeno medioambiental bastante inusitado, aunque no necesariamente de naturaleza “sobrenatural”. En la ciudad, bajo una lluvia discontinua aunque pertinaz, a Burton le asaltan unas inquietantes visiones, que más tarde se revelarán como premonitorias. Las situaciones ordinarias adquieren así una especial pátina o relevancia, en el interior de un coche o en la vivienda familiar.

Sin necesidad de abusar, aún por razones presupuestarias, de los tan sobados y por lo general gratuitos efectos especiales, Peter Weir sabe extraer de sus sugestivas imágenes, a veces de aspecto vulgar (léase cotidiano), la debida desazón. Todo ello, insisto, sin amaneramientos trascendentales ni asomo de pretenciosidad técnica. Por ejemplo, cuando se nos dice que David ya era objeto de unas muy particulares pesadillas de niño; en puridad, una latente capacidad de videncia, de perturbación temporal del futuro sobre el presente, que parece indicar su condición de escogido. Lo cual es mostrado por Weir evitando todo subrayado. Al fin y al cabo, el mecanismo de lo profético estriba en escapar a las restricciones de un análisis objetivo y racionalista.


El robo de lo sagrado, como los símbolos grabados en piedra u otros objetos, supone la alteración de un status quo ancestral, del presumible pacto de los seres humanos con el orden natural de las cosas, de la convivencia y equilibrio entre lo primitivo y lo moderno, la justicia indígena y la civilizada. Dos formas de encarar un umbral que se manifiesta en David en un estado tanto de duermevela como de total discernimiento (en el interior de su vehículo). Atendiendo a esta nueva y extraña razón, el abogado se convierte en una especie de iniciado, un enlace entre ambos mundos. La encarnación espiritual de un tipo de fuerzas desconocidas, con su necesidad de iluminación o toma de conciencia.

Un estado por el que esa alteración de la cotidianidad de los protagonistas (blancos: David y su esposa Annie [Olivia Hamnet]) resulta turbadora. El conocimiento puede adquirirse por medio del sueño, como una forma equidistante de comunicarse, que constituye la antesala de dicho conocimiento, de una comprensión más completa -y fatalista- del universo. El estrato de los sueños puede ser considerado, de este modo, tan real como el de la vigilia. Hasta ahora, un estado implícito aunque velado, y una condición en la que David se irá adentrando conforme se estrecha su relación con Chris Lee; de igual modo que los aborígenes conviven -o subsisten- en una sociedad tecnologizada, por mucho que su integración no sea completa. No es que se muestren al margen de ella, pues participan de su artificial naturaleza tribal, tal cual la conocemos, pero sí son una gente de ciudad que, a la información genética, suman la consciencia de un “inconsciente colectivo”, a modo de un biorritmo global.

El cuestionamiento y la indagación sobre el destino, los principios y los finales, y la posición, presumiblemente trazada, del ser humano como un integrante más del cosmos, junto con la desplegada atracción de este nuevo abismo, envuelto en una atmósfera desasosegante, son características ya presagiadas en el trabajo previo del realizador australiano, el notable Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, 1975), por mucho que el enclave de esta última nos resulte más oxigenado.

A su vez, el elemento agua posee una presencia continua en las imágenes de La última ola. Proveniente de un grifo, un aspersor, una bañera o, incluso, una sorprendente lluvia de anfibios, tales imágenes conforman y se incorporan a unas visiones reales, o huellas temporales, que también pueden entenderse como avisos premonitorios que anuncian la expiración de una etapa.

Manifestaciones que, como advierte Chris Lee, pertenecen a unas leyes más importantes que el hombre. No en vano, imaginemos que pueda ser cierto lo que vaticinan -o vaticinaron- algunas profecías, más allá de la sugestión o el acomodo de unos hechos determinados al material profetizado.


Cuando el mundo que conocemos se desmorona y desintegra, bien para renovarse, bien para desaparecer definitivamente, tal cual sucede con las lenguas, empezamos a ser conscientes de la cantidad de significados que hemos ido perdiendo a lo largo del camino. Muchas culturas han pronosticado el final de un ciclo. Tan solo es necesario saber reconocer las señales.

Escrito por Javier C. Aguilera


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