Baúl del Castillo: balance de 2017

31 diciembre, 2017

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Ha llegado el final de 2017 y seguimos cumpliendo años en nuestro blog, que ya cuenta con seis desde que iniciáramos nuestro trayecto en 2011. Ha sido un año en el que hemos intentado que brille como siempre la calidad de nuestros comentarios, aunque siempre podemos seguir mejorando como críticos y, sobre todo, aficionados a la cultura. Gracias a nuestra constancia, hemos alcanzado y superado este mismo año el millón de visitas, situándonos ahora en torno a las 1170000 visitas, logrando 240000 más respecto a las visitas del año pasado.

Si vamos al número de seguidores, el crecimiento ha sido desigual. En Blogger hemos alcanzado los 180 tras los problemas que tuvimos a principios de año por la eliminación de cuentas que no pertenecieran a Google, mientras que en Facebook nos hemos mantenido en torno a los 175 me gustas. Nuestro perfil de Twitter es el que más ha crecido, con un pico de 630. A su vez, queremos agradecer a la multitud de visitantes que llegan a nuestro blog desde otros países, como hacemos cada año. Especialmente, además de los españoles, como cabía esperar al ser un blog de España, saludamos a nuestros visitantes estadounidenses, mejicanos, argentinos, colombianos y alemanes. No obstante, aquí siempre sois bienvenidos sin importar vuestra procedencia, siempre que queráis compartir nuestro afán por la cultura. Por último, gracias a todos los que nos habéis dejado comentarios en este año, ya haya sido parte de los treinta que hay en el blog como todos los tuits o comentarios en nuestra página de Facebook o a través de Google+. Por supuesto, estáis invitados a seguir participando y compartiendo vuestra opinión, incluso a través de Huésped.

Por otra parte, Baúl del Castillo no sería posible sin el trabajo del equipo que lo componemos. Debo agradecer especialmente la exquisita y constante labor de Javier C. Aguilera, que sigue haciéndonos disfrutar de sus artículos sobre cine, literatura y música. Y aunque menos presente por motivos profesionales y académicos, también las intervenciones de Mariela B. Ortega, cuya principal labor no siempre luce en pantalla, pero que ha dejado a lo largo del año varios artículos sobre psicología realmente interesantes. En el caso de un servidor, me hubiera gustado haber escrito mucho más, pero espero que hayáis disfrutado de mi visión de los últimos estrenos más sonados, de los clásicos literarios que he traído y de mis análisis sobre anime. Han sido 151 entradas en 2017, una cifra inferior en cantidad, pero no en calidad.


De esta forma, hemos llegado a 2018 con 1118 entradas publicadas desde 2011, más de un millón cien mil visitas, un total de 478 comentarios y toda una serie de artículos sobre literatura, con casi ciento cincuenta clásicos literarios, incluyendo también cómicscine, tanto con diversos ciclos temáticos e incluso una recopilación cronológica para disfrutar de las películas a lo largo del tiempo, como con más de setenta adaptacionesmúsicapublicidadpsicologíaseries y videojuegos. Toda una invitación a disfrutar de la cultura en la red.

Como hacemos anualmente, aquí os dejamos con una selección de doce entradas realizadas durante este año:
El año termina, pero la vida sigue en un 2018 donde seguiremos recordando, analizando y comentando obras artísticas de todos los tiempos. Allí os esperamos.

Un estimable saludo, el administrador, 
L.J.

PD: Para cerrar este balance, hemos elegido un tema musical de la película Coco, cuyo mensaje casa a la perfección con esta época del año. Os deseamos un feliz 2018.



"La literatura es siempre una expedición a la verdad."

-Franz Kafka




La guerra de las galaxias. Episodio VIII: Los últimos Jedi, de Rian Johnson

30 diciembre, 2017

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El medio audiovisual que es el cine tiene poca historia con respecto a otras artes, pero ya podemos hablar de un siglo de películas donde se ha consolidado como uno de los más atractivos para la sociedad, superando con facilidad a la literatura o a las artes plásticas. Eso no quiere decir que la mayor parte de la sociedad tenga conocimientos más amplios sobre el cine, dado que, como sucede con la música, en la mayoría de ocasiones es una relación más bien superficial, basada en la fuerza y la facilidad con las que el medio llega a nosotros. Por eso es más fácil crear legiones de seguidores y, también, provocar un debate entre ellos. Una de las sagas que inició todo este fenómeno, sembrando la semilla de lo que después han recogido otras series de películas, fue Star Wars, antaño conocido en España como La guerra de las galaxias.

Desde finales de los setenta, cuando vio la luz la sorprendente trilogía original, se ha vivido siempre la ilusión de volver a sentirnos cautivados por una historia de aventuras espacial como aquella. No obstante, la sombra de aquellas tres películas ha sido alargada y por ello la siguiente trilogía, compuesta de precuelas que narraban la historia de Anakin Skywalker, nunca superaron la sensación de fracaso que aún hoy arrastran, a pesar de que contenían buenas ideas. A todo ello se suma todos los productos que se derivaron de la historia principal, como novelas, videojuegos o hasta series de televisión, que sirvieron para consolidar este particular universo narrativo. Por todo ello, cuando llegó El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015), inicio de una nueva trilogía, se pudo sentir la inquietud que este nuevo inicio marcaba entre los espectadores. Y ya desde entonces, la saga ha tenido opiniones polarizadas a favor o en contra, pero dando una buena muestra de cómo el cine tiene un efecto visible en la sociedad.

Así llegamos a Star Wars Episodio VIII: Los últimos Jedi (2017), la segunda entrega de la nueva trilogía donde proseguimos con las aventuras de los nuevos personajes: Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega), Poe Dameron (Óscar Isaac) y el villano, Kylo Ren (Adam Driver), también conocido como Ben Solo. A los mandos de esta nave, encontramos en esta ocasión a Rian Johnson (1973), tomando el testigo de J. J. Abrams (1966), quien volverá a la saga para el siguiente episodio. El director y guionista de este episodio tiene una carrera aún breve, contando con títulos como Brick (2005), The Brothers Bloom (2008) y Looper (2012), además de haberse encargado de tres episodios de la popular serie Breaking Bad (2008-2013).

Tras conseguir destruir la poderosa arma de la Primera Orden, la Resistencia no se encuentra en su mejor momento. A pesar de su victoria, la República ha sido diezmada, se encuentran sin apoyo y deben huir de su base antes de que lleguen los refuerzos enemigos. Mientras tanto, Rey ha conseguido encontrar a Luke Skywalker (Mark Hamill) y pretende conseguir que se convierta en su mentor y que regrese para salvar la galaxia una vez más, pero el antaño Jedi desea continuar en su particular exilio.


Como podemos ver con este argumento, existen dos grandes tramas, que a su vez podemos dividir en otras dos subtramas que recorrerán toda la obra. La primera comienza con la huida de la Resistencia del planeta en que estaban para encontrar refugio en otra parte de la galaxia, iniciándose la película con una escena de batalla espacial. Sin embargo, la temeridad de Poe Dameron les llevará a obtener demasiadas pérdidas para una victoria que resulta pírrica. En todo ese proceso, Rian Johnson remarca bastante el sacrificio que ha supuesto dando más espacio a los personajes anónimos que fallecen, lo que se relaciona con el espíritu de Rogue One (Gareth Edwards, 2016) y de esta misma película, que en su mensaje definitivo pone el acento en los héroes anónimos y en la necesidad de proteger lo amado más que de derrotar o destruir aquello que odiamos. Esta escena es tan solo un prólogo del dilema al que se enfrentará Poe Dameron, personaje más desarrollado en esta entrega. A su vez, también da más visibilidad a la Resistencia otorgando más importancia emocional a las sucesivas muertes que se dan en batalla, remarcando sobre todo dos de ellas, una al principio de la película y otra, más espectacular, al final del segundo tercio

En esta ocasión, observaremos en el piloto a un hombre arrojado y tozudo, dispuesto a arriesgarse demasiado por obtener una victoria, lo que le llevará a cometer lo que sus superiores consideran locuras, pero que es una buena muestra de un soldado apasionado y decidido. Por ello, chocará tanto con Leia (Carrie Fisher) como con la segunda al mano, la vicealmirante Amilyn Holdo (Laura Dern), esta última de carácter más severo y altivo. A diferencia del atrevido Han Solo, con el que muchos han intentado compararlo, este personaje se presenta más bien como un gran piloto en proyecto de ser un líder para la Resistencia, un espíritu en el que no entra Solo, siempre más independiente y desinteresado. En esta ocasión, para Dameron, la mejor forma de aprender es equivocándose, de ello se ocupa el guion de Rian Johnson, que le muestra al personaje que no siempre se gana y que un ataque sin buena planificación no siempre conlleva una victoria satisfactoria.


Ahora bien, en su subtrama hay errores garrafales de guion, como la poca consideración que se le otorga al personaje como para no revelarle el auténtico plan de Leia y Holdo. Este hecho, que no tiene justificación alguna, provoca todo su arco evolutivo y, a su vez, da inicio a la otra subtrama, la de Finn y Rose. Ambos personajes bastante desaprovechados. Para empezar, podemos considerar que toda su aventura resulta ser innecesaria dentro del argumento, pero no de forma externa. Es decir, se cae en el mismo error que en En busca del arca perdida (Steven Spielberg, 1981), donde la presencia del protagonista, el popular Indiana Jones, hubiera sido innecesaria para llegar a la misma conclusión de la película, pero que sin él, todo el conjunto perdería la gracia. Se convierten meramente en unos personajes funcionales para mostrar una serie de ideas, ideas que, por otra parte, resultan más interesantes y sugerentes de lo que muchos han valorado.

Para empezar, no falla el hecho de que toda su aventura acabe en fracaso, porque también es necesario mostrar al héroe innecesario. No siempre las cosas salen bien y no siempre estas aventuras tan audaces a la par que temerarias pueden triunfar; en este sentido, se reitera el mensaje que Rian Johnson quiere transmitir para los nuevos componentes y posibles líderes futuros de la Resistencia, que los héroes a veces surgen de la casualidad y el riesgo, pero que no son factores que determinen la victoria y la supervivencia. De nuevo, remitimos al pasado al recordar que tanto Han como Luke fracasaron en El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) o que incluso en las disparatadas aventuras en Endor, durante El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983), también hubo ocasión para sentir que los personajes habían sido derrotados, aunque curiosamente fueron salvados por una casualidad: los ewoks, en esa especie de versión de la guerra de Vietnam.


A todo ello hay que añadir que esta subtrama apenas resulta atractiva, causando poco interés por desligarse tanto de la acción principal al punto de resultar hasta incoherente si atendemos a la medida temporal de la historia. No obstante, nos arroja más información acerca del mundo de Star Wars y, sobre todo, nos aporta unos matices que hasta ahora la saga no había tenido, ganando en grises cuando esta había sido una historia de blanco y negro, de luz contra oscuridad. El máximo ejemplo de esta situación será DJ (Benicio del Toro), que representa a la perfección esa ambigüedad descreída de quienes han aceptado que no existen bandos, sino intereses. 

En este caso, se sigue la misma línea desmitificadora que ya apreciamos en Rogue One y que permite a la saga avanzar en una dirección más madura. Se recuperarán por una parte las críticas a la esclavitud o al mundo de las apuestas, ya presentas en La amenaza fantasma (George Lucas, 1999), y se incorporarán mensajes contra el comercio de armas y el maltrato animal. Sin embargo, para todo ello, se crea una pequeña aventura poco emocionante y donde los personajes no provocan interés: en Finn no notamos evolución alguna, aunque aquí pueda existir la semilla para cambios futuros, Rose es un personaje simpático, pero bastante plano, y el desarrollo de cierta relación romántica entre ambos resulta abrupto y extraño, incluso BB8 acaba por convertirse en una parodia de sí mismo.


Al otro lado, en la otra gran trama, tenemos sin duda los acontecimientos más fascinantes, en tanto que se acercan al misticismo que rodea a los Jedi y supone el regreso de uno de los personajes emblemáticos de la saga, Luke Skywalker (volvemos a mencionar a Mark Hamill, que consigue una gran actuación regresando a su mítico personaje). Por una parte, tendremos la relación entre Rey y Luke en ese intento de enseñanza y aprendizaje bastante frustrado. Para empezar, la construcción de Luke puede resultar chocante para quien esperase volver a ver al joven Jedi de la trilogía original; no obstante, es coherente. Resultaba extraño pensar que este personaje hubiera abandonado todo lo conocido sin una motivación personal y profunda, por lo que no nos debe extrañar que rechace regresar sin haber superado su crisis existencial, menos aún por la petición de una extraña como es Rey. Así pues, el fracaso de Luke es uno de los pasos hacia la desmitificación a la que son sometidos los Jedi en toda la película gracias a este mismo personaje, redundando además en la lección de que desde el fracaso y el error también se aprende. 

En este sentido, se opta por mostrar a un personaje descreído y hastiado, casi un ermitaño que parece haber perdido la esperanza que lo caracterizaba. En gran medida, ha dejado espacio al lado oscuro al dejarse llevar por el miedo, provocó un daño crucial por su error y también ha abandonado la senda de la Fuerza por este mismo sentimiento. Pero, además, ha descubierto que la figura mítica de los Jedi es un ideal bañado por la nostalgia del tiempo, dado que también ellos cayeron, y cayeron permitiendo que el mal les derrotase desde dentro. Desde este punto inicial, se consigue además que el personaje evolucione dentro de la propia película, otorgándole un crecimiento personal que hubiera resultado imposible si nos hubiéramos encontrado a un maestro Jedi ideal. Rian consigue engarzar así con todas las entregas anteriores, incluidas las precuelas, y dar un sentido global a la saga, incluso incluye los ya citados temas sociales sin perder el tono de aventura fantástica.


Y a la vez, consigue dirigir la mirada hacia los grises: el derrotado Luke piensa tan solo en la desaparición de los Jedi y en sus lados más sombríos mientras que Rey ansía convertirse en una sin superar sus propios temores. Y no son los únicos: Kylo Ren duda del camino que le marca su mentor Snoke y la luz sigue presente en él. Precisamente, la relación entre Kylo y Rey en esta entrega supone la otra subtrama de este apartado, logrando aquí un mejor desarrollo para este villano ambiguo y bastante más humano y creíble. Se reitera la idea de que él no es Darth Vader, como también muchos aficionados desearían, porque básicamente no fue la intención de Abrams ni tampoco la de Rian. En realidad, Ben Solo pretende serlo, pero siempre será incapaz, porque es otra persona. De ahí que su evolución también diste de la Anakin, aunque sea paralela. No en vano, se recrea parte de la estructura argumental de las escenas entre el emperador, Luke y Vader en El retorno del Jedi para mostrar sus semejanzas, pero también sus cruciales diferencias. Esencialmente, Ben Solo actúa de forma impulsiva, muy emocional, más semejante al joven Anakin que a Darth Vader, con la diferencia de que ocupa o trata de ocupar el puesto de este segundo. Esta diferencia la veremos en la forma en que afronta el combate a sable láser del último tercio de la película, que dista del sosiego que tenía Vader en Una nueva esperanza cuando se enfrentó a Obi Wan Kenobi. Como en otro momento de la película se señala, los maestros somos lo que ellos alcanzan a ser, y en esta entrega, Kylo sigue hasta el final los pasos de su maestro, demostrando su maldad al intentar arrasar con todo y su puerilidad por sus sobreexcitadas reacciones. Con todos estos factores, Rian consigue homenajear a la saga mientras subvierte toda su mitología clásica en torno al héroe, a los linajes y a su maniqueísmo, lo cual es valiente.

Por supuesto, habrá un punto álgido y climático en toda esta trama que nos revelará el camino definitivo que los tres protagonistas (Luke, Rey y Kylo) adoptan, aunque para ello consideramos que existen algunos vacíos, bien por haber eliminado escenas, no en vano falta media hora de metraje recortado, bien por no haberlas planteado. Por ejemplo, faltaría profundizar en el pensamiento pesimista de Luke y también en Rey, que aunque se avanza al plantearnos sus dudas existenciales y su determinación final, la sentimos más desaprovechada y con cierta necesidad de haber tenido un protagonismo más intenso y un desarrollo más coherente. Por no mencionar que las tres lecciones previstas por Luke quedan reducidas a dos sin mayor explicación. A su vez, se desperdicia mucho tiempo en escenas cómicas. Aunque valoramos de forma positiva el humor introducido, en ocasiones se sobrepasa, incluso resultando de mal gusto. En algunos casos, se podría haber resuelto de otra forma, como la reacción de Luke al recoger el sable láser de manos de Rey, o era meramente innecesario, como las criaturas de las que se consigue la leche azul. 


Para terminar, hemos dejado aparte al resto de antagonistas: el general Hux (Domhnall Gleeson), la capitana Phasma (Gwendoline Christie) y el líder supremo Snoke (Andy Serkis). No ha sido casual, porque poco se puede decir de ellos. Siguen siendo, al menos en las películas, personajes vacíos. El primero se ha convertido en blanco de bromas de otros personajes y acaba por ridiculizarse él solo. Phasma, como sucediera en la anterior entrega, prometía más de lo que finalmente ha sido, y realmente no merecería la pena recuperarla en el siguiente episodio. Y el caso de Snoke es bastante curioso, porque aunque se mantiene todo el misterio sobre su identidad, su papel en esta película sí me parece relevante y bien llevado, salvando el hecho de que no lo comprendemos más allá de su funcionalidad, como sucede con el resto de personajes mencionados en este párrafo.  

A nivel técnico, poco hay que reprocharle a esta superproducción, que aúna tanto los efectos digitales más modernos como el uso de maquetas tradicionales, lo cual es de agradecer, dado que otorgan mayor realismo y coherencia a la propia saga, en lugar de abusar del croma. John Williams continúa siendo el espíritu musical de esta saga con sus fanfarrias, la reutilización de sus temas y la creación de nuevos que se insertan con gran facilidad al resto de la familia de leitmotivs ya creados por el maestro. Por otra parte, Rian Johnson hace un gran trabajo junto al encargado de la fotografía, Steved Yedlin, en el apartado artístico, logrando que la espectacularidad se una a momentos de gran belleza, que llega a ser hasta metafóricos: el uso de los colores, por ejemplo, en el planeta donde se cruza el blanco y el rojo, o una de las mejores secuencias de la obra, donde todo se silencia para mostrar prácticamente un blanco y negro en mitad de una escena que se sentía trepidante. Tampoco faltan las coreografías y se consigue una acción en el uso de la espada láser que se disfruta bastante. En este sentido, poco se le puede reprochar. Sí en cuanto al ritmo, que se siente demasiado ralentizado en el primer tramo de la película para acumular escenas climáticas en los dos últimos tercios, manteniendo al espectador en un continuo desaliento.


Ahora bien, he podido leer en los últimos días diversas críticas a la película realizadas por aficionados a la saga que no han comprendido o aceptado algunas de las decisiones argumentales llevadas a cabo por Ryan Johnson. Lo cierto es que puedo entender el desconcierto o la sorpresa, pero en algunos casos no parecen comprender que no se trata de repetir esquemas, sino de crear interés y algo más artístico. Por ejemplo, muchos señalan la falta de explicación o una respuesta poco satisfactoria hacia ciertos interrogantes surgidos en El despertar de la Fuerza, como la identidad de Snoke o de los padres de Rey, pero lo cierto es que si atendemos a la trilogía original, tampoco sabíamos por aquellas películas cómo había ascendido al poder el Emperador o siquiera quién era, es más, tampoco en las precuelas se nos ofrece mucha más información sobre el personaje salvo su ascenso entre las sombras para convertirse en la máxima autoridad de la República o algunos datos sueltos sobre su maestro. Lo cual deja en evidencia que la mitomanía es perjudicial para juzgar una obra. 

Y con ello no quiero decir que Los últimos jedi no contenga errores, lagunas argumentales, como la falta de espacio a que Luke explique su pensamiento actual sobre los Jedi y la Fuerza o que esperen hasta el último momento para proteger la base rebelde, o situaciones absurdas, como la ya tristemente famosa escena de Leia (no tanto por el contenido, sino más bien por la forma en que se realiza), el despropósito del que surge todo el arco de Poe Dameron o el ridículo en el que caen los villanos, sobre todo Hux y Phasma, pero está claro que tampoco puede seguir repitiendo las mismas ideas que sí, nos sorprendieron en los setenta y marcaron parte de la historia del cine, pero que hoy no tendrían más efecto que sentir que nos están contando el mismo argumento. Curiosamente, esa fue la principal queja sobre la anterior entrega. A su vez, la intención de este nuevo guion es evidente: romper o subvertir las ideas de la trilogía original, pero aplicando la propia lógica de este universo. Por ejemplo, la Fuerza no es cuestión de linajes, dado que si lo fuera, ¿cómo era posible que existieran tantos jedis en la trilogía precuela sin pertenecer a una de esas dinastías? Es más, si acaso fuera así, ¿pudo el Imperio acabar con todos, incluso descendientes futuros, o que no hubieran desarrollado tal poder aún? Incluso admitimos la idea de que Luke llegó a entrenar a nuevos aprendices, como es el caso de Ben, pero no que los haya dispersos en el universo. En definitiva, la ruptura es clara, pero se alimenta de las posibilidades que el propio universo de Star Wars le otorga.


Al final, uno de los aspectos más interesantes de Los últimos Jedi es que plantea dilemas, hace que exista un debate sobre las decisiones argumentales porque estas han sido valientes y arriesgadas. En efecto, la mayor parte de los espectadores disfrutaron El despertar de la Fuerza porque era una película muy atractiva, que lanzaba muchos interrogantes para el futuro, que conseguía ser emocionante, pero que, como muchos observaron, era la repetición de un patrón, el patrón de Una nueva esperanza, por lo que se sentía cómoda, familiar y segura; asumía pocos riesgos. Los últimos Jedi consigue seguir la estela de la trilogía clásica, pero rompiendo con los esquemas y giros argumentales que se teorizaban y que seguían una línea continuista con lo que fue la saga, y a la vez, consigue engarzar con las precuelas e introducirnos un fondo político sin que se pierda su capacidad de entretenimiento. Pero, como ya mencionamos, su aspecto más sugestivo ha sido su capacidad para que los aficionados debatan sobre las propuestas argumentales que se han puesto sobre la mesa. Y aunque ello suponga muchas conversaciones vacías y extremistas, lo cierto es que conlleva la idea de que la película ha tenido un efecto importante y poco complaciente con el espectador. A partir de ahí, dependerá del gusto de cada cual.


Noticias: Los estrenos de 2018

28 diciembre, 2017

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INOCENTADA DE 2017 

Ya dejamos atrás un año bastante productivo en el mundo cinematográfico, pero el ritmo no decae y 2018 también tiene preparados toda una serie de estrenos que harán las delicias de los cinéfilos más apasionados. Como ya hemos podido comprobar, estamos viviendo una época donde reina tanto las sagas y franquicias como la nostalgia y la recuperación de clásicos u obras del pasado ya sea por la creación de secuelas o precuelas o por la realización de un remake, un reboot o demás anglicismos que ahora no vienen al caso. En todo caso, 2018 no es una excepción a esta tendencia y estas son algunas de las películas que impactarán con fuerza en las salas de cine durante los próximos meses.


Podemos comenzar con algunas de las precuelas y secuelas que más han sorprendido a las revistas especializadas. El primer caso nos lleva a un clásico como Casablanca (Michael Curtiz, 1942), donde se han propuesto contarnos cómo fue la historia de amor entre los protagonistas en aquel mítico París. La productora la presenta no solo como un romance, sino también como una película de espías durante la Segunda Guerra Mundial. Para mantener el encanto de la original, conservarán el blanco y negro en esta nueva producción, pero prometen sorprender a los espectadores. Llegará a los cines para mediados de abril. El segundo caso tiene nombre de actor: Harrison Ford. Tras haber regresado a los papeles de Indiana Jones, Han Solo y Rick Deckard, el blade runner por excelencia, al actor le han ofrecido continuar recuperando algunos de estos roles, y parece que la siguiente película que veremos en la gran pantalla es la continuación de Air Force One (Wolfgang Petersen, 1997), donde volverá encarnar al presidente de los Estados Unidos en un nuevo secuestro. Los rumores señalan que el actor estaría pilotando él mismo el avión gracias a su pasión por la aeronáutica y a pesar del accidente que sufrió en 2015.

Un caso especial lo encontramos en el director Damien Chazelle, que tras la sorpresa del año por el error en los Premios Óscar con su película La La Land (2016), se ha puesto manos a la obra con su siguiente película. En esta ocasión, se trata de un crossover entre La La Land y su anterior trabajo, Whiplash (2014), gracias a los personajes secundarios de sendas obras. En este caso, se seguirá mostrando el maravilloso mundo del jazz, pero también el gran esfuerzo que supone para las personas lograr sus sueños. Lo que ahora cabe pensar es si volverá a triunfar con un nuevo musical.


Si viajamos a Japón, la noticia ha saltado en todos los medios: Hayao Miyazaki vuelve a dirigir un largometraje con el sello Ghibli. Pero la sorpresa continúa cuando los rumores apuntan a que en esta ocasión no encontraremos una nueva historia, sino una continuación de una de sus ya clásicas películas. Hay quienes apuntan a El viaje de Chihiro (2001), pudiendo mostrar cómo la protagonista ya es adulta y ha empezado a olvidar su aventura, provocando un nuevo regreso a aquel mágico mundo para salvar a su hijo. Pero otros señalan que el final abierto de La princesa Mononoke (1997) sería la excusa ideal para continuar narrando la historia de aquellos personajes, ampliando la mitología de aquella obra y cómo el mundo ha cambiado desde los acontecimientos allí narrados.

Por otra parte, tras el éxito de It (Andrés Muschietti, 2017) y el fracaso de La torre oscura (Nikolaj Arcel, 2017) durante el pasado año, la maquinaria en torno a las adaptaciones de los libros de Stephen King (1949) sigue en marcha. Para el próximo mes de septiembre tendremos lista una versión cinematográfica de un libro que aún no ha publicado, pero que a su ritmo habitual, tendrá terminado pronto. Los rumores apuntan a un regreso a alguna de sus historias ya conocidas, donde no faltará algún escritor como protagonista, poderes paranormales o que la acción se sitúe en Maine. En todo caso, para 2019 tendremos lista la segunda parte de It.


Y siguiendo con casos extraños, no solo hablaremos aquí de cine, sino que también hay espacio para las series, entre ellas, la popular Stranger Things. No solo nos referimos a la tercera temporada, que parece que se verá retrasada hasta 2019 debido a la autoexigencia de los hermanos Duffer por conseguir superarse en la escritura de los nuevos episodios, sino que se ha filtrado que Netflix está trabajando en una extensión de la serie a estrenar antes. Hay dos propuestas rodándose ya, la primera sería un spin off protagonizado por la hermana de Once, de ahí que fuera presentada y se le diera tanta importancia en el séptimo episodio de la segunda temporada. No obstante, debido al poco interés que el personaje ha suscitado en la audiencia, se decidió rodar una segunda opción que ya se había planeado para el futuro: una precuela de la historia, donde se nos narraría el pasado de los personajes adultos, por ejemplo, cómo empezó la relación entre Joyce Byers y Jim Hopper. La idea de la cadena es anteponer esta precuela a la tercera temporada y dejar el spin off para después, observando la evolución que pueda tener el personaje y su aceptación entre el público.

Por último, como ya se esperaba, tendremos nueva ración de Star Wars gracias a la narración de la juventud de Han Solo que nos esperaba para finales de año. Sin embargo, no es el único estreno de la saga durante 2018. Acompañando a su compañero, también tendremos una miniserie de animación protagonizada por Chewbacca que se estrenará en noviembre, las semanas previas al estreno de la película. En los cuatro episodios que hay producidos se nos contará la historia de este simpático personaje desde su infancia hasta que conoce a Han, incluyendo su relación con Yoda, ya vista en Star Wars III: La venganza de los sith (George Lucas, 2005). Disney ya ha aclarado que todos los diálogos serán subtitulados, dado que respetarán el idioma originario del personaje.

¡Sin duda, toda una serie de películas y series que no os podéis perder! Si queréis descubrir algunos estrenos más, podéis consultar en la siguiente página.


Coco, de Lee Unkrich

26 diciembre, 2017

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En la cultura occidental existe la tradición, manifestada de muy diversas formas, de honrar a nuestros seres queridos fallecidos. Por influencia de la cultura estadounidense, Halloween se ha convertido en la marca más extendida, pero no es la única. En España se visitan los cementerios para cuidar las sepulturas de nuestros familiares y rezar por ellos siguiendo la tradición cristiana del Día de Todos los Santos. Similar es la tradición mejicana, cuya identidad es más reconocible por la cantidad de símbolos, como las calaveras, con los que se decoran las casas y cementerios, todo para honrar el recuerdo de quienes nos han dejado. 

De ahí vienen dos tendencias generales y artísticas, una consistente en buscar el miedo entre fantasmas y sustos paranormales y otra que aúna el recuerdo hacia lo perdido con la gratitud. Y por ello no nos debe resultar extraño que existan películas que unan ambos mundos, como ya ocurriera con Pesadilla antes de Navidad (Henry Selick, 1993), y como sucede ahora con la hermosa Coco (Lee Unkrich, 2017).

Sin duda, Pixar se ha convertido en una de las principales empresas de animación en el mundo, consiguiendo emocionarnos con sus propuestas cinematográficas. Y aunque es cierto que ha tenido algunas obras más regulares o inclusa malas, su calidad suele ser elevada y va unida al favor tanto de crítica como de público. Con Coco, dirigida por el mismo responsable que Toy Story 3 (2010), vuelve a ser así.


En esta obra nos pondremos en la piel del joven Miguel, un aspirante a músico que quiere cumplir su sueño a pesar de la prohibición de su familia de acercarse a la música desde que su tatarabuelo los abandonase por perseguir ese mismo deseo. Sin embargo, el muchacho tiene talento y no dudará en arriesgarse a fin de seguir los pasos de su ídolo, Ernesto de la Cruz, aunque para ello deba robar su guitarra. Nuestro protagonista no solo incumplirá las normas familiares, sino que también atentará contra las reglas que existen entre el mundo de los vivos y de los muertos, provocando así una maldición que le obligará a encontrar su salvación entre los fantasmas que pueblan el otro mundo. De esta forma, la auténtica aventura comenzará cuando Miguel se adentre en el mundo de los muertos y descubra cómo funciona y cómo de importantes son las relaciones familiares con el mundo de los vivos. 

Así pues, la película tiene un elemento principal muy reconocible: un protagonista rebelde en un proceso de aprendizaje y crecimiento. Como sucedía con Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), existe un conflicto entre la identidad y la personalidad de este protagonista, que en ambos casos es un preadolescente, y la situación y normas familiares, en lo que vendría a ser el principio del fin de la infancia. Ahora bien, si en Del revés, toda la aventura sucedía en otro nivel, mostrando los cambios a través de las emociones personificadas, en este caso, nos encontramos con un proceso más clásico, donde será el protagonista quien viva una situación extraña que le permita tanto encontrar su sitio en el mundo como comprender a su familia.


De la misma forma, la estructura de la obra también es habitual: una presentación de la situación, que quizás sea la peor parte de la película en cuanto al ritmo, el descubrimiento del conflicto, que sería volver al mundo de los vivos, y finalmente, el desenlace, que al contrario que el planteamiento, se trata de lo mejor de la obra, donde se reúnen todos los elementos presentados anteriormente para llegar a una conclusión emotiva y bastante completa. En este sentido, Coco va de menos a más, y lo que podría aparentar ser una película más, consigue dar un sentido pleno a sus presupuestos, aunque estos sean típicos y ya los hayamos vistos en otras obras. Es más, el espectador habituado podrá encontrar la lógica de los giros argumentales antes de que estos sucedan, pero ello no les resta ingenio y lógica dentro de la historia que se nos presenta. 

Cabe destacar, no obstante, la labor que se hace al plantear a los personajes, por ejemplo, las matriarcas familiares, representadas por la abuela y la tatarabuela, un malvado creíble, aunque despiadado, y un casi coprotagonista que comienza siendo simpático, pero que llegará a ser uno de los componentes más emotivos. A ello acompaña el importante valor que se le otorga a la familia y que va más allá de las meras palabras para ahondar en esas cicatrices que un hecho del pasado puede dejar en las personas. El propio hecho de haber titulado Coco a esta película demuestra su clara intención.


Por otra parte, encontramos una menor dosis de humor a favor de una mayor presencia de drama. Ello no quiere decir que no existan elementos cómicos, pero están bastante distribuidos durante la película y no destacan especialmente, dado que son recursos clásicos, como un personaje que se queda boquiabierto y se le queda por ello la mandíbula al ser un esqueleto. Además, se supone que Dante (nombre adecuado para un viaje al más allá), el perro vagabundo que cuida Miguel, debería ser un alivio cómico en ciertas circunstancias, pero llega a sentirse como un añadido más bien innecesario y carganta, incluso con su posterior cambio. En el terreno del humor, la mejor parodia será la de Frida Kahlo (1907-1954).

En el terreno de la tragedia, la película nos brinda escenas que sirven al protagonista para madurar, como el descubrimiento de una muerte definitiva, la conversación con su tatarabuela en la escalera o la importancia que adquiere que los vivos no nos olvidemos de nuestros fallecidos. Por no olvidar mencionar la verosimilitud que esconde el hecho de que la música sirva para recordar, si atendemos a las últimas investigaciones sobre Alzheimer. Precisamente, la rebeldía de Miguel sirve para cambiar a su familia, pero sin que por ello se pierdan los valores positivos que trataban de transmitirle. Cerca del final encontraremos un momento de tensión anticlimático que, como era de esperar, acaba en el clímax concluyente de la obra, consiguiendo cerrar tanto la trama personal del protagonista como la de los otros personajes, incluso aquellos que considerábamos irrelevantes y que al final pueden llegar a tener un protagonismo inesperado, pero razonable gracias al argumento. Todo ello no evita que haya ciertas lagunas, como que su familia no sea capaz de encontrarlo en el mundo de los muertos a pesar de los recursos que tienen y a los que después recurren con mayor facilidad. O que en algunas ocasiones sintamos que la celebración mejicana se encuentra más bien como fondo para contar la historia, aunque realmente toda la película se alimenta de elementos propios de esta cultura para sostenerse.


No podríamos finalizar nuestro comentario sin destacar el apartado técnico, en el que Pixar sigue sobresaliendo en sobremanera, poniéndolo todo al servicio de lo que quiere contar. Por ejemplo, hay ocasiones en que logra reflejar bastante bien cómo se toca una guitarra mediante la animación. Además, en el estilo visual del mundo de los muertos podemos notar ciertas influencias del mundo fantástico de El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001), con la que además comparte ciertas ideas, como el conflicto familiar inicial y la posterior necesidad de regresar al mundo real. No obstante, si debemos destacar alguno de los elementos de la película es su música, tanto la banda sonora compuesta por Michael Giacchino como las canciones que pueblan la obra, especialmente Recuérdame, de Robert Lopez y Kristen Anderson-Lopez, que acaba por convertirse en pieza esencial y principal en todo el entramado, enriqueciéndose en cada versión que de la misma aparece en varios puntos del argumento.

En definitiva, Coco es una gran propuesta para toda la familia, donde encontraremos una historia no solo emotiva, sino bien narrada, cuya intensidad irá in crescendo. Algo debido, esencialmente, a una primera parte algo menos amena, dado que toda la propuesta gana cuando se inicia el periplo por el mundo de los muertos. Y de forma clara nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de mantener vivo el recuerdo de quienes nos precedieron, pero un recuerdo sano, que no nos limite ni nos impida avanzar para cumplir nuestros sueños. Y, por supuesto, que solo muere realmente aquello que olvidamos.


Vida y aventuras de Santa Claus, de L. Frank Baum, y Una visita de San Nicolás, de Clement C. Moore

24 diciembre, 2017

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Como creo en el hermanamiento de las tradiciones, y no en su exclusión o afán separatista, no veo por qué no han de convivir en buena armonía navideña las de Papá Noel con la de los Tres Reyes Magos, fueran tres o trescientos, magos o soberanos (probablemente ambas cosas), o adornados por una conocida marca de refrescos (aunque ya veremos que no necesariamente coloreados).

Lyman Frank Baum (1856-1919) fue viajante de comercio, criador de aves, autor y actor de comedias teatrales, pequeño empresario, periodista, editor de una revista de publicidad, redactor del Evening Post y, finalmente, productor cinematográfico. Imaginación emprendedora no le faltaba, no cabe duda. Su éxito literario más sonado fue el clásico El maravilloso mago de Oz (The Wonderful Wizard of Oz, 1900), pero en el corazón de los niños también se hizo un confortable hueco la Vida y aventuras de Santa Claus (The Life and Adventures of Santa Claus, 1902; Valdemar-Club Diógenes, 1999).

Antes de alcanzar una santidad muy particular, pues le fue otorgada por el pueblo, como se suele decir, esto es, por niños y adultos, Claus vino al mundo como un bebé humano. Pero con acierto, Baum incide en el aspecto de “desposeer” a su biografiado de un pasado en concreto, por muy brumoso que este resulte, con lo que sus inciertos orígenes incluyen el que desconozcamos su ascendencia familiar o su verdadero nombre, si es que tuvo alguno (no se trata, por lo tanto, de un trasunto de San Nicolás [c. 270 - c. 352]).


El caso es que al recién nacido lo acoge la ninfa Necile, que es la que posteriormente lo bautiza. Baum estructura su biografía de Santa Claus en tres apartados: juventud, madurez y senectud. Comenzando por el primero, es interesante el hecho de que, pese a todos los cuidados prodigados al bebé indefenso y abandonado en los aledaños de tan peculiar bosque, la barrera que separa a los seres humanos de los sobrehumanos es una naturaleza concomitante que los fraterniza, por medio del respeto y el cariño. El autor nos lo presenta cuando, de repente, aparece sobre la hierba (I: II), en un lugar donde la raza humana jamás ha penetrado (I: III). Sin embargo, se hace explícito en la narración el que nunca más será adoptado ningún otro mortal por un inmortal (I: III). Lo que denota una doble cualidad. En primer lugar, el carácter especial del personaje de Claus, y en segundo, su disposición como nexo de unión entre el mundo de la realidad y el de lo mágico; más concretamente, entre lo percibido por los sentidos y lo que escapa a los mismos (pero que se muestra existente y auténtico).

Claus, nos cuenta Baum, aprendió las leyes del bosque. Y en su calidad de ser vinculante, conoce la morada de los hombres, que son sus semejantes. En un primer contacto, traba conocimiento de estos desde el elemento aire, de la mano de Ak, Señor de los Bosques de todo el mundo. Explica este último cómo los (humanos) que son útiles, con toda seguridad volverán a vivir (I: VI); un extremo que, por cierto, no entra en contradicción con la doctrina cristiana.

Ilustración de Thomas Nast
Pero a Claus también le llega la madurez, y ha de buscar su propio camino, abandonando (solo espacialmente) el cascarón del bosque (I. VII). Su existencia entre las ninfas que protegían la foresta le había enseñado que un árbol vivo es sagrado, al estar dotado de sentimientos (II: I). Lo que robustece su mencionado vínculo con la naturaleza, porque la del entorno maravilloso y la del humano, se corresponden.

De hecho, como cualquier superhéroe, si me permiten la comparación, el joven Claus busca su identidad y elabora un refugio-residencia en un lugar apartado, donde las mezquindades no comparecen, pero las gentes de buen corazón sí pueden encontrarlo. En función de tal héroe, Claus también rescata a un pequeño desvalido, Weekum (II: III), y entabla amistad con otros seres tan asombrosos como las ninfas, los gnomos, las hadas o el bromista Jack Frost (Jack Escarcha, II:II).

Ello, a pesar de que, si la bondad se encarna en la figura de Claus, la maldad lo hace en la de los temibles Awgwas (II: VI). Pero por suerte para los niños del planeta, su molesta presencia es reducida a la mínima expresión, porque el bien vence al mal, aun siendo la primera una senda mucho más dificultosa que la segunda.

Ilustración de Arthur Rackham
A lo largo de la narración, se cimenta la leyenda de Santa Claus. Así sucede con su primer viaje con los renos (III: VIII), o con la explicación de por qué fueron colgados en las chimeneas los primeros calcetines (II: XI).

Todo lo cual, depara el más feliz y consentido allanamiento de morada perpetuo. Santa Claus entra en los corazones de las gentes que se prestan a recibirle (y donde no es invitado, no acude, como el castillo de un enojoso terrateniente: algo que subsanará su agradecido descendiente). Esta no injerencia es significativa, pues Claus no habría cambiado la naturaleza de los pequeños, aunque hubiera tenido el poder de hacerlo (II: IX).

¿Y por qué el día de Nochebuena? Baum nos lo explica en el capítulo II: X. Por otra parte, en la labor desplegada por Santa Claus, o Papá Noel, como lo conocemos aquí, ha de ver la ayuda inestimable de buena parte de los seres maravillosos del bosque. Una labor abierta a todos los que deseen creer en él, ya que también existen países cálidos donde no hay nieve en invierno, pero Claus y sus renos los visitaban igual que los de los climas fríos (II: XII). No en vano, son sus acciones las que le procuran la inmortalidad al personaje (II: I).

Llegados a la senectud, un último capítulo es dedicado a los referidos ayudantes de Santa Claus que, como un relámpago, deposita sus regalos vía chimenea (en los calcetines), o a través de las paredes (bajo el Árbol de Navidad) (III: III). Finalmente, en otra bonita idea, Baum hace que Claus adopte las jugueterías y centros comerciales como sucursales suyas, pues artesanos y jugueteros son sus ayudantes, más o menos encubiertos, y porque de esta manera, puede nuestro personaje cubrir las necesidades lúdicas de un niño, procurándole sanas distracciones, tanto en los momentos de enfermedad, como a lo largo de otras celebraciones, tales como el cumpleaños (III: III).

A modo de anexo quisiera añadir aquí la bonita edición y traducción de Luis Alberto de Cuenca (1950), del clásico poema de Clement C. Moore (1779-1863), Una visita de San Nicolás (A Visit of St. Nicholas, también conocido como The Night Before Christmas, 1823; Snacks de Reino de Cordelia, 2013).

Teólogo y profesor de literatura griega y hebrea, Moore lo publicó de forma anónima en un primer momento, aunque dada su aceptación popular, acabó por asumir la paternidad. El Santa Claus ofrecido por Moore sí ha de ver con la tradición del santo cristiano de origen griego, residente en la Anatolia (Turquía) del siglo IV.

Además, las ilustraciones originales que acompañaban al poema, obra de Ilse Bischoff (1901-1990) y Arthur Rackham (1867-1939), presentaban por vez primera a un Santa Claus vestido de rojo (por lo que están de más ulteriores interpretaciones). En el poema aparece, asimismo, guiando un trineo conducido por renos, todos con sus respectivos nombres, e introduciéndose por las chimeneas. Un niño contempla y narra, en primera persona, su encuentro nocturno con este revivido San Nicolás.

Inaugural, fantasmagórico y entrañable, en palabras de Luis Alberto de Cuenca, Una visita de San Nicolás lo componen ciento doce versos repartidos en veintiocho estrofas, que nos ayudan a saborear y entender la validez de las distintas aportaciones a la iconografía navideña.

Ilustración de Arthur Rackman
Aparte de que ambos textos nos animan a combatir esa tontada de que la Navidad se ha convertido en simple comercio y compra de regalos. En primer lugar, porque ello no impide, se diga lo que se diga, el poder celebrar el nacimiento de Cristo, y, en segundo, porque todo ese desarrollo comercial da de comer a muchísima gente durante este periodo del año; jugueteros, pintores, artesanos del dulce, maquetistas, distribuidores o fabricantes de papel tienen el legítimo derecho a poder ganarse la vida como todo el mundo (es curioso cómo determinadas ideologías, políticas y religiosas, se hermanan para hacer retroceder todo cuanto tenga que ver con la libertad del individuo). Y si me permiten una tercera razón, que ya he comentado en alguna otra ocasión, a nadie se le obliga bajo pistola a comprar algo que no desee, al menos, en una democracia como Dios manda.

Escrito por Javier C. Aguilera


Música Inolvidable (XXXIV): Navidad con Leroy Anderson y Hely-Hutchinson

22 diciembre, 2017

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Para Adrián.

Los pueblos nórdicos lo componen personas muy curiosas. Inventaron el tronco navideño de chocolate. Una forma muy sabrosa de conmemorar la Nochebuena. Ellos quemaban el tronco de Navidad para alejar los malos augurios (¿tendrá chimenea el Palacio de Congresos?), y mientras este ardía, tenían la costumbre de narrar cuentos de fantasmas y aparecidos, frente a una jarra de deliciosa sidra. El último pedazo del tronco, lo guardaban para prender fuego al del año siguiente.


No en vano, para las antiguas culturas nórdicas, los árboles eran sagrados, pues poseían un poder que emanaba de la propia naturaleza. De este modo, ha llegado hasta nosotros el Árbol de Navidad. Símbolo del conocimiento más arcano y misterioso, es la del Árbol una mística que no entra en contradicción -o no debería- con un periodo ecléctico, simbolizado en los países mediterráneos por el identitario e indispensable Portal de Belén, del que también existen variantes, como el bíblico, de fidedigna recreación histórica; el costumbrista, adaptado a la cultura de cada región o país, y el ornamental, donde prima el carácter artístico más creativo e imaginativo.

Además, están los característicos dulces navideños. Y la música de las pascuas para crear un buen ambiente, desde las cantatas y oratorios clásicos, hasta los no menos tradicionales villancicos, sean nacionales o extranjeros. ¿Qué mas da que el buey y la mula no asomaran por los Evangelios? Lo gracioso es adornar la tradición tanto como el referido Árbol. En cualquier caso, el buey y la mula fueron unos aditamentos añadidos en el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio de Pseudo Mateo (sic), y desde luego, fueron incorporados prontamente a la iconografía paleocristiana y cristiana. Por ejemplo, en el bonito capitel de la Infancia de Cristo, en la Iglesia de San Juan de Duero, en Soria (España), o en el fresco de una de las galerías del cementerio de San Sebastián, en la Vía Apia. Más tradicionales imposible.

Nacimiento de Cristo, capitel de San Juan de Duero
¿Conocen ustedes el calendario de Adviento? Este marca la cuenta atrás para la Navidad. Veinticinco días endulzados con una chocolatina, y como recompensa catequética, una alusiva escena u objeto en cada ventanita, en lo que es una bonita forma de involucrar a los más pequeños de la casa. Por no hablar de las doce uvas de Fin de Año, inteligente ocurrencia de los vinicultores de Alicante (España), que en la Nochebuena de 1909 desearon buen provecho a todos sus excedentes.

Antecedentes paganos posee igualmente el famoso Roscón de Reyes. En la antigua Roma las fiestas del Año Nuevo daban comienzo en el mes de marzo, y se elaboraban tortas dulces en las que escondía un haba seca. Quien la hallaba, era nombrado el rey de la fiesta, algo así como el payasete de la reunión, o el tonto del haba, por prestarse a ser el objeto de las cariñosas burlas del resto de comensales. Más adelante se añadió una figurita navideña, y aun hoy, en algunos países escandinavos, así como en Grecia, se incorpora al roscón una almendra o una moneda.


En esta ocasión les propongo una selección de música navideña sinfónica. Villancicos y temas populares relacionados con la Navidad han sido orquestados desde siempre, y por ello, siempre resulta grato el escucharlos en casa o en algún lugar público. Si la Navidad es la infancia que nunca muere, estas composiciones nos acercan de forma amable al tiempo que fuimos, y que, si fue razonablemente feliz, deseamos revivir.

El primer autor que traigo a colación es el norteamericano Leroy Anderson (1908-1975). Políglota y licenciado en Bellas Artes, Anderson se hizo muy popular debido a una serie de creaciones melódicas y pegadizas; eso que algunos espesos confunden con “música fácil o ligera”, que suele ser la más difícil de componer. La prueba es que los músicos seriales y contemporáneos, o como quiera que decidan llamarse, son incapaces de alcanzar tales logros, siquiera para demostrar lo fáciles que son.

Leroy Anderson
El CD editado por el sello NAXOS (8.559125, 1989-2002), dedicado a su música, es exquisito. En él se contienen los temas más representativos del autor, interpretados por la orquesta de Richard Hayman (1920-2014). Son célebres y placenteras melodías como la del Reloj sincopado (The Syncopated Clock, 1945), Fiddle-Faddle (1947), La máquina de escribir (The Typewriter, 1950), Los sueños olvidados (Forgotten Dreams, 1954), El fantasma del regimiento (The Phantom Regiment, 1951), La nana del trompetista (Trumpeter’s Lullaby, 1949), El gato danzarín (The Waltzing Cat, 1950), La bella del baile (Belle of the Ball, 1951) o la que al final del presente artículo ofrecemos a nuestros lectores, el conocido tema invernal Paseo en trineo (Sleigh Ride), de 1948, dirigido para la ocasión por John Williams (1932). Lo adjuntamos junto con La máquina de escribir, interpretada por la Orquesta de Viena, en 2008.

Victor Hely-Hutchinson
Por su parte, nacido un 26 de diciembre de 1901, y fallecido prematuramente en 1947, a causa de una neumonía, el británico nacido en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, Victor Hely-Hutchinson, nos legó una preciosa sinfonía, no muy extensa (veinticinco minutos), pero sí muy agradecida y altamente disfrutable.

Su Sinfonía de Navidad (A Carol Symphony; NAXOS 8.557099, 2002), compuesta en 1927, pervive como uno de los más hermosos ejemplos de música navideña adaptada al espectro clásico. Los cuatro movimientos preceptivos de una sinfonía se corresponden con los villancicos O Come All Ye Faithfull, adaptación inglesa del Adeste Fideles tradicional, atribuido a John Francis Wade (1711-1786), John Reading (1645-1642), y el rey Juan IV de Portugal (1604-1656); God Rest You Merry Gentlemen, de orígenes más lejanos, pero adaptado por W. B. Sandys (1792-1874), en 1833; The First Noel, editado nuevamente por Sandys, versificado por Davies Gilbert (1767-1839) y arreglado por John Stainer (1840-1901); y Here We Come A-wassailing, decimonónica pieza navideña de autor incierto.

Aquí la enlazamos en su versión íntegra para todos nuestros seguidores, a los que deseamos, como todos los años, una Feliz Navidad.

Escrito por Javier C. Aguilera







Adaptaciones (LXVIII): Asesinato en el Orient Express, de Kenneth Branagh

20 diciembre, 2017

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Después de tantos acercamientos al mito del detective, ¿podemos seguir sorprendiéndonos? En la actualidad, siguen funcionando con mucha facilidad los thrillers, el suspende más audaz, no solo en cine, sino también en televisión. Un claro ejemplo lo encontramos en la producción española, cuyos últimos éxitos han sido en esta área. Tampoco nos hemos alejado de la imagen del detective clásico, capaz de encontrar la solución a cualquier crimen con el uso de su ingenio y pocas herramientas más, pero ha quedado reducido sobre todo a la pequeña pantalla y a capítulos generalmente autoconclusivos dentro de un serial cuyo principal interés es la resolución más o menos grandilocuente de los casos y con apenas un hilo conductor que aporte un cierto interés.

El cine parece tener espacio para el suspense, pero no tanto para esta figura. Por eso, nos puede parecer sorprendente que Kenneth Branagh se haya decidido a rescatar a Hercules Poirot en uno de sus casos más célebres y populares: Asesinato en el Orient Express (2017). Sobre todo si consideramos que no ha tratado de crear un espectáculo de pirotecnia como lo fue Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009), aunque quizás peque del exceso contrario, un cierto anquilosamiento teatral.

La trama es bastante conocida y lo cierto es que el punto más interesante de la misma es lo que subyace dentro de los personajes y su conclusión, que, ya advertimos en su momento a la hora de analizar la novela original, se aleja de los casos usuales. La casualidad lleva a Poirot a viajar en el Orient Express consiguiendo un pasaje a última hora gracias a sus amistades. En ese lujoso tren encontrará un variopinto grupo de personas, entre los que se encuentra Ratchett (Johnny Depp), un tipo repulsivo que le propondrá protegerle de una posible venganza mortal. Sin embargo, el detective belga no aceptará por reconocer en este hombre la mirada de un criminal. Al día siguiente, su asesinato, realizado con múltiples cuchilladas, iniciará el caso: ¿quién, de entre los pasajeros del tren, lo mató?


Un relato en apariencia sencillo que esconde una reflexión sobre la frontera entre la justicia y la venganza. Agatha Christie consigue en sus novelas plantear algo más que un simple caso sin necesidad de tener que ofrecer al lector la explicación de aquello que quiere decir, sin embargo, Kenneth Branagh opta por la grandilocuencia y el exceso retórico. Podemos valorar la valentía en la elección de planos y secuencias, que resultan más originales y trabajadas que otras producciones que optan por los recursos más reconocibles y fáciles. Ahí tenemos un travelling con el recorremos el tren desde fuera mientras Poirot lo recorre en su interior cruzándose con casi todos los demás personajes o una secuencia grabada desde un plano superior. Incluso elige evitar mostrar el descubrimiento del cadáver mostrando tan solo la reacción de quienes lo encuentran, en este caso, el detective protagonista. El cuerpo tan solo lo veremos cuando lo requiera la narración, por ejemplo, en una primera y única inspección forense.

Ahora bien, llegado el momento, Branagh no escapa de una espectacularidad vacía y sin sentido, como una persecución dentro de los andamios de un puente, así como una pomposidad sentenciosa que se acumula en el tramo final y donde se desmenuza el sentido de la obra para que su resolución quede cristalina al espectador. Tanto que al final se sobrepone este mensaje al propio argumento. En este sentido, resulta curioso cómo un caso tan sencillo, aunque escabroso, acabe resultando difícil de comprender por la forma en que es expuesto en la pantalla. Por ejemplo, cuando se refieren al pasado en referencia al caso Armstrong, se emplea una voz en off sobre unas imágenes mudas en blanco y negro que, en realidad, tan solo se corresponden a una mínima parte del relato que se debería plantear. Volverá a recurrir a este tipo de secuencia en varias ocasiones, proponiendo un estilo visual clásico y bastante teatral, pero poco estimulante, donde prima más, de nuevo, lo oral sobre lo puramente cinematográfico.


Si debemos destacar algo son las actuaciones particulares, la reunión de actores de cierta talla (destacan Michelle Pfeiffer, Judi Dench y el propio Kenneth Branagh)  y la originalidad con la que se afronta la película, pero las actuaciones no sirven si apenas existe conexión y profundidad en la escritura de los personajes, y los destellos de originalidad y buenas propuestas cinematográficas se ahogan en el tono rimbombante que adopta todo el relato.

Para acabar, debemos valorar la conseguida versión de Hercules Poirot en pantalla, aunque se le otorgue un excesivo protagonismo frente al resto y se introduzcan elementos un tanto incomprensibles, como las menciones a Katherine, cuya identidad nunca nos es revelada, o su mención final a un asesinato en el Nilo, que entendemos como una referencia a una posible y futura adaptación de Muerte en el Nilo, a pesar de encontrarse el personaje lejos del lugar de los hechos. En definitiva, una adaptación grandilocuente y con excesos, que sobrepasa para mal al relato original y que desperdicia todos sus recursos para ofrecernos un mensaje claro, pero que sentimos muy vacío por su forma.


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