¡A ponerse series! (XXIX): Por trece razones

27 junio, 2017

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Hay cosas que, de no tener ninguna explicación aparente, resulta que pasan a tener trece. Como comprueban los compañeros de instituto de la joven estudiante Hannah Baker (Katherine Langford), que tristemente ha puesto fin a su vida tras cometer suicidio. Clay Jensen (Dylan Minnette) trabajó con ella en un cine de la localidad y ha sido seleccionado por la víctima y ejecutora como confidente de sus pesares y de su resolución. De este modo, Por trece razones (Thirteen Reasons Why, Netflix-Paramount Television, 2016, estrenada al año siguiente), se convierte en una notable miniserie de trece capítulos que aborda el tema del acoso y el suicidio juvenil (a veces, hasta infantil), según se relata en el libro -que no he leído- de Jay Asher (1975), adaptado para la televisión por Brian Yorkey (1970).

Llama la atención el hecho de que varios de los jóvenes protagonistas sientan una especial inclinación -algo que he comprobado personalmente- hacia algunos de los logros útiles y estéticos del inmediato pasado. Por ejemplo, Toni (Christian Navarro) conduce un Mustang impecable, Tyler Down (Devin Druid) prefiere los carretes de fotografía convencionales, y Clay no sacrifica los libros por Google a la hora de confeccionar un trabajo, como le demuestra a su empático compañero Jeff Atkins (Brandon Larracuente; capítulo VI), aparte de que, como queda dicho, trabajó con la víctima en la recepción de un cine de aspecto absolutamente clásico. Tanto Toni como Clay están de acuerdo en que hay aspectos y cosas que antes eran mejor (es decir, no confundiendo eficacia con velocidad).

Una circunstancia que incluso abarca la forma en que Hannah Baker transmite los motivos de su decisión, por medio de unas cintas de casete y de un mapa en papel, destinado a emplazar in situ al oyente, en los lugares donde se van a desarrollar, en retrospectiva, buena parte de los hechos.

Pronto averigua Clay que no es el único emplazado en esta causa (I). El trato consiste en ir pasando las cintas, un relato de la vida de Hannah en el instituto y en su hogar, so pena de hacerlas públicas si la cadena se vulnera (parece que existen varias copias). Más que una revancha, lo dispuesto es un acto de justicia “bien” organizado.

En el caso de Clay Jensen, se trata de un muchacho algo tímido (es calificado como el mudito por parte de un docente; II), no es muy amante de las fiestas (aunque no las rehuya), posee dibujos y figuras de Robbie, el robot en su habitación (imposible no simpatizar con él) y, por encima de todo, es inteligente, aunque los acontecimientos agudicen su sentido de la observación como nunca antes había advertido. Sobre todo, ahora que habrá de ver los sucesos y a las personas implicadas con distintos ojos.


Es por ello que Clay interactúa visualmente con Hannah mucho más que el resto de sus compañeros del presente. No en vano, su relación con la chica forma parte de un pasado no solo temporal, sino emocional. Y por eso son contadas las escenas que no tienen a Clay como testigo directo o indirecto de los hechos: ejemplos de ello serían los instantes en que el orientador Porter (Derek Luke) y el director del instituto (Steven Weber) supervisan las pintadas en los aseos, o los que muestran la aflicción y confusión de los padres de Hannah (Kate Walsh y Brian d’Arcy James), en una absoluta soledad (VIII).

Esta confusión viene motivada porque el acoso padecido por la hija no se debe a un (supuesto) defecto físico o a un (enfermizo) delito de odio, sino al producto de una serie de circunstancias funestas que culminan en una Hannah no dispuesta a darse una oportunidad más, como finalmente confirma el último de los testimonios grabados por la fallecida.

Estos dan comienzo con el relato de la muerte de la primera ilusión amorosa, cuando su compañero de clase, Justin Foley (Brandon Flynn), distorsiona su amistad y sentimientos, al permitir, por cobardía, que se haga pública una fotografía que se presta al equívoco (nuevamente sale a relucir el poder manipulador de la imagen), dinamitando así la barrera entre lo público y lo privado. El acoso que sufre Hannah Baker es soterrado, pero por eso resulta aún más aterrador; aparte de venir acompañado de una narrativa textual y visual que sabe tanto anticipar los hechos como mostrarlos. O incluso trascenderlos, como sucede con el plano-contraplano de un Clay observando el póster de una galaxia que cobra vida (II).

De igual modo, cierto sarcasmo alcanza a orientadores y pedagogos, como la ridículamente optimista señorita Antilly (Lisa Anne Morrison; antes de la llegada del más equilibrado señor Porter; II), o bien se focaliza en la sacrosanta institución del equipo deportivo del instituto (II y IV), llegando a salpicar incluso a determinadas relaciones de pareja (como los padres adoptivos de Courtney Crimsen [Michele Selene Ang], V).


El resto de confesiones, tras cuatro años de ambiente formativo y estudiantil, aclaran quiénes son los inductores de la decisión de Hannah, más que los responsables directos de su muerte. Este es un punto importante, porque en última instancia, y por doloroso que resulte -que resulta-, el acto de suicidio de Hannah es atribuible a ella misma, por mucho que venga determinado, de forma comprensible, por una profunda y desoladora -más que desesperada- tristeza (además de una considerable mala suerte). Ello no obsta para que existan unos evidentes instigadores de ese estado anímico y de una serie de agresiones, como responsables de convertir la vida de la protagonista en una sucesión de agudas decepciones. Curiosamente, en todo este grupo, pesa bastante la inestable situación familiar, incluso en los núcleos aparentemente mejor avenidos, siendo, como en el caso de Justin Foley, Ryan Shaver (Tommy Dorfman) o Bryce Walker (Justin Prentice), un efecto directo sobre la personalidad y actuación de los vástagos.

Los golpes “de usar y tirar” que son asestados a Hannah van minando su confianza, algo precaria, si hemos de ser francos, aunque como ya he señalado, atribuible a la inmadurez de la muchacha (en su acepción menos hiriente o más biológica). Sobre todo, en una etapa, la de la adolescencia, en la que cada tropiezo grave parece acabar con el mundo. No es gratuito, por lo tanto, que Hannah comente, desde una perspectiva casi de ultratumba, que esas tonterías son importantes (III).


El caso es que los “amigos” hacen otros “amigos”, toman caminos diferentes, vienen y se van, mientras los jactanciosos, los rufianes o los traidores parecen sobrevivir eternamente. En este sentido, cierta paranoia flota en el ambiente de este instituto y en las casas, antes del luctuoso acontecimiento. La excesiva reglamentación del centro escolar, aún encaminada a fines positivos, pero no siempre adoptada de la forma más conveniente por el personal docente, y la sobreprotección -o por el contrario, la dejación- de algunos padres, somete a los estudiantes de tal modo, que estos se muestran incapaces de sobreponerse a casi nada (o bien los hace pasar de todo). A veces, hay que sincerarse tanto con los progenitores que por poco se llega a la asfixia (V). Por ejemplo, si con la madre de Clay (Amy Hargreaves), la relación es casi invasiva (no por falta de cariño), con el padre (Josh Hamilton), por el contrario, el muchacho comparte un momento de sinceridad cuando éste le comenta que él pudo sobrevivir a sus años de instituto y que, por tanto, cree saber por lo que está pasando (VII). Pese a todo, como constata la estudiante y camarera Skye Miller (Sosie Bacon; uno de los más logrados personajes de la serie), respecto a Clay, no es común que tus padres sigan juntos (VI).

Por descontado que las peleas se graban en los móviles (VI) y que pasamos del dichoso no seas nenaza a un momento en el que los cumplidos se convierten poco menos que en vituperios, y los chascarrillos derivan en represiones emocionales. Algo pernicioso para el carácter de una Hannah que, además, advierte acerca del adoctrinamiento ideológico en las aulas: en el instituto no tienes ideas propias, te dicen lo que pensar (VIII). Lo cual no es óbice para que Hannah conozca a un simpático bibliotecario -otra especie clásica en extinción- (Tom Maden; VIII).

Posteriormente, los padres de Hannah tratarán de encontrarle algún sentido a la tragedia, pues desconocen la existencia de las cintas, y la aparente falta de motivaciones hace mella en la convivencia del matrimonio. Se culpan de no haber percibido alguna señal al tiempo que, como implora la señora Baker, tratan de evidenciar que nuestra niña tiene cara y nombre (IV). Pese a la aparente extroversión de la hija, les resulta duro constatar cómo esta tenía razones para matarse; una frustración que tratan de arrostrar culpando al centro educativo, siempre con el miedo de conocer la verdad, pues como se cuestionan desde un primer momento, ¿y si descubrimos algo que no queremos saber? (II). Lo cierto es que, con la hija en vida, los padres no cesan de discutir a causa de su inestable situación laboral. 


Como adolescente, Hannah Baker aún no posee los apropiados mecanismos de defensa emocionales (si es que estos se llegan a adquirir indefectiblemente), lo que la conduce a una suspicacia y susceptibilidad que, en ausencia de estos, serán sus únicas armas defensivas (definitivamente, no se sincera con sus padres, que como ya hemos señalado, atraviesan dificultades laborales y, en consecuencia, en lo económico).

El impacto en una personalidad noble como la de Clay también es evidente, llegando a asegurar, a la hora de justificar su “lentitud” en lo concerniente a las cintas, que solo puedo escucharla -a Hannah- a pedazos, me entra el pánico (III). Motivo por el cual se tomará su tiempo para asimilar el testimonio de la amiga, y por el que, en su propia deriva emocional, llega a experimentar cómo el hacer daño puede ser algo que se contagia, como evidencia su mal comportamiento con el acosador importuno Tyler Down (IV). Así, hasta desembocar en la inevitable fiesta donde casi nadie lo pasa bien, pero se finge que sí (IX), y que es el vórtice que desencadena los últimos padecimientos de la protagonista.

Pese a que la fotografía en el presente resulta a veces exagerada y cansinamente grisácea (un subrayado visual demasiado evidente), con objeto de diferenciarla de las imágenes del pasado, invirtiendo la tónica habitual (pues este resulta ser más luminoso: las circunstancias más trágicas pertenecen al presente), la pesadumbre que se palpa es muy real y algunos aspectos argumentales merecen ser destacados.


Especialmente remarcable es, en este sentido, el décimo capítulo, donde se va desgranando con buen tino lo acontecido después de que una señal de tráfico haya sido arrancada accidentalmente (tras la referida fiesta). A su vez, es simpático constatar cómo Toni se convierte en algo así como el ángel custodio de Clay, cuando este último aún desconoce la totalidad de las implicaciones de sus compañeros, y de él mismo (algo que le llena de angustia), en los acontecimientos. De hecho, Toni es el “buen gay” frente a los comportamientos nada complacientes de otros compañeros homosexuales, egoístas, aprovechados y manipuladores: todo lo contrario de lo que es Toni.

De hecho, los distintos caracteres están muy bien definidos en la serie. Hasta la madre de Clay llega a deslizar subrepticiamente unas píldoras a la hora del desayuno (se supone que para combatir las pesadillas), indicando cierto trastorno en el pasado de su hijo (III). De igual modo, Zach Dempsey (Ross Butler) está atrapado en un mundo de apariencias, en sus relaciones familiares y escolares. El deseo, o la necesidad de agradar a los demás, se trate de gente cercana o de simples conocidos, hace que se sea aquello que no se es.

Igual de destacable es el momento en el que Clay se enfrenta, junto a Toni, a la típica montaña a escalar, símbolo manifiesto pero bien aprovechado (VIII). Otra escena estupenda es aquella en la que Skye Miller le echa las cartas a Clay (siendo este quien las baraja), instante al que se suma la escena en la que chico reconstruye lo que debería haber sucedido, casi con toda probabilidad, de haberse acercado más a Hannah o, si al final, ella también se hubiera abierto más con él (XI). Como la propia Hannah asume, su principal equivocación fue dejar marchar a Clay; algo que también habrá de acabar asumiendo el muchacho.

El caso es que, tras extraviar una suma de dinero, Hannah comenta que hiciera lo que hiciera, parecía que seguía fallándole a todo el mundo (XII). Para mayor desgracia, Hannah tampoco se lo pone nada fácil al orientador Porter, cuando este tiene bastante paciencia. Pese a lo cual, la frustración del psicólogo será la de no haber podido ahondar más en las trágicas motivaciones de la alumna; al menos, a partir del momento en que Hannah percibe que nada va a cambiar (XIII).


Duro es constatar cómo, en la serie, nadie está a la altura (tampoco Hannah). La bola de nieve crece entre la ansiada independencia adolescente y los deseos de comunicar (que no es lo mismo que hablar), y ante el hecho de no saber pedir ayuda a los adultos, o no saber estos prestarla de forma conveniente. Este abrirse y cerrarse dispone un terreno sumamente ambiguo que multiplica las posibles conclusiones. De hecho, Hannah solo es capaz de describir en las cintas lo que le pasó, pero no así de verbalizarlo ante quiénes pueden ayudarla cuando, ciertamente traumatizada, deja de intentarlo. Hasta el bueno de Clay se queda paralizado por un periodo de tiempo, más ante los padres que ante sus compañeros, sabedor de que su madre va a proceder a la defensa legal del instituto en un asunto del que aún desconoce su propia responsabilidad. Aunque eso sí, siempre tratando de hacer lo que cree es lo más correcto, gracias a su agazapada pero firme integridad. Las posteriores citaciones y acontecimientos (XII) revelan cómo el sentido trágico de la vida alcanza a todos los personajes, sobre todo, a un desvalido Justin Foley (XIII). No obstante, uno siempre tiene la sensación, y este es otro acierto -imagino que consciente- de la serie, de que algunos padres -y madres: ¿de verdad hay que indicarlo?- semejan ser unos cancerberos agobiantes, insufribles y hasta repelentes, que de todo hay en la viña de esta localidad.

En definitiva, Por trece razones hace gala de una sólida realización, de marcada factura clásica, producto de varios realizadores y a pesar de la fragmentada estructuración narrativa y visual característica de nuestro presente. De forma igualmente certera, a lo largo del transcurrir narrativo, se suscitan una serie de dudas interesantes (y que no tienen por qué concretarse necesariamente), tales como si también es Clay responsable de la muerte de Hannah, o hasta qué punto es cierto lo que Hannah cuenta.

Sin embargo, esta duda final acerca de los hechos es lo de menos, en el sentido de que, transcurrieran o no de esta manera, lo que Hannah nos narra es cómo los vivió ella.

Escrito por Javier C. Aguilera


Shane, de Jack Schaefer, y adaptación de George Stevens

24 junio, 2017

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Reportero, editor y gran aficionado al cine, se recuerda a Jack Schaefer (1907-1991) principalmente por su nouvelle o relato largo Shane (Ídem, 1949), convertido en película por el veterano George Stevens (1904-1975), en una fiel adaptación de A. B. Guthrie Jr. (1901-1991). Valdemar Frontera publicó la narración (Shane y otras historias, 2015), una de las más reputadas y queridas por los aficionados a la literatura del western.

Siempre hay épica y poesía en el lejano oeste. El jinete solitario es independiente, pero no duda en prestar su ayuda a los demás; en este caso, a la familia Starret. De hecho, no conocemos su lugar de origen, su pasado o futuro, pero los intuimos.

Según lo describe Schaefer, Shane es un hombre de estatura media y constitución casi pequeña, con voz suave, rostro delgado y pelo oscuro (Capítulo I). Además, va vestido de negro. Pero no debemos llamarnos a engaño, el jinete Shane posee una complexión y determinación fuertes. Podría decirse, como primera característica, que las apariencias engañan, aunque no oculten el tormentoso ayer del protagonista, o que la épica es llevada al terreno de lo cotidiano; en este sentido, la descripción es totalmente realista.

El relato comienza en retrospectiva desde el primer párrafo, con los recuerdos del narrador, por aquel entonces, un chico de unos ocho o nueve años llamado Bob. Una vez que el visitante se tropieza con los terrenos y problemática de los Starret (igual de significativo es el factor destino), los padres del muchacho tratan de acaparar la atención del forastero por medio de la conversación (II). En parte, debido a la necesidad de afecto y protección de los integrantes de la familia; cada uno, por semejante pero distinta causa. Pese a todo, la amenaza de la disgregación -tercer factor- no se acrecienta; la buena disposición de Shane al enfrentarse con un tocón recalcitrante en el terreno de los Starret ejemplifica muy bien una fuerza hecha por medio de la unión (III).

Bob está en una edad en la que nada se le escapa, aunque no siempre acierte a comprenderlo todo (ambas vertientes son reflejadas certeramente por Schaefer). Por medio del visitante, aprenderá que ser un hombre consiste en saber elegir, no en buscar la confrontación, aunque tampoco en rehuirla o amilanarse. Una confrontación que presenta distintos niveles: estamos ante un relato escrito donde cobran gran relevancia las miradas (aportadas por el autor y por el lector); con frecuencia, en sustitución de un diálogo que sería un pleonasmo.

Esto tiene su interés porque la complicidad de Shane con Joe Starret, el patriarca -más que cabeza de familia- de todo un grupo de asentados ganaderos, al enfrentarse juntos al enraizado tocón, es algo que la esposa no permitirá cuando el marido trate de ayudarla, a continuación, ¡a mondar unas manzanas! (III). Ella también es celosa de su espacio y desea la particular atención de Shane a la hora de compartirlo, aunque no siempre lo logra (al menos, no en el sentido que pretende). Esto tiene su correlato en un subrepticio duelo de miradas y pocas palabras entre Shane y el bravucón e inexperto Chris (VI).

Cuando, finalmente, el desafío entre ambos se hace físico, este es relatado en tercera persona por uno de los vecinos del lugar (VII). A su vez, la siguiente trifulca en la que se verá envuelto Shane, y en la que recibe la ayuda extra de Joe, sí es narrada en primera persona por Bob, testigo presencial de los acontecimientos (IX), al igual que le tocará asistir, por propia voluntad -una determinación compartida con el viajero- a la lucha final y definitiva (XIV).

En cuanto a los personajes adultos principales, estamos ante tres caracteres orgullosos y, en más de un sentido, complementarios; en el caso de los padres del chico, como si quisieran alardear más de lo que eran cuando estaban con él (con Shane; IV). Más aún, respecto al forastero, asegura Joe que es como yo (III); todo esto, siempre bajo la atenta mirada del joven Bob.

Pintura de Jason Rich
Pero, con la llegada del invierno, también se recrudece la relación de los colonos con Fletcher, que representa el poder del valle (VI). Un poder que aún se está consolidando y que es el origen de todas las tensiones. El mismo pueblo también se haya en formación mientras se cimienta la amistad de los Starret con el misterioso Shane (VI).

Sin embargo, Fletcher es una amenaza que no se materializa hasta que es contratado el pistolero que le ha de hacer el trabajo sucio, Stark Wilson (XII); lo que no quiere decir que su influencia no se deje sentir -o se somatice- hasta ese momento. Con la simple soledad de su invencible integridad (XIV), Shane parte para enfrentarse a ambos desalmados en el pueblo, de noche (XIII).

No es solo por la señora Starret que lo hace, sino por los tres miembros de la familia y por el resto de ganaderos oprimidos del valle. De hecho, ¿qué vínculo del pasado le une con el tal Wilson?, o de una forma aún más enigmática, ¿hay bala que pueda matarle?, como se pregunta el señor Weir, otro de los residentes (XV).

Casi entramos en el terreno de lo fantástico y lo sobrenatural, nuevo aspecto que, no obstante, siempre ha casado bien con el western, precisamente, gracias al hermetismo e imbatibilidad que presupone el personaje épico (más aún, cuando los héroes también padecen o incluso cambian de bando en ambas manifestaciones artísticas).

No en vano, existe cierta ritualización premeditada en la narrativa de Jack Schaefer (que luego adoptará Clint Eastwood [1930] tal cual). El resultado de todo ello es que Shane ha provisto de raíces profundas a los Starret y al resto de granjeros del contorno, o al menos, les ha hecho ser conscientes de ello (XV, XVI). Tan independiente como las montañas (VII), Shane cabalga entre la realidad histórica y el lirismo literario.


El siguiente relato que acompaña a Shane, en el volumen que nos ocupa, es Cooter James, personaje nuevamente engañoso, en el sentido de que muestra una contextura de débil apariencia; es bajito, grueso de cintura y con cojera. Pese a todo, la desazón que siente por una compañía femenina definitiva, pondrá en juego un simpático mecanismo de atracción en el que tiene mucho que ver ¡un barril de harina! Al tratar de averiguar dónde diablos lo metió -pues Cooter trabaja en una tienda de víveres-, una cliente le reprochará que no se acordara de que se lo regaló, aparentemente... Tocada en su pundonor, la mujer se empeñará en pagar la deuda haciendo el desayuno a Cooter y limpiando su cabaña.

A continuación, el autor nos narra las costumbres y el orgullo de un padre cheyenne, Poderosa Mano Izquierda, ante la probada honradez de su hijo, Lanza Larga, al no reclamar para sí un premio que no le corresponde, pero que sí merece. La historia lleva por título El coup (el toque) de Lanza Larga.

Seguidamente, en Ese caballo llamado Mark, se relata la especial relación de un jinete de rodeo con un caballo de gran nobleza… y acusada humanidad.

Pintura de Tim Cox
Otros dos nombres propios cierran el volumen. El primero es Jacob, a secas, donde el universo indio se ve reflejado en el nativo así llamado, tal cual lo percibe, una vez más, un niño, el hijo de un guardagujas. Este sufrirá una fuerte y bella impresión de valentía y soledad, de principios y finales, que acontece uno o dos años antes del asunto de Custer (1839-1876), en Little Big Horn (1876).

Sin duda, es Jacob -a mi parecer-, la joya de la corona de estas narraciones, todas notables. Al igual que en Shane, Schaefer adopta la estructura de flashback, recurso por el cual, la inicial decepción del muchacho al contemplar largamente a un personaje que es el líder de una gran tribu de guerreros que parte hacia la reserva, y que, una vez más, no era ni enorme ni fiero, tal y como él lo observa después de haberlo imaginado en su mente, se ve trasformada por la comprensión que deparan los años, desde el presente.

El último de lo relatos es Harvey Kendall, de profesión, inspector de ganado y antiguo jinete de rodeo. Otra vez somos partícipes de una estructura en retrospectiva, con la mirada de un niño, el hijo de Kendall, como catalizador de los sucesos. Para mayor complicidad, el caballo de Harvey también se llama Mark.

Lo curioso del caso es que el autor no oculta que la eficaz actuación del personaje en un último rodeo -algo que se dice es como montar en bicicleta-, se ve mermada por la forma física de los años, pero no en detrimento de su orgullo o valentía: Harvey es tan digno como comprensivo. Lo sugestivo es que la historia se demuestra cíclica cuando, el joven que está destinado a reemplazarlo en el puesto y la gloria, le muestra sus respetos y le pide consejo de cara al futuro. De este modo, Harvey Kendall es el testimonio de alguien que gana, aunque no en el terreno que esperaba, sin haber perdido tampoco en este; es la crónica casi postrera de quien demuestra que aún sirve, cuando no le privan de la confianza en sí mismo. Es por ello que todos los personajes de Jack Schaefer son sumamente corrientes en su aspecto, pero muy distinguidos en sus acciones.

Como antes hemos anticipado, la adaptación cinematográfica de la novela corta Shane, respeta en líneas generales la exposición y hechos descritos en el original literario, con algunas curiosas desviaciones que pasaré a referir.

El jornalero Joe Starret fue interpretado por Van Heflin (1910-1971), su esposa Marian por Jane Arthur (1900-1991), el joven Bob, aquí rebautizado Joey, por Brandon de Wilde (1942-1972), y Shane, por el eficiente y confiable Alan Ladd (1913-1964). Producida y dirigida por George Stevens, el vestuario fue responsabilidad de Edith Head (1897-1981), la fotografía de Loyal Griggs (1906-1978) y la música de Victor Young (1900-1956).

La primera, más que diferencia, variante, es que la acción de Raíces profundas (Shane, Paramount Pictures, 1952, estrenada al año siguiente), la hallamos, precisamente, en la temporalidad del relato: los hechos se narran desde el presente y no desde el futuro, como sí ocurre en la novela por medio de la analepsis.


Importante es destacar otro llamativo juicio de producción (cargo correspondiente al propio realizador) y es la filmación de los exteriores en escenarios completamente naturales. La aparición en lontananza de Shane, al igual que en el libro, lo une a un pasado incierto y a una naturaleza cambiante pero benigna. Además, Shane demuestra su independencia, al igual que Joe su determinación, cuando ambos se enfrentan a los secuaces de Rufus Ryker (Fletcher, en la novela; Emile Meyer). Necesito todo el terreno para pastos, concreta el cacique.

De este modo, el realizador saca todo el rendimiento posible a dicho escenario. La frialdad del pueblo no es solo atmosférica, sino también moral, pues la ley es poco menos que un espejismo. El enclave se haya encajado y disperso entre montañas heladas y, como queda dicho, en una comarca sin sheriff. A tal efecto, dichas montañas coronan muchos de los planos.

La acción también se concreta hábilmente. La llegada de Shane se ve acompañada, casi de inmediato, de la de Ryker y sus secuaces. Poco después, Stevens resuelve la escena del tocón sin apenas prolegómenos ni diálogos (que son dejados para después de la tarea conjunta), empleando una significativa planificación que superpone una serie de planos cortos. Tal concreción se manifiesta, igualmente, en el episodio del refresco de gaseosa que Shane pide en el bar (para el muchacho), o en la visita del vecino Ernie Wright (Leonard Strong) a los Starret, para ponerles en los últimos antecedentes.


Pero sí existe una diferencia fundamental -y por lo demás extraña- respecto al libro, que solo se explica por querer dar una mayor primacía a la implicación del muchacho, aún a costa de la figura del padre, y es que Joe no interviene por iniciativa propia en la pelea que Shane mantiene con los secuaces de Ryker, en el bazar de Sam Grafton (Paul McVey), hasta que el hijo reclama ayuda para el forastero. De hecho, todos los lugareños que han acudido en masa al establecimiento (en el libro, solo la familia Starret), adolecen de coraje.

Curiosamente, tampoco existen tiranteces o fisuras en el matrimonio Starret, sino una reafirmación de su cariño (decisión respetable). Por eso, cuando al final del relato cinematográfico, Marian le pregunta a Shane si todo lo ha hecho por ella, el sentido de la pregunta es diferente al del libro (más allá de echar un baile con la señora Starret el Cuatro de Julio). De igual modo, la muerte del ranchero Stonewald Torrey (Elisha Cook) no es narrada verbalmente por un personaje, como en la novela, sino visualizada primero y contada después por dicho personaje, Axel Shipstead (Douglas Spencer), y no en el interior de la casa de los Starret, sino, nuevamente, en el exterior. Es decir, siempre en el marco de la naturaleza, como denota el hecho de que Ryker queme la casa de Fred Lewis (Edgar Buchanan) cuando este ya se disponía a marchar, o como sucede durante el combate verbal entre Ryker y Joe Starret, en el que el honesto ganadero rechaza la envenenada oferta del oligarca.


Sí se respeta la conversión de Chris Calloway (Ben Johnson), aunque en esta ocasión, Joe sí se alinea con Shane desde un primer momento. En esta atmósfera natural pero enrarecida, George Stevens también incorpora a la película el ambiente de bravuconería de los esbirros de Ryker, al otro lado del cercado de los Starret. Además, la planificación que enfrenta a Shane con el pistolero contratado por Ryker, Jack Wilson (Jack Palance) es soberbia. Prevalece la superioridad de Shane en el plano, ante un Wilson altanero pero sentenciado visualmente, esto es, antes de que se produzca el duelo.

Finalmente, como novedosa y excelente aportación de la película, en ella, otros niños están presentes en situaciones tensas, siendo conscientes de los conflictos; como cuando Joe conmina a su vecino Fred a que se quede y a actuar con valentía, o cuando los chiquillos de los ganaderos asisten al entierro del sureño Torrey. Al igual que el resto de la comunidad, ellos también están en continuo contacto con la amenaza de la muerte, pero tanto en el libro como en la película, comparten la enseñanza de que de los problemas no se huye, sino que se afrontan.

Escrito por Javier C. Aguilera

Wonder Woman: El Círculo, de Gail Simone y Terry Dodson

22 junio, 2017

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Las superheroínas no han gozado de la repercusión que, en muchos casos, se merecerían, o al menos en igualdad con otros superhéroes cuyas historias no son ni peores, ni mejores, sino simplemente semejantes. Quizás por la fama que el cine otorgó a determinados personajes, otros han pasado más desapercibidos, restringidos al mundo del cómic.

Ese puede ser el caso de Wonder Woman, que si en el mundo del noveno arte formaba parte de la Trinidad de DC formado por ella junto a Superman y Batman, en el más popular medio cinematográfico apenas ha gozado de éxito. Al menos hasta ahora, en que la reciente propuesta dirigida por la directora estadounidense Patty Jenkins, Wonder Woman (2017), parece haber llamado la atención del público y, también, catapultado su fama, merecida por otra parte tras una larga trayectoria entre viñetas y a la sombra de otros héroes.

A raíz de este próximo estreno en nuestro país, hemos querido acercarnos a la célebre amazonas a partir de un cómic escrito también por una mujer, Gail Simone: El Círculo (2008).

La Mujer Maravilla, como se conocía tradicionalmente en España, tiene la particularidad de relacionarse con la mitología o, mejor dicho, de surgir de este territorio, lo que le otorga un singular atractivo y un enfoque distinto al del alienígena que es Superman o al carácter detectivesco y más humano de Batman. De ahí que sus poderes se expliquen a partir de regalos de los dioses griegos, que pertenezca a una raza de amazonas como se entendían en esa misma mitología (un pueblo gobernado y formado por mujeres guerreras), que aparezcan otros personajes mitológicos, como la bruja Circe o Hércules, o que tenga un hogar apartado de la civilización, la isla de Themyscira (o Temiscira), también conocida como Isla Paraíso.

En El Círculo nos encontramos ante un momento delicado para la comunidad amazona. De forma previa, la bruja Circe ha provocado toda una serie de problemas a la heroína y a las amazonas, de forma que Wonder Woman ha perdido sus poderes cuando no está usando su armadura clásica y sus queridas hermanas han sido exiliadas por decreto de Atenea de la isla que era su hogar, a excepción de la reina y madre de Diane, Hipólita. Por tanto, ahora nuestra protagonista se dedica a la investigación de asuntos metahumanos como Diane Prince, mientras que trata de mantener el mundo a salvo con su alter ego conocido ya por el mundo como Wonder Woman. De ello se está ocupando cuando tienen lugar los acontecimientos de El Círculo.

Dado que la isla Paraíso está prácticamente abandonada, el Capitán Nazi (los nazis han dado de sí como villanos recurrentes hasta límites insospechados; por cierto, este villano funciona realmente como un macguffin de la auténtica aventura) ha decidido asediarla y conquistarla. Sin embargo, esta invasión reabrirá una antigua historia que tiene relación con el origen de nuestra protagonista y cómo su nacimiento fue la causa de ruptura y rechazo entre un grupo de amazonas.

Este grupo, conocido como el Círculo, estaba compuesto por cuatro amazonas elegidas por la reina para salvaguardarla de cualquier peligro. Sin embargo, cuando Hipólita decidió tener una hija, el fanatismo de estas protectoras las llevó a tratar de destruir esa nueva vida, a la que contemplaban como una amenaza para toda su raza. Encarceladas desde entonces en la misma isla y sin mostrar ni un ápice de arrepentimiento, esperan su oportunidad para acabar con la causa no solo de su encierro sino también del rechazo de la persona a la que habían jurado proteger, su reina.

Así pues, dos líneas temporales se entrecruzan en el cómic. La historia del pasado nos sirve para mostrar el funcionamiento de la sociedad de las amazonas, sus leyes restrictivas fruto del imperativo de los dioses, que impedía, entre otras cosas, su procreación, o el fanatismo alcanzado por quienes formaron el célebre Círculo, quienes además de proteger a la reina, buscaban a todas las amazonas dispuestas a romper sus leyes, aunque se tratase de un simple placebo inofensivo. En cierta medida, la represión que estas amazonas hacían de su propio deseo de maternidad las llevaba a cazar a todas las que estaban dispuestas a manifestarlo de cualquier forma posible. De ahí que se sientan traicionadas por la persona a la que más querían y admiraban.


Y la historia del presente es una prueba para Diana, una prueba para demostrar el tipo de heroína que es. Por una parte, será capaz de hacer frente a los peligros que surjan incluso cuando no pueda utilizar sus poderes, pero, por otra parte, cuando sea capaz de usarlos y dominar a sus enemigos, siempre se mostrará clemente y piadosa. Así lo demuestra con el grupo de gorilas inteligentes liderados por Tolifhar, que acabarán por ser una mezcla de alivio cómico y de apoyo bélico, como también hacia el final de la historieta, cuando tras mostrar su superioridad, decida ser benevolente y no vengativa, mostrando cuáles son los auténticos valores de las amazonas. A su vez, a pesar de su grandeza, no dudará nunca en solicitar ayuda a otros con tal de proteger aquello que ama o que cree justo, lo que nos permitirá comprobar que en este mundo no solo existen dioses griegos, sino que también hay espacio para otras mitologías, como la nórdica, la egipcia o la japonesa.

De esta forma, El Círculo se presta a ser no solo una entretenida historia sobre Wonder Woman, sino también una presentación más profunda sobre su sociedad, sobre la cuestión de la maternidad y el fanatismo, sobre el carácter clemente del personaje, que se distingue así de otros superhéroes (ella misma mencionará su rechazo a las técnicas de Batman), y sobre la importancia de los lazos que nos unen a los demás por encima de los prejuicios (los prejuicios que le afectaban a ella como también los que afectaban a los gorilas, por ejemplo, y que ella fue capaz de superar: solo están equivocados).

Gail Simone
A pesar de que su conclusión resulte abrupta, Gail Simone nos regala una aventura atractiva y que nos ayuda a comprender mejor al personaje, sin olvidar tratar algunos temas de interés que no resultan vacíos. Quizás pueda chirriar la aparición de ciertos personajes excesivamente caricaturescos, como los gorilas o el Capitán Nazi, en contraposición a la historia tan terrible y a la caracterización más profunda del Círculo; sin embargo, su presencia tiene un sentido y nos proporciona un mejor panorama de la protagonista. Y todo ello dibujado por Terry Dodson, que aunque consideramos falto de dinamismo en las escenas de acción, sí consigue una gran expresividad y personalidad para cada uno de los personajes.

Escrito por Luis J. del Castillo


Para el sábado noche (LXII): Capricornio Uno, de Peter Hyams

20 junio, 2017

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De carrera progresivamente diluida, Peter Hyams (1943) cuenta en su filmografía con algunas películas muy notables; generalmente, las escritas, o incluso fotografiadas, por él mismo. Esta es una de esas ocasiones, aunque la labor fotográfica corresponda a Bill Butler (1921).

En la primera imagen de Capricornio Uno (Capricorn One, ITC-Warner Bros.), producción de Lew Grade (1906-1998) con música de Jerry Goldsmith (1929-2004), el sol emerge física y metafóricamente por la plataforma del cohete que ha de llevar a los primeros expedicionarios terrestres al planeta Marte. Es un símbolo que se superpone a la voz en off que informa puntual pero lacónicamente del estado de la misión.

Pero a excepción del desconfiado -y partidista- diputado Hollis Peaker (David Hudleston), los políticos, como buena parte de la población -curiosa correlación-, se sienten poco atraídos por las perspectivas de este nuevo logro humano y tecnológico. No obstante, además de los astronautas Charles Brubaker (James Brolin), Peter Willis (Sam Waterston) y John Walker (O. J. Simpson), todos con un carácter bien definido por Hyams, el proyecto recibe el apoyo entusiasta de familiares y colaboradores, como el operario Horace Gruning (Lou Frizzell) que, honradamente, se siente orgulloso de una empresa de la que, la llegada a la luna, el veinte de julio de 1969, fue tan solo uno de sus jalones.

El motivo de la desconexión del resto de personas -en términos generales-, lo hallamos, precisamente, en aquello que se pretende ofrecer como remedio de la crisis: el desinterés de la gente por el programa espacial tripulado responde al hecho de que todo se ha convertido en mediático, y en que la oferta se ha ampliado. Los medios de comunicación, con su poder de realidad de lo televisado, reflejan, en este caso, dicho desinterés. Es por eso que Marte se convertirá en un escenario más; aparte de que, en este sentido, el parlamento que el director del programa Capricornio de la NASA, James Kelloway (el estupendo Hal Holbrook), lanza a los tres astronautas, cuando la misión parece abortada, es bastante realista aunque desemboque en cauces -¡o canales!- nada éticos. A modo de paráfrasis, ¡el programa debe continuar!, lo que incluye las voces grabadas de los atónitos protagonistas y, se supone, que algunas de las muestras del terreno marciano aportadas por los exploradores robóticos.


Pese a todo, en forma de justicia poética, ese optimismo e ideales que escasean, serán los que el periodista Robert Caufield (Elliot Gould), representante de esa parte de un reporterismo de investigación honesto y arriesgado -en varios sentidos-, devuelva a la sociedad, en la persona de algunos de sus héroes; porque los héroes existen, por mucho que determinadas ideologías se avergüencen o denuesten el pasado histórico, remoto o reciente.

En esta ficción, la balanza termina por equilibrarse pese al esfuerzo que esto conlleva, es decir, pese al enfrentamiento mantenido por la idiosincrasia y la superación humanas, y el progreso técnico, cuando ambos aspectos no van acompasados. Un terreno que ha sido abordado por buena parte del género de ciencia ficción, como en 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odissey, 1968; aunque sigue habiendo quienes creen que se trata de una glorificación de lo tecnológico por encima de los valores trascendentes, lectura ajena a la verdadera intencionalidad de Stanley Kubrick [1928-1999]), o bien, por la interesante Operación Ganímedes (Operation Ganymed, Rainer Erler, 1977), aunque a diferencia de esta última, en Capricornio Uno, el recorrido de los astronautas se produce por separado y conduce a similares pero distintos derroteros, por decirlo así. En el caso que nos ocupa, la simulación afecta al aterrizaje en Marte, pero no al lanzamiento del cohete. Además, existe otro escenario intermedio, efímero pero crucial para la trama, como es el decorado de un pueblo del oeste…


Por lo tanto, ¿hasta dónde llegar para mantener vivo un sueño y devolver las ilusiones al público? ¿De qué forma merece uno pasar a la historia? El momento de la verdad de Kelloway consiste en sostener una mentira; al fin y al cabo, confirma que solo nos hacen falta las emisiones de televisión. Su lealtad al programa espacial es encomiable pero errónea, como le hace ver, en primer lugar, Charles Brubaker. Para Kelloway, el aliciente es que ya no queda nada en qué creer, lo que, de alguna manera es cierto. Para Brubaker, sin embargo, no es lógico mantener algo vivo traicionándolo. Naturalmente, la antedicha balanza comienza a desequilibrarse desde el momento en que entran en funcionamiento mecanismos y presiones que operan al margen de los principales implicados. Esto se me ha ido de las manos, hay fuerzas que tienen mucho que perder, especifica Kelloway. Desde ese momento, otro componente se ha averiado, al convertirse la amistad entre el astronauta y su antiguo mentor en un mero contrato emocional, en el que es el televisor el que opera como mecanismo de representación.

A Robert Caufield le pone tras la pista el operario de telemetría Elliot Whitter (Robert Walden). La iniciativa individual de ambos frente al sistema también será castigada, en favor de ese más amplio y etéreo bien común, como bien comprueba el sufrido Mustang de Coufield. A ello se prestan gustosos determinados organismos gubernamentales que crean, a su vez, otro escenario alterno para distorsionar lo que, hasta entonces, ha sido la realidad (tal vez, sin el conocimiento de los propios dirigentes; condición de estos suele ser estar en las nubes… de Valencia o marcianas; es decir, en sus reelecciones).


Por ello, no es casualidad que, cuando al fin se produce el ansiado -y ansioso- aterrizaje, el mensaje grabado del presidente a la nación, al resto del mundo, y a los astronautas, se vea acompañado por un movimiento de la cámara con el que Peter Hyams se va alejando de estos últimos, para acabar mostrando todo el entramado del montaje. La ironía consiste, como ya he señalado, en que tales agencias y el personal a su servicio habrán de enfrentarse con aquello que pretendían evitar a toda costa: el desprestigio del programa espacial, cuya víctima colateral es el ámbito informativo. Por suerte, para quienes los defienden de una forma cabal, el viacrucis de estos pioneros del espacio por un nuevo escenario, ubicado, por cierto, en un remoto y reseco paraje, al estilo del marciano, no quedará sin recompensa moral. Esto parece Marte, confirma Willis. El destino es azaroso, más allá de de todas las previsiones y reglas de cálculo…

Todo esto lo cuenta el realizador de una forma clásica y perspicaz. Por ejemplo, empleando un movimiento de cámara análogo al del antedicho mensaje presidencial, cuando los tres astronautas toman caminos separados en plena aridez; o en el ejemplar duelo aéreo entre dos helicópteros y la destartalada avioneta que pilota Albain (Telly Savalas), o incluso, cuando es el propio discurso final del presidente (Norman Bartold) el que acaba convertido en un enorme montaje (tal y como advertía, por razones ajenas al personaje).

Y si me permiten un apunte final, diré que Capricornio Uno es una de esas películas que pueden ayudarnos a recuperar parte de esa ilusión perdida, en este caso, cinematográfica, pues no se trata de encadenar un título detrás de otro, sino de hacer de cada ocasión algo especial; en definitiva, de regresar al rito que suponía ir al cine (aún en el propio hogar).

Escrito por Javier C. Aguilera


Guardianes de la Galaxia Vol. 2, de James Gunn

17 junio, 2017

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Regresamos al espacio con el equipo de superhéroes más gamberro de Marvel con la dirección de James Gunn, que ha entendido bien a esta incomprendida pandilla: Guardianes de la Galaxia Vol. 2 (2017). Pero regresar nunca es sencillo. Guardianes de la Galaxia (2014) fue una sorpresa en sí misma, una historia fresca en medio de otras que ya nos sonaban demasiado semejantes, demasiado oscuras. Gunn proporcionaba a unos héroes casi desconocidos para el público general, para el desconocedor de los cómics, una imagen asociada a un humor, a un estilo visual y a una música muy concretos. Y ahora tocaba contar otra página más de sus aventuras espaciales.

Por ello, nos encontramos con los guardianes ejerciendo tareas de mercenarios en el espacio, cuando por la actitud de Rocket, se verán en problemas con una civilización narcisista, arrogante y bastante rencorosa. Mientras son perseguidos a través del espacio, alguien viene en su ayuda: una persona inesperada dispuesta a revelar a Peter (Chris Patt), el ya célebre Star Lord, cuál es su origen y dónde está su pasado y su hogar. Entretanto, Yondu (Michael Rooker) y sus contrabandistas son contratados para capturar a los Guardianes de la Galaxia; sin embargo, la relación casi paternofilial que Yondu mantiene con Peter provocará un motín.

James Gunn sabe cómo quiere contarnos esta historia y no tarda mucho en demostrarlo: su introducción es una escena de acción trepidante... en segundo plano. Será la música, en este caso Mr. Blue Sky de Electric Light Orchestra, se convierte en la protagonista junto a un pequeño Groot a través de cuyas acciones y peripecias por el campo de batalla irá desgranando y redescubriéndonos a los personajes que ya conocíamos. Apenas unos pocos minutos suficientes para presentar a cada uno de los personajes y recordarnos sus peculiares personalidades, que siguen intactas con respecto a lo visto en la primera entrega. Habrá más momentos similares, tanto donde la música, este Awesome mix Vol. 2, con canciones de los setenta y ochenta, destaque, como donde la acción sea la protagonista, tanto en el espacio como físicamente.


Para cuando la película haya llegado a su fin, se nos habrá mostrado la evolución de estos mismos personajes sin que, por ello, hayan perdido su esencia. Ahí tendremos a un Star Lord asumiendo de forma renovada su rol en el grupo y su vínculo no solo con ellos, sino también con Yondu, personaje que ganará muchos matices a lo largo de esta película. También tendremos la evolución de Gamora (Zoe Saldana), quien comprenderá no solo la importancia de las relaciones creadas, sino también cómo sus actos han influido en otras vidas sin que ella se percatara de esa relevancia. Precisamente, su difícil relación fraternal con Nebula (Karen Gillan) será el ejemplo más evidente, un vínculo sobre el que se ahonda como no se había hecho en la anterior ocasión.

Algo diferentes serán los casos de Rocket, Drax (Dave Bautista) y el bebé Groot, quienes suelen funcionar como descargos humorísticos en la mayoría de ocasiones, especialmente el último. Ahora bien, Rocket se sigue mostrando como un adolescente descarriado y malhumorado que, sin embargo, nos sorprenderá creando un lazo de intimidad con otro personaje a partir del cual nos desvelará sus auténticos sentimientos y sus motivaciones reales. Mientras que Drax también nos muestra una actitud más responsable. Junto a la nueva incorporación, Mantis (Pom Klementieff), interpretarán algunos momentos muy divertidos, sobre todo en relación al uso del lenguaje de forma literal o a la inocencia de Mantis sobre todo lo relativo a la humanidad. Por no seguir ahondando en detalles, no nos referiremos al antagonista de la historia ni haremos mención a la trama relativa al padre de Star Lord (Kurt Russell), aunque sí podemos mencionar que se trata de una propuesta bastante interesante, a pesar de que pueda sentirse previsible conforme avanzas en el visionado y más tópica de lo esperado. Por no mencionar algunas incongruencias que dejaremos en el tintero.


Resulta complicado evitar los comentarios concretos sobre lo que sucede en el argumento, incluso podríamos entender que hemos resumido bastante, pero añadiendo demasiados detalles; sobre todo si atendemos a lo cuidadosos que han sido en toda la campaña publicitaria de la película. Al contrario que otras promociones que suelen desvelar casi todo el entramado y hasta algunos giros sorpresa, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 ha logrado diluir todos los acontecimientos relevantes en las imágenes previas. No obstante, ello no ha evitado que ya conozcamos a los personajes y que el efecto sorpresa de la primera entrega nos otorgue unas expectativas, estando, por tanto, precavidos del tipo de película que vamos a encontrar.

No podemos considerar que decepcione: vuelve el humor gamberro y chocante de la primera ocasión, pero con renovados chistes y referencias culturales, regresa también los momentos de acción trepidante y también hay espacio para el desarrollo sentimental de los personajes, como ocurría anteriormente. De esta forma, siguiendo con la línea argumental, podríamos entender que si Guardianes de la Galaxia fue la historia de cómo unas personas bastante diferentes entre sí se unieron casi por azar por un objetivo común, esta nueva entrega nos narra cómo esas relaciones se consolidan y, sobre todo, el significado que puede llegar a tener la palabra familia como tema esencial. Pero para todo ello, podríamos considerar que se acerca a derroteros conocidos, aunque en realidad lo que está haciendo es parodiarlos. Los parodia hasta tal punto que cuando decide ponerse seria y entregarnos una ocasión dramática, esta se siente con más fuerza de lo habitual, funcionando mejor que en una película trágica al uso.


Aunque no podemos dejar de sentir que estamos ante una aventura más tópica dentro del panorama de los héroes o incluso de las space opera, con todo, mantiene una personalidad única que la hace brillar en medio de otras propuestas más reiterativas. Además, aún se puede sentir cómo hay tramas por desarrollar en la vida de sus personajes a la vez que otras se han logrado cerrar de forma satisfactoria. En definitiva, una nueva entrega que mantiene la identidad creada en la primera aventura, la expande y a pesar de caer en ciertos lugares comunes o de poder hastiarnos en ciertos fragmentos, logra ofrecernos una historia fresca, divertida y manteniendo las expectativas.

Escrito por Luis J. del Castillo


Clásicos Inolvidables (CXXXII): Walden, de Henry David Thoreau

15 junio, 2017

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Aunque no todos los escritores hayan resultado ser inmortales, por muy distintas causas, muchos de ellos sí que son atemporales. Siempre precavido ante todo aquello que restringiera la libertad del individuo, Henry David Thoreau (1817-1862) se sintió atraído desde niño por la laguna de Walden, en Concord, Massachussets, EEUU, donde, en una parcela propiedad de Ralph Waldo Emerson (1803-1882), construyó una cabaña a la que se trasladó a vivir, en 1845.

Lo que allí experimentó, a lo largo de poco más de dos años, lo narró en Walden (Ídem, 1854; Cátedra, Letras Universales, 2005), libro que hoy referenciamos, en traducción y edición de Javier Alcoriza (1969) y Antonio Lastra (1967).

Pero entre gallinetas y cuclillos, ardillas, búhos y ratones de campo, lo que resulta más destacable de la experiencia campestre de Thoreau, de su imperioso retorno a la naturaleza, es que es consciente de que esta no pregunta ni responde a nada que nosotros, los mortales, podamos plantear (en el capítulo La laguna en invierno).

Es la suya una propuesta enérgica, pero ni impositiva ni vocinglera, encaminada a no formar parte del pasaje, sino a viajar subido al mástil (tal y como recoge en su Conclusión); una experiencia que tiene como epílogo genérico que el universo es más amplio que nuestras perspectivas (Conclusión).

Pese a la necesidad de un retiro temporal durante los veintiséis meses de permanencia en la laguna, Thoreau se mantuvo en contacto con amigos y familiares. De hecho, uno de los principales y maliciosos errores que cometen los adalides del colectivismo ideológico, sea político o religioso (los extremos siempre dispuestos a atraerse), es considerar que el que actúa de una forma individual y libre se ve supeditado a una especie de aislamiento egocéntrico y sin valores, cuando es justamente lo contrario (por mucho que formemos parte de un “todo”, no hay por qué doblegarse ante dicho todo). Esto es, como si la naturaleza solo pudiera soportar un solo orden de entendimiento (Conclusión). Hasta los eremitas produjeron un beneficio social de un modo indirecto.

Sin llegar a tanto, si se vive la vida con principios, la diversidad de nuestra experiencia no se verá disminuida. Más aún, recuerda Thoreau cómo la fundación de la primera república americana tenía que ver con esta garantía de libertad para todos sus habitantes, siempre que no se esté adormecido (Conclusión). Este es el eje principal de Walden, el que nos consideremos individuos y ciudadanos libres.


Una apelación a la independencia cuyo tronco sostenedor es el de no someterse sino al respeto de la naturaleza, en la que se integra el ser humano, aunque a veces se desvincule -consciente o inconscientemente- de esta, o de otros seres humanos. Es decir, un posicionamiento vital que no se pliega a ninguna ideología moralista o política hereditaria. El reposo de Walden se enmarca en una línea o tendencia existencial al desplazamiento y el viaje, solo que estos pueden ser tanto externos como internos. Soy un místico, un trascendentalista, un filósofo natural (Introducción), resume ampliamente Thoreau.

Unos aspectos que abarcan la lectura como ejercicio de libre pensamiento, que contribuye a la dignidad de nuestra presencia en el mundo, entendida como un efecto de la verdadera educación liberal del individuo y la comunidad (La lectura). Incluso llega a anotar cierta preferencia por la lengua escrita sobre la hablada, a modo de un lenguaje selecto, en cualquier idioma, favorecedor de la emancipación necesaria para poder (sobre)vivir y razonar. En su citada defensa de los clásicos, recuerda que solo hablan de olvidarlos quiénes nunca los han conocido, en tanto que un hombre debe encontrar sus ocasiones en sí mismo (Sonidos).

De hecho, lo que no tiene remedio es el ser humano, principalmente en conjunto, tantas veces convertido en complejo rebaño en su condición -o conducción- grupal y gregaria. Por eso el libro lleva como dedicatoria el afán de despertar a mis vecinos, por medio de las vivencias e impresiones del autor, a orillas de la laguna de Walden. Allí cuece su pan y quiere pensar por sí mismo (Economía).

Thoreau en el cómic, por Maximilien LeRoy
De vuelta a los días primitivos y huyendo de la vanidad, Thoreau llama la atención respecto a la acumulación de bienes inútiles, aunque parezca caer en la tentación de alabar la “comodidad” de la pobreza y condenar lo superfluo, entendido estrictamente como todo adorno o gasto suntuario, es decir, forzado por los demás. En resumidas cuentas, una cosa es la avaricia y otra la excesiva condena y denuncia de un comercio que es el salvavidas de toda comunidad o país bien organizado y en disposición de prosperar. Tras lo cual, de forma harto sagaz, Thoreau diagnostica y resume el meollo de la cuestión: deseo que haya tantas personas en el mundo como sea posible, pero quisiera que cada uno fuera muy cuidadoso en descubrir y seguir su propio camino, y no el de su padre, su madre o el del vecino (Economía).

Ello no obsta para advertir acerca de peligros muy reales que, como observamos, ya se erigían en una seria amenaza desde finales del XIX. Dando nuevamente la palabra a Thoreau, los hombres se han convertido en las herramientas de sus herramientas. Lo cual supone que el hombre laborioso no tiene ocio para una verdadera integridad cotidiana. En este sentido, el vocablo “civilizado” no se proscribe del entorno natural que se pretende abrazar, pues conlleva que el hombre civilizado es un salvaje más experimentado y sabio, a pesar de que la mayoría de los hombres lleva vidas de tranquila desesperación (Economía).

De resultas de lo cual, al saber que quería valerme por mí mismo, me volví con más determinación a los bosques. Ello, sin olvidar, y es importante recalcarlo, que la civilización es un verdadero avance en la condición del hombre, aunque solo el sabio aproveche sus (verdaderas) ventajas (Economía). Razón por la que, pese a todo, la realidad es siempre estimulante y sublime (Dónde vivía y para qué).

La laguna de Walden
Esta naturaleza y forma de vivir son contempladas como una época transitoria pero necesaria. Un “lujo” perecedero en sí mismo, que puede o no estar a nuestro alcance, y no solo espacialmente. A ello se suma una invitación a dudar de todo, o casi. Contra la prisa y la subordinación a la máquina, Thoreau proclama a los cuatro vientos su llamamiento a no dejarse engañar, a ser conscientes de los cimientos que son puramente ilusorios y penetrar la superficie de las cosas (Dónde vivía y para qué). En definitiva, a no ensimismarnos en nuestros límites culturales e ideológicos. Solo así puede el universo responder de una forma constante y obediente a nuestras mutables concepciones.

A su vez, el tiempo y el espacio se transforman en Walden: mis días no eran los de la semana (Sonidos). No en vano, con respecto a esta soledad buscada (no obligada), se pregunta el caminante ¿por qué habría de sentirme solo? ¿No está nuestro planeta en la Vía Láctea? (…); soy consciente de cierta duplicidad por la que permanezco tan lejos de mi mismo como de otro (Soledad). De este modo, el aislamiento no solo es grato, sino también reintegrador, una fusión con la naturaleza que bascula entre lo místico y lo utilitario.

Pero junto a las visitas efectuadas por Thoreau, están las que los lugareños, conocidos, curiosos o viandantes casuales dispensaron al propio escritor. Unos visitantes vistos como continentes inexplorados, que concretan el recurso de la ironía o, a veces, el de una abierta exageración al referirse al comportamiento de sus coetáneos (y sus formas de vida; Visitas). Por ejemplo, ante la pregunta de por qué debería cultivar un próspero campo de judías, en el capítulo del mismo nombre, Thoreau se responde que solo el cielo lo sabe… O desembocando en su visión de la urbe, recuerda cómo ninguna otra persona me molestó, salvo las que representaban al estado (La granja de Baker).

El singular huésped se enfrenta a los recursos del poder de frente, contrario a quienes ambicionan una nueva forma de mandar (más que de gobernar), más controladora, y la pervivencia de una sociedad de subsidios. Sobre todo, cuando constatamos que tales dirigentes poseen un nivel mucho más bajo que el nuestro…

Walden Pond Revisited, de N. C. Wyeth
Las mayores ganancias y valores están lejos de ser apreciados (…), tal vez los hechos más sorprendentes y más reales nunca se hayan comunicado de hombre a hombre. Se trata pues, de una tarea constante e individualizada, puesto que no hay un instante de tregua entre la virtud y el vicio (Leyes superiores), planteamiento que, respecto a los seres humanos, el autor ejemplifica mostrando el escenario, también natural, en el que se produce una gráfica y antropocéntrica lucha -exterminio, más bien- entre dos especies de hormigas (Vecinos animales).

Una decisión personal será también la de que el hombre fluya hacia Dios cuando se abre el canal de la pureza. A ello se refiere cuando habla de Verdad, pues Verdad es siempre la particular de cada uno. De este modo, todo hombre construye un templo: su cuerpo para el Dios al que adora (Leyes superiores).

Curiosamente, no será hasta el bien avanzado capítulo de Las lagunas, que conozcamos la precisa descripción y características del entorno de Walden, vistas por su prosista y residente. Como conclusión adicional, advierte Thoreau de que el hombre adopta un camino de obediencia y conformidad a las leyes de un gobierno justo… si lo encuentra, pese a lo cual, hacen falta nuevas leyes liberales si seguimos nuestros sueños (Conclusión). A Thoreau le parece que conforme simplificáramos nuestra vida, las leyes del universo nos parecerían menos complejas. Esto, porque las cosas no cambian, cambiamos nosotros (Conclusión).

Escrito por Javier C. Aguilera


Media guerra, de Joe Abercrombie

12 junio, 2017

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Detrás de cualquier conflicto, subyacen intereses personales de quienes dejan a otros morir sin saber nunca por qué estaban luchando realmente. En la trilogía del Mar Quebrado, Joe Abercrombie ha tratado siempre de dejar al descubierto los finos hilos en que sus personajes están envueltos sin saberlo, hilos que mueven aquellos que tienen acceso a la sabiduría escrita, a la historia, a la comunicación y, por supuesto, al poder, aunque siempre a la sombra de las grandes figuras. Por ello, el auténtico hilo conector de toda la trilogía ha estado en un segundo plano mientras observábamos qué les pasaba a quienes caían en esos hilos. O si acaso podían descubrirse como marionetas y hacer algo para evitarlo.

Como sucediera en Medio mundo (2015), el foco narrativo varía hacia otros protagonistas. Si en el primer volumen había sido uno, Yarvi, y en el segundo, dos, Espina y Brand, en esta tercera ocasión serán tres: la princesa Skara, el guerrero Raith y el aprendiz de clérigo Koll. Desde sus puntos de vista, obtendremos una panorámica de lo que sucede en la guerra contra el Alto Rey, una panorámica representativa, dado que los tres representan por una parte a las tres naciones alzadas (Gettlandia, Vasterlandia y Trovenlandia) con sus respectivas características particulares, y también a tres estamentos privilegiados distintos: la nobleza, el ejército y la religión.

En cuanto a la trama concreta, la primera historia, Medio rey (2014), nos había narrado una odisea que prendía la llama de la venganza de Yarvi, mientras que la segunda, Medio mundo, era una auténtica aventura con el desarrollo de la venganza de fondo y con un clímax potente en torno a un gran duelo final. Esta tercera y concluyente novela nos llevará al caos producido por Yarvi en el mundo del Mar Quebrado, donde se ha iniciado una guerra cruenta en la que todo vale, incluso las alianzas más inesperadas y siniestras o el rescate de objetos prohibidos. 

De esta forma, todo comenzará con el desgarro que se produce en la vida de la princesa Skara, cuando debe huir de su hogar para sobrevivir y convertirse en la única y legítima heredera del reino de Trovenlandia. Cuando el líder del ejército del Alto Rey, Yilling el Radiante, comience a destruir su país, ella deberá buscar la ayuda de sus aliados y comenzar a liderar en medio de la disputa. Así, se convertirá en el personaje que más evolucione y que más juego otorgue a lo largo de la trama de esta entrega, endureciendo su forma de ser desde su inocencia inicial hasta la orgullosa y astuta reina en que se convertirá, siendo capaz de participar en el juego de la guerra no desde la batalla, pero sí desde el campo de la dialéctica. Esa será, como se indicará en varias ocasiones, su media guerra.

Junto a ella, el sanguinario Raith, un guerrero de Vasterlandia fiel a su rey, Grom-gil-Gorm, a quien sirve como portaespadas y su copero. Desde su actitud belicosa inicial, deberá adoptar decisiones que lo apartan de aquello en lo que creía y comenzará a darse cuenta del vacío que supone ser un asesino, aunque descubra también que es lo único que se le da realmente bien.

Por su parte, Koll se convierte en el personaje más simpático del trío, a quien ya conocíamos desde su mención en la primera historia y su presencia en la travesía de la segunda aventura de la trilogía. Será quien tenga desde el principio dos caminos entre los que decidirse, caminos opuestos entre lo que quiere y que siente que debe hacer. Además, será quien mantenga el foco puesto en Yarvi para poder seguir viendo sus pasos y con el que tengamos una mirada más limpia de los terribles acontecimientos bélicos o de los inquietantes pasajes con los que cuenta la novela en ciertos momentos. Al poner todo el peso de la trama, incluyendo el final, en nuevos personajes, da cierta sensación de lejanía con los hechos que se narran, en los que suelen estar involucrados personajes ya conocidos anteriormente.

Como mencionábamos, Skara demuestra una gran valía como personaje y nos acerca a una faceta distinta a la que nos ofrecía Espina en el segundo libro, pero al compartir protagonismo con otros dos personajes, puede resentir nuestra empatía con ella. Sobre todo cuando con Koll existe una conexión más cercana por ser un personaje al que ya conocíamos. Y la tercera pieza en juego, Raith, asemeja su recorrido vital a lo que vimos de Brand en Medio mundo, solo que con un carácter más bélico. Por contra, personajes que habían tenido gran relevancia, como Espina Bathu o Brand, acaban por convertirse en sombras hasta llegar incluso a estar en un tercer plano, algo que también le ocurrió al rey Uthil respecto a su rol en Medio rey o a Sumael, quien acaba por diluirse por completo, junto a la Emperatriz del Sur, que pudo considerarse un preludio del personaje de Skara. Tan solo Yarvi consigue mantenerse como protagonista en las sombras.

Regresando a Media guerra, los tres protagonistas tienen en común la elección que deben tomar respecto a cómo ser en sus vidas y cómo actuar ante lo que está por venir. Por ejemplo, Skara deberá escoger entre sus miedos y su deber como reina, entre lo que debe ceder y lo que quiere conseguir, entre hallar la victoria y no seguir perdiendo. Y para ello, Abercrombie no abandonará nunca la duda en la que viven los personajes o la existencia de estas dos partes; es decir, incluso cuando Skara opta en algunos momentos por cumplir con su deber como reina, el autor no olvida mostrar sus miedos, cómo realmente se siente frente a lo que aparenta o qué desearía en realidad. Al final, es cierto que algunas de estas elecciones vitales son evidentes por dónde se desempeñarán desde un inicio, como quizás es el caso de Koll, aunque otras llevan a caminos curiosos, como ocurrirá con Raith. 


En la elección de los personajes reside el carácter juvenil que se ha otorgado a esta trilogía, dado que siempre estamos ante personajes en evolución, casi adolescentes que deben tomar la decisión de qué tipo de adultos quieren ser, aunque el mundo en el que viven no sea el nuestro. En este sentido, es curioso observar cómo junto a Skara vemos también la evolución de su nueva clériga, Owd, la de Raith o incluso la compostura de Jenner, un viejo lobo de mar que, a su edad, también decide poner otro rumbo a su vida, mostrando que siempre puede presentarse una oportunidad para cambiar nuestro estilo de vida. No obstante, a pesar de esa necesidad de contar el crecimiento de un personaje, lo cierto es que Mar Quebrado tiene un hilo conductor que ya hemos mencionado y que es la causa de todos los acontecimientos: la venganza de Yarvi.

Por ello, si ya resultaba curioso cómo se alejaba de él para poner el foco en otros personaje sen Medio mundo, llega un punto en Media guerra en que estamos demasiado alejados de él como para acabar de comprenderlo, incluso aunque el autor le otorgue voz para explicarse o para que otros personajes, como Koll o incluso Skara, lo hagan por él, como ya sucediera al final de Medio rey entre Yarvi y la madre Gundrig o también al término de Medio mundo entre Brand y Yarvi. Al final, siempre hay alguien que mueve los hilos y el autor quiere dejar claro que también existen personas capaces de percibir cómo se mueven o incluso de tratar de alterarlos, como sucederá en esta última ocasión. Resulta llamativo cómo, llegado el caso, el comportamiento del clérigo puede llegar a sorprendernos, dado que no hemos podido percibir bien su evolución interna en el tiempo transcurrido entre su odisea y los acontecimientos actuales. En cualquier caso, Abercrombie siempre ha jugado sus cartas hacia el gris, por lo tanto, es lógico que todos los personajes lleguen a mostrar tanto lo mejor de sí mismos como lo peor. Y en esta cuestión, Yarvi es el ejemplo más representativo, llegando a ser incluso demasiado agrio, pero, sin duda, se convierte en el personaje con mayor trayectoria de toda la trilogía.

La balsa de la medusa (1819), de Théodore Géricault
Cabe mencionar el detalle de las apariencias engañosas, cuestión también presente en la trilogía. Existen varios ejemplos: la incapacidad física de Yarvi frente a su gran poder estratégico, la débil apariencia física del Alto Rey frente a su poder en los reinos o, finalmente, la fragilidad que desprende la abuela Wexen frente a su alargada sombra de poder o la sensación de amenaza que transmitía. A ello hemos de unir la cuestión de los prejuicios, como los habituales e inconscientes enfrentamientos entre las dos naciones vecinas, Gettlandia y Vasterlandia, o incluso cómo la repetición de una serie de ideas en torno a una persona moldean su autopercepción, como ocurre con Raith frente a su hermano Rakki, sobre todo en cuestión de ver cuál de los dos es el listo.

Por último, el clímax de la historia narrada en Media guerra acaba siendo una escena veloz, tremenda y confusa, mientras que lo que debería haber sido el clímax de toda la trilogía se siente insuficiente y vacío. Si la intención de Abercrombie era transmitir ese sentido de vacuidad tras cumplir con una venganza, lo consigue sin lugar a dudas. En todo caso, le falta cierta contundencia al final, que en algunos aspectos queda abierto y con algunas cuestiones no abordadas debidamente. Por ejemplo, la presencia del príncipe Varoslaf con el que negocia la reina Laithlin a mitad de la obra, incluyendo la reaparición de cierto personaje antiguo que vuelve a desaparecer sin más repercusión, o la auténtica motivación de la antagonista, la abuela Wexen, cuya adoración a la Diosa única queda como una cuestión menor, en el aire. En este sentido, hemos sentido que ha habido una venganza, pero nunca percibiremos la magnitud de aquello con lo que se ha luchado. Sobre todo cuando, hacia el final de la novela, se nos muestra cómo la historia es cíclica y vuelven las viejas costumbres pero con nuevas personas ocupando las posiciones de siempre.

En definitiva, Media guerra culmina una propuesta de novela fantástica y juvenil bastante atractiva y madura, capaz de explorar los aspectos más grises de sus personajes sin caer en maniqueísmos habituales o prestarse a una lucha entre el bien y el mal. Quizás podemos sentir que el autor desaprovecha en ciertos momentos sus creaciones más atractivas o que quedan cabos sueltos e inexplorados en esta historia, que quizás se solventen con otras historias sobre este mismo mundo del Mar Quebrado. Mientras que otras cuestiones quedan más a la interpretación del lector, aunque con suficientes pistas por parte de Abercrombie, como la identidad de los antiguos elfos o la realidad de su magia

No obstante, siempre hay misterios que resolver incluso en nuestro mundo real, por lo que, ¿por qué no iban a existir en un mundo distante e inventado? Como existen las injusticias, la violencia, la sexualidad o los momentos de indecisión incluso entre adultos. Por todo ello, la coherencia y la madurez con la que está narrada la historia le otorgan a esta trilogía una excelente consideración y, sin duda, la hacen una obra muy recomendable. 

Escrito por Luis J. del Castillo




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