Clásicos Inolvidables (CXV): Asesinato en el Orient Express, de Agatha Christie

04 noviembre, 2016

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A pesar de las apariencias, por mucho que las novelas de género se adapten a ciertas circunstancias reiteradas o tópicos, no por ello dejan de sorprender en sus variantes al lector y seguir siendo estimulantes. Incluso podemos advertir que las buenas obras no solo logran impresionar, sino que también pueden conducir al planteamiento de ciertos dilemas que pueden quedar a debate, para uno mismo o para compartir con otros lectores, con tal de que los libros no mueran en la última página.

Retornar a Agatha Christie (1890-1976) supone hacerlo a un lugar seguro, al menos de forma aparente. Como sucede en la narrativa negra clásica, todos suponemos que el detective de turno habrá de encontrar e identificar al asesino, por sorprendente que esta elección sea, siendo más importante el momento de la deducción y el camino recorrido. No obstante, no siempre es tan sencillo ni evidente, ahí está el truco, y siempre pueden sorprendernos más de lo esperado. Pero decíamos que era volver a un lugar seguro porque la autora no defrauda. Si bien es cierto que no toda su obra mantiene un mismo nivel, para el aficionado al género concreto siempre resultará, cuanto menos, una propuesta atractiva.

Pero entre su vasta producción destacan ciertas obras que han alcanzado gran renombre y que fueron publicadas entre los años treinta y cuarenta. Entre ellas, rescatamos hoy uno de los casos de sus detective Hercules Poirot, Asesinato en el Orient Express (1934). Después de un trabajo en Palestina, del que poco sabemos salvo de su exitoso final, Poirot se dirige a Estambul, donde recibirá un telegrama desde Inglaterra solicitando su presencia inmediata por un nuevo caso. Debido a este repentino cambio de planes, nuestro detective belga decide viajar en el Orient Express, sin embargo, pese a no ser una época usual para el viaje en ese tren por el invierno, los vagones están llenos.

Por suerte, gracias a la ayuda de un viejo amigo, monseiur Bouc, director de la compañía, conseguirá subir al Orient Express y embarcarse en un nuevo e inesperado caso. Durante la segunda noche del viaje, una tormenta de nieve provoca la detención del tren en territorio yugoslavo y se suceden hechos anómalos que Poirot registrará bien en su memoria. Al día siguiente, un norteamericano llamado Ratchett aparecerá muerto en su compartimento y ante la petición de Bouc, nuestro protagonista no dudará en comenzar a investigar.

Convoy del Orient Express (1929)
Para empezar, podemos observar cómo las aventuras del detective belga suceden aquí en un lugar exótico para la época, bastante lejano de la tierra natal de Agatha Christie. De forma paralela a la escritura, la autora acompañó a su segundo marido, arqueólogo, en distintos viajes, incluyendo uno en el célebre Orient Express, que inspiraría esta obra. Otra muestra de este exotismo es Muerte en el Nilo (1937; cabe recordar la adaptación de John Guillermin, 1978), aunque también Muerte en las nubes (1935), pese a situarse a caballo, o a vuelo, entre Francia e Inglaterra, podría servir de ejemplo de cómo Poirot es un detective en movimiento. Esto permitía al lector de la época alejarse de su propio ambiente y observar a través de las letras de Christie lo que ella misma contempló. 

A su vez, los personajes que encontramos en torno a estas historias suelen ser variopintos. En este caso concreto, hay personajes variados de distinta nacionalidad, clase social y oficio, desde criados a militares, diplomáticos o hasta un detective privado encubierto. La autora británica suele recrearse en los detalles que rodean a estos personajes otorgándoles cierto trasfondo factible. No obstante, a diferencia de otras novelas, los personajes que nos presenta Asesinato en el Orient Express no tienen independencia del caso, como pudiera suceder en otras de sus novelas cuando se alejaba del protagonista detective para relatarnos algunos sucesos relativos a otros personajes. Esto se debe a que el auténtico trasfondo de todos ellos está directamente entrelazado con la propia trama de la obra, que se erige como una novela negra pura y monumental.

No es este adjetivo algo banal ni mucho menos despectivo. Agatha Christie nos presenta un caso tanto improbable como complejo, comenzando por un asesinato a puerta cerrada y siguiendo con testimonios que no solo no se contradicen entre sí, sino que sirven de coartada mutua entre los diferentes personajes, desconocidos entre sí. Incluso su estructura remite a la propia investigación, que se divide en tres actos cual obra teatral (Hechos, Pruebas, Solución) o siguiendo el método científico desde la observación, el análisis de una hipótesis a partir de los hechos observados y la teoría o teorías finales. De forma lenta, la autora nos hace partícipes de todos los hechos de forma paralela al avance de la investigación de Poirot, con muchos detalles cuya relevancia aunque pudiera parecer insignificante, cobrarán fuerza en la hipótesis y conclusión final. Es más, hasta aquellos acontecimientos arbitrarios acaban por convertirse en necesarios para la revelación de la verdad, una serie de cambios drásticos y casuales que se convierten en la antítesis de la premeditación del crimen.

Resulta relevante el juego que plantea la autora dado que nos ofrece a todos los lectores las diferentes claves para resolver el asesinato, pero entremezcladas con pistas sin relevancia, tal y como se presentan ante el detective. Cuando llegamos a la antesala de la resolución, hasta es el propio protagonista quien alienta a sus dos compañeros, Bouc y el doctor griego Constantine, a meditar sobre el caso otorgándoles algunas indicaciones y planteándoles varias dudas que él mismo tiene. Aquí, como en otros momentos que estos tres personajes comparten, encontramos notas de humor, pero también de reflexión: la alusión a las células grises de Poirot es curiosa, en tanto que todos tenemos esas mismas células, la cuestión es en qué las usemos. Frente al silencio meditativo del detective belga, Christie nos sumerge en las desviaciones mentales de Bouc y Constantine hacia otros temas, de índole más personal, cuando deberían estar tratando de trazar una hipótesis.

De este modo, a diferencia de otros autores del género, la escritora británica desarrolla ante el lector toda la investigación con pruebas, interrogatorios, información de situación, etc.; es decir, nos invita a participar y tratar de encontrar la respuesta de la misma forma que Poirot solicita a sus compañeros tratar de llegar a una resolución con toda la información recabada, momento en que la autora británica nos muestra cómo nos solemos perder en nuestros pensamientos en lugar de actuar con lógica y de forma centrada, permitiéndose cierto humor incluso ante lo sombrío de un asesinato. Aunque debemos decir que el ridículo, nunca extremo, de los compañeros del detective o de la policía suele ser otro tópico en el género.

No podemos fijarnos en todos los personajes, dado que estamos ante un plantel considerable y variado, pero sí debemos mencionar unos pocos aspectos generales.

En primer lugar, el uso de tópicos nacionales para definir el carácter de los distintos personajes, incluso trazando el arma que emplearía por ser originario de cierto país (ahí tenemos la insistencia, cómica por otra parte, de Bouc en acusar a Foscarelli de ser el asesino por ser los italianos más propensos a usar armas blancas; como nota curiosa y hasta irónica, Bouc sufrió un cambio de nombre, Bianchi, y nacionalidad, italiana, en la adaptación homónima de Sidney Lumet [1974]).

 Esta serie de tópicos siguen estando vigentes, aunque más diluidos, en la actualidad, pero en Asesinato en el Orient Express son explotados de forma continua. Por cierto, cabe mencionar que los peor parados son los propios ingleses, descritos por Agatha Christie como cerrados y carentes de confianza en los demás, especialmente si son extranjeros, una autocrítica que la autora coloca en boca de su personaje, de origen belga.

En segundo lugar, debemos detenernos en el personaje asesinado, Ratchett. Desde el principio, todos los demás trazan sobre él un aura oscura pese a su apariencia corriente. Incluso Poirot rechazará ayudarlo o trabajar para él por la desconfianza que le produce su mirada. Curiosamente, las sospechas sobre él acabarán por ser ciertas y se revelará como una víctima malvada, un criminal que bien podría haber merecido tal muerte. Se podría pensar que este giro, acontecido en torno a la segunda parte, podría ser una decisión posterior de la autora para tratar de llegar a la resolución final, pero lo cierto es que la sospecha sobre la maldad del personaje está presente desde su primera aparición. Su asesinato acaba por plantear un dilema moral que queda resuelto para los personajes, pero abierto para el lector, de una forma similar a lo que sucede en el anime Death Note (2006-2007) con nuestra valoración sobre las acciones del protagonista. A lo que debemos añadir que pese a su inicio lento, necesario por otra parte dado que en él se encuentran algunas claves importantes, la novela tiene un cierre abrupto, inmediato a la sorprendente revelación final.

Fotograma del capítulo Murder on the Orient Express de la serie Poirot
Lo imposible no puede haber sucedido; por tanto, lo imposible tiene que ser posible, a pesar de las apariencias.

Si bien es cierto que la forma tan aparentemente sencilla con la que Poirot llega a la resolución del caso nos puede sorprender o resultar algo fantástica, entra dentro de lo establecido en el juego del género y está hilado de forma que hasta los pequeños detalles que la autora va desplegando a lo largo de la trama cobren sentido al final, por lo que no acaba por ser sino un buen juego narrativo. Gracias a ello, Asesinato en el Orient Express logra convertirse en una pieza de referencia en el género y en un clásico para quienes lo sepan apreciar.

Escrito por Luis J. del Castillo



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