Melody, de Waris Hussein

15 diciembre, 2016

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El docente de vocación se enfrenta cada año al bombardeo de auténticos bodrios pedagógicos en forma de libro, destinados a un público en general o a estudiantes de profesorado en particular, no vaya a ser que alguno de ellos cometa la osadía de tener una idea propia.

Los adalides de la nueva -aunque muy caduca- industria ideológica, que se vanaglorian de derechos histórico-memorísticos, curiosamente suelen olvidar que la educación debe ser adecuadamente nemotécnica, equitativa en lugar de forzadamente igualitaria, y que los que hemos realizado alguna carrera y algún master, se supone que hemos llegado hasta ahí porque sabemos pensar y actuar por nuestra cuenta, sin necesidad de que nos aleccionen acerca de cómo hay que aprender a aprender, zarandaja que muchos han adoptado en forma de mantra; y en cualquier caso, que quiénes recelamos de tales imposiciones no andamos necesariamente por las lomas en favor de un olvido histérico, sino de todo tipo de memoria, y no solo de la que a los de siempre conviene. En efecto, la censura ni se crea ni se destruye, solo se transforma. 

El caso es acabar con siglos de historia y hasta de naturaleza, porque ya se sabe que lo tradicional es por definición rancio y, en cualquier caso, ¡cómo va a compararse con los lustrosos resultados que la enseñanza moderna ha venido granjeando a lo largo de estas últimas décadas! (algo que ojala sí pudiésemos olvidar). Por ello, frente a la cadena de montaje en la instrucción del profesorado, se posicionan los estudiantes que, con suerte y perseverancia, serán los futuros maestros. Ello no quiere decir que el colegio o el instituto (ni siquiera la universidad) hayan de ser el único y último bastión de toda formación y estabilidad. 

Teniendo en cuenta la perspectiva del núcleo familiar (y empleo el término en toda su extensión), ya decía François Truffaut (1932-1984), en una entrevista efectuada por Jean-Claude Piat (-), que un profesor incapaz puede ayudar a empeorar las cosas, pero no creo que sea el problema principal: si el contexto familiar es bueno, existe una compensación. Hay trabajos que deberían ser prestigiosos, como la enseñanza, la protección de los niños… Las profesiones directamente sociales, en suma, deberían ser bien pagadas y tener una selección muy cuidada; sin embargo, suelen ser las peor retribuidas (…) No basta con hacer lo que hacen hoy muchos, tutearse y obrar muy familiarmente, con la misma inconsciencia y demagogia con la que antes se imponían las distancias y la autoridad.


Dejando al margen la vergonzosa instrumentalización de los chiquillos (y chiquillas) por parte de los políticos, en correrías mediáticas aplaudidas por los padres (y madres), que no se sabe que da más miedo, tenemos el consuelo de que quien realmente desea aprender puede hallar profesionales de la enseñanza que lo estimulen y lo valoren; o bien, podrán acceder al conocimiento de forma autodidacta, como les sucede a los protagonistas de Melody (Ídem, British Lion, 1970, estrenada al año siguiente), que descubren lo que conocemos como primer amor teniéndolo todo en contra y sin ayuda de ninguna clase

No en vano, contamos con el conjunto de creaciones artísticas para poder zafarnos del invierno de nuestro desconcierto y, más particularmente, con la alegría e inocencia que nos ofrece una película como la que hoy recordamos. A tenor de los profesores que desfilen por sus aulas, todo parece indicar que es muy necesario un cambio en la enseñanza, lo que a la larga desemboca en un travieso enfrentamiento con todos los adultos, como un acto de rebeldía a su estrechez de miras, al modo en que recientemente señalábamos que ocurría en la excelente Novio a la vista (1953) de Luis García Berlanga (1921-2010).

Porque, decididamente, los cambios y adaptaciones curriculares en modo alguno han de ir en detrimento de la personalidad, la aptitud y el esfuerzo de cada alumno, y mucho menos deberían ser el terreno abonado de una transversalidad que es empleada como excusa para ideologizar a los estudiantes (ni eso se les permite desarrollar libremente). Los textos literarios se extrapolan sin contextualizarse como es debido, de forma más interesada que interesante, por lo que, cuando se habla de enseñar a mirar, habría que añadir siempre que por cuenta del que mira, y no del ideario del maestro de turno. A todos esos que tanto les gusta rememorar su posguerra (sobre todo la que no vivieron), convendría refrescarles la memoria acerca de resultados mucho más recientes e igual de catastróficos (que no se trata de librar a nadie de sus culpas).


De alguna manera, Melody se acabó convirtiendo en una película “de culto” gracias a su exhibición en colegios y a un par de pases televisivos, un 18 de julio de 1981 y un 18 de junio de 1983 (fechas anodinas que acabaron convirtiéndose en especiales: imagino que yo asistí a la segunda). Luego he comprobado que, por las razones que fuere, ha venido sucediendo lo mismo en otras geografías. Pero no ha sido hasta hace poco que la película ha sido rescatada en formato DVD, al menos para el mercado en español. Por lo que pudimos recuperar aquella historia que muchos recordábamos sin acertar a retener su título, y mucho menos sin volver a verla (hasta donde yo sé no fue editada en video doméstico). Pero como para el cine no existen el tiempo y el espacio, dejando a un lado los recuerdos infantiles, pasemos a comentar la película.

El joven Daniel Latimer (Mark Lester) ha sido reclutado por su madre (Sheila Steafel) en la banda de música de una brigada juvenil. Pero este cometido no satisface al muchacho, que junto a su amigo Ornshaw (Jack Wild), prefiere patear las calles y desfogar todas sus energías. En el caso de Melody Perkins (Tracy Hyde), la candorosa indisciplina consistirá en intercambiar algo de ropa por un bonito pez de colores. Es el punto de partida de este relato iniciático producido por David Puttnam (1941), escrito por Alan Parker (1944) y dirigido por Waris Hussein (1938, realizador tanto de cine como, sobre todo, televisión), que cuenta además con unas estupendas canciones compuestas ex profeso por Bee Gees.

Todos estos personajes y sus compañeros sufren un estricto y estéril proceso de escolarización, sagazmente evidenciado por medio de las imágenes (de los profesores) o el diálogo. Por ejemplo, pese a los ademanes airados de Ornshaw, a su sincera pregunta de no entiendo que hacía Wellington (1769-1852) en España, le responde el “maestro” (un excelente James Cossins, por otra parte) que baje la mano y se calle. La brecha es tan grande que Ornshaw se pregunta en una fiesta por qué los profesores quieren ser sus amigos cuando pertenecen a dos órdenes distintos.


Pero como sucede en otras películas de ambiente tanto infantil como adulto, un personaje más del relato es la civitas hominis, la ciudad que habitamos. Lo cual incluye también los interiores de las viviendas. Calles y casas son especialmente locuaces como escenario de estos peces de ciudad, que experimentan los “primeros juegos infantil-amorosos” y el valor de la amistad. Dos asuntos que han sido tratados hasta la extenuación, aunque en películas como la que nos ocupa, con la suficiente gracia como para eludir los tópicos. Pese a todo, como en otras ocasiones, la incomunicación con los adultos es manifiesta; y si tal comunicación asoma, estos últimos pretenden que sea unidireccional. Si bien, en honor a la verdad, los padres de Melody Perkins al menos la intentan (Kate Williams y el entrañable Roy Kinnear), lo que los aleja, pese a sus imperfecciones, del manido recurso de unos padres comprometidos con todo salvo la educación de sus hijos. Algo que no acaba de suceder en casa de Latimer, como bien muestra la secuencia de la cena con unos amigos, donde el chico no es escuchado en absoluto.

También resulta visualmente curioso el nacimiento del amor de ambos personajes en el entorno de un cementerio (paisaje que muchos chicos atraviesan para llegar antes al colegio). Una situación con conato de celebración de esponsales y todo, que en tal marco, recuerda sencilla pero eficazmente el valor perpetuo del sentimiento amoroso, sostenido por miradas furtivas y por la sinceridad de actos y palabra. De hecho, la primera vez que Daniel y Melody se comunican, es a través del lenguaje de la música además del de la mirada (él con una viola y ella con una flauta), con los que vencen su timidez pese a encontrase solos. Es una bonita resolución a la que se contrapone, poco después, la antedicha secuencia de la cena. Al fin y al cabo, como Latimer resume, ya no me gustan los sellos.


Recientemente comentaba mi compañero Luis las características soterradas de una actualización genérica como Yo, él y Raquel (Alfonso Gómez-Rejón, 2015), destacando su carácter lúdico aunque primordial, con sus personajes igualmente estrafalarios y sus situaciones “gamberras”.

Tras la campechana escaramuza con los adultos, la historia de Daniel y Melody concluye -o recién comienza- con ambos jóvenes escapando hacia ningún lugar específico, montados en una vieja vagoneta que se desliza sobre las vías del tren. Una imagen que muchos retuvimos en nuestra memoria de niños a lo largo de los años.

Escrito por Javier C. Aguilera


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