El autocine (XXXI): La vida futura, de William Cameron Menzies

11 noviembre, 2016

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Hemos decidido que la lengua es sexista, la literatura prescindible, la historia relativa, la geografía etnocentrista y las ciencias irrefutables. Mejor dicho, lo han decidido por nosotros, que nos hemos limitado a claudicar de mutuo desacuerdo.

De este modo, puede uno toparse con padres (perdón, padres y madres) que han renunciado a transmitir a sus hijos el legado cultural recibido. La crisis que atraviesa la cultura es consecuencia de una desnaturalización que tiene como hipocentro unos siniestros planes pedagógicos de educación y como epicentro los propios centros donde se imparte un civismo laxo, huérfano de contenidos culturales valiosos y duraderos.

Logros que asumen desencuentros o errores de apreciación, bastante extendidos, como el hecho de que gustar de la naturaleza es una actitud que entra en conflicto con el perfeccionamiento del ser humano a través del magisterio o el libre ejercicio de la gestión privada. Resultado de la moderna aplicación de los excesos rigoristas de filósofos como -lamentablemente- Descartes (1596-1650) o el equívoco Rousseau (1712-1778), pese a lo cual, quiero pensar que, sino todos, muchos de nosotros ya no resultamos tan dogmáticos y simplistas.

Por el contrario, ambas facetas, naturaleza y progreso, no solo son complementarias, sino que deberían parecerlo. Por ejemplo, frente a los desarreglos sin cuento de ese timo que es el enseñar a enseñar. Estos “novedosos” instructores han hallado en las actuales metodologías la coartada perfecta para enterrar la enseñanza. No se les alcanza que la persona es aquello que sabe y ha aprendido a lo largo de su vida y que, sin cultura, se carece de humanidad (por muy buena persona que sea uno en su casa). Razón por la que tales iluminados realmente no son nadie, aunque sí hayan alcanzado puestos de “responsabilidad” en la docencia o el restante ámbito de la política. De hecho, civilización no es solo sinónimo de tecnología, sino de ese algo más que, por descontado, conlleva el esfuerzo personal de la formación (en algunas personas más acusado que en otras). Los saberes y conocimientos que se adquieren de niño, adolescente y adulto son la base de datos que configura tanto la educación como la propia personalidad.


Esto no quiere decir que toda tecnología, por el hecho de serlo, resulte perniciosa; todo lo contrario. Sin embargo, al ser humano le cuesta hallar la justa medida de las cosas. Por ejemplo, a todos aquellos que se complacen y se muestran muy ufanos cuando nos explican las ineludibles ventajas y lo irreversible del advenimiento de lo tecnológico (sin mayores aplicaciones que la supuesta virtud de su “modernez” e “inevitabilidad”), deberían ver peligrar sus trabajos, siquiera por unos instantes, por mor de esa reconversión laboral planetaria, para llegar a comprender el alcance total de todo este nuevo orden asocial (nuevo, aunque presagiado hace más de un siglo). Al punto de reclamar la no colocación de una sola máquina más hasta que no se haya garantizado la reubicación laboral del empleado que pierde su puesto con dicha sustitución.

Lo que, a su vez, insisto, no significa ir en contra de la necesaria y productiva libertad de la oferta y la demanda, reguladas por la competencia y el funcionamiento de unas instituciones imparciales en las que no se arrumbe el mérito, frente a quienes pretenden constreñir el libre mercado por medio de ordenanzas partidistas y decretos estatales tildados de “proteccionistas”; nuevos cortesanos dispuestos a hacerse favores a sí mismos y que, con su autoconcedida superioridad moral, controlan la autoridad, se reparten las rentas, se asignan privilegios, conducen a las personas, motejan de “cultura” cualquier cosa y evitan las condenas de los actos criminales y vandálicos confundiendo la ecuanimidad con la demagogia. Algo tan espurio, por otra parte, como el enviar solicitudes de amistad por una red social, con ánimo, no de conocer a otras personas, sino de engordar el número de seguidores de una determinada página. Son los signos “de los tiempos” que, aún indirectamente, ya fueron anticipados por la novela The shape of things to come (1933), de H. G. Wells (1866-1946), en la que se basa La vida futura (Things to come, London Films-United Artist, 1936), puesta en imágenes por William Cameron Menzies (1896-1957).


En 1934, H. G. Wells se entrevistó con Stalin (1878-1953). Al mencionar este último la necesidad de la supresión completa de la propiedad privada, Wells le recordó que la revolución no siempre era necesaria y que gracias al establecimiento de democracias aseadas y ordenadas, podía florecer una economía bien planificada. Con lo que la reunión no pudo ser más divergente. Desde su bienintencionada e incipiente postura ideológica -poco sabía él entonces todo lo que sobrevendría-, el escritor inglés se las arregló, dada su noble naturaleza, para no traicionar los derechos individuales en favor de una neblinosa y estajanovista fe en el futuro.

De este modo, en la Navidad paralela de 1940, la población inglesa de Everytown sufre el repentino ataque de unas fuerzas hostiles en La vida futura. La población descubre con horror que está en guerra (y Menzies intercala la imagen de un niño para ilustrar el desvalimiento ante esta confirmación). Ya desde los carteles callejeros, las emisoras de radio y los titulares de prensa se ha venido advirtiendo sobre la posibilidad de un inminente aunque “inconcreto” enfrentamiento bélico. Es llamativa la propensión de todos estos anuncios impresos, las redes sociales de antaño. Dichos rótulos y proclamas preludian no solo el miedo ante la situación, sino además la familiar cotidianidad en la que convivimos con noticias “que no nos afectan”. No estés tan seguro del progreso, le ha advertido minutos antes el ingeniero John Cabal (Raymond Massey) a un amigo, ante la indigencia intelectual de quienes gobiernan o aspiran a hacerlo.

Una consecución de planos ágiles, casi todos estáticos pero que muestran a personas -y a veces solo sus sombras- o a vehículos en continuo movimiento, dan testimonio de los momentos de agitación y caos que supone la batalla, incluidos los ataques aéreos que tendrán preponderancia a lo largo de todo el relato: el terror proviene del cielo. Tras la devastación, con una nueva y terrible imagen de un niño que yace bajo los escombros, se suceden otros enfrentamientos colaterales a modo de vendetta mundial entre los países. La tecnología al servicio de la destrucción ha sido definitiva para con el ser humano, primero cultural y luego materialmente, por tierra, mar y sobre todo aire.


En el paralelo 1966 la guerra aún no ha concluido, pero el paisaje urbano ya no es más que un páramo adornado con aislados cascotes. La enfermedad errante, una peste que es sinónimo de la indefensión y la ignorancia, asola a una población que se conduce poco menos que como zombis. En 1970 la referida peste desaparece, pero junto a esta visión pesimista y conductista, incluso recurrente en la historia de la especie, está la superación y el esfuerzo de la misma. Aunque antes de que esto se consolide se produce un retorno al primitivismo (de recursos materiales y de ideas), a manos de líderes advenedizos y saturados por el odio al adversario. Un adversario encarnado, en este caso, por el mencionado y ya maduro John Cabal, representante del nuevo mundo de aviadores unidos y de la floreciente comunidad mundial, que literalmente defiende el orden y el comercio.

Ante la impuesta “felicidad” a manos de un paladín enérgico como es El Jefe (Ralph Richardson), que proclama que el estado es tu padre y tu madre; la totalidad de tus intereses, Cabal señala que él no es sino uno más de todo el recién oxigenado engranaje (sin que ello presuponga merma de su individualidad). Es decir, todo lo contrario de un líder como El Jefe, que constituye un caldo para el fanatismo y el vasallaje y que, por si no hubiera quedado suficientemente claro, como adalid del totalitarismo que es, añade que yo soy el amo aquí; soy el estado. Lo cual adorna convenientemente con banderas y desfiles, según relata su “primera dama” (Margaretta Scott).

Una actitud que, como decimos, contrasta con la de Cabal, que asegura que en la ciencia y en el gobierno nadie es indispensable. Al fin y al cabo, el éxito de una sociedad depende, en gran medida, de la confianza que generan las instituciones de derecho en las que conviven los ciudadanos. No es el impetuoso acto revolucionario o la acción de determinados caudillos donde radica el triunfo de las sociedades, sino en el trabajo fecundo de las personas que amparan tales instituciones.


Posteriormente, hacia 2036, la culminación de todo este tesón reformista plantea nuevos peligros, focalizados en aquellos que desean nuevamente la imposición ideológica desde el poder. Y es que, debido a que el humano siempre tira al monte, basta con uno solo de esos iluminados en contra del progreso y de la libertad, Teotocopulos (Cedric Hardwicke), para arrastrar a otros al neopopulismo anti sistema (en su extremismo, Teotocopulos habla del diablo de la ciencia y se posiciona, precisamente, contra el orden y el comercio). Al final, la voluntad representada por una pareja de jóvenes emprendedores logra hacerse camino, aún a costa de tener que conquistar nuevos territorios -incluso geográficos- de libertad.

Es por ello que en La vida futura, producción de Alexander Korda (1893-1956) que contó con Charles Crichton (1910-1999) como editor y con la música de Arthur Bliss (1891-1975), de la que el sello Naxos editó una suite (1999; 8.553.698), resulta que H. G. Wells, también autor del guión para la película, acabó por imaginar una democracia en la que, finalmente, primaban la justicia independiente, la creación de un espacio social sostenido por la iniciativa de las personas, el respeto a la propiedad privada (aquí, un cohete), el mercado abierto y la rendición periódica de las cuentas.

Escrito por Javier C. Aguilera



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