Los cazafantasmas, de Ivan Reitman

25 septiembre, 2016

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Los ochenta fueron una década que consagró cierta forma de hacer cine que ilusionaba, seguramente para toda la familia, siguiendo la línea de los grandes éxitos de finales de los setenta. Películas que nos introducían en aventuras donde no faltaba o la magia, o la ciencia ficción, o el humor, o el mundo de la infancia, o todo junto. Quizás por eso tampoco faltaron las películas que rozaban la parodia sin abandonar los elementos que hacían tan mágico ese cine, ahí tenemos a La princesa prometida (Rob Reiner, 1987). No queremos elevar a los cielos a los ochenta, porque películas buenas o de este estilo las ha habido antes y después, pero esta etapa fue propicia para que aventura y comedia fueran de la mano sin caer en vulgaridad, sino con inteligencia. En esta época se permite que surja una película como Los cazafantasmas (1984) y que pueda triunfar en taquilla.

La película fue dirigida por Ivan Reitman, que destaca precisamente por haber creado una comedia blanca que roza, o se sumerge, en el ridículo, basta recordar algunos títulos como Los gemelos golpean dos veces (1988), Poli de guardería (1990) o Junior (1994). Con Bill Murray y Harold Ramis ya coincidiría en El pelotón chiflado (1981) antes de Los cazafantasmas.

No hablamos de un mal director, sino de un hombre de oficio con proyectos de dudosa profundidad. Con esta historia, cuyo guión corrió a cuenta de dos de los protagonistas, Ramis y Aykroyd, logró un gran éxito que propició la continuación en Cazafantasmas 2 (1989) con el mismo elenco, aunque menor taquilla. La franquicia parte de aquí y prosigue con series de animación, videojuegos y finalmente con un reinicio reciente, en esta época dada a este fenómeno, con mismo título, Cazafantasmas (2016), pero variando por completo el sexo de los personajes al protagonizarlo un equipo femenino.


La historia nos lleva a la vida del escéptico y poco profesional Peter Venkman (Bill Murray), quien junto a sus compañeros, el simpático Ray Stantz (Dan Aykroyd) y el inteligente pero frío Egon Spengler (Harold Ramis), componen el departamento de parapsicología de la universidad de Columbia en Nueva York. A pesar de que consiguen ver a un fantasma bibliófilo, son expulsados de la institución, algo lógico por lo poco que se nos muestra de su trabajo allí, y deciden erigirse como cazafantasmas, uniéndose a ellos la secretaria Janine Melnitz (Annie Potts) y un nuevo miembro de apoyo, Winston Zeddemore (Ernie Hudson); por su importancia, debemos señalar también a su primera cliente, aún cuando no son famosos, la chelista Dana Barret (Sigourney Weaver), que se convertirá en el objetivo amoroso de Peter. Contra toda previsión, su trabajo tiene éxito por la gran actividad fantasmagórica de la ciudad, una extraña actividad que tiene como epicentro la terrible venida de un semidios sumerio que amenaza con destruirlo todo.

Pero pese a esta sinopsis, con la mezcla de géneros, debemos destacar que estamos ante todo delante de una comedia, una comedia que parte de ideas provenientes de la fantasía y el terror, pero una comedia al fin y al cabo. El humor, al que nos referiremos más adelante, es el carácter que le da sentido a la obra por encima de otros elementos. Esto se produce porque el resto son casi anecdóticos. La caza de fantasmas es prácticamente elidida de la película mediante un montaje de escenas que muestra más el eco mediático que la acción, el terror no se busca y tampoco se dedica un gran espacio al romance, a pesar de que algo haya. Esto es una comedia de aventuras con terror paranormal, por ello lo que realmente funciona bien es el juego y el choque de caracteres entre el escéptico, poco profesional y materialista Peter Venkman con la inocencia y la honestidad de sus compañeros así como sus intentos para ligarse a Dana, quien a su vez es acosada por su ridículo y persistente vecino, Louis Tully (Rick Moranis); todas estas circunstancias con el telón de fondo de la amenaza fantasmagórica, que causará, a su vez, más situaciones irrisorias.


El romanticismo entre Peter y Dana existe más en la química de Murray y Weaver y en su capacidad interpretativa que en el guión. Ni siquiera se interesa la película por hablar más de sus personajes, dibujados a brochazo lineal y plano, tampoco llega a sentirse una amenaza real ni hay un auténtico espíritu de aventura, pero, a pesar de ello, funciona el humor, la cercanía y la magia de la satisfacción que produce un entretenimiento oportuno y bien llevado.

Eso se logra gracias al ya mencionado contraste de los personajes, que provoca toda una serie de escenas cómicas que es lo más destacable de la película: las características representativas del trío de cazafantasmas original es antitético entre sí, incluso el cuarto es distinto a los otros tres, mostrando una visión más religiosa en su breve aportación frente al cientifismo del trío; su inexperiencia a pesar de tratar de parecer profesionales, provocando incluso más daño que el que trataban de arreglar; la situación caótica de la oficina donde incluso presenciamos la oposición a la autoridad (una crítica a la burocracia y a los gobernantes que actúan sin conocimiento de causa) o la lucha entre sus intereses personales y la imagen más heroica que proyectan. También se juega con la personalidad de Dana, al acabar por mostrarla de forma provocativa y sensual. Incluso los supuestos villanos son ridiculizados por los cuerpos que poseen, incluyendo la graciosa y célebre transformación final. Así, el engarce humorístico de todos los elementos presentes en la película le proporciona un sentido coherente y la hace brillar. 


Parte de ese brillo también lo encontramos en una ejecución técnica que conoce el terreno en el que se mueve, y que bebe de elementos de la ciencia ficción anterior, así como la estupenda banda sonora de Elmer Bernstein. Cabe destacar también el simpático y pegadizo tema Ghostbuster de Ray Parker Jr. que se convirtió en una exitosa canción en la época, creando un sello propio e inconfundible para la franquicia. En cuanto a los efectos especiales, funciona mejor en la parte artesanal que en otras ocasiones, como en los efectos de slow motion que han envejecido de forma notable, y lógica por otra parte. Por ello, aunque es bastante notable el rodaje de ciertas escenas con elementos reales frente a los que hoy se crean con ordenador o CGI, el movimiento de las criaturas mágicas, sobre todo los canes infernales, deja bastante que desear. Tampoco funciona del todo bien la secuencia de la azotea y el final resulta algo abrupto. Con todo, no resta valor ni gracia al conjunto.

Los cazafantasmas forma parte de esa clase de películas que las personas recuerdan con cariño y simpatía porque logra sentirse cercana y llana, a pesar de que no trascienda. Se trata de un tipo de cine que logra dar con la clave, esa misteriosa fórmula, para hacer disfrutar al espectador entreteniéndole durante el metraje y logrando que este le disculpe los errores, por evidentes que sean. Sin duda, se trata de una obra despreocupada y simpática, que nos hará disfrutar con sus gags y bromas, presentándonos una visión sarcástica del espíritu más fantástico y aventurero de nuestra realidad.





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