Superman/Batman: Enemigos públicos, de Jeph Loeb y Ed McGuinness

08 diciembre, 2016

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La creación de un superhéroe siempre conlleva la búsqueda de unas motivaciones concretas que determinen la clase de personaje y que justifiquen las características no solo de sus posibles poderes, sino también de su personalidad. Superman y Batman han sido dos de los superhéroes más favorecidos por el público gracias tanto a su larga trayectoria con algunos de los cómics más populares del género como a sus consecuentes adaptaciones televisivas, variadas en nivel, aunque siempre evaluadas por la atenta mirada de sus seguidores.

Sin embargo, a pesar de su fama, son dos superhéroes bien distintos. Tanto que podemos suponer que les resultaría más fácil tener visiones contrarias del mundo y del combate por la justicia, lo que, en efecto, les ha llevado a enfrentarse, ya tanto en el cómic como en la película Batman v Superman: el amanecer de la Justicia (Zack Snyder, 2016), pero también han llegado a colaborar y trabajar juntos, ya fuera en un grupo más amplio como la Liga de la Justicia, como formando un dúo envidiable. En 2003 surgió la necesidad de volver a definir la relación entre estos dos superhéroes. El encargado de llevarlo a cabo fue el guionista Jeph Loeb, contando para los primeros números con el dibujante Ed McGuinness.

Así tuvo lugar la serie Superman/Batman, que comenzaría con un primer ciclo, de seis números, conocido como Enemigos públicos, aunque también se le ha denominado Los Mejores del Mundo. A este continuaría un capítulo autoconclusivo, El pupilo, con dibujo de Pat Lee, y otro ciclo denominado La Superchica de Krypton, que recuperaba a Supergirl con los diseños de Michael Turner. Pero en esta reseña tan solo nos detendremos en los seis primeros números, que compusieron el inicio de esta línea de cómics y, por tanto, de la colaboración moderna de estos dos superhéroes.


Situados en los eventos posteriores a las Crisis de Tierras Infinitas, nos encontramos a Lex Luthor como presidente de los Estados Unidos de América, lo que impide que Superman pueda hacerle frente. Durante su mandato, se localiza un gran asteroide de kryptonita dirigiéndose hacia la Tierra, hecho que Luthor emplea para acusar al célebre héroe alienígena de querer destruir al planeta con el impacto del meteorito. Para acabar con él, usará todos sus recursos como presidente, desde el uso de grupos de superhéroes al servicio del gobierno como una recompensa por la captura de Superman que atraerá a varios supervillanos. El héroe de Metrópolis contará con la ayuda de Batman para desentrañar la verdad detrás de toda la situación y conseguir salvar al mundo de nuevo. Esta es la trama principal de este ciclo en la que confluirán básicamente todos los sucesos, a excepción quizás de una subtrama no resuelta en estos números referente a la posible identidad del asesino de Thomas y Martha Wayne. 

El argumento nos lleva a una historia clásica de deshonor del héroe y búsqueda de la recuperación del agravio, aunque Loeb nos conduce a un juego rocambolesco en el que la trama se va enmarañando conforme avanza. Cada vez se emplean más recursos para sorprender o crear un espectáculo visual que en muchas ocasiones sentimos falto de auténtica emoción, así como otras ocasiones en que directamente hay escenas innecesarias o bochornosas; sirva de ejemplo el -hasta cierto punto ridículo- desenlace del asteroide, con un final que debería haber resultado emotivo, pero donde falta empatía y sobra el aspecto de cierto robot. A su vez, como ya comentamos en JLA: Año uno, a veces se acumulan una serie de personajes en su mayoría desconocidos para el lector poco asiduo, que son expuestos solo para mostrarlos luchando. En este caso concreto, la obra se ríe de sí misma cuando el propio Superman afirma no conocer a uno de los villanos menores.


Por otra parte, el uso de otros superhéroes bien podría resultar más interesante de lo que en principio se propone, dado que se simplifica el posible debate que se podría dar en unos personajes que juraron defender el bien y se ven obligados por el gobierno a luchar contra otros superhéroes sin estar seguros de las razones que les lleva a ello. Con todo, se agradece la ligera reflexión así como el giro inesperado de los acontecimientos que se produce en ciertas ocasiones, sobre todo con la aparición de Shazam y Hawkman. Cabe mencionar que se emplea también el viaje en el tiempo como un recurso llamativo e importante en la trama, induciendo un punto sombrío y que los personajes duden sobre sus acciones, aunque al final no creo que se resuelva de la mejor forma posible.

Ahora bien, si estos son algunos de los puntos más dudosos de la obra, los mejores aspectos los encontramos en la relación entre Superman y Batman. La decisión acertada de Loeb de incluir sus voces interiores como narradores nos conduce a un humor natural surgido del contraste entre ambos personajes. Pero, además de sus diferencias, sirve para erigir una amistad basada en la comprensión y ayuda mutua. Incluso en los momentos más duros para ambos protagonistas, solo su colaboración les consigue sacar de apuros, lo que también supone decir que estos grandes superhéroes, aún estando juntos, acabarán teniendo problemas serios. Precisamente, destacan aquí las decisiones argumentales en las que observamos que su auténtico poder no reside tanto en los superpoderes de Clark o los cachivaches de Bruce, sino en el ingenio y astucia de ambos personajes para aprovechar los recursos de los que disponen juntos.


En definitiva, a pesar de que hay acción a raudales, lo que proporciona una personalidad única a Superman/Batman; Enemigos públicos es la unión de ambos caracteres de una forma tan natural y cómica, o incluso cuando llega el momento en que ambas personalidades parecen intercambiarse, dando lugar a un terrorífico Superman. Gracias a esto podemos disfrutar de un cómic sencillo con un dibujo atractivo obra de McGuinness, donde los recursos que podrían ser más densos acaban por resolverse de manera fácil, consiguiendo ser ligero y agradable. Pero sin llegar a convertirse en imprescindible.

Escrito por Luis J. del Castillo


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