Cuentos de invierno, de Isak Dinesen

02 diciembre, 2016

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Empresaria, granjera, pintora, escritora, la danesa Karen Blixen (1885-1962), que firmó la mayoría de sus relatos bajo el pseudónimo de Isak Dinesen, es principalmente conocida por haber sido llevada una determinada parte de su vida al cine, de la mano del recomendable Sydney Pollack (1934-2008), en Memorias de África (Out of Africa, Universal, 1985). Pero más allá de la película y para todos aquellos que se tomaron cierto interés, Dinesen es también conocida por su labor como narradora. 

Lo cierto es que, en lo que a los Cuentos de invierno (Winter’s Tales, 1942; Alfaguara, 1985; Círculo de lectores, 1995) se refiere, prevalece la sensación, estrictamente personal, de que estos se van edificando “sobre la marcha”, o como dicen los anglosajones, que estamos ante un work in progress, no digo que impremeditado, sino más bien con ciertas concomitancias con el propio e imprevisible transcurrir de la vida. En este sentido, asoma la fabulación de características orales, aunque estemos frente a un escrito.


Es una forma de verlo y de leerlo, habida cuenta de que buena parte de esta selección la constituyen historias de naturaleza alegórica y rúbrica marcadamente psicológica, tales como El joven del clavel, donde el zagal Charlie Despard, que ya no tenía más que decir (como escritor) tras un primer libro de carácter autobiográfico, se enfrenta ahora al segundo, con todo el terror que ello conlleva, sobre todo porque siente que su “genio” se ha desvanecido. En un hotel, confunde la habitación y a su esposa con otra persona acostada en la cama, que es, a su vez, buscada por otro joven, portador de un clavel. Finalmente, Charlie parte a la recolección de unas nuevas experiencias por el puerto de la ciudad, sin desestimar el embarcarse.

Por su parte, en El acre del dolor, el joven Adam mantiene una relación muy especial con la casa solariega de la familia y con la tierra danesa. Ha regresado tras largos servicios en el extranjero y por una serie de carambolas es el destinatario de una herencia, pese a lo cual, se especifica que no era una persona codiciosa, sino que tenía fe en su propio talento y le alegraba saber que su éxito en la vida dependía de sus dotes personales. Y en efecto, algo debe tener el ambiente de su tierra, puesto que la nostalgia, que no había conocido hasta ahora, se apoderó de él. El hecho es que, a su regreso, se reencuentra con su tío, lo cual es una prueba más que superar. Indolente y reprobable, el terrateniente hace segar a una mujer todo un acre de centeno para poder librar a su hijo de una acusación y condena por piromanía que, para más inri, es falsa.

Pintura de Peder Monsted
La heroína narra la relación entre el joven seminarista inglés Frederick Lamond y una atractiva artista de variedades en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y en otras etapas posteriores. Se trata de un relato sobre la esporádica amistad entre dos personas poco afines, en principio, y sobre la percepción del paso del tiempo. En el Cuento del joven marinero, el joven en cuestión, Simón, recibe una inesperada ayuda cuando huye de unos colegas rusos tras cometer un delito involuntario; en tanto que Las perlas propone las escenas de un matrimonio joven, aunque sean interiores y, sobre todo, centradas en el personaje femenino. Una reflexión psicológica más que somática de los diversos instantes y pensamientos de quien ha confiado parte de su vida a otra persona. El estatus de seguridad se tambalea y agrieta en entorno a sentimientos velados, que se verbalizan o se ocultan, pese a ser esta una pareja relativamente bien avenida, pero abocada poco menos que al hastío del universo (una felicidad que parece deshilacharse al mismo tiempo que un collar de perlas, en el que cada una de ellas representa un año de casada).

Uno de los mejores cuentos es Los invencibles dueños de esclavos, que hace acopio de cierta causticidad y compostura británica hacia unos personajes que se dan cita en el siempre estimulante escenario de un balneario, al modo de una anatomía del anhelo del posicionamiento social. Y regresando con los relatos de corte introspectivo, El niño soñador describe la relación de un chico, poseedor de un encanto y magnetismo especial, hacia sus pudientes padres de acogida. Una nueva adopción será el nexo de Alkmene, esta vez por parte de un párroco y preceptor, y de su esposa, aunque el relato está narrado por un vecino, el adolescente Vilhelm, simpático holgazán que ha sido alumno del primero y que se ha convertido en buen confidente y amigo.

Pintura de C. D. Friedrich
Ya advertíamos que en muchas de estas historias se produce un quiebro de etiología inesperada, agridulce o abiertamente cruel, que la mayoría de las veces tiene que ver con el paso del tiempo, las oportunidades perdidas o los inescrutables senderos de la propia existencia; a veces, muy elusivos o decepcionantes. Una lección aprendida, casi con seguridad, de la propia vida (además de la vida de los demás). Baste recordar cómo el padre de Dinesen, militar de profesión, se suicidó cuando ella tenía tan solo diez años.

De este modo, es El pez un pesaroso cuento de estilo infantil, en el que el rey de Dinamarca recibe la visita de un joven sacerdote y teólogo, Sune Pedersen. Ambos encuentran un anillo en el interior de un pez que cocinan junto a un viejo pescador. El monarca se dio cuenta de que su soledad era su fuerza, pues él era todo el mundo. Ahora bien, lejos de resultar, como en otras ocasiones, impresionista la factura, más se acerca esta historia a cierto simbolismo con tintes surrealistas y al realismo, dada la hechura de su preciosismo gramatical, pródigo en detalles adjetivales y arabescos narrativos.

Por su parte, el Peter de quince años, de Peter y Rosa, quería ser marinero pese a su temperamento filosófico, pero su tío, el párroco del lugar, lo tenía atado a los libros. A su vez, su prima Rosa tenía un resentimiento especial contra el destino. Y en efecto, ambos se acabarán enfrentando a su aciago hado cuando queden a la deriva sobre un témpano (su embarcación soñada), en glacial pero imperecedera ventura.

El hándicap es que tanta gravedad psicológica ahoga a la mayoría de personajes, sobre todo a los más jóvenes. A esta nórdica pesadumbre le falta cierta calidez, aunque no esté exenta de compasión o de clemencia, incluso como encarnación de una juventud malograda o de la madurez desengañada. Es por lo que estos Cuentos de invierno a veces solo resultan fríos.

No obstante, mejor sabor de boca depara Un cuento consolador (afortunado título), cuyo pretexto es la relación de los artistas con su público. En él se expone el encuentro fortuito del escritor Charlie Despard (el mismo nombre, y por lo tanto, personaje, del primero de los relatos) con un amigo médico, Eneas Snell, que a su vez le narra una bonita vivencia mística que tuvo en Persia.

Cuentos de invierno cuenta con una traducción de Francisco Torres Oliver (1935) y un prólogo de Vicente Molina Foix (1946), que debía ser el epílogo, pues como muchos prólogos de estas características, abunda prolijamente en el contenido de los relatos. En ellos, los personajes apenas dialogan entre sí, sino que divagan o mantienen monólogos y soliloquios consigo mismos. A veces, hasta la tierra que pisan se muestra muda y sorda (Un cuento consolador).

Escrito por Javier C. Aguilera



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