Doctor Extraño, de Scott Derrickson

28 noviembre, 2016

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Hay géneros que tienen su momento de brillantez, al menos financiera. Así como hubo una época donde no se contemplaba el fin de los péplum o donde el sol nunca se ponía en el Oeste, ahora parece que lo interminable son las aventuras de superhéroes. Sobre todo porque, con la tecnología de su parte, han logrado dar vida a todo lo imaginado en los cómics, han tratado de trascender más allá del mero entretenimiento infantil al que en ocasiones se les ha etiquetado y abandonaron las producciones cutres para convertirse en los taquillazos del momento con inversiones millonarias a sus espaldas.

En este terreno, Marvel parece alzarse con el mejor beneficio al haber logrado construir todo un universo cinematográfico paralelo al que ya existía en las obras gráficas. Además, a pesar de no contar con los superhéroes más célebres dentro del séptimo arte, como han sido Batman y Superman, de DC, ha conseguido revitalizar a sus personajes y atraer a un nuevo público expectante. Dejamos aparte a Spiderman o a los X-Men, que a inicios de este siglo consiguieron sus propias trilogías o sagas con considerable éxito, pero no de la mano de la actual Marvel, sino por los derechos cedidos a otras productoras.

Así, tras haber dedicado varios años a la formación de Los vengadores (Joss Whedon, 2012), ahora han pasado, en una tercera fase, a acabar un ciclo y comenzar a presentar a nuevos superhéroes, tratando de marcar distancias con los ya conocidos. Entre ellos, situamos a uno de los más peculiares: Doctor Extraño (Doctor Strange, 2016), el protector místico de la Tierra. Scott Derrickson (1977) ha sido el encargado de llevar al personaje a la gran pantalla tras una carrera dedicada al cine de terror, además de haber dirigido la revisión de Ultimátum a la Tierra (2008; reconstrucción del original de 1951, obra de Robert Wise).


Como película de inicio, nos lleva a la vida cotidiana de un neurocirujano de prestigio, el doctor Stephen Strange (Benedict Cumberbatch, perfecto para este papel), con una actitud arrogante pero muy profesional. Sin embargo, cuando un accidente le lesione las manos de forma permanente, buscará la forma de curarse hasta en los lugares más insospechados. Eso le llevará a Nepal, donde comenzará a aprender el camino de los poderes místicos. Mientras avanza en su aprendizaje, tendrá que hacer frente a la amenaza de un ser temible y oscuro, Dormammu, que, a través de su acólito Kaecilius (Mads Mikkelsen), trata de destruir la protección de la Tierra para poder conquistarla y llevarla a su dimensión oscura.

Así tenemos una primera aventura predecible en su desarrollo, donde se elabora un nuevo sistema de combate mágico que permite el uso de efectos sorprendentes y llamativos, pero con un guion plano y recurrente. En Doctor Extraño encontramos varios de los elementos que Marvel ha convertido en su sello personal y que pueden provocar que se despersonalice a sus personajes por tratar de barnizarlo todo igual. Aunque eso podemos notarlo parcialmente en esta obra, lo cierto es que se salva por su particular personalidad, que combina bien con el carisma y humor de la marca. Si Stephen Strange nos puede recordar a un Tony Stark médico, o incluso a un Sherlock Holmes desubicado, teniendo en cuenta que Cumberbatch encaja a la perfección en esa arrogancia inteligente que lleva desempeñando varios años por su rol en la serie Sherlock (2010-), el contrapunto de introducirlo a un mundo desconocido para él, del que incluso desconfía en principio, sirve para establecer también un diálogo con el espectador que no está familiarizado con este personaje y su particular mundo.


Es decir, primero somos conscientes en un breve lapso del tiempo del proceso de caída del personaje de su vida cotidiana y exitosa hacia el deseo de buscar una cura, algo mejor, un fin egoísta que le llevará a encontrarse con circunstancias sobrenaturales y a aceptar un nuevo rol en el mundo. De esta forma, observaremos una evolución desde la inseguridad y la incertidumbre inicial hasta la confianza en sus poderes y en su astucia, pasando por momentos de contrariedad o leves fracasos por no estar aún acostumbrado a un terreno desconocido, por ejemplo, en su primera batalla dentro del santuario de Nueva York. La construcción del protagonista se produce de la mejor forma posible y es lo más atractivo de la película, dado que el personaje desprende carisma, se une a la lista de irritantes con gracia, pero sin perder en cierta profundidad trágica.

Por el contrario, los villanos están muy desdibujados. Kaecilius no parece representar una amenaza real, tampoco ayuda su inexpresividad y su desarrollo plano, de enemigo clásico de dibujos animados infantil. El hecho de que detrás de este villano se encuentre el auténtico enemigo, Dormammu, quien hará su aparición casi al final, tampoco favorece al alumno díscolo del Anciano. Una de las cuestiones curiosas es que hay una ausencia de la percepción temporal en torno a este personaje; desde la escena en que Kaecilius roba el ritual hasta el momento en que comienza a ejecutar su plan, hemos podido ver todo el proceso de aprendizaje de nuestro protagonista sin saber cuánto tiempo ha transcurrido, lo que nos desorienta y nos hace preguntarnos por la conveniencia del guion de la espera del villano por llevar a cabo su plan.


En este sentido, no estamos ante una obra que trabaje bien a todos sus personajes, lanzándonos a una historia habitual y plana donde los detalles y matices se encuentra concentrados en puntos muy concretos. Ya hemos señalado que, como era obvio, la evolución de Strange es un punto esencial al tratarse de una película sobre sus inicios, y que se trata de un personaje bien construido; hasta la resolución de la batalla final supone un cambio sustancial con lo visto en otros superhéroes, otorgando mayor valor a la astucia que a la fuerza física o el poder. Otro punto a su favor son los detalles y matices del bando aliado del protagonista. Más allá del contrapunto humorístico que encontramos en Wong (Benedict Wong), encontramos a Mordo (Chiwetel Ejiofor) y al Anciano (Tilda Swinton). El segundo personaje se trata de un ser ambiguo, más allá de su mencionada androginia, por su carácter reservado, que se erige como mentora del protagonista, a quien en un determinado momento entregará una confesión íntima y un legado de responsabilidad que había aguantado durante mucho tiempo. No obstante, ella es también la representación de una decepción, sobre todo para el personaje de Mordo.

Este último también sufre una transformación a lo largo de la película, desde su confianza y devoción al Anciano y a todas sus normas hasta el quiebro que se produce en su interior cuando descubren las verdades ocultas de su maestra. Si finalmente se erige como un posible villano futuro, será más interesante que los enemigos planteados en esta película, dado que su ruptura con Strange residirá precisamente en la percepción de que se pueden permitir ciertas licencias para poder lograr nuestros objetivos, por buenos que sean, pero que ello supone transgredir nuestro propio código moral o aquel que enseñamos a otros y defendemos de manera pública. Una cuestión moral que a veces sirve para separar entre buenos y malos, pero más bien debería dividir entre personas íntegras y aquellas que buscan caminos fáciles ante problemas difíciles.


Entre medias, encontramos un intento de relación romántica entre Strange y Christine Palmer (Rachel McAdams), antigua compañera de trabajo que tratará de apoyarlo en sus momentos más bajos. Ahora bien, la película no está enfocada en construir a esta pareja, que funciona de forma disfuncional y no acaba por cuajar; es más, ni siquiera parece hacerse factible. La falta de química y de desarrollo del personaje unidos al hecho de que se siente como un añadido más obligatorio por compañía que por necesidad nos hace pensar que hubiera sido mejor alejar toda sospecha de romanticismo de una relación donde la amistad funcionaría mejor. Sobre todo porque ella acaba por convertirse en un ancla o enlace con el pasado del personaje, pero sin perder su presencia en un presente muy distinto. Un apoyo del lado más humano de Stephen contra todo el peso místico que recae sobre él como el Doctor Strange.

Sin duda, Doctor Extraño se erige como una pieza peculiar en la franquicia Marvel, logrando que en un mundo tan variado y disperso, encaje a la perfección toda una serie de mística que se representa con unos efectos sorprendentes, que se relacionan a la perfección con el tipo de historia que se trata de establecer. Los efectos referidos a la alteración espacial de los edificios o de la ciudad nos pueden recordar a Origen (Christopher Nolan, 2010), aunque van más allá al centrar la acción en ese panorama irreal. En ocasiones, pueden confundir al espectador, sobre todo en las escenas rápidas, como las persecuciones, y al tratar de establecer ilusiones ópticas imitando incluso a algunas obras de M. C. Escher (1898-1972). No obstante, gracias a ellas se consigue una entidad propia a una serie de poderes cuya traslación desde el cómic se antojaba compleja.


En su conjunto, la película de Derrickson funciona de forma eficiente para lograr entretener con una propuesta poco habitual en sus detalles concretos, aunque con un guion desarrollado de forma más tópica de lo que podría aparentar por sus elementos. Lo mejor lo encontramos en la buena combinación de protagonista y ambiente, consiguiendo una buena obra de inicios para un personaje tan singular. Además de contar con unos efectos potentes a pesar de que puedan llegar a desconcertar o hasta parecer ridículos en ciertos momentos, como en el primer viaje astral, pero que logran recrear un modelo distinto de superhéroe sin que por ello se produzca una caída de la acción más trepidante y adictiva. Un primer paso del que consideramos que se podría llegar a construir obras más profundas e interesantes en torno al doctor Extraño, que vayan un paso más allá de lo mostrado en este principio.

Escrito por Luis J. del Castillo


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