Música Inolvidable (XXXII): Connie Francis y Dean Martin

22 diciembre, 2016

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A lo largo de nuestras simpáticas y muy sintomáticas cuatro estaciones, hay asuntos, o topics, como algunos se empeñan en decir ahora, que resultan cíclicos, pues se repiten anualmente casi desde que el mundo es mundo. En primavera, el florecimiento de los consejos para sobrellevar las alergias y la subsiguiente alteración de la sangre. En verano, época muy provechosa en este sentido, la inmersión en todo lo relacionado con los chapuzones y la digestión, los aires acondicionados, las quemaduras solares, las perseidas, el beber mucha agua y el descenso del paro, efecto curiosísimo y oportuno que solo parece producirse con la llegada del calor.

Pero además, la canícula nos invita a sobrellevar la palurdez de quienes intoxican el aire, hasta entonces libre, al elevar hasta el máximo el volumen de sus obras maestras musicales; que para eso ellos están en su derecho, como el resto lo estamos de tener que dejar de leer, actividad que, como es sabido, es tarea pasada de moda. Lo curioso del caso es que ni la música es escuchada ni los tertulianos en cuestión son capaces de poder conversar con semejante alboroto, salvo alzando la voz, en un interminable círculo ruidoso.


Además, según algunos medios de comunicación, últimamente se ha puesto de moda el no saber qué hacer con los hijos durante el periodo vacacional. Como mascotas desvalidas, estos se enfrentan a la creciente memez de sus progenitores. Y si no, para eso están el colegio o las otras actividades extraescolares, que permiten quitarse el problema de encima (en verdad parece que algunos solo procrean con el único objetivo de legar al mundo una discutible herencia genética, de la cual pasan a desentenderse a continuación).

En otoño, se dejan caer el síndrome post-vacacional, el caduco libro de autoayuda sobre la vejez y la identidad, o la llamada “astenia otoñal”, es decir, el cambio de hora, primo hermano de la pesadumbre ante el desprendimiento de la hoja… Por lo visto, debo ser de los pocos españoles que no se deprime obligatoriamente con la llegada del otoño.

Y en fin, en invierno, los patinazos sobre el uso “racional” de la calefacción y el sempiterno sonsonete acerca del consumismo: también debo ser de los pocos españoles a los que, según parece, aún no han obligado a entrar en ningún comercio a punta de pistola para obligarme a comprar algo que no deseara.

En definitiva, un conjunto de constantes y periódicas paparruchas. Pero volviendo a la estación que nos ocupa, si existe una época del año en la que, además de poder reflexionar, nos lo podemos pasar bien (si no nos chafan la festividad), celebrando el solsticio sin necesidad de renunciar o sustituir el resto de tradiciones culturales (se sea creyente o no), esa es, sin duda, la Navidad.

Así pues, pongamos remedio a tanto desatino recurrente trayendo a colación a otros dos intérpretes clásicos para recordar, en compañía de nuestros lectores, lo más granado de los grandes temas navideños.


A pesar de una vida tanto de éxitos profesionales como de fracasos personales, la cantante norteamericana Connie Francis (1938) sigue siendo una de las voces más paradigmáticas de las décadas de los cincuenta y sesenta. Su álbum navideño se tituló Christmas in my heart (MGM, 1959) y se inicia con toda una explosión de alegría gracias a O come all ye faithful (Adeste fideles), cantada en inglés y en latín; a la que le siguen otros temas igualmente conocidos por todos, bien acompasados por los coros y la orquesta (no consignaré los nombres de los compositores y letristas por haberlo hecho en repetidas ocasiones en artículos anteriores, salvo para autores que no recuerde haber citado hasta ahora).

Una especial melancolía desprende la interpretación del célebre Have yourself a merry little Christmas, a modo de canción de cuna. Estilo intimista al que se suman Silent Night, The First Noel, I’ll be home for Christmas, O little town of Bethlehem, The Christmas Song, The Lord’s Prayer (tema poco difundido de Albert Hay Malotte [1895-1964]), The Twelfth Night, Winter Wonderland y, por supuesto, White Christmas.

Una voz sensacional para una inolvidable -en el mejor de los casos, cosa que deseamos- época del año, que, además, culmina con una de las mejores versiones del Ave María de Franz Schubert (1797-1828) que servidor haya escuchado nunca, y conozco algunas. Otra asombrosa es la de Barbra Streisand (1942), en su álbum de Navidad de 2001; aunque como curiosidad complementaria, The Lord’s Prayer es igualmente interpretada por la gran cantante en el que fuera el primero de sus álbumes de navidad: Christmas Album (CBS, 1967). Volviendo a Christmas in my heart, este Ave María ofrece la claridad de timbre de la voz suprema de Francis, más una perfecta dicción, a la que supongo ayuda su ascendencia latina (su María no es “Marría”, gracias a Dios).

Ave María (Connie Francis, 1959)

A Marshmallow World (Dean Martin, 1966)

El otro intérprete al que nos referiremos esta Navidad es el cantante y actor Dean Martin (1917-1995). Buen actor y buen cantante, cabría subrayar. Y prueba de lo segundo es su álbum de Navidad. La intimidad de las versiones de Connie Francis encuentra un complemento ideal en las cantarinas y ágiles orquestaciones del Christmas Album (Reprise, 1966) de Martin. Como muestra, las melódicas I’ll be home for Christmas, Jingle Bells, Blue Christmas, Silent Night, White Christmas o Baby, it’s cold outside, de Frank Loesser (1910-1969).

Perteneciente al celebérrimo y desaforado Brat Pack, en pertinente definición de Lauren Bacall (1924-2014), según fuentes bien informadas, Martin hace uso de sus dotes como crooner para ofrecer sus animadas versiones de temas como Let it snow, Winter Wonderland, Jingle Bells, Rudolph, the Red-Nosed Reindeer, o de los menos conocidos aunque agradecidos I’ve got my love to keep me warm de Irving Berlin (1888-1989), Marshmallow World, de Peter De Rose (1900-1953) y Carl Sigman (1909-2000), A Winter Romance, de Sammy Cahn (1913-1993) y Ken Lane (1912-1996) y The Christmas Blues, de Cahn y David Holt (1927-2003); muchos de ellos incorporados a la moderna edición en CD del primer disco navideño del cantante, A Winter Romance (Capitol, 1959).

Espléndido balance para quien falleció, tal vez por justicia poética, un 25 de diciembre. Y con Connie Francis (también nacida en diciembre) y Dean Martin, les deseamos a todos los lectores de Baúl del Castillo una feliz Navidad, que es como nos gusta denominar estas fiestas.

Escrito por Javier C. Aguilera


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