Nickelodeon (Así comenzó Hollywood), de Peter Bogdanovich

19 septiembre, 2016

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Cuando al cine lo dieron a luz, el ser humano ya llevaba siglos alimentando su necesidad de fabulación. Pero el séptimo arte aportó una dimensión nueva de imaginación y verosimilitud. El invento recopilaba lo mejor de las artes precedentes: pintura, música, teatro, fotografía, incluso arquitectura. Y así, muchos tutores se arremolinaron junto al neonato, aunque solo algunos alcanzaron el rango de maestros. Pese a todo, hubo aprendices aventajados sin cuya colaboración, el cine no habría podido desarrollarse como lo hizo.

En Nickelodeon (Así comenzó Hollywood) (Nickelodeon, Columbia Pictures-EMI, 1976), todo transcurre vertiginosamente y está sujeto a una improvisación inesperadamente inventiva. Los personajes trasiegan de un lado para otro, incluso cambiando geográficamente de estado, y ni siquiera aciertan a retener sus respectivos nombres. Hasta llegan a intercambiar sus maletas sin percatarse (un recurso ya expuesto por el realizador en la divertida ¿Qué me pasa, doctor? [What’s Up, Dc., 1972]). Es la viva imagen de los ajetreados comienzos del cine, una época mostrada por Peter Bogdanovich (1939) por medio de una puesta en escena dinámica y plagada de guiños.

Con la cual, el crítico y realizador rinde un cálido y efervescente homenaje a los pioneros de una industria que siempre quiso ir de la mano del entretenimiento más empático e ingenioso. En palabras de Allan Dwan (1885-1981), uno de esos precursores a los que Bogdanovich da las gracias en esta película, el cine todavía no existía tal y como lo conocemos hoy. Había nickelodeons (primitivas salas de exhibición) y la entrada costaba cinco centavos (…) Me cuesta recordar los detalles exactos. Sé que lo primero que hicieron fue darme una silla y decirme “siéntate aquí”. Luego me dieron un megáfono y dijeron, “esto es para gritar” (…) Rodé tantas persecuciones que los caballos cayeron exhaustos, y al final yo también. Creo que cuando los vaqueros me dieron el whisky y me recuperé, me dije “creo que ya sé de qué va esto” (declaraciones recogidas en El director es la estrella [Who the Devil made it], vol. I, 1997; T&B, 2007).


Se está gestando un negocio nuevo, de múltiples posibilidades, que el no muy brillante ex abogado Leo Harrigan (Ryan O’Neal) y el artista de variedades Buck Greenway (Burt Reynolds) acabarán adoptando con gran ilusión, a pesar de las contrariedades. Este último ha sido contratado por una gran firma, para mantener a raya a los competidores en el asunto de las patentes de las cámaras cinematográficas, pero finalmente, optará por cambiar de “papel”.

Ninguno de ellos había pensado dedicarse a eso del cine, pero en este hallarán la oportunidad de adquirir un oficio tan arduo como gratificante, desarrollar labores continuamente creativas y forjar nuevos lazos familiares (aún con sus altibajos, como es de rigor) con otros miembros de la profesión, entre los que se cuentan actores, guionistas, operadores y directores. Un grupo que también muestra a las mujeres dentro del proceso artístico, más allá de las labores de actriz; como la muchacha que inventa historias o reescribe las escenas, Alice (Tatum O’Neal).

En el caso de Harrigan, el actor hace una meritoria recreación del gran cómico Harold Lloyd (1893-1971), dotando a su personaje de una cálida ingenuidad (esa cercana timidez mostrada por Lloyd) y una honesta profesionalidad. Milagros que ofrece el cine, ventana por la cual se accede a la auténtica realidad.


De hecho, en Nickelodeon, es la vida la que se convierte en una película. Así lo ejemplifican episodios como el ardid de la serpiente de cascabel (una anécdota relatada por Dwan), la aventura en un globo aerostático, o los desencuentros en escenarios “naturales” tan variopintos como la rebosante bañera de un cuarto de baño, la sala de un tribunal de justicia o la misma calle, transfigurada en circense plató cinematográfico.

Ciertamente, el artista no copia la realidad, sino que la inventa. Y como en los comienzos fue el placer del descubrimiento, nuestros personajes serán testigos directos de las primeras localizaciones en exteriores, la primera producción en cadena de películas, puesta en marcha por un estudio; los primeros efectos especiales y los primeros especialistas, el nacimiento del primer plano y del plano lateral o travelling (sobre una camioneta), la primera superproducción, el primer fenómeno de fans o el surgimiento de la primera industria del merchandising, ¡a costa de desvestir al actor en plena calle!

Aunque, por desgracia, también los directores padecerán las primeras frustraciones, al contemplar cómo sus valiosos materiales filmados han sido montados de cualquier manera a manos de un productor (en este caso, un enérgico Brian Keith).


Encuentros afortunados, tropezones casuales, accidentes alevosos y batacazos de tebeo, componen el fresco de una realidad vital que trata de ensanchar el arte paso a paso y tropiezo a tropiezo, en su descubrimiento del cine como una nueva forma de hablar.

A ritmo de screwball comedy, que Bogdanovich ya ha empleado en otras ocasiones, y del ragtime servido por una pianola, los personajes de Nickelodeon asisten a los prolegómenos de una función que se va desarrollando y amplificando hasta límites apenas supuestos. Pero siendo capaces de vislumbrar las consecuencias de ese nuevo modo de expresión que será el arte definitivo del siglo XX. 

Como antes he señalado, en su quehacer como crítico y documentador, el realizador agradece en la película la labor de pioneros como Allan Dwan o Raoul Walsh (1887-1980). De este último, entresacamos otras interesantes declaraciones, contenidas en el volumen antes citado. Un día estaba yo sentado con en el pie en el aire, en el porche, y entonces pasó un hombre, se detuvo y me dijo: Cowboy, ¿buscas trabajo? Dije que sí y me respondió: ven al teatro a las siete. El hombre era de Nueva York y la obra que daban se llamaba The Clansman (1905), de Thomas Dixon (1864-1946), novela y obra de teatro en que se inspiró Griffith (1875-1948) para hacer El nacimiento de una nación (1915), una película en la que Walsh acabaría teniendo un papel importante, apostilla finalmente Bogdanovich.

Bodanovich junto a O'Neal y Reynolds.
Un último apunte, no previsto en un principio, me hace consignar en mi artículo original, ya que viene al caso, el hecho de que, según una reciente (que no moderna) serie documental sobre la historia de este arte, no se puede considerar el cine surgido de Hollywood como clásico, dada su relación con lo industrial, lo mercantil, lo impostado, y bla bla bla (la típica mamarrachada de autor con mensaje que pretende determinar, como en un laboratorio, la naturaleza del genio creativo). Esto es algo que observo que se ha venido poniendo de moda entre algunos espectadores concienciados o estudiantes de las asignaturas de historia del cine en torno a un complejo sectarismo que alcanza ya muchos niveles y que pretende, no ya reescribir, sino someter la historia a parámetros genéricos y dogmáticos.

Falsamente progresista, lacónica, distorsionadora, anti-americana hasta la ridiculez, dicha serie no es más que una escuálida odisea hacia la oscuridad, más que la luz, que sostiene argumentos tan peregrinos y sonrojantes como que el cine quedó afectado negativamente por el sistema de estrellas, en parte debido a la débil psicología del público americano: es decir, que si en pantalla aparecía lo que hemos venido en llamar “una estrella”, la película dejaba de ser cine automáticamente.

En suma, ahora más que nunca se hace necesario reivindicar con honestidad, gratitud y rigor histórico la labor de aquellos pioneros (al margen de que algunos hayan descubierto que también se hacía cine en Japón o en Finlandia) y el invaluable legado del cine clásico surgido de los grandes estudios, como recientemente nos ha vuelto a recordar Neal Gabler (1950) en su excelente e imprescindible ensayo Un imperio propio (Confluencias, 2015).

Escrito por Javier C. Aguilera



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